El César y la gramática

Desde su intervención en la Primera Guerra Mundial y en el Tratado de Versalles, Estados Unidos se convirtió en el actor protagónico de la política internacional. En los años posteriores a la primera guerra, en calidad de potencia imperial joven que introdujo, bajo el idealismo wilsoniano, un nuevo discurso de legitimidad sustentado en los valores del liberalismo y la autodeterminación de los pueblos. Luego, tras la Segunda Guerra Mundial, como superpotencia que articulaba un orden internacional bajo la égida de instituciones multilaterales sólidas, alianzas duraderas con Europa Occidental y una promesa de estabilidad fundada en el derecho y el comercio. Y cuando colapsó la Unión Soviética y llegó el Fin de la Historia, aquella fórmula pareció alcanzar una victoria total: el liberalismo dejaría de ser una oferta ideológica entre otras para convertirse en el discurso hegemónico con el que Estados Unidos reordenaría el sistema internacional.

Hoy ese discurso atraviesa una crisis profunda. La guerra en Europa, la rivalidad con China y la ineficacia de los organismos multilaterales para solventar crisis regionales —como la de Medio Oriente o la de Ucrania— vuelven palpable cuán frágil era la estabilidad del orden liberal ulterior a 1991. Ahora, en el segundo cuarto del siglo veintiuno, el huevo de la serpiente se empolla en el lugar más inesperado, en el centro mismo del sistema que es Estados Unidos. Bajo la dirección del presidente Donald Trump, Washington ofrece cada vez menos indicios de querer justificar su primacía internacional mediante los antiguos argumentos universalistas y, en cambio, se muestra más dispuesto a afirmarla en términos de fuerza bruta. La potencia que desde 1945 administró la política mundial en nombre del derecho liberal y de la cooperación multilateral exhibe ahora, sin tapujos, la estructura del poder que siempre sostuvo ese orden internacional.

Ilustración: Víctor Solís

Pienso que para reflexionar sobre este fenómeno conviene recuperar el pensamiento de Carl Schmitt. Su nombre todavía causa incomodidad, pues su colaboración con el régimen nazi dejó una marca indeleble en su biografía. No obstante, su obra conserva una capacidad singular para iluminar problemas que el lenguaje liberal —ahora como antes— falla en nombrar y describir. A diferencia de los liberales, Schmitt quiso pensar la política como la actividad constitutiva del conflicto; sostuvo que su esencia no se encontraba en la deliberación ni en la negociación entre intereses opuestos, sino en la distinción entre “amigo” y “enemigo”. Pero el enemigo del que habla Schmitt no era el competidor económico ni el adversario privado —el inimicus de la tradición clásica—, sino el hostis, es decir, la colectividad que amenazaba la unidad existencial de la comunidad política. La política conlleva la posibilidad de una confrontación decisiva y existencial. Pero el liberalismo, al interpretarla como perenne negociación y equilibrio, perdió de vista el momento constitutivo de todo orden: la decisión acerca de quién pertenece al grupo de amigos y quiénes representan una amenaza para él.

¿Pero quién decide quién es el amigo y quién el enemigo? En Teología política (1922), Schmitt formuló su respuesta más conocida: es el soberano quien resuelve esa cuestión al decidir sobre el estado de excepción, es decir, sobre la suspensión del ordenamiento jurídico vigente para salvaguardar la existencia misma del Estado ante una amenaza extrema. La soberanía, así entendida, es la fórmula concreta que determina qué constituye una amenaza y quién debe ser tratado como enemigo. Con ese razonamiento, Schmitt recuperó la tradición de Thomas Hobbes en su expresión más pura: protego ergo obligo: quien protege, obliga; quien define la amenaza, fija el marco de la obediencia. Esa lógica, sepultada bajo capas de derecho y retórica humanista universalista, es precisamente la que Donald Trump ha desenterrado y vuelto a poner sobre la mesa.

El concepto que mejor articula ese cambio en la política internacional es el del nomos, desarrollado por Schmitt en El nomos de la Tierra (1950). Para Schmitt, el nomos (traducible como “ley” o en un sentido aún más antiguo como “tierra”) es el principio concreto por medio del cual un pueblo organiza el espacio, lo reparte, lo ocupa y lo dota de una legitimidad jurídica. No designa, pues, una norma abstracta, sino la distribución efectiva del poder sobre la tierra y en última instancia, la Tierra. Todo orden internacional duradero debe partir de una definición concreta del nomos. Pero luego de 1914 y 1945, con el triunfo del liberalismo, esa definición quedó desdibujada bajo un lenguaje universalista y supranacional. La retórica de la gobernanza global favoreció la ilusión de que el derecho y el mercado habían desplazado la vieja centralidad del Estado y, al mismo tiempo, encubrió la estructura de hegemonía sobre la que descansaba el orden liberal: la capacidad de Estados Unidos para organizar el espacio mundial bajo su primacía militar.

Para nombrar ese reordenamiento impulsado por Estados Unidos, Schmitt ideó el término Großraum (del alemán, “el gran espacio”), desarrollado en El orden del gran espacio en el derecho internacional (1941). El Großraum es una forma de orden político que rebasa al Estado soberano clásico y se articula alrededor de una potencia rectora capaz de excluir la intervención de fuerzas ajenas e imponer su idea política sobre una región determinada. En el centro de esa organización se encuentra el Reich o reino: una potencia capaz de irradiar su voluntad sobre un espacio más vasto que el Estado tradicional. Schmitt vio en la Doctrina Monroe el ejemplo más logrado de este principio: mediante ella, Estados Unidos —el Reich de Occidente— reclamaba para sí el continente americano, vedado a la injerencia europea y en donde gozaba de potestad y dirección. Schmitt admiró esa prerrogativa de los estadounidenses para definir las reglas del liberalismo y hacerlas compatibles con el lenguaje de la fuerza: Caesar dominus et supra grammaticam: el César es señor y está por encima de la gramática.

No hace mucho Stephen Miller hizo sonar ese principio con una brutalidad poco usual incluso para los nuevos estándares de Washington: “vivimos en un mundo gobernado por la fuerza, por el poder. […] Esas son las leyes de hierro del mundo desde el comienzo de los tiempos”. Con esa declaración evidenció la nueva postura que el trumpismo ejerce de manera sistemática en distintos teatros de la política exterior: una redoblada voluntad para recuperar la dimensión decisoria del poder, para actuar con menor apego al repertorio normativo del liberalismo internacional y para reformular los intereses estratégicos en el lenguaje de la fuerza y la soberanía —dos nociones que el vocabulario liberal ha preferido siempre eludir.

La nueva presión sobre los aliados europeos de la OTAN para elevar el gasto en defensa y participar en campañas militares bajo conducción americana —como la reciente intervención en Irán— constituye un ejemplo elocuente de esa redefinición en curso. La protección estadounidense sobre Europa se ha vuelto transaccional, condicionada a la utilidad y la obediencia que cada socio puede ofrecer a los intereses de Washington. En lugar de una comunidad atlántica sostenida por un universo de valores liberales compartidos, como podría ser la defensa de la democracia o los derechos humanos, Trump perfila una relación de asimetría en la que exige contribuciones, disciplina y alineamiento de sus antiguos aliados. Mediante la aplicación o la amenaza de aranceles, el amago de salirse de la OTAN o la evocación de la anexión de Groenlandia, Trump interrumpe y reorganiza la relación trasatlántica a partir de un criterio de interés nacional definido unilateralmente. Así, nociones como el libre mercado y la cooperación multilateral han ido perdiendo el brillo de su ilusión, subsumidas bajo el duro campo de la decisión política.

Quizás sea en América Latina donde se evidencia con mayor claridad el retorno de la gramática del poder y la reconstrucción del Großraum americano. Con el secuestro del presidente Nicolás Maduro tras la intervención militar sobre Caracas, Estados Unidos sentó un precedente de largo alcance: el intervencionismo territorial en el continente regresó sin tapujos al repertorio estadounidense. Está de vuelta el corolario Roosevelt, la política del Big Stick, los golpes que inducen obediencia y redefinen la correlación política regional sin tener que recurrir a guerras abiertas ni asumir los costos de ocupaciones prolongadas. Washington busca renovar votos y presentarse una vez más como la potencia rectora que decide, dentro de su zona de influencia, qué expresiones de soberanía son válidas en su “patio trasero”. Por ello la nueva “doctrina Donroe” opera en dos direcciones simultáneas: por un lado, al actualizar el impulso disciplinario del viejo corolario rooseveltiano; por el otro, al recuperar la intuición originaria de John Quincy Adams para excluir potencias extrañas del hemisferio, sólo que ahora la amenaza ya no proviene de Europa, sino del este, de China.

Esa redistribución de la enemistad se confirma al observar el trato dispensado a los grandes rivales estratégicos. Frente a Rusia, Trump ha mantenido un tono más mesurado que la administración demócrata de Joe Biden: su estrategia de seguridad de 2025 apenas menciona a Moscú, aunque presenta a Estados Unidos como la potencia capaz de restablecer la estabilidad estratégica, sin condenar frontalmente la invasión de Ucrania. Frente a China, si bien la competencia sigue siendo central, Trump ha atenuado la retórica centrada en el terreno económico y tecnológico, y lejos está de expresarse en términos abiertamente militares. En ambos casos, la relación con las otras potencias no se articula bajo la retórica liberal de un orden universal en estrés, sino de la conformación de esferas de influencia definidas por nuevas apropiaciones territoriales concretas, un nuevo Nomos. Esto fue precisamente lo que Schmitt anticipó cuando advirtió que la política reaparecería allí donde una potencia decidiera sobre las relaciones de amistad y enemistad entre las naciones del mundo.

Todo esto sugiere algo más que un cambio de estilo presidencial. El trumpismo opera, como diría Gramsci, en el interregno entre dos épocas: un orden que no termina de morir y otro que no termina de nacer. Por un lado, a pesar de su desgaste y descrédito crecientes, aún sobrevive el orden liberal de la posguerra, con sus instituciones, su retórica jurídica y su pretensión de representar a la comunidad internacional en un plano de igualdad, aunque cada vez más asediado y con apenas un puñado de débiles regímenes europeos como sus defensores convencidos. Por el otro, se afirma con creciente ímpetu un espíritu centrado en la disputa territorial, el control del espacio hemisférico y la delimitación de las esferas de influencia mediante la exhibición de fuerza.

En las páginas finales de El nomos de la Tierra, Schmitt imaginó tres posibilidades para el orden que sucedería al mundo bipolar que entonces se consolidaba: la victoria total de una superpotencia y la disolución del sistema estatal vigente; un equilibrio parcial administrado por la gran potencia marítima estadounidense; o un orden compuesto por varios Großräume independientes en equilibrio estable. De estas tres opciones, la tercera es la que se manifiesta con mayor contundencia en nuestro presente. Schmitt se sentía teóricamente más cómodo con ese escenario —el mismo principio que había empleado para legitimar las ambiciones territoriales del Tercer Reich. Por ello, conviene recordar, así sea obvio, que la lógica del Großraum no es muy compatible con algún horizonte democrático; tan sólo describe una fórmula de orden y de poder sin discutir su contenido moral.

Schmitt, en suma, no ofrece un modelo deseable ni resuelve las tensiones del presente. Lo que quizás nos brinda es un vocabulario olvidado para nombrar lo que el paradigma liberal no ha podido ni aprehender ni solucionar. El eterno problema de la soberanía vuelve a revelarse ante quien está dispuesto a mirarlo de frente: el espacio, el nomos, se convierte de nuevo en objeto de disputa y de cambio; las fronteras entre los Estados recobran su peso político, y las potencias hablan cada vez más en el idioma inequívoco de la fuerza. En este cambio de época, tan schmittiano, Donald Trump ocupa un lugar singular: su presidencia ha acelerado una transición que ya estaba en marcha, del universalismo liberal en declive al auge de un orden de grandes espacios, potencias rectoras y relaciones de fuerza.

El orden de la posguerra aspiró a traducir la política internacional a la lengua del derecho, la igualdad y la cooperación. Trump, en cambio, parece empeñado en recuperar la gramática del poder. Magnus ab integro saeclorum nascitur ordo. El gran orden de los tiempos renace.

 

Emiliano Aguilar

Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México. Estudiante de maestría en Ciencia Política en la Central European University, Viena.

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Publicado en: Internacional

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