Si piensas volver

Soda Stereo, uno de los grupos más influyentes y populares del rock en español, se separó en 1997 tras quince años de trayectoria. Su despedida quedó sellada con la interpretación de la canción “De música ligera” y con el gesto final de su líder, Gustavo Cerati, quien pronunció el ya emblemático “gracias totales”. Lejos de diluirse, la separación terminó por consolidar su mito. Una década más tarde, entre 2007 y 2008, la banda regresó a los escenarios con una gira de reencuentro que desbordó estadios en toda América Latina y confirmó la vigencia de su música.

Tuve la oportunidad de asistir al concierto de Monterrey, en el Estadio Universitario, y lo cierto es que lo recordaré como una experiencia difícil de igualar. Para quienes crecimos con su música, aquella noche fue un acontecimiento, uno de esos extraños regalos de la vida para quienes no tuvimos la fortuna de verlos en su primera etapa y que, de pronto, nos encontramos frente a un reencuentro que parecía imposible. La historia con Soda, entonces, tuvo un cierre cuidado y suficiente. No quedaban cuentas pendientes. Supieron despedirse con dignidad y, en ese sentido, desmintieron la idea de que no existen segundas partes buenas. No volvieron a hacer música nueva ni intentaron prolongar su regreso. Se limitaron a volver, tocar y cerrar, esta vez ante una generación que los heredó como mito y pudo, por fin, vivirlos en presente. “Un grupo exacto en el momento justo”, como bien han sido definidos

Tras aquel reencuentro, Cerati retomó su carrera solista con el disco Fuerza Natural en 2009, un disco de tono más introspectivo que prolongaba su búsqueda musical. La gira posterior lo mostró activo y en plena madurez creativa. En mayo de 2010, al término de un concierto en Caracas, sufrió un accidente cerebrovascular que lo dejó en coma. Permaneció en ese estado durante más de cuatro años, hasta su muerte el 4 de septiembre de 2014.

Crédito: Paul Natkin / Getty Images

Uno de los íconos más grandes en la historia del “Rock en tu idioma”, dejó un vacío irremediable. No había manera de que la ausencia de Cerati encontrara sustituto ni de restituir la expectativa de continuidad que su obra instaló. Se pasaría página y se haría historia a través de tributos, leyendas y homenajes. El tiempo siempre encuentra la manera de reordenar la pérdida y volverla relato.

Y es que fenómenos tan masivos, con una base sólida de fanáticos y seguidores, provocan que la memoria encuentre múltiples formas de resistencia que se expresan en la institucionalización de su legado a través de proyectos curatoriales y en la industria cultural que reorganiza y reedita su producción. Por eso, fue hasta cierto punto normal que en los años subsecuentes se publicara material inédito de Cerati y se reactivara su presencia mediante proyectos diversos, incluso como el espectáculo Sép7imo Día del Cirque du Soleil.

Y eso, más que ser juzgado como una explotación póstuma, puede leerse como parte de un proceso más amplio de elaboración colectiva de la pérdida. Sin embargo, esa misma lógica encuentra sus excesos. Nuestra historia cultural está atravesada por episodios que desbordan ese umbral y se internan en una zona más incierta, donde la memoria se tensa hasta volverse irreconocible. Es ahí donde emerge la reiteración sin límite, la activación constante de aquello que ya no puede responder por sí mismo.

Desde hace meses Soda Stereo anunció una nueva gira bajo el nombre Ecos. Sí, Soda Stereo. Los dos integrantes que sobreviven, Zeta Bosio y Charly Alberti, decidieron que en el lugar que antes ocupaba Gustavo Cerati no apareciera un doble, un imitador ni un artista invitado, sino un holograma; una recreación integrada al espectáculo mediante tecnología avanzada. Así, más que tributo en sentido convencional, este regreso se planeó como una puesta en escena que recompone la presencia de la banda a partir de la articulación entre interpretación en vivo y una figura digital que recrea la voz, los gestos y la ejecución de un difunto dentro del concierto.

Es un viaje al futuro. Un atajo para evitar que todo desaparezca. Utilizar un recurso técnico para restituir una presencia ausente tiene algo de artificio, una cuestión que merma y desfonda la idea misma de autenticidad. Rarísimo y, hasta cierto punto, un tanto tramposo. Pero, al mismo tiempo, eficaz. Porque para alguien que vio en vivo a Soda Stereo y a Gustavo Cerati, que en resumidas cuentas es fanático de su música, claramente, no se lo podía perder.

El solo hecho de tener la posibilidad de volver a cantar canciones de Soda junto a miles de personas es algo que no pensé volver a vivir. Sería una especie de karaoke masivo, como bien lo describió un amigo, acaso una ilusión colectiva sostenida por la memoria. 

Asumiendo que mi morbo es mayor que mis expectativas, llegué al concierto con una especie de impulso por constatar hasta dónde puede llegar mi propia disposición a ser parte de un performance que conjuga máquinas y humanos para hacernos creer que en estos contextos de progreso incesante, hasta el mismo paso del tiempo puede quedar al arbitrio de una industria que todo lo capitaliza.

Lo presenciado fue algo insólito. Más allá de los visuales y las distintas capas del montaje, nunca terminé de sentirme cómodo durante el concierto. Si bien la fanaticada se entregó —había gente llorando y cantando cada verso como si nada hubiera cambiado—, el holograma de Cerati operaba en otro registro. La combinación de instrumentos análogos siguiendo una pista hacía que todo sonara preciso, pero extrañamente desprovisto de riesgo. 

Algo faltaba, improvisación, interacción, margen de error, posibilidad para algo más que ejecución exacta y potentes dosis de melancolía. Y aunque la estaba pasando bien, no terminé de conectar del todo, había una distancia persistente, difícil de nombrar, que no provenía del espectáculo en sí, sino de la conciencia de estar en un concierto sí, pero liderado por una máquina cuya emoción parecía dosificada. No era que no funcionara, de hecho funcionaba demasiado bien, pero precisamente por eso se volvía extraño.

Caí en cuenta, entonces, que no estaba allí por morbo ni para vivir una experiencia más con Soda. Estaba por nostalgia, por intentar sostener una relación con el pasado ya mediada, procesada y puesta en circulación. La mercancía era yo mismo, mi propia reconstrucción afectiva a partir de un tiempo editado, estabilizado y devuelto como promesa de futuro.

La nostalgia opera de ese modo, como un dispositivo que organiza la memoria, selecciona y depura de manera discrecional, y reconfigura el pasado como objeto de consumo, administrando una distancia que, paradójicamente, pretende anular. En este marco, lo que se pone en escena es la ilusión de pertenecer a un tiempo que se sabe perdido, irrecuperable. Ver el holograma de Cerati tocando con Soda alcanza, por momentos, para suspender esa certeza y hacerla menos definitiva.

Lo más inquietante es que, al final, no me arrepiento de haber ido. Y de hecho, invitaría a los más fanáticos a que no dejen de vivir la experiencia. Porque incluso en esa incomodidad hay algo que convoca y sostiene la experiencia más humana, que no es otra que la de estar vivos.

Sin embargo, espero sinceramente que en el futuro esto no sean los conciertos. Porque la verdad es que si el rock está muerto, esto se parece más a su embalsamamiento que a su resurrección. De regreso, bromeábamos y nos preguntábamos entre amigos a quién nos habría gustado ver, no pudimos, y estaríamos dispuestos a ver en este formato de holograma: Led Zeppelin, Pink Floyd, José José, Juan Gabriel, Wagner… Nos reímos, y luego llevamos la idea más lejos, imaginando cruces improbables, combinaciones que en otro momento habrían sido absurdas: José José con Led Zeppelin, Juan Gabriel con Wagner.

Quizá en un futuro, muy futuro, muy lejano, el que asista a esos conciertos ya no sea yo, sino un holograma mío. Una versión de mí mismo que no se queje, ni se incomode. Que la nostalgia le tenga sin cuidado. Uno que tampoco termine escribiendo al día siguiente una crónica sobre el último concierto de su grupo favorito. O quién sabe, quizá eso sí lo termine haciendo mi avatar, pues al final, siempre nos negamos a que las cosas dejen de existir. 

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor de filosofía del Derecho del ITAM.

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Publicado en: Crónica, Música

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