Ideas cínicas para un mundo de sinvergüenzas

El 7 de abril, Jorge Zepeda descubrió en Milenio que las Mañaneras tienen un problema: en lugar de ser un espacio serio de comunicación política, funcionan como un escenario dominado por intrigas de “amarra navajas”, inscrito en la polarización.

A ocho años de la creación de las Mañaneras, sorprende el momento del descubrimiento. Más aún, llama la atención que deslice la idea de que el obstáculo para que la presidenta impulse mejores políticas radica en esa polarización y en el peso excesivo de los influencers en la propagación de una agenda política. En sus palabras:

“El resultado es un tanto esquizofrénico. Por la mañana se opera con un discurso partisano polarizante, centrado al parecer en una arena en la que se habla a los adversarios y a los propios conversos; mientras que el resto del día se atiende a una narrativa centrada en una Presidenta de todos los mexicanos, incluyendo aquellos que tienen reservas sobre Morena”.

Zepeda pasa por alto que el problema no se reduce al ruido, sino que alcanza a la escasa producción de ideas. Los analistas que aspiran a figurar como intelectuales públicos han relegado la exposición de planteamientos sustentados en el apoyo crítico y el disentimiento leal. En su lugar, optan por justificar políticas y razonamientos del oficialismo, aun cuando contradigan su discurso, o por repetir los argumentos que emanan de la presidencia. 

Quien haya seguido con atención las columnas de Zepeda reconocerá a un malabarista consumado del gobierno: justifica al oficialismo, ejecuta un movimiento crítico, y cierra con un giro que lo regresa a la justificación. No obstante, tras tantos malabares, el espectáculo ha perdido admiradores y, ante ello, le resulta más cómodo sugerir que el problema no es la falta de ideas en su show, sino el lodo que avientan los payasos que animan la Mañanera y que salpican de paso a la presidenta.

II

En 2024, un pesimista Sergio del Molino escribió en El País que ya nadie quiere a los pensadores y que, por ello, se encuentran en peligro de extinción. Lamenta la lejanía de figuras como Séneca y Platón, pensadores que aspiraban a influir en los gobernantes sin ceder a sus caprichos (conviene recordar que Séneca fue obligado por Nerón a suicidarse y que Platón terminó abandonando Siracusa sin lograr transformar a Dionisio II en un “rey filósofo”). 

También extraña a quienes, en lugar de incidir directamente en los gobernantes, buscaban formar un público mediante la divulgación de ideas. Sin nombrarlo, del Molino alude a Immanuel Kant, a quien Michel Foucault atribuye la invención de la esfera pública a partir de su célebre texto ¿Qué es la Ilustración? En ese escrito, el filósofo prusiano destaca por asignar a la actividad fuera del Estado el espacio de la libertad y por reivindicar el ejercicio público del pensamiento. Foucault subraya que su publicación en un periódico expresa con claridad esa apuesta por pensar en voz alta, a la vista de todos.

Del Molino sostiene que hoy nadie quiere a este tipo de pensadores, que el conocimiento se ha fragmentado y que prevalece la idea de que lo relevante consiste en la especialización en distintos campos (ésta, podríamos decir, es la versión neoliberal del intelectual); o en el posicionamiento de influencers sin formación especializada, aunque con posiciones privilegiadas en redes sociales (esta sería una versión contemporánea del propagandista que simula ser periodista o intelectual). En ese contexto, a los gobernantes dejan de interesarles los pensadores y con mayor frecuencia nadie quiere serlo: aspiran a medio especializarse o buscar ser virales en X.

III

El 8 de marzo, en el programa de radio de Gabriela Warkentin, Carlos Pérez hizo un malabar con maroma que seguramente habría despertado la admiración de Jorge Zepeda: mientras exaltaba un supuesto consenso sobre la mala elaboración del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, deslizó la idea de que hay numerosos casos de mujeres que huyen de casa y, por ello, no desean ser encontradas. Con eso convirtió el problema cualitativo y moral de las desapariciones en uno cuantitativo y de método. 

La afirmación provocó una oleada de críticas en redes sociales, al punto de que el periodista reivindicador de las maromas, Hernán Gómez, salió a defenderlo en su cuenta de X y sostuvo que los inconformes sacaban de contexto a Pérez. Como especialista en la materia, Gómez sabe que toda buena maroma requiere un escenario despejado. Por eso, en su defensa, aisló la pirueta de Pérez de dos contextos fundamentales que lo harían caer. 

El primero remite a que su planteamiento se dio cuando el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU señaló que en México existen desapariciones forzadas y, en consecuencia, un crimen de lesa humanidad, razón por la que refirió el caso a la Asamblea General. Ese señalamiento colocó al gobierno en un aprieto narrativo y optó por la descalificación, la minimización y la relativización de las cifras, en lugar de atender la situación o incluso aprovechar la intervención internacional como respaldo. Pérez se inscribe en esa lógica: relativiza la cifra y desplaza la discusión hacia el número, dejando de lado la desgracia que viven decenas de miles de familias.

El segundo, más grave aún, es que Pérez fue Comisionado de la Verdad en el caso de las desapariciones ocurridas durante la Guerra Sucia. Por esa razón, su lugar en la conversación pública no equivale al de cualquier analista; se supondría que ocupó ese espacio no sólo por una experiencia técnica, sino por su independencia política y el compromiso moral con la duda frente a las cifras del Estado y con la búsqueda de verdad para las víctimas. Durante y después de ese encargo honorario, Pérez ha defendido de manera sistemática las cifras gubernamentales en materia de homicidios y desapariciones. En ese sentido, no son los críticos, sino Gómez, quien descontextualiza su intervención: una parte sustantiva de la trayectoria pública de Pérez se ha construido del lado del Estado, no de las víctimas.

El problema para el gobierno, y en particular para la presidenta Claudia Sheinbaum, radica en que personajes como Pérez y Zepeda no son pensadores. No buscan incidir en las ideas de quienes gobiernan ni contribuir a la formación de una esfera pública con valores y límites reconocibles. Optan por una simulación intelectual que los aproxima a la figura del influencer, orientada a defender o repetir lo que emana de la presidencia, para tener cierta cercanía con el poder. En ese registro, la distancia frente a los “amarra navajas” de la mañanera resulta, en el mejor de los casos, tenue.

IV

En la clasificación de Sergio del Molino falta un tipo de pensador: aquel que hace públicas sus ideas y, al mismo tiempo, sólo pide que lo dejen en paz. Su exponente más claro es Diógenes el Cínico, conocido, entre otras razones, por responder a la definición de ser humano de Platón —“bípedo sin plumas”— con una gallina desplumada en la Academia: “he aquí al hombre de Platón”.

Uno de los episodios más difundidos es su encuentro con Alejandro Magno. El conquistador acudió a verlo mientras Diógenes descansaba al sol; tras presentarse, le ofreció concederle cualquier deseo. Diógenes pidió una sola cosa: que se apartara, pues le tapaba la luz. Alejandro no se ofendió; tomó la escena con humor y, según la tradición, comentó que de no ser Alejandro habría querido ser Diógenes.

El sentido del relato, como buena parte de lo que se sabe del cínico, radica en su desprecio por la simulación, tanto del poder como del orden social: que los poderosos dejen pensar en paz. Con sus gestos y provocaciones, los cínicos exhibían la falsedad de una Atenas marcada por la crisis y la pérdida de centralidad política e intelectual. Su forma de vida, en ruptura con toda forma de reconocimiento institucional o cercanía con el poder, carecía de privilegios y abría la posibilidad de otra comprensión del individuo y de la comunidad, más tarde reelaborada por el estoicismo.

En tiempos saturados de sinvergüenzas, malabaristas y acróbatas, se echan de menos más cínicos, en el sentido clásico del término. Figuras capaces de señalar la simulación y el deshonor sin esperar la aprobación de los poderosos ni el aplauso del público en forma de likes o retuits. A todos —incluida la presidenta— les haría bien ese tipo de pensamiento. Conviene recordar que mientras Calístenes, el pensador que acompañó a Alejandro, terminó ejecutado por él, Diógenes murió a su manera, ocupado en una última cuestión: si convenía más ser enterrado boca arriba o boca abajo.

Hugo Garciamarín

Doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y director de la Revista Presente

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Publicado en: Política

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