La Movilización Progresista Global: una oportunidad para México

La presidenta Claudia Sheinbaum asistió a la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, celebrada en Barcelona del 15 al 18 de abril de 2026. Al cubrir el evento, la prensa mexicana se centró en el deshielo de las relaciones diplomáticas entre México y España, así como en el contraste entre la presidenta y su antecesor, quien prácticamente pasó todo su sexenio sin salir del país ni prestar atención a la política exterior. 

Concuerdo con mis colegas de los medios en calificar de positivas ambas decisiones de Sheinbaum: reacercarse a Madrid luego de la absurda “pausa” que López Obrador le impuso a la relación bilateral y participar en un encuentro significativo que reunía a los líderes de los gobiernos izquierdistas más importantes de Iberoamérica:  Lula da Silva (Brasil), Gustavo Petro (Colombia), Pedro Sánchez (España) y Yamandú Orsi (Uruguay), entre algunos invitados de otras regiones del mundo (como Cyril Ramaphosa, de Sudáfrica), además de la propia presidenta de México. 

No obstante, la prensa mexicana ignoró casi por completo otro evento que ocurrió al mismo tiempo en Barcelona: la Movilización Progresista Global. La conexión ideológica y política entre ambos eventos es evidente, pero diferenciarlos es importante. 

Ilustración: Estelí Meza

La IV Cumbre en Defensa de la Democracia fue una reunión de jefes de Estado con una agenda de tres pilares: la defensa del multilateralismo y el derecho internacional, la gobernanza digital y el combate a la desigualdad. La Cumbre evitó presentarse como abiertamente antagonista ante Donald Trump y utilizar lenguaje confrontativo (por ejemplo, la palabra “imperialismo” estuvo fuera de la discusión). Pero fue claro que, en su defensa del derecho internacional y la no intervención, los mandatarios se posicionaron en contra del unilateralismo y la arbitrariedad de Washington. De modo interesante, al hablar del tipo de democracia que la Cumbre defendió, todos los mandatarios utilizaron el concepto de “justicia social” y coincidieron en que no puede haber democracia sin garantizar una vida digna para todos los ciudadanos. 

El discurso de la presidenta delineó algunos puntos importantes sobre la democracia que imagina para México y sobre el sistema internacional, pero fue poco propositivo. Me parece que esta frase resume su visión sobre el primer tema: “No hay democracia cuando no hay opción para los pobres, para los desposeídos”. Sobre el segundo tema —y en una alusión implícita a Trump— Sheinbaum reafirmó que el sistema internacional debe regirse bajo los principios de no intervención, solución pacífica de las controversias e igualdad jurídica de los Estados. Sus propuestas fueron firmar una declaración conjunta en defensa de la soberanía de Cuba, gastar parte del presupuesto militar global en la reforestación y, de manera acertada, celebrar la próxima Cumbre en Defensa de la Democracia en México en 2027. 

El segundo evento que pasó de largo para la prensa nacional me parece más importante. La primera reunión de la Movilización Progresista Global fue el lanzamiento oficial de esta plataforma, ideada por Pedro Sánchez, Lula y Stefan Löfven (presidente del Partido de los Socialistas Europeos). 

Se trata de una organización paraguas que aglutina a distintas fuerzas de izquierda a nivel global: desde intelectuales y académicos hasta organizaciones civiles y partidos políticos de todo el mundo. La idea es crear un foro para que las fuerzas progresistas discutan problemas compartidos, alineen posiciones frente a ellos y actualicen sus agendas frente al orden internacional emergente. 

En la sesión inaugural, Lula dejó clara la razón de ser y la misión de esta organización. En un destacado discurso que balanceó autocrítica retrospectiva con visión de futuro, el mandatario brasileño declaró que las izquierdas globales pecaron de omisión en dos aspectos: por un lado, al tragarse por completo el dogma de la austeridad neoliberal y abandonar las agendas sociales y, por otro lado, al dejar que la ultraderecha creara mecanismos transnacionales de acción colectiva sin hacer nada al respecto. Ante ello, arguyó que es hora de que las izquierdas retomen las banderas de la justicia social y la igualdad más allá de la equidad ante la ley y de oportunidades educativas, y vigoricen la batalla ideológica en las universidades, las calles y las redes sociales para contener la ola reaccionaria de la ultraderecha internacional. 

Pero la izquierda no solamente representa la igualdad, aclaró Lula; también representa la libertad: “y no hay libertad ni democracia sin una vida digna y decente para todos”. Sin embargo, la democracia en el interior de los países —prosiguió el presidente brasileño— depende de un sistema internacional justo con reglas claras. Por eso, sin dejar de consignar las fallas y los huecos de las instituciones internacionales, argumentó que los gobiernos progresistas deben defender el derecho internacional y el multilateralismo. Sin mencionarlo, Lula dejó claro que en tiempos de imperialismo estadounidense renovado y en el que algunas potencias ven a sus vecinos regionales como botines económicos o amenazas que pueden eliminar con impunidad, los países progresistas deben unirse para fortalecer un sistema internacional basado en reglas y en foros institucionales para dirimir las controversias pacíficamente. 

Luego de la participación de Lula, siguieron paneles con funcionarios públicos, cuadros políticos, intelectuales, activistas y especialistas. Algunas mesas discutieron cómo las izquierdas deberían enfrentar desafíos como la inteligencia artificial y su potencial desestabilizador para los trabajadores y la desinformación, pero también sus posibles usos y regulaciones para mejorar la vida de las personas. Asimismo, trataron temas como la reactivación de las políticas industriales en tiempos de relocalización de cadenas de suministro, la vinculación entre política económica y política social (que se desligaron durante la etapa neoliberal), nuevas ideas para garantizar la vivienda asequible para todos y posibles caminos para que las izquierdas puedan incidir en el orden internacional emergente. 

Un asunto transversal fue el posicionamiento de las izquierdas para contener el ascenso de la ultraderecha en el mundo, sobre todo entre los jóvenes. Sin el mismo nivel de urgencia, este discurso compartido me recordó a la formación de los Frentes Populares para contener el fascismo en el mundo entreguerras. La premisa de estos movimientos era crear coaliciones entre las distintas izquierdas —comunistas, socialdemócratas, nacionalistas y demás— para frenar el ascenso de los movimientos fascistas. 

Esta lógica explica que en este foro hayan participado izquierdas tan disímiles. Estuvieron presentes enviados de Morena, del Congreso Nacional Africano (partido en el poder en Sudáfrica, heredero de Nelson Mandela) y del Partido de los Trabajadores de Brasil, pasando por miembros de los distintos partidos socialistas europeos, representantes de fuerzas políticas africanas, latinoamericanas y asiáticas de todo tipo, organizaciones feministas y ambientalistas de todo el mundo y hasta representantes del Partido Demócrata de Estados Unidos, incluidos el socialista Zohran Mamdani, el centroizquierdista Tim Walz y la liberal Hillary Clinton. 

Algunos sectores de la izquierda critican esa heterogeneidad, pero yo la considero un acierto. En un momento tan inestable en el orden global, es necesario que las izquierdas unan fuerzas para, primero, combatir el imperialismo renovado de Washington y el ascenso de la ultraderecha global y, después, construir agendas compartidas para enfrentar los desafíos nacionales e internacionales derivados de las nuevas tecnologías, los cambios en la economía mundial y la inestabilidad geopolítica global.

Más importante todavía, este foro no fue un evento aislado, sino el comienzo de algo más grande. La Movilización Progresista publicó un comunicado que lo deja claro. Luego de describir la urgencia de este momento histórico —marcado por desafíos como concentración de la riqueza, desigualdad creciente, inestabilidad geopolítica, debilidad del multilateralismo y retos ambientales— el documento llama a la “movilización conjunta” de “todos los movimientos y ciudadanos progresistas” para “trabajar juntos por la paz, la democracia, la igualdad y el progreso social”. 

Por la importancia del esfuerzo —el primer intento serio de articulación global de las izquierdas en mucho tiempo—, me pareció triste la escasa presencia mexicana en el foro. Hasta donde pude constatar, sólo participaron Alicia Bárcena (secretaria de Medio Ambiente), Pablo Monroy (funcionario en Relaciones Exteriores) y Gabriela Ramos (quien fue la candidata mexicana para liderar la Unesco en 2025). 

Ojalá que la invitación que la presidenta extendió para celebrar la próxima Cumbre de la Democracia en México también sea válida para la Movilización Progresista. Y ojalá que más actores mexicanos aprovechen para unirse a esta organización. La importancia de este foro merece mayor presencia de funcionarios gubernamentales pero también de actores independientes.

Por un lado, los funcionarios mexicanos deberían buscar introducir el tema de la seguridad y el crimen organizado en la agenda de la Movilización. Vale la pena preguntarse: ¿cómo se puede lidiar con estos retos desde la izquierda?, ¿cómo balancear justicia social con persecución del crimen?, y ¿cómo insertar la disminución de la violencia en una agenda más amplia que no se centre únicamente en la acción penal y el combate militar? Además, los funcionarios mexicanos podrían aprender de políticas sociales, económicas y de desarrollo que han llevado a cabo otros países de izquierda. 

Por otro lado, los actores progresistas independientes tienen mucho que aprender del diálogo con activistas sociales, sindicales o políticos de otros países. Incluso México se beneficiaría de la participación de Movimiento Ciudadano (nominalmente socialdemócrata) en este foro. Vale la pena discutir con otros partidos izquierdistas de oposición para aplicar a México ideas sobre cómo incidir en términos de derechos laborales, ambientales y sociales desde fuera del gobierno o desde lo local.

Ante el debilitamiento de Naciones Unidas y el imperialismo abierto de Trump, México no puede darse el lujo de quedar fuera de estos foros. Tampoco puede renunciar a discutir sobre el orden internacional emergente, sobre los cambios en la economía mundial y sobre cómo enfrentar los grandes desafíos de nuestro tiempo. 

La izquierda es internacionalista o no es. Y hoy, en un panorama global tan impredecible como preocupante, esto es más cierto que nunca. 

Jacques Coste

Analista político, historiador y autor de Derechos humanos y política en México (Tirant lo Blanch e Instituto Mora, 2022). Cursa un doctorado en historia en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, donde estudia la transición democrática de México.

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Publicado en: Internacional

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