Una Clara utopía

Cuando Clara Brugada propuso, en su campaña por la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, un sistema público de cuidados basado en la justicia social y la equidad de género, elegí creerle. Al convertirme en mamá recordé cuando habló de “la ciudad feminista que queremos” y supuse que impulsaría programas para la maternidad. Mi búsqueda de esas políticas públicas me expuso, de a poco, primero, y de golpe, después, a una serie de prácticas que destaparon la forma de hacer política de este gobierno: una forma que –en la práctica– nada tiene que ver con los principios que predica de igualdad, dignidad y justicia.

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Llegué al Zócalo el miércoles 27 de agosto por la mañana muriéndome de frío. Faltaban quince para las ocho y el cielo gris amenazaba con una de las lluvias torrenciales de este verano. Después de 45 minutos en metro y 30 caminando, me urgía sentarme a descansar. Me formé en una fila detrás de otras mujeres intentando entrar al Zócalo para el evento de entrega de apoyos económicos para madres de bebés desde cero meses a tres años de edad. Custodiada por cientos de servidores de la ciudad, la plancha del Zócalo estaba cubierta por 19 000 sillas perfectamente organizadas en cuatro secciones, cada una con cinco bloques subdivididos en veintisiete filas con 35 asientos por fila.

Después del primer acceso me dispuse a buscar mi asiento (el número siete de la fila Q en la zona tres del bloque azul). Un mundo de gente avanzaba, entre la multitud, irguiendo el cuello para leer las letras del abecedario que los servidores escribieron en pedazos de papel que levantaban sobre su cabeza para orientarnos. Algunos, los que habían hecho su letrerito con plumón, eran más efectivos que los que tenían la letra escrita con un débil trazo de pluma. Delante de mí, en la entrada a la fila Q, una mamá adolescente de unos 16 años, con su bebé en brazos, le empezó a suplicar a la servidora que la dejara pasar. La funcionaria le exigía una copia del CURP de sus padres (documento que no aparecía como requisito en ningún lugar) para permitirle el acceso.

Mientras resolvía su caso, me pidió apuntar, en la copia de mi identificación oficial, mi número de teléfono. Recordé cuando una amiga que trabajaba en comedores comunitarios en gobiernos anteriores me contó alguna vez cómo le retenían la comida a los beneficiarios hasta que no dieran su número para después hablares para pedir su voto, recordándoles que la comida se las había dado el político con el que ahora estaban en deuda. Pero no, esto no era lo mismo; la servidora me aseguró que me pedían el teléfono por si había problemas con mi registro, cosa que no tenía mucho sentido porque el registro lo había hecho antes; lo había hecho para llegar ahí.

Le pregunté cuánto tardaría la entrega de tarjetas. Con un gesto adusto me dijo que me fuera a sentar. La entrega empezaría hasta después de que la jefa de gobierno diera su discurso y, me dijo la funcionaria, Clara Brugada solía llegar hasta después de las 9:00. Tenía que ser un error, pensé. Nos citaron a las 7:30.

Encontré mi lugar mientras una ligera llovizna empezaba a cubrirnos a todas, menos a una funcionaria pública con pantalones entallados y una chamarra gruesa que subió al templete del escenario para cantar. A mi derecha, una mamá intentaba calmar su bebé de trece meses que tiritaba de frío. A mi izquierda otra arrullaba de pie a su bebito de no más de cinco meses, envuelto en una cobija con patitos amarillos. En las filas de enfrente y en las de atrás, la misma escena se repetía: mamás (y algunos papás) cargando, calmando y calentando a un mar de bebés.

“¿Qué?, ¿no les gusta Jenni Rivera?”, increpó la mujer con el micrófono. El bebé a mi derecha dejó de tiritar y empezó a llorar. “¡Aplaudanle a la jefa de gobierno que viene en camino!”, clamó. A excepción del coro de llantos, el Zócalo permanecía en silencio. “¡Entonces aplaudan para que se les quite el frío!”, exigió, haciendo palidecer de inmediato aquel “ya sé que no aplauden” de un Peña Nieto que, a comparación, resultaba menos cínico.

Saqué los extractores de leche materna que traía en mi bolsa y volteé alrededor. Confirmé, a mi pesar, que no había privacidad posible, ni algún techo cercano; ningún área destinada a la lactancia en un evento organizado para madres de bebés lactantes. Viendo las caras a mi alrededor, me pregunté cómo había terminado ahí. El motor de los extractores ronroneaba con su sonido habitual mientras la espera se prolongaba. Una espera que, en realidad –me di cuenta después–, inició mucho tiempo atrás.

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Estando embarazada escuché, en algún momento, sobre un programa de apoyo a la maternidad en México. Sabía de países como Argentina y Brasil donde los gobiernos hacen transferencias económicas a las madres más vulnerables; de políticas en países como Corea del Sur, Japón o China que entregan un subsidio mensual escalonado por niño para promover la natalidad; de países ricos como Alemania, Suecia, Finlandia o Noruega, que entregan apoyos económicos de monto fijo a todas las mamás por igual.

Cuando nació mi hija, en enero, nadie me mencionó nada del programa. El gobierno no me hizo llegar información ni cuando me entregaron su certificado de nacimiento, ni cuando la llevamos al registro civil, ni cuando la vacunamos en el centro de salud. Si había un programa para todas las madres, no era uno que el gobierno nos estuviera acercando. Pero, terca, supuse que una administración de izquierda –ya fuera en la CDMX, la “Ciudad de los Derechos”, la de las Utopías, o a nivel federal, encabezado por la primera presidenta del país quien se definió como “madre, abuela, científica y mujer de fe”, en ese orden–, habría creado un programa de apoyo para las madres de México y empecé a buscarlo.

En internet había muchas menciones al programa que varía de estado a estado. En la Ciudad de México se llama “Desde la Cuna” y consiste en un subsidio bimensual –para todas las madres o padres– de monto fijo que, según la página oficial que se consulte (porque hay al menos dos), es de 1,200 o 1,000 pesos durante los primeros tres años de cada niño. Revisé para quién aplicaba el programa, pensando que quizá era –como Solidaridad, Progresa, Prospera y Oportunidades– para las familias más vulnerables, pero no: Desde la Cuna era para todas las madres o padres, sin restricciones. Sin embargo había que registrarse para entrar al programa.

¿Por qué se requería un registro cuando el apoyo es para todas las madres (y padres) y el gobierno tiene información de cada niño que nace en la ciudad?, ¿para qué ese requisito adicional? Supuse que el registro sería algo eficiente, a cargo tal vez de la Agencia Digital de Innovación Pública (ADIP) que eliminó tiempos de espera innecesarios en renovación de licencias, refrendo de tarjetas de circulación y emisión de actas de todo tipo, pero no logré encontrar información para inscribirme por ningún lado.

“¿Dónde me registro?”, leía un botón en una de las páginas oficiales, pero, al seleccionarlo, me regresó a la página de información general. Todo estaba en una superficie imposible de penetrar. En línea no encontré manera de registrarme, ni información sobre cómo hacerlo. Tampoco hay una oficina dedicada al programa para acudir a preguntar. Las empleadas de mi centro de salud, donde vacuno a mi hija, no sabían nada sobre esos apoyos. Obtener información oficial, clara y oportuna sobre Desde la Cuna se convirtió en un primer obstáculo, y en ese abismo habité un par de meses, equivalente al primer depósito bimensual del programa.

Si buscando información por medio de canales oficiales no había logrado nada, la curiosidad de mi papá dio con una servidora de la ciudad. Por mera casualidad, nos enteramos de que ella controla el registro para Desde la Cuna. Después del primer intercambio de mensajes, aprendí que su número era el canal oficial de información y el único vehículo para acceder al programa. Así empezó una dependencia total a su esporádica e impredecible comunicación por WhatsApp. El registro para ese mes ya había pasado, me explicó, así que tocaba esperar al siguiente.

A falta de una fecha concreta, la servidora me dijo que me mantuviera atenta al celular porque la apertura de registros sucedía sin previo aviso. Tres semanas después, el 31 de julio a las 8:06 am, me llegó su mensaje. Decía que al día siguiente me iba a avisar dónde nos veríamos y a qué hora para que le llevara todos mis papeles para el registro. Le pedí algo más concreto para organizarme, explicándole que tenía otras cosas que hacer, pero la joven cancerbera del programa social ya no me respondió.

“Hola buenos días en un rato más te aviso donde te veo” [sic], decía el mensaje del día siguiente. Esperé un par de horas sin más información. Le volví a preguntar si me podía avisar dónde verla, si era lejos, si tenía hora definida. Al final me dijo que podía verla en una plaza comercial donde estaba esperando a una amiga suya. La encontré sentada en una banca junto a la bahía de coches, con su chaleco guinda, platicando con otra servidora. Mientras la gente iba y venía, le entregué mis documentos, los guardó en un sobre y —con una tijerita que sacó de la cangurera que llevaba a la cintura— cortó un talón de acuse que me entregó antes de despedirse.

El siguiente paso era esperar una llamada telefónica (que podía llegar al día siguiente o tardar hasta un par de semanas) para recibir un documento oficial en mi domicilio. Supuse que se trataba de una tarjeta de débito para recibir los apoyos. Veinte días después recibí la llamada. Otra funcionaria de la ciudad venía a hacerme la entrega. Para mi sorpresa era una carta. “Nos alegra mucho saludarte y hacerte una cordial invitación para que asistas a la entrega del programa social ‘Desde la Cuna’”, leía. La cita era a las 7:30 am del miércoles 27 de agosto –siete días después de la entrega de la carta– en el Zócalo capitalino. 

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El zumbido de mis extractores se detuvo y el silencio me indicó que la sesión de extracción de leche había terminado. Me quité cada uno mientras la gente a mi alrededor ignoraba a la animadora, que seguía cantando en el escenario y, con cuidado, abrí la hielera portátil donde transporto la leche que me extraigo cuando estoy lejos de mi bebé. En condiciones imposibles para la lactancia, detuve la hielera entre las piernas, agarré la tapa de los extractores con los dientes y vacié la leche. Eran pasadas las 9:00 cuando el evento por fin inició.

“En la época neoliberal no había programas sociales, quién sabe a dónde iba a parar todo ese recurso”, proclamó, orgulloso, Tomás Pliego Calvo, Secretario de Atención y Participación Ciudadana, ignorando programas como Solidaridad, Progresa, Prospera y Oportunidades. A mi alrededor, la gente bostezaba. La mayoría de la fila Q seguía vacía. Imaginé que no todas las madres registradas habían logrado llegar.

Por fortuna yo pude dejar a mi bebé en casa de mis papás, quienes la cuidaron durante las casi tres horas de evento y las dos horas que me tomó el trayecto, en metro, al Zócalo. Tenía también la posibilidad de ausentarme de mis clases de doctorado gracias a la comprensión de mis profesores. Pero había gente que no estaba en esa posibilidad, los que más necesitaban el beneficio: gente que no podía faltar al trabajo o hacer el viaje hasta el Zócalo o que no tenían donde dejar a sus bebés y, como yo, no querían exponerlos a la intemperie, el frío, la espera y a la incomodidad de las sillas plegables donde difícilmente se podía amamantar.

Clara Brugada vestía un mono color mamey y un saco blanco. Se puso de pie para acercarse al micrófono. En el templete habían colocado a dos madres y un padre, cada uno con sus bebés, que se convertían en parte de la escenografía del evento. “Consideramos que este programa Desde la Cuna hace justicia tres veces”, comenzó Brugada. “La primera, porque es un acto de justicia para las infancias de esta ciudad”. La plancha del Zócalo estaba en silencio a excepción de los llantos de bebés que –con frío, sueño y hambre– llevaban horas esperando para poder recibir ese apoyo que, Brugada presumía, existe para hacerles justicia.

“Segundo”, continuó la jefa de gobierno, “este programa también es un ejercicio de justicia para las mujeres”; mientras tanto, esas mujeres a las que aludía se paraban, se sentaban, daban pasos para atrás y para adelante frente a sus sillas plegables, arrullando, consolando y meciendo a sus bebés en brazos. Estábamos también las que nos extraíamos leche para evitarnos una mastitis en las horas de espera que nuestros bebés no podían ser amamantados.

“Y tercero”, continuó la mandataria, “este programa es un acto de justicia social a las familias más vulnerables”. Familias que se habían visto obligadas a perder una mañana de trabajo; familias que tuvieron que viajar al Zócalo cuando una servidora de la ciudad podría haberles entregado la tarjeta en sus domicilios; familias que no habían logrado franquear todos esos obstáculos para llegar por el apoyo, no digamos poder solicitarlo.

Antes de terminar su discurso, Brugada anunció la pronta creación de guarderías gratuitas donde la mujer podrá “ir una hora a natación, a yoga o al spa que va a haber en todas las Utopías”, presumió sonriendo. Hablaba de spas y de yoga mientras la escuchábamos agarrotadas por la espera, rehenes de la promesa de una tarjeta cuya entrega sucedería sólo cuando ella –que había llegado dos horas tarde– terminara de hablar. “¿Cómo ven este programa?”, preguntó desde el templete. La respuesta abrumadora, silencio. “Queremos que este programa de cuidados apoye para que las mujeres tengan tiempo para sí mismas”, añadió Brugada, “para devolverle el tiempo histórico que le han dedicado a los cuidados”.

Algo había pasado desde mi embarazo –cuando creía que el gobierno de Brugada ofrecería programas de gobierno dignos como parte de su promesa por una Ciudad de Utopías– y lo que estaba presenciando en el Zócalo capitalino. Desde la Cuna había sido una carrera de obstáculos: encontrar información cuando no hay ningún canal oficial que la facilite; esperar instrucciones de una servidora voluntariosa; descifrar qué hacer con tu bebé, tu lactancia y tu trabajo para asistir al Zócalo donde el frío sólo lo pasamos quienes tenemos que aplaudir por dinero. Y, para quienes habíamos perseverado, el último paso de la ordalía incluía ver y escuchar hablar a Brugada como requisito indispensable para obtener el apoyo.

La jefa de gobierno terminó su discurso y el maestro de ceremonias le pidió a los funcionarios en el templete dar media vuelta “para una fotografía colectiva, una selfie”, dijo. “Les pedimos a las personas que nos acompañan poniéndose de pie, por favor, para también salir en esta fotografía desde sus lugares”. 19 000 personas –o las que hubieran llegado al final– nos quedamos sentadas... al menos hasta que se escuchó el grito de una servidora de la ciudad desde un costado de las filas: “¡Si no se paran no les entrego sus tarjetas!”. Ni Martín Luis Guzmán podría haber imaginado una mejor escena para La sombra del caudillo. Con esa orden, las mamás de la zona azul –y de la verde, de la violeta y de la roja–, nos paramos cargando bebés en llanto y extractores escurridos para salir en su foto.

La salida tomó veinte minutos más. Estábamos encerradas en el zócalo. Los servidores no habían movido las vallas metálicas que funcionaban como muralla, impidiéndonos salir. Navegaba, entumecida, entre una multitud de brazos protegiendo caras de bebés con ojos bien abiertos.

Llegué a casa de mis papás por mi bebé pasadas las 11 am. La amamanté y un rato después nos fuimos a casa. En la tarde me senté con una taza de café dispuesta a ver, por primera vez, la tarjeta que me dieron. ¿Exageré con mi malestar por la experiencia?, ¿y si sí se trataba de un programa pensado para las mamás de la ciudad y su bienestar? Saqué el sobre de mi bolsa y, hasta ese momento, me di cuenta que tenía un papelito engrapado en la parte superior derecha. Giré el sobre para leerlo. “¡Sigue a Clara Brugada en sus redes!”, decía.

Alejandra Ibarra Chaoul

Politóloga, periodista independiente y autora del libro Causa de muerte: Cuestionar al poder: Acoso y asesinato de periodistas en México (Aguilar, 2023).

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Publicado en: Política, Vida pública