El Cerro de la Silla y el Cañón de la Huasteca, con sus rugosas cimas invitan por igual al agua a caer a cántaros como a escalar al regio; el verdor sereno de Chipinque y las aguas cristalinas en el Río Ramos, la Laguna del Perico, o la Cola de Caballo; también los bosques blancos en Galeana copados por el frío; y el parque Fundidora que nos dice miren lo que hice, de mi surgió esta mi ciudad, fuerte, dura, como el hierro y el acero: aquí fundí a mi gente orgullosa y jaladora; Villaldama, Mina y Linares, también Santiago y Bustamante: pueblos mágicos, coloniales y rupestres; grutas, cascadas, presas, ríos, catedrales: ¿Todo este pintoresco lienzo es mi Nuevo León?
No. Nuevo León es un desértico terrario: apretado, ceniciento, seco y desolado. El aire mata, el calor sofoca, el agua se evapora. Quisiera que sólo fuera un juego de palabras, pero en Monterrey hay, al menos, 3000 muertes asociadas a la mala calidad del aire de cada año, y en los próximos cincuenta años, se prevé que el estado llegue a presentar temperaturas superiores a los 35 grados centígrados durante 160 días cada año. Además, pese a tener hoy presas llenas, expertos calculan que tendremos agua sólo hasta 2028. Mientras, en todos lados se presume el Nuevo Nuevo León: remodelado, reinventado y “blindado” para la gran fiesta del fútbol, que traerá, con sólo cuatro juegos, 3.3 millones de turistas, una ocupación hotelera del 63% y una derrama económica de 34 000 millones de pesos.

2.
La preparación mundialista del estado se percibe de distintas maneras, y el gobierno las presume a partir de tres ejes. El primero: un cambio de paradigma sobre el arbolado urbano. En 2021, Nuevo León tenía 4.64 m2 de áreas verdes por habitante, menos de un tercio de los 15 m2 recomendados por la ONU. En cuatro años, afirman, se han plantado cerca de 933 627 árboles, y construyen nuevos corredores verdes: una conexión peatonal desde el Estadio BBVA hacia el Parque Fundidora. El segundo eje es el de seguridad: con capacitaciones en San Salvador (¿?) para las policías, construcción de un nuevo Cuartel General para la Fuerza Civil, un nuevo Black Hawk, nueve helicópteros nuevos, y dieciséis nuevos destacamentos. El gobernador se siente seguro: habrá paz durante la justa mundialista. El tercer eje gira en torno al transporte urbano: nuevas líneas del Metro 4 y 6 (a través del Monorriel), la Estación Aeropuerto y la Estación Torre Rise; y la modernización de la Línea 1. Samuel García presume, además, la incorporación de 4000 nuevos camiones sustentables que forman parte de la “reestructuración” del transporte, así como quinientos nuevos paraderos.
Desde 2022 Samuel ansiaba ver su estado nuevo y reinventado. En ese entonces anunció que construiría tres nuevas líneas del metro —41 kilómetros y 41 estaciones, incluyendo el Monorriel—. (Para contextualizarlo, las tres líneas en operación apenas suman 40.2 kilómetros.) La línea 5 proyectada para el sur de la ciudad no se ejecutó. En su lugar, el gobierno optó por TransMetro: palabra endulzada y glorificada por la técnica política para decir aquí sólo nos alcanzó para camiones con carriles exclusivos. Luego, en 2023, anunció un nuevo aeropuerto en el Puente Colombia, y desde entonces, no ha habido una sola palabra, o un ladrillo, al respecto. Su emblemática obra, el monorriel más largo de Latinoamérica, para junio contará con apenas una estación operativa, ¡de veintinueve!
Estudios recientes indican que los conductores en Monterrey pasan entre 56 y 116 horas anuales atrapados en el tráfico. Las obras mundialistas han disparado el tiempo de traslado: de un año a otro, pasó de 50 a 68 minutos por traslado promedio de un ciudadano. Me parece, sin embargo, que el Mundial reveló —y no creó— esta profunda crisis de movilidad urbana. Lo que han hecho estas obras es señalar, enfocar, y acelerar problemas que Monterrey ha atravesado durante décadas.
3.
Somos una ciudad dispositivo de la industria. Nuestra área metropolitana, e incluso nuestra propia casta social, es producto de haber vuelto a la industria en dogma, credo, y religión: empresa sobre planeación; industria sobre dispersión geográfica; que el mercado dicte la ciudad. Si hay economía, hay ciudad. Y si las ciudades modernas y desarrolladas se trazan y se piensan con precisión de fórmula aritmética, la mancha urbana de Monterrey es un estornudo sobre un pizarrón. No hay lógica ni dispersión que explique su crecimiento… salvo, claro, la industrialización.
En Nuevo León hay alrededor de 250 parques industriales que albergan 1117 empresas, y cuya superficie abarca, al cierre de 2024, 149 millones de pies cuadrados en quince municipios. Además, según The Guardian, Nuevo León tiene 189 industrias altamente contaminantes en zonas conurbadas; en términos simples, igual de riesgo para la salud implica ir a estudiar a la escuela que ir a encerrarte doce horas en una fundición de cal o zinc o hierro.
¿En términos poblacionales? De 1990 a 2020 pasamos de 2.7 a 5.3 millones de habitantes. Esto implica un crecimiento promedio de 86 700 personas por año, que ubicaría la tasa demográfica de crecimiento en 2.28 % anual (por cierto, la tasa de crecimiento demográfico nacional de México en ese mismo periodo rondó entre el 1.5 y 1.8 %). Quiere decir que Nuevo León ha añadido desde 1990, lo equivalente a 700 campos de futbol de camino construido. El resultado de esto es que 45 % de los desplazamientos en Monterrey sean viajes al trabajo.
De esos desplazamientos, 50 % se realiza en automóvil, y casi la mitad, con una sola persona a bordo. 40 % de los traslados vienen de las “afueras” o periferias de Monterrey. La población se multiplicó a razón de 1.96 (casi el doble), y la superficie construida (urban sprawl) a razón de 2.31 (más del doble). Esto, en urbanismo, se traduce en pérdida de densidad. En el momento en que una metrópoli crece en población, pero pierde densidad, se dispersa, y las personas gravitan sin un centro hacia las periferias, y los centros son tomados por las empresas y los capitales. Por ello municipios periféricos a Monterrey –El Carmen, Zuazua, Pesquería, Ciénega de Flores y Salinas Victoria– han registrado una explosión demográfica del 2000%; mientras que Monterrey, San Pedro y Guadalupe han crecido apenas 6%, 16% y 20%, respectivamente.
Por eso a la ciudad la percibíamos como un caleidoscopio: fragmentado, en desordenado movimiento. La habitamos sólo a través del vidrio del coche, del transporte. En Nuevo León existe una relación de un vehículo por cada dos personas (y en San Pedro la tasa es mucho mayor: 1.2 o incluso 3 autos por persona, considerando población flotante). Los que realizamos viajes en automóvil en Monterrey dedicamos, en promedio, 50 minutos al día en trayectos. Los que viajan en transporte público pueden experimentar hasta 3 horas sólo de trayecto. Si los cálculos de la Secretaría de Turismo son correctos, Monterrey no tendrá la capacidad ni la infraestructura para recibir a esas 3.3. millones de personas.
Pienso en Tolstoi y en Anna Karenina: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia desdichada lo es a su manera.” Algo similar ocurre con las ciudades, mas en sentido inverso: las ciudades felices lo son a su manera, pero todas las infelices se parecen. No logro dejar de pensar en el Distrito Federal de hace treinta años y en el Nuevo Nuevo León. Crecí viendo al Distrito Federal como una ciudad congestionada, con alta delincuencia, sobrepoblada, con altos índices de contaminación, y nula o baja movilidad urbana. Copiamos idénticos problemas, sin sus soluciones: Monterrey no es ciudad, es satélite industrial.
4.
El discurso oficialista enfatiza la modernidad, cacarea la inversión, y los usuarios padecen el día entre largos periodos de espera y múltiples trayectos, que se vuelven carísimos: el metro cuesta 10.10 pesos por viaje, y los camiones, 16.60 pesos por pasajero. (El costo seguirá aumentando cada mes hasta que llegue a 17 pesos, en agosto.)
En notas positivas, me parece que algo que el Mundial (y las obras que ha detonado) ha logrado es cambiar la percepción de la movilidad; sin ella, no hay ciudad, y sin ciudad, no hay individuo. Vamos, la movilidad no es política pública, sino condición existencial. ¿De qué? Primero, del individuo, y segundo, de las políticas públicas. Dime cuánto tiempo te permite la ciudad al ocio y te diré quién eres.
¿Quedarán las obras funcionales? No es esa la pregunta correcta. ¿Por qué tanta ambición? ¿Por qué tanta inversión? ¿Era necesario tanto para un solo mes de buen fútbol? Vistas así, las obras mundialistas dicen más de lo que el gobierno admite: fueron apuestas calculadas de capital político. ¿Podrá la realidad -el enojo social, las obras inconclusas- despertar a la ciudad de sus sueños de fútbol?
El Mundial no transforma ciudades, las revela. Lo que los japoneses, sudafricanos y coreanos verán en Monterrey no será el Nuevo Nuevo León prometido, sino una versión cara e iluminada de un problema que se arrastra desde hace 30 años. El maquillaje mundialista es en sí mismo un diagnóstico: una ciudad que necesita un evento global para justificar infraestructura básica es una ciudad que nunca pudo justificarla por sus propios ciudadanos.
Monterrey no necesitaba el Mundial para tener transporte urbano, metro, árboles, y seguridad: necesitaba poner al centro a las personas, no a la industria; si algo reveló el sueño mundialista en el Nuevo Nuevo León es que sabemos crecer, sólo no sabemos para qué lo hacemos…
Javier Talamás
Estudió Derecho en la Universidad de Monterrey y Literatura Española e Hispanoamericana en la Universidad de Barcelona.