A la memoria de Rossana Reguillo

Cuando es tanto el ímpetu y el coraje por vivir, la muerte se torna una insoportable losa cuyo peso es tristísimo soportar. Porque queda un vacío que ni con el redoble de los esfuerzos puede intentar colmarse. Por eso duele, y duele mucho, cuando fallece alguien que se entrega sin reservas a esa encomienda que es el azaroso hecho de existir, que asume con seriedad aquello que hace para poder ser. No es que las vidas valgan más o valgan menos, es que la cercanía con personas tan vitales, tan vehementes en su modo de estar en este tiempo y este espacio, obliga a uno a interrogarse si nuestra vida está a la altura de lo que se piensa, y cuestionarse qué se está haciendo en realidad.

Hace unos días falleció la profesora Rossana Reguillo. Investigadora, docente y activista, su trayectoria estuvo atravesada por una preocupación constante por comprender las formas contemporáneas de la violencia, las transformaciones de las juventudes y las maneras en que el poder se reconfigura. Desde el entendimiento de las ciencias sociales como una vía para fortalecer nuestra humanidad, construyó en el ITESO un espacio de reflexión crítica y producción de conocimiento que trascendió el ámbito académico. Como las mejores profesoras, sus enseñanzas nunca se limitaron a su alumnado.

Ilustración: EstelÍ Meza

Esa forma de incidencia desbordada explica, en parte, lo que sucede tras su partida. Y es que sinceramente creo que uno de los homenajes más honestos que se le pueden hacer a alguien una vez que se ha ido es el espontáneo, aquel que no pasa por la solemnidad ni por el protocolo, sino que se empeña en construir una memoria compartida. Me ha llamado la atención el intercambio de anécdotas y los recuerdos que se comparten como si intentaran retener algo de lo vivido con ella.

No seré la excepción. El año pasado, en la FIL de Guadalajara, en la presentación del libro Crisis o apocalipsis: el mal en nuestro tiempo, de Javier Sicilia y Jacobo Dayán (https://redaccion.nexos.com.mx/crisis-o-apocalipsis-conversacion-con-javier-sicilia-y-jacobo-dayan/), la profesora Reguillo comenzó el evento con una afirmación que marcó todo lo que siguió. “El mal en nuestro país tiene nombres propios y sigue doliendo”. Entonces, con una triste voz entrecortada que contrastaba con sus llamativas gafas amarillas, enlistó:

Irma Hernández Cruz, la maestra taxista veracruzana obligada a leer un mensaje del crimen organizado antes de ser ejecutada. 

Bernardo Bravo, líder limonero michoacano asesinado por denunciar la captura criminal de su sector. 

Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, ejecutado a plena luz del día frente a su esposa y sus hijos menores. 

Alejandrina Orozco, madre buscadora a quien le entregaron restos que no correspondían a su hijo, Pablo Orozco, desaparecido en esa larga cadena de reclutamientos forzados que continúa devorando vidas jóvenes en el país”.

Nombrarlos, dijo la profe, “no es un gesto retórico. Es la forma de impedir que la violencia se vuelva abstracta. Un recordatorio de que la crisis no es una metáfora, que hablar del mal en México exige partir de sus territorios y de sus muertos”. Entonces formuló una pregunta: ¿Qué quedará de nosotros cuando esto termine, si es que termina? El valor de la memoria y de la verdad, respondió.

El valor de la memoria y la verdad. Tan sencillo y a la vez tan potente. Una fórmula inequívoca para hacerle frente a todo aquello que está mal, que no debió pasar. Porque nos hemos acostumbrado a escuchar cualquier tipo de justificación en aras de una paz aparente o de intereses que terminan por diluir responsabilidades.

Por eso vale la pena no minimizar a aquellos operadores y cómplices que, cobijados por el oficialismo, optaron por la descalificación y el ataque cuando la mirada de Rossana resultaba incómoda, cuando su lectura del país desnudaba aquello que muchos preferían no ver. Ese fue el costo de su voz crítica en un entorno que con frecuencia castiga la coherencia y premia a sicofantes, lamebotas y maromeros, cuya opinión se acomoda a la conveniencia del momento y pone la palabra al servicio del poder en turno. 

Rossana no se replegó. Sostuvo su palabra y asumió las consecuencias de lo que muchos evitan nombrar. Por eso, cuando finalizó la presentación del libro en la FIL y recibí un mensaje de mi colega Azul Aguiar que decía que la profe quería conocerme, me emocioné. Sabía que teníamos amigos en común, que nuestros círculos se cruzaban, pero nunca habíamos coincidido en persona más allá de las redes sociales.

Nos encontramos entre libros y un montón de gente pasando. Platicamos unos momentos, nos reímos. La naturalidad de Rossana para pedirme no tirar la toalla incluso en la derrota, resistir en un país que se nos va de las manos, me pareció de una congruencia monumental. Para ella no había duda, la palabra es indisociable de la postura. Lo habitual sería sostener una posición aun cuando incomoda y la excepción era esto que estábamos viviendo, ver a miles adaptándose interesadamente sin ningún parámetro ético. Y por eso, para ella, las personas que luchan y que no claudican son las que mantienen abierto un margen de posibilidad frente a lo que parece cerrado. Por eso cada día tiene que haber más y más gentes incómodas, intensas, íntegras, esas que no se venden ni aceptan un no como respuesta. Aquellas que, como la profe Reguillo, se organizan, se entusiasman, rehúyen a la tentación de una vida cómoda aunque profundamente complaciente e indiferente frente a lo que duele.

Pienso y vuelvo a pensar en todo aquello que se nos va, en lo que no queda y, sin embargo, debería quedarse. En la injusticia que implica la muerte de los justos, de quienes tendrían que vivir para siempre. En que, a veces, la tragedia de perderlo todo parece la única forma de intentar, quizá, recuperar algo, porque los que se han ido ya nos han mostrado que hay un horizonte que seguir.

Que la tierra le sea leve a Rossana. Buena persona y testimonio visible de una vida de lucha, de aquello que todavía vale la pena sostener. Que cada vez seamos más quienes aspiramos a estar a la altura de lo que ella encarnó. Evoco su memoria a la par de tantas personas que no debieron morir, visibles o discretas, con trayectorias distintas pero igualmente necesarias para recordarnos lo que importa. Sus vidas permanecen en la medida en que las incorporamos a lo que somos y a lo que hacemos; a la forma en que decidimos intentar cambiar el mundo que ellas, de alguna u otra manera, ya han cambiado.

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor de filosofía del Derecho del ITAM.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Vida pública

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *