
Desde hace algunas semanas, al salir de casa por la mañana noto mayor presencia de trabajadores municipales en las calles de Guadalajara. Los resultados de esta presencia se notan. El pasto está mejor cuidado y tiene flores. Los pasos peatonales presumen un blanco recién pintado que no se había visto en una buena temporada. Señalética que antes estaba dañada o ausente ahora reluce, restaurada.
Estos pequeños (pero notorios) detalles son la punta del iceberg en una “manita de gato” que incluye otras como las recientes remodelaciones de la Minerva y la Plaza Liberación y, por supuesto, el arranque de operaciones de la Línea 5 del Tren Ligero que conecta a la ciudad con su aeropuerto. La razón de estos esfuerzos no se debe a algún tipo de gesto apreciativo de las autoridades locales hacia su ciudadanía, sino que forman parte de los preparativos de cara a los cuatro partidos de la Copa Mundial que se disputarán en la ciudad durante el mes de junio. Según la Secretaría de Turismo de la entidad, se espera recibir alrededor de tres millones de visitantes durante el torneo.
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El mejor resultado que ha obtenido la selección mexicana en una Copa del Mundo ha sido llegar a cuartos de final. Lo ha conseguido en dos ocasiones: 1970 y 1986. En la primera, fue derrotada 4:1 (uno de ellos, autogol) por Italia. La segunda vino de la mano de Alemania Occidental, una vez más con un marcador de 4:1, esta vez en penales. México fue el país anfitrión del torneo en ambos casos.
En el siguiente Mundial, celebrado en Italia en 1990, México quedó fuera por causa del Cachirulazo, escándalo en el que se descubrió que la selección sub-20 había colado jugadores de edad mayor que la permitida a finales de los años ochenta. Esto le valió al equipo una suspensión de dos años que se extendió a todas las selecciones mexicanas de futbol y que costó no estar en Italia. El regreso a la competencia sería cuatro años después, en Estados Unidos 94. La participación del país llegó hasta octavos de final, donde cayó ante Bulgaria 3:1 en penales.
Uno suele esmerarse un poco más de lo usual con la limpieza de la casa ante la llegada de visitas. También es común hacer un esfuerzo por ocultar o disimular ciertos aspectos de la intimidad propia que no deseamos exponer ante terceros. ¿Qué van a pensar los invitados del plato de cereal sucio que lleva varios días en la mesa de la sala? ¿Qué dicen de nosotros los productos (o la falta de estos) en la repisa del baño? Nada más bochornoso que el pariente que ante los demás te llama con el apodo que preferirías que nunca cruzara la puerta hacia el exterior. Faltan algo así como dos meses para que se dé la patada inicial al partido entre Corea del Sur y República Checa que arrancará las actividades mundialistas en la ciudad. Y así es como me imagino a las autoridades locales: yendo de acá para allá, en una frenética carrera contra el tiempo por dejarlo todo reluciente.
Muchas de estas visitas llegarán a la ciudad por el Aeropuerto Internacional Miguel Hidalgo. La conectividad entre la ciudad y el aeropuerto siempre ha sido un dolor de cabeza para los usuarios de éste. Un viajero hipotético saldrá del aeropuerto y descubrirá la oferta de transporte para alcanzar la ciudad. Deberá elegir entre un taxi de precio abusivo (la última vez que estuve en el aeropuerto, a principios de abril, un taxi al centro de la ciudad costaba 650 pesos), una larga espera para tomar un autobús que lo lleve al centro (hasta una hora), o la adrenalina de la clandestinidad (los vehículos de plataforma están prohibidos y la Guardia Nacional vigila el área. No por nada sus conductores organizaron un bloqueo en los accesos del aeropuerto el pasado 15 de abril).
Para entonces, la afición mundialista tendrá a su disposición la Línea 5 del Tren Ligero. En un inicio, el proyecto se había planteado con bombo y platillo como una extensión del sistema de Tren Ligero que permitiría conectar de manera directa el aeropuerto de la ciudad con el Estadio Akron, pero terminó por no ser ni hacer nada de eso. Eventualmente el proyecto pasó a ser un sistema BRT llamado “Macro Aeropuerto” con ocho estaciones que conectarán el aeropuerto con el parque Agua Azul en el centro de Guadalajara. En este momento, la obra corre a contrarreloj para estar en operaciones justo cuando arranque el Mundial.
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El primer Mundial en mi memoria es Corea-Japón 2002. Tenía ocho años y el torneo fue mi introducción al sinsabor futbolístico nacional tras entusiasmarme con las victorias contra Croacia y Ecuador. Recuerdo que esta última, de la mano de sendos goles de Jared Borgetti y Gerardo Torrado, invitaba a imaginar la posibilidad de alcanzar el anhelado quinto partido del que los comentaristas en la televisión hablaban con un halo semirreligioso. Mis memorias infantiles de principios de los dos mil son las de un momento en el que parecía respirarse cierto optimismo. El Y2K no había sucedido y el siglo era igual de joven que una recién lograda transición democrática. Ni lo uno ni lo otro había tenido tiempo para decepcionar a nadie, o al menos así me lo parecía. El futuro se abría ante nosotros e imaginar, no sólo un quinto partido, sino un sexto o, hasta una final en disputa. El entusiasmo se mantuvo vivo pese al empate contra Italia, pero terminó por extinguirse tras la eliminación que nos propinó la selección estadounidense en los octavos de final. Ese día fui introducido a la doble noción de que el vecino del norte supone una presencia más ominosa que amigable, y de que mi país cargaba con una lista de promesas que nunca se cumplían.
Otras copas llegaron y se fueron y la historia se repetía. No importaba si se lograba lo imposible. Aunque se superara a Francia o a Alemania, la selección invariablemente quedaba eliminada en la justa número cuatro. En el camino, desarrollamos una justificada fobia hacia la selección argentina y un rencor irreparable contra Holanda.
La participación en Qatar 2022 fue anticlimática, por decir lo menos. La selección nacional no pasó de la etapa de grupos. En lugar de un avance, un retroceso no visto en 44 años. La meta ahora es un sexto partido (esta edición introduce un cambio de formato en el que hay más países participantes y se juegan dieciseisavos de final). La Federación Mexicana de Futbol ha dicho que la expectativa mínima es igualar lo logrado en el 86. Sentimientos encontrados. Por un lado, el cinismo. El colectivo sentirse destinado a perseguir pero nunca alcanzar. Por otro, un poco de esperanza, que en tiempos como los que corren se siente como un lujo. El permitirse creer que el saberse en casa propicie un cambio, aunque esté limitado al ámbito futbolístico.
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Si nuestro viajero hipotético se decanta por el transporte público, deberá pagar una tarifa de once pesos que entró en vigor en abril de este año. Al menos no deberá utilizar una tarjeta “Al Estilo Jalisco” para acceder a esta tarifa. El gobierno estatal echó atrás la (pésima) idea de implementar este plástico tras una comprensible reticencia pública. En un principio se había planteado una tarifa de catorce pesos que sería reducida a once al pagar con la mencionada tarjeta, lo que en la práctica condicionaba el acceso a un servicio público subsidiado.
Dado que nuestro viajero desea llegar al Estadio Akron, deberá hacer un transbordo con Mi Macro Periférico, que hace unos años sustituyó a la legendaria ruta 380 que recorría el anillo periférico de la ciudad. Esta ruta era popularmente conocida como “sexochenta”, en alusión a la frecuencia con que las usuarias eran agredidas sexualmente a bordo. Durante el recorrido, el aficionado imaginario podrá apreciar un par de puntos en los que hubo narcobloqueos el pasado febrero, cuando la ciudad pasó un día en asedio tras el abatimiento del jefe criminal Nemesio Oseguera Cervantes, “el Mencho”, durante un operativo en Tapalpa, Jalisco. En total, la jornada dejó 58 muertos, entre civiles y miembros de la Guardia Nacional y la Fiscalía del estado.
El recorrido terminará en la estación “Estadio Chivas” que dejará a nuestro aficionado arquetípico a los pies del Estadio Akron, sede de los cuatro partidos a celebrarse. Se unirá al resto de los aficionados en un punto en cuyos alrededores se han encontrado más de 500 bolsas con restos humanos durante los últimos dos años.
Además del evento deportivo, nuestro aficionado probablemente aprovechará para pasear por la ciudad. Con toda seguridad hará las cosas típicas que hace un turista. Irá al Parián a beber tequila y escuchar a los mariachis. Comerá una torta ahogada. Se tomará una fotografía ante el Teatro Degollado. Atravesará el Parque Revolución, cuya remodelación implicó la remoción del tianguis que se solía instalar ahí los sábados y que el ayuntamiento calificó de irregular, pese a tolerarlo durante cinco años sin hacer esfuerzo alguno para formalizarlo. No verá los murales que colectivas realizaron en el sitio durante años para visibilizar las problemáticas de género en la ciudad. En cambio, probablemente ni siquiera reparará en el inocuo patrón de azulejos con que los murales fueron sustituidos. Recorrerá la colonia Americana y llegará a la avenida Chapultepec. Muy probablemente, las calles estarán limpias, ordenadas. Más de lo usual. Habrá un ambiente festivo. Pensará que la ciudad es bonita, y su parte de razón tendrá. Es bonita esta tierra, después de todo. Más cuando se le cuida. Probablemente caminará hasta el final de avenida, en la intersección con Niños Héroes y le será imposible no notar la legión de fotografías que cubren La Glorieta de las y los Desaparecidos. Verá los rostros en las fotografías. Verá un mosaico de vidas en datos que terminan en incógnita: nombre, edad, señas particulares, dónde se le vio por última vez. Al menos dieciséis mil esqueletos ocultos en el armario de esta casa limpia y ordenada para las visitas. El silbato pitará y se dará la patada inicial. Sentimientos encontrados.
Javier Armendáriz
Es autor de La tierra clama nuestros nombres (Inefable, 2024). Radica en Guadalajara, Jalisco.