Lejos de los reflectores, los patrocinios, de la fama y los contratos, hay un mundo paralelo que no cabe en la televisión, otra versión del mismo sueño: el futbol amateur. En canchas de tierra, pasto, caucho o asfalto, se juega con la misma pasión e intensidad que se ven (y muchas veces se extrañan) en el futbol profesional. Son ligas serias, comprometidas, que contratan árbitros y llevan la cuenta de los puntos, pero están fuera de la aspiración profesional. De un lado los tuyos y del otro los míos, con nada más que nuestros cuerpos, se libran batallas épicas, anónimas y desperdigadas, que a veces transcurren sin audiencia y en silencio. No es un simulacro. Es una pequeña guerra por otros medios. Se enfrentan dos aglomeraciones fortuitas que alcanzaron, milagrosamente, a comprometer a once amistades para un domingo temprano.

Cualquier lugar es propicio para las canchas amateur. Si se mira con algo de detenimiento las fotografías de Enrique Medina en su libro Nacer con cancha (Foto Hércules, 2026), casi siempre cabe la sospecha de que la mayoría debe su existencia a la suerte y no a algún esfuerzo previo de planeación urbana. Parecen poco más que accidentes. Las canchas brotan —como esas plantitas que con admirable heroísmo logran asomarse en medio del asfalto, rompiendo la banqueta o quebrando algún muro— detrás de los edificios, al final de la calle vacía, junto a la carretera, en medio del barrio, a las orillas de la zona residencial o en el patio del colegio (escuela de día, liga de noche). El futbol se escurre, pues, entre esas grietas que separan tiempo y dinero, salud y amistad. Cualquier espacio se reclama como suficiente para jugar.
Porque la cancha es, después de todo, un rincón del mundo donde se suspenden las reglas de la vida cotidiana. Es un entre-espacio, un pedazo de tierra, en el que los cuerpos se someten a la lógica caprichosa del juego: se inventa un pequeño universo. Las líneas pintadas en el piso se convierten en fronteras con sentido, las bancas en espacios segregados por color de camiseta, el uniforme en una cuestión de honor y pertenencia. Los árbitros se erigen como autoridades soberanas sin sistema alguno de violencia legítima que les respalde. Aquí, el teatro del futbol se reproduce a pequeña escala: tratamos de engañar al árbitro, reclamamos, celebramos como las estrellas de nuestro equipo favorito, besamos la playera como señal de orgullo y compañerismo, defendemos a un casi desconocido (primo de alguien, el amigo del amigo) sólo por la coincidencia de pertenecer al mismo equipo y haber conseguido unas calcetas de un tono similar de rojo. En la cancha somos iguales: no hay contadores, abogadas, fotógrafos, policías, community managers, diseñadores o estudiantes. Las reglas son iguales para todos.

Decía Juan Villoro en su Dios es Redondo que no hay grandes novelas sobre futbol porque es un evento ya narrado, con una mitología dada de antemano: es un sistema codificado con su propia épica, tragedia y comedia. La historia está ya contenida en las circunstancias del juego; su construcción como acontecimiento es consecuencia natural. Ver un partido implica una narrativa subyacente: saber quiénes pisan la cancha, en qué momento, y qué es lo que está en juego. El drama del juego se despliega mucho antes del silbatazo inicial, desde que el equipo que nunca ha ganado se enfrenta al bicampeón que contrató a la jugadora más destacada de la liga. Un partido amateur, en cambio, no tiene la articulación de la palabra. Los participantes anónimos se reúnen en una cancha con la esperanza de que sus rivales y compañeros lleguen a tiempo (o que lleguen, por lo menos). Sin narrador, sin análisis, sin historia, la crónica del futbol amateur permanece dispersa en la memoria de quienes estuvieron ahí, nadie más. Excepto por estas fotos.
En Nacer con cancha, Medina no busca reproducir esa dimensión improvisada, espontánea, casi accidental del futbol amateur. Lejos de la street photography o la estética documental, su mirada se mantiene formal, sobria, simétrica. Su pensamiento fotográfico se despliega como herramienta para enaltecer estas canchas y tomarse estos juegos como lo que son: algo serio. Muchas fotografías enmarcan, literalmente, un acontecimiento pasajero para construirlo en algo más grande. La red de la portería, el follaje de unos árboles, el pasillo hacia una cancha: Medina aprovecha toda estructura física para reiterar el mismo punto: atención, aquí se está escribiendo otra historia.

Como evento masivo y televisado, se ha disciplinado la forma de mirar un partido de futbol profesional. Desde una grada imaginaria posada a unos metros sobre el centro de la cancha, se persigue el balón de un lado a otro sobre un plano horizontal. Algunas jugadas ameritan la repetición, la toma desde otro ángulo, el zoom en cámara lenta. La profesionalización del futbol impuso, así, una forma estructurada de vivirlo: es un juego para mirar, más que para jugarlo, y se ha enseñado cómo mirar. El juego es espectáculo y, como todo espectáculo, se convierte en negocio. El futbol profesional expulsa así lo inútil, lo no rentable, lo que pierde tiempo: la magia, los rituales, las interrupciones. El acierto de Nacer con cancha está, pues, en rechazar el futbol como espectáculo sin caer en la trampa de abrazarlo como la versión degradada e incompleta del futbol profesional. Es otro mundo —y cada mundo merece su forma de mirar.
Pero hay algo más en el futbol amateur organizado que desborda los límites de la cancha, esa dimensión imponderable de la realidad mexicana: diversidad, espontaneidad, azar y complejidad. Nacer con cancha no propone el futbol amateur como espacio de redención, sino como espejo de los muchos Méxicos que caben en un mismo mapa. Retrata en canchas la desigualdad escandalosa, las divisiones de clase, la diversidad de género, la dispersión geográfica. En las fotos de Enrique Medina se ven esos detalles que otras cámaras dejarían fuera: perros, caballos y caguamas a la orilla del campo, casas de todo tipo alrededor de las canchas. Es un vistazo a ligas serias, organizadas, siempre con árbitro y llevando la cuenta; una mirada de los tacos y cervezas del "tercer tiempo", el ritual de recordar los goles y jugadas de un juego en el que se desviven hombres y mujeres de todo tipo, marginados, privilegiados, guapos, feos, ricos, pobres —quien quiera cabe. Todavía son anónimos. No hay micrófonos acechando sus palabras, ni diarios husmeando en sus mundos personales, ni reporteros incomodando al terminar un partido: se juega, se gana y se pierde con total impunidad. Como crónica visual, cada imagen evoca una historia posible. ¿Habrá entrado ese penal al pie de la montaña? ¿Alcanzó esa portera a rechazar el balón? ¿Quién habrá ganado esa partida de ajedrez? ¿Qué demonios está haciendo el señor con un tanque en la espalda y manguera? Más que un espacio, la cancha es un derecho.
En algunos países de Sudamérica se dice que uno “tiene cancha” cuando juega bien, cuando tiene buen toque. A veces se nace con cancha, a veces no. Pero también se puede decir eso de alguien que muestra actitud, garra, cuando lo deja todo por el juego. Alguien que no nació con ella pero con esfuerzo y constancia la persigue hasta conseguirla. Porque tener cancha, quererla, pisarla o mirarla los mismos días a la misma hora es una maldición casi irreversible que se tiene de nacimiento. Aquí una muestra de quienes nacieron malditos.
Rodrigo Salido Moulinié
Historiador y ensayista