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El periodismo ciudadano o periodismo participativo tiene una larga historia pero ha sido recientemente que el término ha ganado terreno poco a poco en la discusión pública. La paradoja salta a la vista. Sin embargo, como las vigas que tantos gigantes portan en sus cíclopeos ojos, el problema ha pasado casi desaparecibido. La razón es de diversas índoles, pero sobre todo lo es de carácter político y cultural: la historia de los medios de comunicación es diferente de cultura a cultura, día a día y de país en país, pero tiene en común una lógica de supervivencia y control: fuera de ellos no hay nada. La fuerza de los monopolios mediáticos trasciende sus ámbitos de acción más directos y son capaces de neutralizar toda iniciativa voluntaria fuera de ellos. Dicho de otro modo, la fuerza de su discurso construye hábitats y ecologías particulares donde (se le quiere hacer creer al ciudadano) sólo quienes se adaptan a las condiciones impuestas por cada medio pueden sobrevivir.

Por eso resulta fundamental en esta primera década del siglo XXI aprovechar el momentum que viven mecanismos comunicativos como el social media o social networking (Facebook, Twitter, plataformas para blogueo como WordPress o Blogspot o incluso el reciente y fallido Google Buzz) para reactivar prácticas ciudadanas hasta antes fácilmente ignoradas. Para muchos, sobre todo aquellos que dictan los lineamientos discursivos de los medios “establecidos” (Televisa, Tv Azteca, canales gubernamentales, revistas y periódicos de amplia distribución nacional), el término “periodismo ciudadano” resulta un barbarismo o una falacia, una especie de romanticismo del resentimiento, un mecanismo al que sólo se recurre cuando no queda otra opción. La fortaleza de los “medios establecidos” (uso de nuevo la frase a sabiendas que el término es imperfecto) descansa en que son endogámicos y autogenerativos; no requieren de campañas espectaculares (literalmente) para establecerse como el estado “natural” de las cosas. En otras palabras, los jóvenes crecen deseando desde niños ser contratados por ellos, salir en sus canales, grabar en sus disqueras, aparecer en sus publicaciones. Toda resistencia o alternativa está nulificada antes de nacer porque el discurso que han institucionalizado (por ejemplo el que sólo exista lo que salga en la televisión o el radio comerciales) que es una construcción cultural, se ha naturalizado como un a priori. Por supuesto, tan responsables de este estado de cosas son los medios que disfrutan de este poder como la ciudadanía que les asume como incambiables e imprescindibles. Ante esta situación el periodismo ciudadano es ya no sólo un mecanismo alternativo de comunicar y por lo tanto de construir la realidad, sino que plantea un cambio paradigmático positivo en las “tres Es” de los medios, es decir lo ético, lo económico y lo epistemológico.[1] Estos tres aspectos son fudamentales porque incluso la capacidad de distinguirlos entre sí es ya casi una imposibilidad en la práctica de una gran mayoría de los medios masivos de mayor alcance.

El periodismo ciudadano en el siglo XXI hace uso de las tecnologías digitales existentes. Anteriormente era prácticamente imposible aspirar a competir con los grandes monopolios por razones económicas: la tecnología era inasequible. Las fotocopiadoras (que no aparecieron hasta entrados los años 60) cambiaron un poco el panorama, así como el radio de onda corta, pero los productos generados con estas tecnologías palidecían a la sombra de las grandes imprentas, radiodifusoras y televisoras. Sin embargo, conforme las computadoras y teléfonos celulares se han vuelto más accesibles y han integrado otras tecnologías como grabación y transmisión de audio y video, los requisitos para contar con un pequeño estudio de creación, producción, transmisión, difusión y promoción de contenido periodístico (o artístico, científico, académico; cultural pues) está más al alcance de más ciudadanos. Sin embargo, es un hecho que el solo acceso a la tecnología no convierte a un usuario, pequeñísimo en comparación con la enorme competencia establecida, en periodista o comunicador. ¿Qué otros elementos se requieren? ¿Qué obstáculos enfrenta el periodismo ciudadano en contextos poco cívicos o democráticos? Sobre esto tratará nuestra próxima entrega.

Ernesto Priego.
Candidato a doctor en estudios de la información en University College London.

[1] Este cambio también ha sido criticado como algo negativo. Confróntese el famoso debate a partir de Maher, V. “Citizen Journalism is Dead.” 2005, New Media Lab, School of Journalism & Media Studies, Rhodes University, South Africa.

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