
Falleció el papa número 266 de la Iglesia Católica, que los cardenales encontraron “casi en el fin del mundo”, y se amplifica la conversación sobre el sucesor. No es algo nuevo hablar de los papabili o del ritual para elegir un nuevo pontífice, el cónclave, cada vez que el santo padre en funciones debe guardar cama; pero, con la muerte de Francisco —cuyo nombre secular era Jorge Mario Bergoglio, nacido en Buenos Aires en 1936—, se ponen al día los ángulos de observación, las perspectivas para desmenuzar la mecánica curial.
Por lo general, tres tipos de actores conducen la charla pública: los clérigos, que aparecen en medios para explicar términos o aclarar detalles del proceso; los periodistas “vaticanistas”, que aparecen en medios para señalar reglas no escritas del sistema eclesiástico, brindar evidencia anecdótica sobre el gobierno de la iglesia o incluso hacer pronósticos sobre el futuro papa; y los sociólogos de la religión, que aparecen en medios como exégetas de la iglesia en (o frente a) el mundo moderno para hablar de las áreas de oportunidad del futuro obispo de Roma.
Sin embargo, son menos las reflexiones basadas en los aspectos más primarios de la sucesión: se trata de una elección sujeta a reglas específicas, que tienen un efecto en el resultado (el nuevo papa). Además, ni el cónclave, ni la iglesia universal, actúan en el vacío político, sino que operan en un sistema internacional dado que deja sentir sus propias influencias.
Por tanto, hay ciertas consideraciones políticas y, a falta de un mejor término, electorales sobre las que vale la pena ensayar. Estos párrafos tienen ese propósito y el texto se dividirá en dos grandes aspectos que, desde mi punto de vista, rodearán el proceso sucesorio del papa Francisco: primero, la composición del Colegio Cardenalicio (cuerpo encargado de elegir al pontífice) como reflejo de la institucionalidad electoral de la iglesia y su situación interna; y segundo, los cambios en el sistema internacional que podrían (y quizás deberían) tomarse en cuenta durante la decisión de los cardenales.
La composición del Colegio Cardenalicio
Entre los cardenales electores está el nuevo papa. Así lo dicta una realidad de muchas décadas, en las que nunca se ha seleccionado a un cardenal sin derecho a votar en el cónclave (es decir, mayores de 80 años). Todos ellos pueden ganar la votación, pero no con la misma probabilidad, por supuesto.
Esto por la sencilla razón de que la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis (equivalente a la ley electoral de la Santa Sede) exige una mayoría calificada de dos terceras partes de los cardenales presentes para que haya un ganador. En este caso son necesarios 90 votos.
La teoría de los sistemas de votación menciona que este tipo de reglas fomenta resultados muy estables por medio de grandes coaliciones alrededor de la opción elegida, sin caer en el estancamiento de la regla de la unanimidad (que, de hecho, era la regla de votación en los primeros siglos de la iglesia) o el conocido “mayoriteo”, que puede afectar a los grupos minoritarios. Sin embargo, también es necesario señalar que la regla de mayoría calificada, como legado de la regla de unanimidad, convierte a la minoría en un punto de veto potencial que podría alargar de forma indefinida el proceso, causar incertidumbre y, con ello, afectar la legitimidad del proceso en general.
No obstante, el Código de Derecho Canónico (equivalente a la constitución de la iglesia) ofrece una solución para este último problema: otorga al pontífice la facultad exclusiva de nombrar a los cardenales electores, sin límite en la cantidad. En politología, esta facultad es muy parecida a lo que en inglés se suele llamar court-packing o la práctica de añadir miembros a un órgano de decisión, como un tribunal, con el fin de reorientar su línea de acción y pensamiento.
También podríamos pensar en la captura legítima del Colegio Cardenalicio: el papa en turno puede, mediante nombramientos ilimitados, imprimir su sello pastoral y doctrinal a fin de colocar poco a poco las bases de una eventual mayoría calificada. Esto podría explicar por qué los cónclaves de 2013, 2005 y 1978 duraron en promedio 5.25 votaciones (es decir, dos días), mientras que en el pasado, se han dado votaciones de meses.
Hay que apuntar, no obstante, que las primeras votaciones de un cónclave funcionan más como “encuestas” electorales que como mecanismos de elección per se, por lo que no es descabellado pensar que, en cónclaves pasados, el asunto de la sucesión se resolvió en todavía menos votaciones. Así, las facultades papales permiten al Colegio Cardenalicio construir mayorías calificadas de manera razonablemente tersa y orientadas a cumplir ciertos objetivos.
Dicho esto, veamos algunos de esos objetivos, deducibles desde mi punto de vista a partir de los números que componen el Colegio Cardenalicio. El primer dato clave es que el papa Francisco nombró a ocho de cada diez cardenales electores; sólo hay 23 electores nombrados por Benedicto XVI y cinco de Juan Pablo II. Es decir, suponiendo que la votación adquiriese un carácter binario en donde la oposición al papa argentino se cimente en los cardenales elegidos por otra persona, no les alcanzaría para ejercer poder de veto. Por ello, hay evidencia para pensar que uno de los objetivos es un grado considerable de continuidad con el papado actual, en forma y fondo.
Hay otros números que respaldan esta hipótesis; si bien hay cardenales y obispos estadounidenses y europeos, principalmente, que han cuestionado de forma pública el magisterio y la pastoral del papa Francisco, lo cierto es que éste se ha mantenido como una figura popular dentro y fuera de la iglesia católica. Por ejemplo, en septiembre de 2024, el Pew Research Center publicó una encuesta de popularidad hecha en Estados Unidos y otros países de América Latina. Si bien ha habido un desgaste en la imagen del papa, el promedio de aprobación entre personas de 18 años y más en general es de 63 por ciento.
El segundo dato clave: éste es el Colegio Cardenalicio con menos europeos de la historia (53), frente a los 84 electores del resto del mundo, que vienen de naciones tan variadas como Iraq, Tonga o Madagascar. Si en el cónclave de 2013, 55 cardenales no europeos pudieron impulsar a un colega sudamericano al ministerio petrino, hay razones poderosas para pensar que otro objetivo del Colegio estaría enfilado a elegir otra vez a un purpurado externo a Europa, por lo menos, a la Europa hegemónica occidental.
Si el Colegio Cardenalicio está dispuesto a buscar opciones fuera de Europa, queda ver qué tan probable será otro papa de América Latina, que todavía es un centro de gravedad católico fuera de territorio europeo a pesar del avance de otras denominaciones cristianas, y que podría emerger de sus 24 cardenales (casi la quinta parte del electorado). No me parece probable la elección de un papa de Oceanía, por el tamaño pequeño de sus iglesias y sus cuatro cardenales. Quedan África, Asia y Norteamérica (tan sólo la iglesia de Estados Unidos tiene una decena de electores, casi la décima parte del electorado). Pero tampoco habría que perder de vista a Europa del Este.
Queda la variable demográfica. Sabemos que, entre los siglos XVI y XX, la duración promedio de los pontificados era de una década. Monarcas como León XIII o Juan Pablo II fueron notables excepciones. Éste último ha provocado, frente a los avances médicos, que los cardenales parezcan haber establecido la meta de mantener pontificados que orbiten los diez años y, por ello, se han decantado ya en dos ocasiones por cardenales mayores de 75 años.
El tiempo es el principal aliado del pontífice. Lo fortalece frente a la propia iglesia que, aunque se le piense en términos de verticalidad, es lo que Carl Schmitt llamó un complexio oppositorum, variado, confrontado, hasta plural. La división en la iglesia sobre cuestiones doctrinales y de gobierno (como la bendición de parejas del mismo sexo, la sinodalidad, el papel de las mujeres o las finanzas y presupuestos de la Santa Sede) me hace pensar que se mantendrá una política de pontificados relativamente cortos, que no fortalezcan mediante el tiempo una idea singular de la iglesia, lo que implica preferir la elección de cardenales ya cercanos o pasados de los 70 años.
Así, es posible identificar algunos perfiles de posibles sucesores con base en este razonamiento. Pero, así como a César le advertían sobre los idus de marzo, a la persona interesada en estas cuestiones se le debe advertir que quien entra papa al cónclave, sale cardenal.
Para satisfacer la curiosidad de lectoras y lectores, hay una probabilidad razonable de que se elija un papa estadounidense o asiático, siendo el perfil más fuerte el cardenal Luis Tagle, filipino (la cuarta iglesia en el mundo por número de creyentes). Si se optase por el primer papa africano de la historia, el único perfil viable que veo es el de Peter Turkson, de Ghana, que tiene 76 años y una carrera sólida en el Vaticano.
Me parece que si hubiese otro papa latinoamericano vendría de Brasil, con la cuestión de otorgar gran protagonismo a la comunidad católica más grande del mundo. Leonardo Steiner u Odilo Scherer podrían ser opciones. Y en Europa del Este, algunas voces apuestan por el cardenal húngaro Péter Erdö: ciertamente conservador, pero dialogante.
El cónclave y el sistema internacional
Vistos algunos de los factores internos que podrían incidir fuertemente en la elección de un nuevo papa, toca revisar los externos. El Colegio Cardenalicio ha tenido que tomar en cuenta las circunstancias internacionales para tomar una decisión, esperando que la tradición social y cultural del catolicismo, encabezada por el papa elegido, no sólo perviva y se fortalezca en dichas circunstancias, sino que también pueda incidir en ellas.
En otras palabras, la iglesia y la Santa Sede no pueden ignorar las acciones de los Estados, sobre todo los más potentes, al tiempo que las acciones de la iglesia y la Santa Sede han importado para los Estados, ya sea en las guerras italianas del Renacimiento, en las revoluciones liberales decimonónicas o la Guerra Fría.
Desde 2016, con la primera presidencia de Trump y el menoscabo de Europa, seguido de todos los eventos ya conocidos desde el Donbás hasta Gaza, es plausible afirmar que estos años se recordarán como el hito que definió, al menos de forma política, la primera mitad del siglo XXI. El mundo se embute en una etapa de nuevos nacionalismos e imperialismos, de populismos y autoritarismos identitarios, amenazas nucleares tácticas y presupuestos militares rebobinados, que ponen en marcha la política de la fuerza en detrimento de la fuerza de la política, entendida ésta desde una perspectiva constitucional, liberal y basada en normas de convivencia internacional.
Ese es el ambiente global de un eventual cónclave y los cardenales ahí reunidos deberán decidir si eligen un papa, un jefe de Estado, que en general se entienda con esas nuevas realidades o que, más bien, coloque a la iglesia como una especie de contrapeso. Lo segundo implicaría la ironía de volverse un sostén o un apoyo para la existencia de valores típicamente liberales, como la democracia o los derechos humanos, así como de causas sociales vulnerables frente a estos nuevos poderes: paz y seguridad, multilateralismo, migraciones, cuidado ambiental.
Por los factores internos ya expuestos, me parece que las probabilidades están en favor de esto último, aunque se tome el riesgo de incrementar las fisuras internas o exacerbar los opuestos del complejo schmittiano. Ya el tiempo nos dirá hacia dónde navega esa barca.
Mauricio Rodríguez Lara
Internacionalista y asesor en comunicación política