El concepto de belleza en la Biblia

Ilustración: Sergio Bordón

La Biblia, integrada por el Antiguo y Nuevo Testamento, es un libro religioso, con evidente contenido teológico, pero también, de manera particular el Antiguo Testamento, una colección de relatos de la literatura oriental, de géneros distintos, que primero, por muchos siglos, fueron recogidos por la tradición oral, y luego se plasmaron por escritos. Sólo para poner un ejemplo, el Génesis se transmitió de manera oral por más de mil años hasta que en el 1000 a.C. ese relato se volvió un texto.

El jesuita Giovanni Cucci (1959, Italia), doctor en filosofía por la Universidad Gregoriana (2006), institución creada por la Compañía de Jesús en 1568, escribe el artículo “La belleza en la Biblia” en La Civiltà Cattolica, revista cultural fundada por los jesuitas italianos en 1850, tiene ya 175 años. Tomo la versión en español del boletín semanal Novedades, que la revista publica todos los viernes con artículos seleccionados que edita en distintas lenguas.

El término belleza

Ahora diálogo con ese texto sobre un tema fundamental en nuestras vidas: la belleza. En un inicio, el jesuita plantea que la palabra hebrea tôb indica tanto la belleza como la bondad, la verdad y la eficacia, junto con una gran cantidad de otros términos asociados: agradable, alentador, satisfactorio, grato, favorable, práctico, idóneo, recto, útil, abundante, proporcionado, perfumado, benévolo, clemente, alegre, honesto, valiente, verdadero y otros más.

En la Biblia hebrea, que con la diferencia de dos o tres libros, es la misma versión del Antiguo Testamento de los cristianos, y en la versión griega de los Setenta (LXX), del siglo IV d. C., el término aparece en 751 ocasiones. En el texto griego se traduce con tres términos: agathos (bueno), kalos (bello) y chrēstos (útil). La palabra kalos, se utiliza más de cien veces en el Nuevo Testamento, y la palabra agathos aparece como sinónimo.

Desde la filosofía, ya como disciplina sistemática, con Platón y Aristóteles (IV a. C.), el concepto de belleza ha sido tratado por la filosofía y la estética. En cambio la teología no ha tratado el tema. En mis años de estudiante de teología, nunca fue objeto de estudio. El centro de nuestra reflexión, en el marco de la Teología de la Liberación, era conocer a fondo al Jesús histórico y ver las implicaciones que eso tenía, para entender la propuesta del cristianismo plasmada en los Evangelios y desde ahí aportar al cambio de la realidad injusta y opresora en la que vivían los pobres.

La belleza desde el teología

El tratamiento que hace Cucci sobre el concepto de belleza, desde el campo de la teología, es original y relevante. Afirma, el profesor de filosofía en la Universidad Gregoriana, que en el Antiguo Testamento, el significado de la palabra tôb está enraizado en el ser mismo de las cosas. Así, la belleza, que está vinculada al placer y la alegría, no es algo subjetivo; no nace de la valoración de quien logra percibirla, sino que se presenta como una propiedad intrínseca de las cosas, expresión de su anhelo hacia Dios. De esta manera puede denominarse “bella” a una criatura sólo porque participa de la Belleza y la Sabiduría de Dios, de las cuales constituye un reflejo vivo, y así ocurre con toda la Creación.

Cucci, plante, entonces, “que desde la concepción teológica, la Belleza habla de su Autor de manera silenciosa, pero elocuente, a través de su propio ser: “La creación, como las palabras de un libro, remite, por su orden y armonía, a su creador y Señor”. Todo lo que sale de las manos de Dios, el ejemplo de los siete días de la creación es evidente, es bello en sí mismo: “La belleza – bondad de lo creado no es algo añadido después de su creación, sino que pertenece al propio estatuto de la creación”.

Para el autor, en la Biblia, un elemento estrechamente relacionado con la belleza es el de “asombro”, una actitud opuesta a la costumbre y la indiferencia. “No hay límite para las maravillas que se encuentran en la creación, tanto en su número como en su perfección. El asombro ante la belleza y la perfección de la creación es, para los escritores bíblicos, la firma más auténtica de su Autor, quien, como un artista, ha dispuesto todo con orden y medida”.

Pero también la belleza, que es un camino hacia Dios, puede desviar, y llevar a idolatrar a las criaturas. “El autor bíblico, aunque denuncia la gravedad de este desvío, parece comprender e incluso justificar a quienes han caído en él, porque fueron cautivados por el esplendor de lo que contemplan: “Si fascinados por la hermosura de estas cosas, ellos las consideraron como dioses, piensen cuánto más excelente es el Señor de todas ellas, ya que el mismo Autor de la belleza es el que las creó” (Sabiduría 13, 3).

Lo anterior remite a otro tema, que tiene relación con la belleza: la liturgia y las obras de arte que modelan el espacio sagrado en el que las personas se relacionan con Dios. Y Cucci sostiene que “en la creación artística” el hombre se revela más que nunca “imagen de Dios” y lleva a cabo esta tarea ante todo plasmando la estupenda “materia” de la propia humanidad y, después, ejerciendo un dominio creativo sobre el universo que le rodea. El Artista divino, con admirable condescendencia, transmite al artista humano un destello de su sabiduría trascendente, llamándolo a compartir su potencia creadora”.

Jesús y la belleza

En el Nuevo Testamento, Jesús es reconocido como aquel que “ha hecho bien todas las cosas” (Marcos 7, 37). La predicación de Jesús invita a contemplar, en la variedad de las criaturas, la presencia de Dios y, al mismo tiempo, el misterio profundo de su Reino. Jesús se presenta como un pastor “bello” (Juan 10, 11-14), y no por sus rasgos físicos, sino porque es “bueno”, y está dispuesto a dar la vida por sus ovejas, “El pastor bello, dice Cucci, lo es porque, por amor a los suyos, enfrenta continuamente la muerte y el peligro. La belleza se revela como el sello de un amor fiel, tierno, que nunca falla, hasta dar todo de sí mismo por aquellos a quienes ama”.

La belleza crucificada

El jesuita sostiene que en “la tradición judía, no sólo en los textos bíblicos como los célebres Cánticos del Siervo del Señor (Isaías 42, 1-4; 49, 1-6; 50, 4-9; 52, 13–53, 12), había identificado en la despojada humildad la principal característica del Mesías, porque debía asumir todo lo humano, especialmente su fragilidad y fealdad”. Jesús, en el juicio, frente a las acusaciones, permanece en silencio (Mateo 26, 63; 27, 14). Quien las Escrituras llaman “el más hermoso de los hijos de los hombres” (Salmo 45,3) es desfigurado por el dolor, el sufrimiento y la traición, hasta perder toda apariencia humana.

Así, la de “Jesús es una belleza que no embelesa ni seduce, sino que cala profundamente, atraviesa los lugares del dolor y la desesperación, para mostrar la claridad de una luz que nada puede apagar ni oscurecer”. Es el misterio de la Encarnación, que según san Agustín une dos elementos paradójicos, la belleza con la despojada humildad de Dios revelada en Jesús. Es el único que puede mantenerlos unidos. 

La dimensión “contestataria” de la belleza crucificada

El cardenal jesuita Carlo Maria Martini (1927, Turín – 2012, Gallarate), en una de sus cartas pastorales reflexiona sobre un aspecto esencial de la belleza: “No basta deplorar y denunciar las fealdades de nuestro mundo. Tampoco basta, para nuestra época desencantada, hablar de justicia, de deberes, de bien común, de programas pastorales, de exigencias evangélicas (…); es necesario irradiar la belleza de lo que es verdadero y justo en la vida, porque sólo esta belleza cautiva verdaderamente los corazones y los orienta hacia Dios (…)”.

San Agustín (354, Tagaste – 430, Hipona) contempla con asombro a Cristo crucificado, y en Él reconoce el gesto supremo de un amor que no teme consumarse por el amado, hasta el punto de morir por él, manifestando así su auténtica belleza: “Bello es Dios, Verbo junto a Dios […]. Es bello en el cielo, bello en la tierra; bello en el seno, bello en los brazos de sus padres, bello en los milagros, bello en los tormentos; bello al invitar a la vida, bello al no temer la muerte; bello al abandonar la vida y bello al recuperarla; bello en la cruz, bello en el sepulcro, bello en el cielo. Escuchad este canto con entendimiento, y que la debilidad de la carne no aparte vuestros ojos del esplendor de su belleza”.

En versión de Cucci, “el encuentro con el Crucificado transforma a quien lo contempla, comunicándole su belleza y su vida; sobre todo, transmite una fidelidad frente a las adversidades de la vida que nada puede romper. Frente a la Cruz, se nos invita a una ascesis, a una purificación de la mirada, de la sensibilidad, del modo de pensar. Es el primer paso de la conversión: “La ascesis no crea al hombre ‘bueno’, sino al hombre bello, y el rasgo distintivo de los santos no es en absoluto la ‘bondad’, que puede estar presente incluso en personas carnales y muy pecadoras, sino la belleza espiritual, la belleza deslumbrante de la persona luminosa y radiante, absolutamente inaccesible para el hombre grosero y carnal”.

La belleza que pacifica

El evento de la Cruz, paradójico e inaudito, no niega la belleza. El jesuita sostiene, al final de su texto, que “el diálogo con el Crucificado, aunque representa a un hombre desgarrado por el dolor y la injusticia, resulta extrañamente pacificador, capaz de transmitir vida desde un lugar de suplicio y muerte. Para san Ignacio, las decisiones más importantes, así como sus posibles confirmaciones, deben tomarse siempre frente al Crucificado: Si hay una belleza en el informe icono negativo del Crucificado, es la revelación de la infinita capacidad que Dios posee para absorber en sí lo negativo. Elevado en alto, el Crucificado atrae hacia sí toda violencia: tanto la destinada a sus discípulos como a sus enemigos”.

Rubén Aguilar Valenzuela

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Publicado en: Religión