Trasplantes de útero: ¿una nueva esperanza?

Ilustración: Estelí Meza

Para muchas personas, el deseo de convertirse en padres o madres es parte de su identidad, sus valores y su proyecto de vida. No obstante, la infertilidad puede generar un profundo sufrimiento emocional, con efectos psicológicos significativos que pueden ir desde la angustia y la ansiedad hasta la depresión y la pérdida de propósito.

Antes del siglo XX, las únicas opciones disponibles para convertirse en padres eran a través de las relaciones sexuales o de la adopción, pero esto cambió desde el primer nacimiento exitoso de un bebé a través de la fecundación in vitro (FIV) en 1978. Desde entonces, las técnicas de reproducción asistida (TRA) se han diversificado para incluir la inseminación artificial, la donación de embriones y de gametos reproductivos, la donación de ADN mitocondrial, la transferencia intratubárica de cigotos y de gametos, así como varias formas de gestación subrogada.

Sin embargo, a pesar de estos avances, muchas TRA no son útiles para las mujeres con infertilidad absoluta por factor uterino (AUFI, por sus siglas en inglés), ya sea porque nacieron sin útero (es decir, padecen del síndrome Mayer-Rokitansky-Hauser) o porque sus úteros no son funcionales debido a una enfermedad (como malformaciones uterinas, el síndrome de Asherman, miomas uterinos, pólipos uterinos, adenomiosis, entre otras) o a un accidente. Si bien la incidencia de AUFI todavía es desconocida, se estima que entre el 2.1 % y el 16.7 % de las causas de infertilidad femenina se deben a AUFI. Para las mujeres que padecen AUFI, la adopción y la gestación subrogada han sido hasta hace algunos años las únicas dos alternativas que tenían para convertirse en madres. Aunque ambas opciones conllevan costos financieros, emocionales y logísticos significativos, se suman además complejos desafíos éticos, legales y sociales.

Quizá por ello, desde el año 2000, el trasplante de útero comenzó a perfilarse como una tercera vía para el alivio de infertilidad por AUFI. En aquel año se realizó el primer intento de trasplante uterino en Arabia Saudita usando una donante viva. Después de 99 días, el útero tuvo que ser removido de la receptora porque desarrolló una trombosis vascular. Pero el verdadero punto de inflexión llegó en 2014, cuando se logró con éxito el primer nacimiento seguido de un trasplante de útero en Suecia. Desde entonces, la investigación en trasplantes uterinos creció en muchos países, incluido México.

En 2021 se reportaron 70 trasplantes de útero y el nacimiento de 23 bebés vivos en países como Suecia, Estados Unidos, Alemania, Brasil, Serbia, República Checa, España, Turquía y la India. Cuatro años después, en 2025, se reportó el primer nacimiento vivo seguido de un trasplante de útero en el Reino Unido. La lista sigue creciendo de forma lenta pero constante. Estos logros dan esperanza a muchas mujeres con AUFI alrededor del mundo: el trasplante uterino promete la oportunidad de convertirse en madres usando sus propios óvulos y experimentar algunos de los elementos físicos y emocionales asociados con el embarazo.

En México, el primer trasplante uterino se realizó en 2019, en Chihuahua. La intervención médica duró doce horas y estuvo a cargo de los doctores Jaime Arturo Escárcega Preciado, Manuel Gerardo Leal Almeida y Francisco Carmona. La receptora era una paciente de 26 años que, con el síndrome Mayer-Rokitansky-Hauser, recibió el útero de una donante de 48 años con quien no tenía parentesco, pero sí era cercana. Hasta la fecha, no se ha reportado ningún nacimiento vivo seguido de este trasplante uterino ni se sabe si el útero ya fue removido de la receptora.

La investigación médica puede ayudar a asegurar que, en pocos años, se puedan realizar trasplantes uterinos exitosos en nuestro país y que el trasplante uterino se convierta en un procedimiento médico establecido. Sin embargo, se trata de un procedimiento biomédico con muchas áreas de controversia que van desde preocupaciones éticas, como si el trasplante uterino se puede justificar éticamente, hasta preocupaciones más prácticas, como quién debe absorber el costo de los trasplantes o qué criterio se debe usar para definir cómo se deben distribuir los úteros donados.

Además, el trasplante uterino involucra un conjunto de procedimientos médicos en los que se extrae quirúrgicamente el útero junto con el cuello uterino, los tejidos ligamentosos circundantes y los vasos sanguíneos que irrigan y drenan el útero de una donante viva o cadavérica y que, después, se trasplantan a la receptora. Una vez realizado el trasplante del órgano, se utilizan hormonas para estimular la menstruación de la receptora. Cuando la menstruación se establece de forma regular, a la donadora se le transfiere un embrión fecundado por FIV. Tras una implantación exitosa y un avance saludable del embarazo, el bebé nace por cesárea —se trata de un embarazo de alto riesgo y la receptora podría no sentir las contracciones.

Como en todos los trasplantes, los de útero requieren del uso continuo de medicamentos inmunosupresores para prevenir el rechazo del órgano. Éstos se administran en dosis consideradas seguras para el desarrollo del feto y la inmunosupresión continúa hasta el nacimiento de uno o dos bebés, o por un máximo de cinco años después del trasplante (lo que ocurra primero). Luego, el útero es removido a través de una histerectomía para reducir los riesgos y los efectos secundarios de los inmunosupresores como infecciones, cardiopatías, o una mayor predisposición a algunos tipos de cáncer.

Además, el trasplante uterino se ha planteado como una tecnología de reproducción asistida que resuelve una necesidad médica: consiste en un tratamiento en contra de la infertilidad para mujeres en edad reproductiva, en la que la infertilidad se entiende como una enfermedad o una discapacidad desde una perspectiva bioestadística. Sin embargo, para algunas mujeres con AUFI el trasplante uterino no se limita a un fin procreativo, sino que también cumple funciones no médicas al ofrecer la posibilidad de experimentar la menstruación, algo que muchas personas asocian con la identidad femenina o con la posibilidad de sentirse mujeres.

El útero es un órgano con una importante carga sociocultural, pues se suele relacionar con la identidad de género de una persona, la feminidad, y su sexualidad. No solo eso, en muchas sociedades la capacidad de gestar y dar a luz son elementos cruciales para el reconocimiento de la maternidad biológica, social y legal.

Las mujeres que desean donar o recibir un útero deben ser capaces de tomar esta decisión de forma autónoma. Es decir, deben poder tomar decisiones informadas basándose en sus valores, creencias, prioridades y circunstancias particulares, libres de presiones o restricciones externas. Quienes ofrecen estos procedimientos deben brindar asesoramiento y orientación, así como garantizar que las donadoras y las receptoras tengan acceso a información relevante y confiable. Hasta el día de hoy, los trasplantes uterinos se encuentran en una etapa experimental. En México existen por lo menos dos centros médicos privados que ofrecen trasplantes uterinos en sus páginas de internet: la Unidad de Trasplantes de Alta Especialidad, en Jalisco, y The Fertility Center, en Tijuana, pero ninguno de éstos especifica si el trasplante de útero se ofrece como parte de una investigación clínica o como un tratamiento médico, por lo que es cuestionable si cumplen con la obligación de brindar información confiable a sus pacientes.

Dado el estado actual del trasplante uterino, resulta difícil que los beneficios superen los riesgos en los que incurren las donadoras y las receptoras, lo que a su vez dificulta el cumplimiento de los estándares éticos de consentimiento informado. Los trasplantes de útero conllevan riesgos importantes que no se deben subestimar ni para las donadoras, ni para las receptoras, ni para los bebés que nacen como resultado de los procedimientos.

El trasplante uterino requiere de la preservación del órgano, exige la preservación de un amplio soporte vascular, por lo que la intervención es mucho más compleja que una histerectomía convencional sin fines de donación. En el caso de donadoras vivas, los principales riesgos se asocian con la extracción quirúrgica del órgano. Si la donadora se encuentra en la posmenopausia, debe someterse a un tratamiento hormonal para reactivar varios ciclos menstruales, lo que puede aumentar el riesgo de tromboembolismo. No sólo eso, existen riesgos psicológicos asociados con la donación de un órgano como la ansiedad, estrés y depresión, que pueden verse agraviados por el dolor perioperatorio y la incertidumbre respecto del éxito del trasplante o al uso que se le dará al útero donado. También pueden surgir conflictos emocionales derivados de la pérdida de un órgano cargado de simbolismo, asociado con la feminidad, la sexualidad, la capacidad reproductiva, así como la posibilidad de un arrepentimiento posterior.

Como es obvio, muchos de estos riesgos son inexistentes en el caso de donadoras cadavéricas. No obstante, algunos de estos riesgos (sobre todo los psicológicos y emocionales) podrían trasladarse a los familiares que deben decidir sobre la donación. A diferencia de otros órganos, como el corazón, los riñones y las córneas, el útero no suele estar en la mente de las personas cuando deciden ser donadores de órganos, lo que añade una capa de complejidad emocional y ética a estas decisiones. 

Por su parte, las receptoras también asumen riesgos considerables. En primer lugar están aquellos asociados con tres posibles intervenciones quirúrgicas: la recepción del útero, una o dos cesáreas (en caso de que se consiga un embarazo) y la histerectomía para retirar el órgano trasplantado. A esto se suman los riesgos y efectos secundarios del uso prolongado de inmunosupresores, la posibilidad de rechazo del órgano antes o durante la gestación y los riesgos psicológicos asociados con un trasplante de órgano como ansiedad, culpa y vergüenza por haber involucrado a una persona sana en el proceso. También puede generar preocupación la posibilidad de que el trasplante no sea exitoso o que el embarazo no llegue a materializarse.

A todos éstos, se suman aquellos derivados de la experiencia del embarazo mismo. No todos los embarazos son experiencias positivas, sin que se pueda saber de antemano. En el caso de un embarazo con un útero trasplantado, la experiencia puede ser intrusiva y suele estar más vigilada que uno “ordinario” ya que presenta más riesgos de pérdida fetal. Además, surgen interrogantes sobre si se conseguirá un vínculo materno-fetal: si la receptora no siente que el útero esté unido a su cuerpo, podría no percibir los movimientos del feto, lo que es muy significativo para muchas mujeres y uno de los motivos por los que algunas mujeres con AUFI desean el trasplante uterino.

Por su parte, los riesgos para los bebés que nacen como resultado de los trasplantes de útero son difíciles de estimar, ya que el número de casos exitosos sigue siendo limitado. Por ejemplo, todavía no podemos saber con certeza si el uso de medicamentos inmunosupresores les provoca daños a corto plazo o a largo plazo. Sin embargo, podemos señalar algunos a partir de los datos arrojados por una investigación sobre el uso de la FIV para conseguir embarazos, en la que sugieren que los bebés suelen tener mayor riesgo de nacer prematuros y con bajo peso. También existe la posibilidad de nacimientos prematuros derivados del rechazo del órgano o de la necesidad de retirarlo durante la gestación para preservar la salud de la receptora.

Más allá de los riesgos médicos, existen también obstáculos éticos relacionados con la autonomía de las mujeres que desean ser donadoras o receptoras. Las oportunidades de coerción y de presión excesiva o indebida (por ejemplo, por parte de miembros de la familia o de la sociedad) siempre están presentes cuando se trata de la procreación, sobre todo en sociedades pronatalistas, lo que afecta las decisiones sobre donar o recibir un útero.

Los trasplantes de útero tienen un valor expresivo que no se debe desestimar. Su normalización podría reforzar prejuicios dañinos para las mujeres, como la idea de que el valor de una mujer reside en su capacidad de gestar o que sólo existe un tipo de familia donde la madre es a la vez madre genética, gestacional y social. Adicional, gracias a los trasplantes uterinos se podrían perpetuar normas perniciosas de género asociadas con el embarazo y el papel de las mujeres en la reproducción y, en consecuencia, poner presiones indebidas tanto en las donadoras como en las receptoras al reforzar roles tradicionales vinculados con la reproducción.

El trasplante de útero representa, sin duda, una promesa, pero también un desafío. Ofrece una nueva esperanza a mujeres con AUFI y, al mismo tiempo exige, que las instituciones médicas, éticas y jurídicas traten preguntas complejas. Es imprescindible avanzar con cautela, promover la investigación científica, ofrecer acompañamiento psicológico riguroso a quienes desean ser donadoras y receptoras, y garantizar que las decisiones se tomen con plena información y en condiciones de libertad. Sólo así esta nueva frontera de la medicina podrá cruzarse sin sacrificar la autonomía y el bienestar de quienes están al centro de este procedimiento.

María José Pietrini Sánchez

Doctora en filosofía por la Universidad de Sheffield, Inglaterra. Colabora con el Comité Universitario de Ética de la UNAM.

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Publicado en: Salud

Un comentario en “Trasplantes de útero: ¿una nueva esperanza?

  1. ¿Existe un registro de quienes han donado su útero en vida? ¿cuáles son los efectos secundarios asociados a la extirpación del útero?

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