
Después de más de cinco meses del cierre casi total de las fronteras de Gaza –lo que llevó a que docenas de palestinos murieran por inanición o malnutrición– Israel al fin ha permitido que un pequeño número de comerciantes traigan algunos productos a Gaza.
Esta semana, nos despertamos con la novedad de que en los puestos de los mercados había algunos productos que estuvieron ausentes durante cinco meses. Las imágenes eran surrealistas. La gente se paraba frente a paquetes de azúcar, de dátiles y de queso feta como si los vieran por primera vez en la vida. Algunas personas se atrevieron a tocar estos productos e incluso a preguntar por el precio, mientras que otras sólo miraban, sin decidir si lo que veían era real o una ilusión cruel. No se trataba de ningún producto lujoso. Era el más básico de los alimentos, pero tras meses de una hambruna devastadora y de privaciones implacables, bien habrían podido considerarse tesoros.
En la primera etapa de la hambruna, cuando las verduras, frijoles y el arroz desaparecieron, muchas familias se limitaron al “té fattah”: pedazos de pan humedecidos en té que se convirtieron en el plato principal del día. Esa fue también la solución preferida de las madres cuando sus hijos lloraban de hambre: dicho alimento aporta carbohidratos y azúcar, por lo que da la energía indispensable para llevar a cabo las actividades cotidianas. Pero cuando la harina también desapareció, lo único que le quedó a la gente fue el té solo. Algunas personas bebían tres o cuatro tazas diarias, y eso era todo lo que entraba en su estómago. Pero pronto el azúcar también se esfumó, y con ella cualquier rescoldo de dulzura.
La memoria borrada
Entonces comenzó la etapa más dura, pues la gente literalmente se desmayaba en la calle por el agotamiento acumulado y la falta de energía.
Después llegó un punto en que el hambre dejó de ser sólo una sensación física y empezó a erosionar la mente. Se veía a la gente deambular sin rumbo, sin siquiera buscar comida. Los niños dejaron de jugar. Las charlas se volvieron más lentas, más silenciosas. A la gente se le olvidaron ciertos sabores. El recuerdo del azúcar desapareció.
El antojo de cualquier cosa dulce se volvió tan intenso que las madres contaban cómo sus hijos, con tal de paladear algo ligeramente dulce, les pedían que les dieran mayores dosis de jarabes medicinales. Tras meses de privaciones, sólo querían recordar el sabor del azúcar.
Algunos comerciantes, sacándose un nuevo producto de la manga, empezaron a vender helado de antibióticos, porque contenían azúcar y por lo tanto una pizca de sabor. Todo el mundo sabía de qué estaba hecho este nuevo sabor de helado y que podía resultar perjudicial. Pero aun así la gente lo compraba —incluyéndome—, ya que era la única cosa dulce que quedaba en un universo de alimentos insípidos, de mera supervivencia. Ya ninguno de nosotros comía por placer; comíamos sólo para seguir vivos.
Cuando se habla de hambruna, se suele pensar en meros estómagos vacíos. Pero la inanición no es sólo un dolor corporal: la inanición devora el espíritu humano. Despoja a la gente de la memoria, las emociones y del criterio. Los días transcurren en una niebla permanente, limitados a tareas de supervivencia: conseguir un poco de agua, buscar algo que comer, hacer colas infinitas, ver a los demás desmayarse a tu lado.
Algunos niños se volvieron irreconocibles: casi inmóviles, con los muslos esqueléticos y el rostro pálido, sin ninguna expresión. Los padres, por su parte, sobre todo las madres, cargaban una culpa insoportable, no sólo por fallar en alimentar a sus hijos, sino por el mero acto de haberlos traído a este mundo, y por empezar a perderse ellas mismas junto con su capacidad de brindar consuelo.
Por ello esta semana, cuando nos despertamos con la noticia de que había paquetes de azúcar, de dátiles y de queso en nuestros mercados, Gaza empezó a sonar distinta. Las carcajadas de los taxistas —conocidos por sus amargas quejas en tiempos de crisis— se escurrieron por las calles. El cambio en el humor de la ciudad fue casi palpable. La gente lo describía como un festín tras un ayuno prolongado.“Se siente como la fiesta tras el ayuno”, escribió un periodista palestino en sus redes sociales, “comimos pan con queso y té con azúcar”. Otros compartieron fotos y contaron que por primera vez después de muchos meses volvían a tomar té con azúcar.
Los precios siguen siendo dolorosamente altos, debido a que la cantidad de bienes que se permite introducir es sólo una pequeña fracción de lo que la población necesita. Sin embargo, la simple visión de la comida y el aroma del azúcar en los mercados —la posibilidad de elegir, por acotada que sea—, fue suficiente para recordar algo que parecía enterrado para siempre. Esta situación estaba muy lejos de cualquier normalidad, pero era suficiente para recordarnos que seguíamos siendo seres humanos, tras casi dos años de genocidio y de un sitio que Israel declaró que estaba imponiéndoles a unos “animales humanos”.
El sabor de la alegría
El jueves por la camiño de camino al trabajo vi que los vendedores callejeros vendían dátiles por pieza. Compré uno y lo apreté en la mano hasta que llegué a la oficina.
Mientras subía las escaleras, refunfuñando por tener que subir otros dos pisos tras la larga caminata bajo el sol abrasador, me metí el dátil a la boca y, de inmediato, sentí el golpe de azúcar.
Me paré en medio de las escaleras, cerré los ojos y suspiré aliviada por primera vez en meses. “¿Dónde habías estado todos estos meses, sabor dulce? Oh, estoy dispuesta a olvidar todo lo que ha pasado. Estoy dispuesta a subir los otros dos pisos. Creo que puedo sobrellevar la situación actual un poco más”. Parece que la dopamina hace su trabajo más rápido cuando ha estado ausente por mucho tiempo. Me acabé el dátil y, poco después, regresé a mí misma tras haber estado “borracha de azúcar” durante un instante.
Ahora lo entiendo. Con esto es con lo que nos están combatiendo: con dopamina. Esta es la energía que están drenando de los cuerpos de una población entera. No puedes obligar a rendirse a un pueblo decidido a resistir la expulsión forzada salvo que primero le arrebates la vida, la esperanza y la energía. La estrategia de Israel no consiste en desmantelar una facción armada o un grupo político. Se trata de crear una población por completo diferente: demasiado agotada como para siquiera considerar la idea de resistir. Una población convencida de que nunca volverá a ser la misma, salvo que abandone este lugar.
No es sólo una guerra contra nuestros cuerpos: también es una guerra contra la memoria. Cuanto más dure la hambruna, más habremos olvidado lo que solíamos comer, la risa de nuestros niños, lo que se siente vivir en la normalidad. La alegría que experimenté con un único dátil —tan frágil y fugaz— fue un recordatorio de que había olvidado el sabor de la alegría.
Cuando impides la entrada de comida y le restringes a un pueblo el acceso a ciertos alimentos básicos como el azúcar, la harina o los lácteos, tus intenciones van más allá de matar de hambre y asesinar. Lo que pretendes es que ese pueblo deje de ser quien es. Lo que buscas es que esas personas dejen de ser ciudadanas de su país natal y se conviertan en simples cuerpos que intentan permanecer vivos. Y, por último, quieres que tomen la decisión de que vivir en cualquier parte, incluso en el exilio, es una mejor opción que morir de esta forma.
Pero ese dátil me mostró lo contrario. Me mostró que yo todavía estoy aquí, que mi cuerpo todavía recuerda lo que quieren que olvide. Me mostró que un solo bocado de dulzura, por más que haya tardado tanto en llegar, puede recordarnos quiénes somos y por qué todavía seguimos luchando por permanecer.
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Este texto se publicó originalmente el 8 de agosto de 2025, en Middle East Eye. Se reproduce con autorización del diario y de la autora.
Traducción de Federico Guzmán Rubio
Periodista y activista de derechos humanos. En 2020 recibió el prestigioso premio Martin Adler por su trabajo como periodista independiente. Vive en Gaza. Su trabajo puede seguirse en el diario Middle East Eye.