En el marco del 90 aniversario del Fondo de Cultura Económica, entrevistamos a Alejandro Katz, director del FCE Argentina (1989-2004) y fundador y editor de Katz Editores, para reflexionar sobre el origen, vocación, objetivos y pertinencia del FCE en el ámbito editorial contemporáneo; así como profundizar en su evaluación sobre la actual administración del FCE, encabezada por Paco Ignacio Taibo II.

Julio González: Alejandro, comenzaste parte de tu carrera en el mundo editorial en el Fondo de Cultura Económica en México (FCE) a los 24 años. En aquel entonces el Fondo era dirigido por Jaime García Terrés (1982- 1988). Trabajaste ahí durante varias administraciones realizando diversas tareas y, posteriormente, fuiste nombrado director de la filial en Argentina, cargo que desempeñaste durante casi dos décadas, hasta que renunciaste a la institución en 2004. Ahora que el FCE cumple 90 años en México y 79 en Argentina, ¿qué significa para ti el FCE?
Alejandro Katz: Los norteamericanos dicen que la universidad en la que se formaron es su alma mater. Yo diría que el Fondo fue mi alma mater. No es el único sitio en el que me he formado, pero es el ámbito profesional que más marcas me dejó por la confluencia de dos factores: por un lado, el Fondo mismo, su densidad histórica y simbólica, su tradición que opera en el presente; y por otro, las presencias con las que me relacioné en aquellos años, que fueron sin duda fundamentales desde el punto de vista intelectual, profesional y emocional.
Mi experiencia en México, y mis primeras épocas en Argentina, se dieron de la mano de un equipo editorial liderado por Jaime García Terrés, que era un gran editor aunque no fuera un empresario editorial, era alguien más preocupado por los libros que por los lectores. Algo que se explica porque el presupuesto no venía del mercado, venía del Estado. Cuando yo empecé a gestionar la editorial en el extranjero y tuve que pagar salarios —si los libros no se vendían, y no se cobraban, para pagar las cuentas había que pedir ayuda a México, debilitando la autonomía para la toma de decisiones— cuando comencé a dirigir el Fondo en Argentina aprendí, bastante traumáticamente, que los libros tienen que terminar su ciclo, no voy a decir en las manos del lector, pero sí en las del comprador. A Jaime eso no le preocupaba, lo cual, por cierto, no le quitaba nada a su inmenso talento editorial y a la belleza de su persona.
El equipo del Fondo en esa época era increíble. Había gente como Adolfo Castañón, que miraba al mercado todavía menos que don Jaime, pero que tenía unas cualidades intelectuales, una sutileza, una finura para pensar la edición fuera de lo común, algo que no se ha visto después de él, no sólo en Fondo, en casi ningún lado. Y junto con él, José Luis Rivas, un poeta inmenso, un traductor exquisito, un gran editor; Jaime Moreno Villarreal, y gente que estuvo poco antes o poco después pero que dejaba allí su aura, como David Huerta, Christopher Domínguez. Gente que era muy talentosa, muy comprometida y muy generosa. Entre ellos, estaba también Daniel Goldin, a quien le dieron mi plaza en México cuando yo regresé a la Argentina, y que desarrolló el proyecto editorial para niños y jóvenes más innovador y talentoso de América Latina y posiblemente, en la época, también de España. Y, aunque no convivimos en el edificio de Avenida Universidad, también es una persona de la que aprendí muchísimo.
Mis primeras tareas de responsabilidad en Fondo tuvieron que ver con la edición de La Gaceta. Era el más joven, el más ignorante, pero estaba en medio de un equipo de un entusiasmo, una inteligencia, una experiencia, un conocimiento fantásticos. La persona que me llevó al Fondo fue Alba Rojo. Era un mundo que venía en parte de México y en parte del exilio español. Yo trabajé con Federico Álvarez, un exiliado español –casado con Elena Aub, una de las tres hijas de Max– que había estado primero en Cuba y luego en México, y por instrucciones del Partido volvió a la clandestinidad en España; al morir Franco, Federico fue el director del Fondo en España y, a su regreso a México, trabajó en el entonces Instituto Nacional de Bellas Artes, al que yo ingresé gracias a Gonzalo Celorio. Federico era muy amigo de Vicente Rojo, a quien yo conocí en Imprenta Madero, y allí nació la relación con Vicente y Alba, que me condujo al Fondo. Era un mundo de una riqueza y una generosidad enormes, que tomaba a un jovencito extranjero sin experiencia y lo formaba. Yo soy en buena medida resultado de eso.
JG: En los años treinta Daniel Cosío Villegas con Miguel Palacios Macedo, Eduardo Villaseñor y Manuel Gómez Morín comenzaron a proyectar el Fondo como una casa editorial que centrara sus esfuerzos en ofrecer a los estudiantes universitarios de la nueva Escuela de Economía libros especializados en la materia, hechos o traducidos al español. Con los años ese proyecto inicial se amplió hasta lo que hoy conocemos: una editorial con una gran cantidad de colecciones especializadas en diversas disciplinas. A la luz del tiempo, ¿cuál consideras que fue el lugar del Fondo en el ámbito cultural iberoamericano durante el siglo pasado? ¿Consideras que tenía una vocación iberoamericana?
AK: El Fondo ha tenido muchos rostros –a veces sincrónicamente– que han convivido en algo que podría considerarse más bien una institución que una editorial. El Fondo no nace buscando una marca iberoamericana, nace buscando incidir en la formación del Estado mexicano moderno, con la pretensión de dar herramientas muy concretas para la gestión de lo público. Pero rápidamente eso se metamorfosea. Se atraviesa con el exilio español; con la intelectualidad mexicana, que tiene una amplitud de miras mucho mayor que la del propósito inicial. Va tomando también las marcas de la época en México, Iberoamérica y el extranjero.
La vocación iberoamericana del Fondo se va construyendo y tiene distintos momentos. Un primer momento con Cosío Villegas; otro momento con Orfila; otro con Javier Pradera en España; etcétera. No podría historizar cada época. Pero el Fondo también ha tenido momentos de oscuridad. Pienso en épocas que no sólo lo apartaron de sus propósitos, sino que lo replegaron a sitios que no eran atractivos, como durante la gestión de Francisco Javier Alejo. Luego, la tensión siempre presente en nuestros países: la gestión de lo público de un modo patrimonialista. El Fondo siempre estuvo muy expuesto a los usos privados por parte de los funcionarios que lo tenían a su cargo; fue muchas veces un instrumento para cumplir las fantasías de los funcionarios, que obviamente no se corresponden con un proyecto estratégico. Había dificultades para establecer un objetivo. Yo trabajé en aquella época y recuerdo con cariño y respeto la gestión de De la Madrid, pero siempre me pregunté cuál era la necesidad de construir ese edificio inmenso con un despacho imperial para la dirección, y que le da al Fondo una imagen que desnaturaliza la vocación que debe tener una editorial: la de esconderse detrás de los libros y los autores, y no la de mostrarse desde la cumbre de los edificios escultóricos.
Del mismo modo, las épocas de desarrollo de librerías –un poco en todos lados, sin un motivo preciso, no sólo en México sino también en el extranjero– significaba la imposibilidad de entender la diferencia entre el oficio editorial y el oficio librero. La dificultad de entender la diferencia entre la construcción de un discurso público a través de la distribución de la palabra escrita y la animación cultural en espacios físicos. Convertir a la editorial en una serie de centros culturales no tiene nada de malo, pero lo que nunca hubo fue una pregunta clara, con una respuesta precisa que se sostuviera a través del tiempo.
Entonces hay una sucesión de funcionarios con fantasías, a veces bien intencionadas, a veces puestas al servicio de ambiciones personales; en ocasiones bien implementadas, aunque no fueran estratégicamente adecuadas, y otras, mal implementadas. Es parte de la dificultad que hay en nuestra cultura política en América Latina, una dificultad muy extendida, transversal a los partidos políticos e ideologías, a los países y coyunturas económicas. Hay una cultura política a la que le cuesta definir un rumbo y sostenerlo en el largo plazo.
Entonces el Fondo aparece y desaparece. Hay momentos en que su vocación inicial, renovada, ajustada a los tiempos, vuelve a la superficie con ímpetu, y hay veces que queda sumergida, o en períodos muy oscuros, porque se hacen proyectos faraónicos, fuera de lo que debería ser el foco central de una editorial. Se dice: “Han pasado 90 años, no hay por qué hacer siempre lo mismo”. No, no hay por qué hacer lo mismo, pero si se va a cambiar hay que tener muy claro qué es lo que se cambia, por qué y para qué, hay que estar seguros de que la innovación tiene más valor que la tradición, y que no se están tomando decisiones oportunistas y triviales. Y no ha sido muchas veces el caso de las oscilaciones del Fondo. Si el FCE no se hubiera distraído en algunos momentos, tendría hoy una relevancia mayor de la que tiene.
Valeria Villalobos Guízar: Ya lo has dicho: el Fondo ha sido muchos Fondos. Surgió para atender necesidades muy puntuales, pero después se volvió una plataforma para el debate público. Se convirtió en un sello que llevaba el conocimiento de diferentes disciplinas y diversas partes del mundo a México por medio de sus traducciones: libros nuevos o viejos, con una importante pluralidad. También permitió el crecimiento de la industria editorial en México; fomentó alianzas en América Latina para divulgar y comercializar libros y pensamiento americano; y se convirtió en una importante herramienta de diplomacia cultural y en un núcleo intelectual como, tal vez, ningún otro en América Latina. Hoy incluso asume funciones de otras instituciones estatales, como Educal y la Dirección General de Publicaciones, y dedica algunos esfuerzos al fomento de la lectura. Entre todo lo que ha sido y es el Fondo, ¿qué consideras que no debería ser esta institución?
AK: Una editorial puede tener proyectos muy diversos y si están bien hechos, todos ellos son genuinos. El Fondo tuvo, y sigue teniendo, algunos propósitos bastante claros. La formación de las élites. La creación de un espacio conversacional de calidad, a través de los textos que circulan y los lectores que se acercan a ellos; el estímulo de la investigación y de la tarea intelectual, ofreciendo una posible salida editorial de calidad. La promoción de tradiciones plurales, de corrientes de pensamiento y de posiciones políticas e ideológicas diversas, de disciplinas y orientaciones académicas variadas. Son propósitos que se podrían sintetizar en la expresión “editorial de conocimiento”. Una editorial de conocimiento situada, latinoamericana, mexicana. Lo cual supone también ciertas políticas vinculadas con el acceso a libros con dificultades de circulación a nivel idiomático y a nivel nacional. A nivel idiomático por la dispersión del territorio, a nivel nacional por la fragilidad de las redes libreras en México.
Pero el Fondo no es un promotor de lectura. Para eso el Estado mexicano, los Estados occidentales, tienen dispositivos que se llaman ministerios de educación, secretarías de cultura, etcétera. Hay dispositivos que se ocupan de crear lectores, orientados a crear infraestructuras de acceso a la cultura. El Fondo es una editorial, su marca de origen es esa. No debería ser difícil hablar de lo que el Fondo debería ser a la luz de lo que ha sido: una editorial de calidad en el espacio del conocimiento y de la creación, que atiende a la circulación de contenidos que no necesariamente son favorecidos por editoriales que buscan la rentabilidad económica.
VVG: En este sentido, el Fondo empezó queriendo realizar una tarea importante de acceso al conocimiento para quienes necesitaban formarse pero cuyos conocimientos de otras lenguas ajenas al español eran muy limitados. Desde luego las condiciones del acceso al conocimiento y a otros idiomas hoy han cambiado. ¿Qué papel desempeña actualmente la traducción en el FCE y qué papel desempeña en la creación del debate público?
AK: Las traducciones entran con mucha naturalidad en el proyecto, porque si hablamos de pluralidad, de conocimiento, interdisciplinariedad, tradiciones intelectuales, académicas variadas, hablamos de idiomas diversos. Los idiomas de las diversas ciencias, de las diversas tradiciones intelectuales, pero también de las diversas lenguas. Todo eso es necesario para construir un espacio público robusto a través de la edición de obras de conocimiento y de creación. Por tanto, la tarea de la traducción, que ha estado en el origen del Fondo como una tarea central, debería seguir siéndolo, por supuesto adaptada a las dinámicas de circulación del conocimiento y de la palabra escrita en el mundo contemporáneo, en el cual el multilingüismo de una parte de los lectores de los libros del Fondo se ha acrecentado; en el cual el conocimiento de punta ya no está tanto en el libro como en la revista científica o en el paper. Hay que entender la metamorfosis de un mundo en el cual las poblaciones universitarias y académicas se han multiplicado respecto de aquellas que existían cuando el Fondo empezó a actuar. Un mundo en el que las tasas de escolaridad se incrementaron; el conocimiento de idiomas diversos también, sobre todo entre esa población. Un mundo en el cual los cambios tecnológicos afectan el modo de producción y circulación de los contenidos textuales. Por supuesto que todo eso debe estar presente en las estrategias editoriales.
JG: Cuando regresaste a Argentina y asumiste la dirección de la filial del FCE, ¿qué querías hacer con el Fondo? ¿Cuáles eran los proyectos que querías impulsar y sus retos?
AK: El propósito era muy sencillo: que el Fondo se pareciera a lo que había sido y dejaba de ser alternativamente. Había que ocuparse de conseguir los libros más importantes de los mejores autores, y fabricarlos con las mejores tradiciones de la editorial y hacerlos disponibles para un público que se interesara en ellos. Era muy elemental la tarea, muy difícil, pero muy elemental. No había que preguntarse qué es lo que había que hacer, sino imaginar qué hubieran hecho en ese momento aquellos que para mí eran una fuente de reconocimiento, de inspiración, valor, y que eran la razón por la que yo quería estar ahí. ¿Cómo estarían actuando en 1990 los que en 1950 construyeron lo que seguía siendo una referencia para la cultura en nuestro idioma? Me parecía que la respuesta no era difícil. Implementarla era difícil. Había que editar bien, dedicarse a hacer los libros buenos de los buenos autores que impactaran en los debates públicos que nuestras sociedades atravesaban en ese momento.
VVG: En 2019 el actual director del FCE viajó a Argentina para el “relanzamiento” del Fondo. Poco después, Horacio González renunció a su puesto como director del FCE Argentina, lo que inauguró una conversación en torno a la falta de recursos de la filial y el incumplimiento de contratos. Estas críticas generaron un movimiento entre varios intelectuales, escritores y otras personas dedicadas a la cultura en Argentina para hablar del “vaciamiento del Fondo de Cultura Económica”. ¿Qué opinión te merece esa situación?
AK: Parte del problema del Fondo en México y en el exterior tiene que ver con la dificultad de nuestros Estados para seleccionar a profesionales adecuados en las tareas. Una de las razones por las que decidí irme del Fondo fue porque cada seis años el cambio del elenco dirigente ponía todo en una situación de recomienzo. Llegaba gente que no sabía nada del mundo editorial, que no sabía nada de libros, y que muchas veces ni siquiera leía. Pero la designación en el cargo tiene una especie de efecto performático, por el cual alguien que el día anterior no sabe nada, cuando tiene el cargo cree que lo sabe todo; o cuando el día anterior grilla para que lo designen por relaciones personales, al día siguiente está convencido que lo designaron por sus cualidades intelectuales. Esa transformación hace que cada recomienzo sea muy difícil. Porque si el que llega dice “yo no sé, ustedes que están hace 20 años, ayúdenme”, es una cosa. Pero si tiene que legitimarse en el poder escondiendo su ignorancia, y para esconderla toma decisiones…
Hablaba antes de una cultura política en la cual el patrimonialismo es un rasgo muy marcado: el funcionario que cree que lo que está a su cuidado es algo sobre lo que puede decidir fácilmente. La gente que me sucedió en la dirección del Fondo de Argentina no estaba preparada. El que fue reemplazado por Horacio González era un muchacho al que yo había contratado como promotor académico, en la época en que todavía había textos de cátedra, sobre todo en las materias de economía. Entonces las editoriales de este perfil tenían promotores universitarios que iban a las universidades –como los representantes médicos– a hablar con el titular de macroeconomía en la Universidad de Buenos Aires, que tenía 300 estudiantes, y si conseguía que un texto de macroeconomía que nosotros editábamos entrara en la cátedra se vendían 300 ejemplares por año. Ese muchacho, que no tenía muchas más habilidades que transmitir el texto de la contratapa y el índice a los docentes, terminó siendo director del Fondo Argentina. Sin experiencia como editor, sin experiencia de administración y gestión económica; sin cualidades intelectuales y seguramente sin las debidas cualidades morales como para llevar adelante una empresa de esa naturaleza. Yo dejé el Fondo en Argentina publicando más de 50 novedades por año. Es decir: era un proyecto.
VVG: Ya nos hablaste, por un lado, de la desnaturalización de los propósitos y las funciones del Fondo. ¿Cuál es, entonces, tu diagnóstico de lo que es el FCE hoy en día?
AK: Soy muy crítico de la gestión de Paco Ignacio Taibo II. Creo que uno puede renovar los propósitos, puede actualizarlos, ponerlos en el tiempo en el que tiene que actuar, pero desnaturalizar la tarea del editorial me parece absurdo. Ha habido una terrible dosis de ignorancia acerca de qué es el mundo editorial, de qué es el Fondo, de cuáles son sus fortalezas, sus tareas, qué es lo que puede hacer, lo que debe y no debe hacer, y para qué existe. Me parece que utilizarlo como instrumento de construcción de política es absurdo. Creo que nuestra obligación es contribuir a construir una esfera pública de calidad, robusta, en la cual las intervenciones se hacen con argumentos racionales y razonados, y no una esfera pública de disputa.
JG: En relación con lo que hemos hablado, de asumir funciones de otras secretarías de Estado, como el fomento a la lectura, ¿qué opinión tienes sobre el programa de saldos y el desarrollo de colecciones de bajo costo como Vientos del pueblo?
AK: La banalización del conocimiento, la trivialización, la convicción de que masificar garantiza el acceso son ilusorias y engañosas. Son malas prácticas de gestión pública. Todo ese trabajo de distribuir libros gratuitos o casi gratuitos en versiones resumidas, reducidas o fragmentadas son acciones demagógicas, prácticas populistas. Están orientadas a favorecer la construcción del poder político y no a cumplir con los objetivos de los dispositivos estatales desde los que se realizan. Yo no discuto cuál es la práctica política del gobierno de López Obrador. Ha sido elegido democráticamente y tiene todos los recursos de legitimidad necesarios para llevar adelante las políticas que considere adecuadas. Pero la dirección del Fondo de Cultura Económica no tiene que estar al servicio de la construcción coyuntural de la política de partido.
¿Por qué hablamos del Fondo en 2024 y en ocasión de que se cumplan 90 años de su fundación? Por todo lo que el Fondo fue a lo largo de esas décadas, que no tuvo nada que ver con lo que hizo Paco Ignacio Taibo II en estos años. El Fondo trascendió por la calidad del catálogo que ofreció a la discusión pública, por la capacidad de encontrar temas, autores y discursos que enriquecieron la formación de académicos e intelectuales en México y en Iberoamérica. Porque ha sabido, a contrapelo de tendencias y modas, ser plural. Si uno ve el catálogo del Fondo, encuentra una diversidad de disciplinas, de corrientes intelectuales, ideológicas, lingüísticas, de épocas. Eso es lo que ha hecho del Fondo algo por lo que merece la pena que sigamos.
Todo lo que se aparta de eso va en contra de lo que el Fondo ha sido, de lo que debería ser y de lo que necesitamos que siga siendo. ¿Se puede decir que esta es una postura elitista? Creo que parte de los fracasos de nuestros países tienen que ver con la mala calidad de sus élites. Una postura elitista exigente respecto de la conducta de esas élites es una buena conducta elitista. Hay que formar a las élites, hay que exigirles, hay que hacer las cosas bien. El Fondo no es un dispositivo de masas, nunca lo fue, a pesar de que ha formado generaciones de lectores, académicos e intelectuales, pero no es un instrumento de política de masas, es un instrumento de política de textos, de política de calidad, de política de pensamiento, de política de discusiones.
Lo de este muchacho Paco Ignacio Taibo II es de lo más triste que ha pasado: la chabacanería, la trivialización del conocimiento, la demagogia que supone que la distribución gratuita de libros de mala calidad (en términos de su manufactura, de su selección y de la fragmentación de sus contenidos) basta para hacer política pública, para democratizar el acceso a la lectura. Lo que democratiza el acceso a la lectura es la escuela con sus mejores prácticas y la alimentación con su mejor calidad. Niños que consumen las proteínas que necesitan y que tienen una escuela de buena calidad, van a terminar comprando los libros que tienen que leer, no los que Paco Ignacio Taibo II regala condescendientemente, como si no pudieran nunca llegar a leer un libro entero y tuvieran que leer pedacería de textos, algunos de ellos, de prestigio.
JG: ¿Qué lugar tenía el FCE en la industria editorial argentina cuando comenzaste tu dirección y cuando lo dejaste? Por otro lado, ¿cómo, dentro de tu proyecto, buscaste equilibrar la creación de un catálogo con títulos locales e internacionales, cuidando el catálogo histórico pero también nutriéndolo con novedades?
AK: Cuando yo regresé a Argentina en 1987, el Fondo era percibido como un editorial de mucho prestigio por gente mayor, pero sin ninguna presencia en el mercado. Había muchas personas que se formaron en los años 50 y 60 con libros del Fondo, menos a partir de los 70 por la dictadura. Y esa gente, formada en economía, sociología, teoría literaria, ciencia política, historia, áreas en las que el Fondo había hecho un catálogo de vanguardia, tenía un inmenso respeto nostálgico por el Fondo, pero poca gente compraba sus libros. Parte de lo que yo me propuse fue renovar el catálogo, tratando de que 30 años después de que yo dejara la editorial, hubiera quienes pudieran decir lo mismo que escuchaba yo del catálogo del Fondo de los años 50 o 60. Me llevó tiempo, porque tuve que aprender a gestionar una empresa y a liderar una política editorial.
Durante mucho tiempo fui la persona a la que México encomendó la Feria de Frankfurt. Viajé durante casi 30 años. Incorporamos al Fondo muchos autores y obras muy importantes. Publicamos más de 500 títulos. Buscaba un equilibrio entre el ensayo traducido de alta calidad y una política editorial argentina con los mejores autores locales en ciencias humanas, sociales, muchos de ellos en diálogo con autores mexicanos. Aunque hay que decir que viajaban mejor los autores que los libros, tenían más circulación los autores que iban a congresos o a dar clases como profesores visitantes. Hay un problema que persiste: el conocimiento viaja mejor de norte a sur que de sur a norte o de sur a sur.
Cuando dejé el Fondo, en Argentina era la editorial de ciencias sociales y humanas más relevante, que mejor presencia tenía, con más respeto del público. Vendía mucho. Habíamos contribuido a alimentar las colecciones tradicionales con obras producidas de mucho impacto en toda América Latina. Creo que Fondo sigue teniendo hoy en Argentina prestigio, que se renovó en aquel momento, que sigue haciendo del Fondo una alternativa atractiva para autores locales. Los catálogos son como imanes, cuando son fuertes atraen pedazos de metal que vienen de todos lados, que quieren adherirse a ese núcleo tan fuerte. Y todo eso sigue funcionando. Creo que la gerencia actual es profesional, no editorialmente ambiciosa, pero prudente y responsable. Sabe poner en valor lo que hay y trata de que no se pierda, aunque no está en su horizonte darle un nuevo aliento. Es meritorio hacer bien el trabajo, aunque no haya un gran avivamiento editorial de la casa. Las editoriales muchas veces están muy marcadas por sus editores, y los editores somos mortales biológica y profesionalmente. Y en lo que las editoriales encuentran alguien que las ponga en diálogo con su época, puede pasar tiempo. Pero muchas veces ocurre. En el caso del Fondo ha ocurrido muchas veces.
VVG: ¿Cómo se inserta el Fondo en el ecosistema editorial de hoy, donde compiten grandes grupos editoriales de talla internacional y centenas de editoriales independientes y especializadas? ¿Te parece una editorial necesaria?
AK: Para una persona de fe, Dios es necesario; para un escéptico nada es necesario. Algo es necesario sólo si puede satisfacer una necesidad real, profunda, verdadera, de un grupo, una sociedad, una época, de una persona incluso. El Fondo es necesario si puede agregar algo que otros no agregarían. Es muy difícil ser tan original como para hacer algo que nadie más haría, pero se puede complementar lo que hacen otros añadiendo algo de originalidad y de valor. Creo que el Fondo en sus buenas épocas siempre fue eso, un pequeño plus respecto de lo que otros hacen. Yo enseño edición desde hace más de 30 años en la Universidad de Buenos Aires y todos los años doy el ejemplo de la decisión de contratar Economía y sociedad de Max Weber –en una época en que no existía una comunidad de sociólogos en lengua española; en la que Max Weber apenas era conocido por unas cuantas personas; en las que la sociología misma era una disciplina todavía joven– y apostar por la producción de una obra de 1000 páginas, traducida del alemán, para una comunidad muy pequeñita, sólo por la certeza de la trascendencia que puede tener la lectura de esa obra en la comprensión y acción sobre sociedades muy necesitadas, eso lo podía hacer el Fondo. Podría repasar su catálogo que está lleno de esas decisiones. En alguna época el Fondo se distinguía por hacer obras de altísima calidad que no había otros editores en América Latina que pudieran hacer.
Me preguntaría qué puede hacer el Fondo hoy que complemente lo que otros no pueden hacer. No tiene que ser algo absolutamente diferente, tiene que ser un matiz, un detalle. Una de esas cosas es recordarnos que en nuestros países los Estados tienen una función importante y no podemos delegar todo en la iniciativa privada, porque no hay un ecosistema privado suficientemente sólido y variado como para que una editorial como el Fondo exista si no está sostenida por el Estado. En Estados Unidos hay decenas de editoriales universitarias que cumplen ese papel. En Europa hay muchas editoriales privadas. En América Latina no hay un ecosistema que lo haga. Entonces uno puede preguntarse si el Fondo es necesario. Yo creo que sí lo es. Ahora bien, tiene que haber una idea detrás: contribuir a una esfera pública plural, a una formación ciudadana de élite, de calidad, la de contribuir a la gestión y al diseño de políticas sofisticadas. Si el Fondo puede responder a esto, el Fondo es necesario El Fondo tiene que encontrar su forma de ser necesario, no es necesario por definición.
VVG: El Fondo tenía, de origen, una vocación internacional. Mencionaste lo que conseguiste para el FCE en ferias del libro como la de Frankfurt, la feria más importante de la industria editorial. En 2019, el Fondo anunció que no participaría en ese evento, lo que levantó críticas en torno a la pérdida de visibilidad y acceso a compra-venta de obras importantes. A eso se sumó las poco afortunadas declaraciones de Taibo sobre que el Fondo iría a Frankfurt cuando “tuviera algo que ofrecer”, y que, por temas de austeridad, concentraría su participación en ferias latinoamericanas, como la de Guatemala o Bolivia. Por el contrario, más allá de temas de mercado, también han circulado opiniones, con un afán antieurocéntrico, nacionalista, etcétera, en las que se habla de que México no requiere de ese tipo de participaciones para nutrirse. ¿Qué opinión te merece?
Eso define cuál es el horizonte de necesidades intelectuales de quien lo dice. Habla más sobre quién lo dice que sobre la realidad. Quiero aclarar, por si fuera necesario, que mis críticas a esas posiciones gubernamentales están hechas desde un punto de vista progresista y socialdemócrata, que sin embargo no está dispuesto a caer en la trampa demagógica a la que muchos nos quieren arrastar.
Decir que un país, cualquiera, puede ser autosuficiente en términos de conocimiento, investigación, de estéticas, lenguajes, de ideas, de habla, es de una estrechez mental, de una ignorancia, de un desdén por el conocimiento y por la cultura, brutal. Sea México, Argentina o los Estados Unidos, no hay país del mundo que pueda prescindir, si quiere una ciudadanía plena, de la circulación de contenidos textuales producidos en otros idiomas. Es absurdo. Es un nacionalismo de pacotilla.
JG: ¿Cuál es el futuro del Fondo de Cultura Económica?
AK: Todo lo que he visto me parece como gestualidad, despreciable; como decisión de gestión, lamentable. Lo único que me da cierta ilusión es saber que una institución de 90 años con un catálogo que debe tener más de 8000 títulos en su historia y posiblemente 4000 o 4500 títulos activos, es una institución que puede resistir el maltrato a la que es sometida frecuentemente, y al que ha sido sometida bajo el imperio de Paco Ignacio Taibo.
No puedo hacer un análisis minucioso de qué es lo que ha ocurrido, pero sí puedo decir que si el Fondo fue visible estos años no fue por los libros del Fondo, sino por los improperios, las salidas de tono, los disparates editoriales que se hicieron en su nombre. El nombre de una institución que ha tenido muchos momentos grises y muchos momentos malos, pero que nunca tuvo nada que ver con lo que se le atribuye ahora. El Fondo es otra cosa. ¿Qué veo para el futuro? Que tiene una historia suficientemente densa como para resistir. Por supuesto, no sin costos, no sin daños. Y si se mantiene una política tan disparatada y destructiva como la que ha habido estos años, esas fortalezas se van minando, van menguando. Puede aguantar mucho, pero no puede aguantar todo durante mucho tiempo. Merece que lo cuidemos.
JG: ¿Cuál es tu libro favorito del catálogo del Fondo de Cultura?
AK: Voy a darte una respuesta mexicana. Ustedes no conocieron Imprenta Madero, pero fue una institución en la vida cultural mexicana. Encima de Imprenta Madero funcionaba Editorial Era –que se llama así por las iniciales de Neus Espresate que dirigía la editorial, Vicente Rojo que la diseñaba, y José Azorín que era socio y dueño de Imprenta Madero. En la imprenta había un equipo de diseñadores liderados por Vicente. Había una inmensa mesa de trabajo, de quizás 10 o 15 metros de largo, donde nos juntábamos los clientes de la imprenta en los momentos de cierre. Entonces ahí, yo cuando estaba en el Fondo, me encontraba en los cierres con Mario Lavista y Guillermo Sheridan, que cerraban Pauta y con el cierre de nexos, que en alguna época se hacía ahí, o el cierre de Vuelta y la Revista de la Universidad. Y una vez veo a uno de los editores de una de estas revistas leyendo a alguien que entonces yo no conocía: José Bianco, un gran narrador y ensayista, secretario de redacción de la revista Sur durante muchos años. Estaba leyendo La pérdida del reino. Le pregunto: ¿Te gusta? Me mira y me dice: es el libro que más me gusta de todos los que he leído. ¿En serio?, digo, a la vez asombrado y avergonzado por no conocer el mejor libro del mundo. Me dice: claro, el libro que estás leyendo es el que más te gusta. Si no, lo dejas y vas a buscar otro. Si no es el libro que más te gusta, para qué lo estás leyendo. Entonces, como editor, diría algo parecido a eso –por supuesto, es hiperbólico y yo estoy siendo hiperbólico. Pero el mejor libro, el que más te importa, es el que editaste en ese momento o el que leíste en ese momento, sino ¿para qué lo publicas?
Valeria Villalobos Guizar y Julio González: editores de nexos
Extraordinaria entrevista, entretenido y sabio el entrevistado.