Éxodo ucraniano

Esta crónica desde Polonia y Ucrania apareció originalmente en ruso en la Novaya Gazeta el 27 de febrero y fue traducida al inglés por Ilona Yazhbin Chavasse para la revista n+1. La traducción al español, a partir de la versión de Chavasse, es de Nicolás Medina Mora. El texto aparece en nexos con la autorización de la autora y de n+1.

Varsovia, Polonia. Febrero 24, 10:40 p. m.

En la estación de autobuses de Zachodnia, la gente camina de un lado a otro confundida, con su equipaje a cuestas. Un autobús local llega y se va. El resto de los autobuses se dirige a Ucrania.

Zhenya ha venido a despedirse de un amigo. Intenta no llorar. Su hermano regresó a Ucrania hace algunos días para estar con sus padres. Entonces la guerra estalló. Un decreto de movilización general significa que los hombres de entre dieciocho y sesenta años no pueden salir del país.

“Perdí mi voz en la protesta”, dice Zhenya, ronca. “Estaba gritando como lunática. Nunca los perdonaré. ¡Mi mamá! Nunca los perdonaré si algo le pasa a mi mamá… Mi papá tiene problemas del corazón. No se quieren ir, simplemente se rehúsan. Papá dice: ‘Me quedaré a defender mi huerto, sólo diles que me den un rifle’. Tenemos un perro de trece años. El perro que tuve de niña. Y tiene que ser sacrificado. De lo contrario mis padres no se irán. ¿Qué demonios? Dicen: ‘Deja que los rusos nos maten aquí donde estamos, si eso es lo que quieren’. Mi hermano habló con ellos por teléfono. Le dijeron que se iban. ¿A Polonia? No, sólo un poco más lejos del bombardeo”.

La gente espera el autobús a Lviv, pero no aparece.

Ivan tiene diecinueve años y estudia en Bruselas. Cursa una licenciatura en historia pública y contrapropaganda. Cuando escuchó de la guerra, se sentó frente a su computadora y planeó una ruta para volver a casa. Desde entonces ha atravesado cuatro países en tren y autobús.

“Mi mamá intentó convencerme de que no viniera”, dice. “Pero, ¿cómo podría quedarme allá?”.

¿Acaso no entiende que no podrá volver a Europa hasta el fin de la guerra?

“No me importa”, responde. Entonces llama a su mamá. “Mira, mamá, voy camino a casa”.

“Tengo tus llaves”, ella contesta. “Las empaqué en mi maleta”.

Los pasajeros en el autobús a Lviv son casi todos hombres. Uno se ríe al teléfono. “¿Corriendo?”, dice. “¡Para nada! ¡Voy volando!”.

Todo mundo revisa Instagram constantemente, dando likes a diestra y siniestra. Una protesta en Moscú —like. Una foto de un vehículo militar baleado y destruido —like. Un video del transporte de los pacientes neonatos de una unidad de cuidados intensivos al sótano del hospital.

“Los rusos ya plantaron su bandera en Kakhovka”, dice uno de los hombres.

Hablan de la Isla de las Serpientes, donde el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, declaró que trece soldados ucranianos murieron bajo el fuego de misiles tras negarse a rendirse a “un buque de guerra ruso”.

Ilustración: Diego Molina
Ilustración: Diego Molina

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Przemysl, Polonia. Febrero 25, 8:00 p. m.

Han concentrado a todos los refugiados en la estación ferroviaria, uno de nueve centros de recepción cerca de la frontera. Bajo las bóvedas de la estación hay filas de abrigos naranjas. Hay montones de botellas de agua y de bollos rellenos de mermelada. Hay voluntarios que hablan ucraniano. Hay, también, pasaje gratuito a otras ciudades polacas.

Al estallar la guerra Polonia abrió sus fronteras con Ucrania. Por lo pronto uno puede cruzar a Polonia sin visa o pasaporte. Para los adultos basta una identificación ucraniana; para los niños, un acta de nacimiento.

Maria tiene 65 años. Esperó en la frontera, de pie, de las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde del día siguiente. “Sin comida, sin agua, sin baño”, dice.

“Tuve suerte”, continúa. “No estuve allí parada tanto tiempo. En cuanto logré cruzar, me ofrecieron té y me dieron 300 złoty. Lo pagaré de vuelta; no mendigo. ¡Cómo nos recibieron, los polacos! Amo a Ucrania, pero también a Polonia. No puedo explicarte lo mucho que han hecho por nosotros, lo amables que han sido, la bienvenida que nos han dado. Me duele decirlo, pero deberíamos de haber comenzado a prepararnos para la guerra hace mucho tiempo. Putin lleva años diciendo que Ucrania no es un país de verdad; que los ucranianos no somos un pueblo distinto del ruso. Lo que pasa es que nadie se imaginaba que llegaría a esto. Yo no me lo imaginaba. Cuando sonó la primera sirena todavía no podía creerlo. No podemos permitir el renacimiento del mal. Pero, ¿qué se supone que hagamos si el mal ya está aquí, si ya volvió?”.

Szymon, un voluntario polaco de un pueblo vecino, vino a la estación porque tiene un coche. Quiere llevar a la gente a las aldeas locales. “Para nosotros, los jóvenes, es un escándalo que Polonia aún no haya envíado tropas para ayudar a Ucrania”, me dice. “Ucrania está en exactamente la misma posición que Polonia durante la ocupación de 1939. Vemos tantas similitudes que no hacer nada es sencillamente insoportable”.

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Cruce fronterizo de Shehyni–Medyka, entre Ucrania y Polonia. Febrero 25, 11:00 p. m.

En el lado polaco de la frontera hay agua y comida. En el lado ucraniano no hay nada.

Puedo verlos a través de la reja. La fila no parece fila: en el área de espera se arremolina una densa multitud de más de mil personas. Todos, sin excepción, son mujeres y niños. Al fondo, la muchedumbre desborda la zona designada. Debajo de los pies de esta gente hay tierra desnuda, o bien hierba tan seca que casi es polvo. Muchos llevan mantas sobre los hombros. Los niños pequeños están de pie entre las adultas, quienes llevan en brazos a los bebés. Veo a una mujer depositar suavemente a un recién nacido envuelto en cobijas sobre una maleta de tela. Otra está en cuclillas a un lado de la multitud, acurrucando a su infante entre sus rodillas y su abdomen.

Su equipaje y las jaulas de sus mascotas descansan a sus pies, recordatorios de la vida normal.

Esta es la gente que busca cruzar la frontera a pie. Hay también una fila para coches —dos carriles sin espacio entre los vehículos— que se extiende por treinta kilómetros. Los autobuses entran por otro carril y parecen avanzar más deprisa, pero a estas alturas subirse a uno es casi imposible.

Un guardia fronterizo ucraniano le ayuda a una mujer a subir a un autobús que acaba de llegar. Es ciudadana rusa, por lo que no se le permite la entrada a Ucrania. La gente con pasaportes rusos y bielorrusos tiene prohibido entrar al país.

“No tengo espacio”, dice el conductor del autobús.

“Quizá debería hacerte un cateo pormenorizado”, responde el guardia. “No seas así. Te estoy pidiendo, de un ser humano a otro, que por favor le dés a esta señora un aventón a Varsovia”.

“¿Es una orden?”.

“Sí, lo es. Eres un ser humano, y ella también lo es”.

Cruzo la frontera junto a una mujer que carga una caja de naranjas. Los polacos se la dieron “para los niños ucranianos”. Una jóven guardia que empuña un rifle nos muestra el camino entre el laberinto de autobuses.

Resulta que esta multitud de más de mil mujeres y niños no es parte del grupo principal de refugiados en esta parte de la frontera. La mayoría se ha reunido a un kilómetro y medio de aquí, detrás de los puntos de revisión ucranianos, para evitar el caos. Es allí que los hombres se despiden de sus familias antes de regresar a Ucrania.
Misha, Slava y yo salimos hacía Lviv. Misha es de Zakarpattia, en el oeste de Ucrania; Slava, de Ternopil. Misha tiene 38 y Slava 39. Se conocieron hace un momento, mientras ayudaban a sus esposas e hijos a cruzar la frontera. Ahora dicen sentirse “completamente en calma”. Vinieron a pie desde Mostyska, el pueblo más cercano. Caminaron dieciocho kilómetros para llegar a la frontera, y ahora tendrán que desandar otros dieciocho. Desde Mostyska irán a Lviv, y de allí a sus lugares de origen, donde esperarán a ser reclutados por el ejército.

Insisten en tomar turnos cargando mi mochila, pesada por el chaleco antibalas.

No quieren hablar de la guerra. Misha me cuenta sobre Teplyye Vody, el resort donde trabaja. Hay aguas termales y un café que ofrece kebabs; es un buen lugar para descansar y relajarse. Slava habla sobre su trabajo transportando y operando atracciones de feria a través del norte de Europa. Dice que siempre soñó con un trabajo así.
“Teníamos una buena vida”, dice Slava. “Quiero decir, una vida mejor de lo que te puedas imaginar”.

“Por lo menos ya todos se olvidaron del coronavirus”, dice Misha. “Ahora ya nadie se preocupa por eso”.

Caminamos y caminamos junto a la fila de coches inmóviles.

Un torrente sin fin de gente avanza hacia nosotros en la oscuridad. Empujan sus maletas con ruedas sobre el asfalto. Llevan a sus perros de la correa: cocker spaniels, sedosos y orejones; pequeñas razas japonesas que parecen zorros. Perros decorativos, recuerdos de una vida pasada, una vida pacífica. Los perros juegan entre sí. Parecen contentos de que los hayan sacado a pasear.

Pasamos tres gasolineras. A cada una la atiende un equipo de dos mujeres. A todas les preocupa no poder darse abasto frente a la multitud. Así que todos esperan afuera, a menos seis grados bajo cero. Sólo dejan pasar a calentarse a los niños. Uno tiene que hacer cola por más de dos horas para comprar un poco de agua o una taza de café.

La gente espera en silencio. Nadie tiene fuerza para hablar. Una mujer graba un mensaje de voz: “No nos van a matar; nos van a torturar y violar y tomar prisoneras”.
En un quiosco de vidrio estampado con el logo de una compañía de seguros, alguien reparte té entre los niños. Cada pocos minutos una mujer sale del quiosco, reúne a un grupo de niños y los lleva dentro.

Caminamos toda la noche. No hay fin a la fila de automóviles, ni a la de gente caminando en la dirección contraria.

Conocemos a un grupo de mujeres jóvenes de Bangladesh, estudiantes en la Universidad Médica de Kiev. Arrastran una maleta amarrada con una bufanda, pues la agarradera se rompió. Detrás de ellas camina un joven congolés llamado Batu. Es ingeniero. También estudió en la universidad, pero ya se graduó. Había invitado a un amigo para que conociera Ucrania. “La embajada dice que deberíamos esperar en Kiev y tomar un avión desde allí”, me dice. “Pero decidimos que era más seguro caminar”.

Un Jeep negro intenta saltarse la fila avanzando en el carril contrario. Entonces un hombre se baja de su coche, linterna en mano, y salta frente al Jeep. La linterna ilumina a un hombre y una jóven, los ojos entrecerrados ante el súbito brillo. Otra mujer se acerca.

“¿Qué creen que están haciendo?”, dice. “¿No les da vergüenza? Aquí hay mujeres, niños. Llevamos todo el día y toda la noche esperando”.

“¡Date la vuelta, imbécil!” dice el hombre de la linterna.

Pero no hay policías aquí. Así que el Jeep ruge, se lanza hacia adelante, y sigue en su camino.

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Mostyska, Ucrania. Febrero 26, 7:00 a. m.

Mostyska nos recibe con el aullido de la sirena de Defensa Civil. El pueblo huele a pan recién horneado.

“¡Olé, olé, olé, olé!”, un joven canta y baila, ebrio, en el centro de la carretera. “¡Ucrania campeón!”.

Ignorando al borracho, un grupo de voluntarios vestidos con chalecos fosforescentes dirige el tráfico.

Un grupo grande de mujeres con niños e infantes se ha reunido frente a una gasolinera cerrada, esperando a un autobús que los llevará a la frontera. Si es que llega.

De pronto, una mujer que barre la acera comienza a gritar: “¡Que vengan por nosotros esos moscovitas! ¿Qué clase de gobierno es éste, si no puede ni siquiera organizar un puñado de autobuses? ¡Ni siquiera cuando se trata de mujeres y niños!”.

La sirena sigue aullando. Nadie le presta atención.

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Lviv, Ucrania. Febrero 26, 12:00 p. m.

Un grupo de adolescentes mira un video en uno de sus teléfonos: el gobierno ucraniano solicita que la Cruz Roja venga a recoger los cadáveres de los soldados rusos. “No hace falta”, dice una niña de quince años. “Honestamente. Que fertilicen nuestro suelo. Para eso sirven”.

Los cafés, las estéticas, las tiendas de ropa de Lviv han cerrado. Los mercados de comida siguen abiertos. Las autoridades han comenzado a organizar retenes y anunciado un toque de queda de las diez de la noche a las seis de la mañana. Nadie entra en pánico.

Un orfanato se ha convertido en un punto de reunión para refugiados. Otro opera en la secundaria no. 50. Las escuelas son ahora centros de acopio de ayuda humanitaria. Los residentes de Lviv han abierto sus hogares a los refugiados. Algunos han acogido a treinta personas al mismo tiempo. Los hoteles ofrecen camas, no cuartos. Se espera la llegada de tres trenes venidos de Kiev. Dicen que cualquiera puede subirse; no hace falta boleto.

El alcalde de Lviv, Andriy Sadovyi, publica un tuit: “A las nueve de la mañana, tres helicópteros rusos, con unos sesenta soldados a bordo, aterrizaron cerca de Brody. Nuestras fuerzas lograron repelerlos. Ahora los rusos se baten en retirada hacia el bosque cerca de la aldea de Lev’yatin”. La autoridad policial de Ucrania dice que esto no es cierto, pero la gente de Lviv confía en su alcalde.

Brody queda a noventa kilómetros de Lviv.

La gente del pueblo habla:

“Quedaron condenados cuando aterrizaron en Brody. No entiendo a los rusos. Aventar sus soldados a un país que no se rinde, todo para que mueran allí. ¿Y para qué? ¿Sacrifican a sus soldados nada más para espantarnos? Son criminales, estos comandantes”.

“Yo nací aquí, en Lviv, y aquí crecí. Siempre hablé ruso y lo seguiré haciendo. Y nadie me ha tratado mal por eso. Mi hijo fue a una escuela rusa, una de seis que tenemos aquí. Yo quería que leyera a Dostoievski, a Chéjov. Pero lo saqué de la escuela cuando me enteré que iban a celebrar el aniversario de la primavera rusa.1 Puede leer a Dostoievski por su cuenta si quiere”.

“Cuando mandaron a nuestros chicos de Lviv a Dombás en 2014, no podía dejar de pensar en esos cadáveres tan jóvenes. El horror. Y ahora pienso en nuestros chicos, y en los chicos rusos, también. Todos esos cuerpos jóvenes, a punto de ser destrozados. No puedo pensar en otra cosa”.

A partir de hoy, los habitantes de la ciudad han recibido instrucciones de no cerrar sus sótanos con llave. Anatoliy, quien representa a los arrendatarios en un edificio de departamentos, ha puesto sillas y bancas en el sótano, así como garrafones de agua.

“No son muy cómodas”, dice de sus bancas. “En realidad son poco más que cajas. Tenía unas bancas bonitas en mi balcón, pero las tiré. Qué idiota. Estaba renovando mi departamento. Me tomó seis meses. ¿Quizá en vez de eso debería de haber cavado trincheras? ¿Pero de qué sirven las trincheras cuando te atacan desde el aire? Deberíamos de haber fortalecido nuestras defensas aéreas”.

En el mercado de la ciudad, la tasa de cambio es de treinta grivnas por dólar, si uno vende, y 37 por dólar, si uno compra.

Ese día en Lviv la sirena que advierte de ataques aéreos suena cinco veces. No escuchamos explosiones.

 

Elena Kostyuchenko
Reportera de investigación para el periódico ruso Novaya Gazeta


1 Las protestas pro-Rusia que se desataron en el sudeste de Ucrania en 2014.

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Publicado en: Internacional, Política