La política de ciencia de la 4T y sus consecuencias

Por fin terminó 2020, un año inoculado con el virus SARS-CoV-2. La ciencia nos permitió conocer en un lapso de tiempo sorprendentemente corto las características genéticas del virus, lo que dio al mundo capacidades para el diagnóstico de la enfermedad provocada por este agente y para emprender las medidas de control y mitigación de la covid-19. También, en el ámbito de la medicina científica, se cuenta con un mayor conocimiento de la fisiopatología de este padecimiento así como de los tratamientos que permiten reducir el número de muertes mediante el empleo regular, en los medios hospitalarios, de anticoagulantes y antiinflamatorios, mientras la búsqueda de antivirales efectivos continúa. Adicionalmente, la investigación científica y tecnológica ha permitido disponer en tiempo récord, no de una, sino de varias vacunas, el mejor tratamiento preventivo de la patología que brinda la esperanza de una reducción de los contagios y su eventual erradicación. Todo lo anterior hace evidente el papel central de la ciencia para encarar este desafío y muchos otros que enfrenta la humanidad. En este marco, resulta pertinente preguntarse cuál ha sido la política que se ha seguido en México en esta materia.

Hace algunas semanas se cumplieron los dos primeros años de la llegada a la presidencia de Andrés Manuel López Obrador, tiempo suficiente para evaluar el arranque de lo que podríamos identificar como la política de ciencia de la Cuarta Transformación (4T), como él la llama. Los resultados alcanzados en materia de ciencia, tecnología e innovación (CTI) en este lapso, pueden constatarse en diversos documentos oficiales, en particular en los Informes de Gobierno. Además, con la aprobación del Presupuesto de Egresos de la Federación para 2021, el presidente nos ha adelantado la ruta presupuestaria completa de la primera mitad de su sexenio.

En el mensaje que acompañó la entrega de su Segundo Informe de Gobierno, el presidente reiteró un compromiso:

Sigue en pie el compromiso de sentar las bases del México del porvenir para el 1 de diciembre próximo cuando se cumplan dos años de gobierno, a partir de entonces, una vez que se tengan construidos los cimientos solo quedará la tarea de terminar la obra de transformación y seguir gobernando con rectitud y amor al pueblo, para contar con su respaldo.

Si esto es así, ya es posible echar un vistazo a las características y calidad de esos cimientos.

Ilustración: Oldemar González

La idea inicial

El primero de diciembre de 2018, cuando todo era esperanza, el flamante presidente, con el respaldo de 30 millones de votos, recibió una “limpia” en el Zócalo de la Ciudad de México, con lo que mostraba su aprecio por el conocimiento tradicional, y ahí mismo dio a conocer 100 compromisos, entre ellos:

9. Se promoverá la investigación científica y tecnológica; se apoyará a estudiantes y académicos con becas y otros estímulos en bien del conocimiento. El Conacyt (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología) coordinará el Plan Nacional para la Innovación en beneficio de la sociedad y del desarrollo nacional con la participación de universidades, pueblos, científicos y empresas.

Se trata de una idea centrada en apoyos económicos a estudiantes de ciencia e investigadores y la creación de un programa para la innovación que considera la participación de los sectores involucrados con la creación y beneficiarios de sus productos.

Seis meses después, el primero de junio de 2019, lo anterior se anotaba apresuradamente entre los compromisos ya cumplidos y en esa misma fecha, en un informe trimestral, el presidente incorporó un elemento adicional:

Se está reformando el Conacyt para orientar sus trabajos de investigación a las necesidades más apremiantes del pueblo y de la nación…

Me detengo en lo anterior pues desde su toma de posesión como presidente, López Obrador tenía claro lo que quería de la ciencia dentro de su proyecto de transformación. Lo dicho esa vez, es esencialmente lo mismo que ha venido repitiendo, una y otra vez, y ha quedado registrado tanto en el Plan nacional de Desarrollo como en todas sus alocuciones públicas sobre este tema. No importa lo que piensen o digan los miembros de su gabinete, o quienes formaron parte de la ahora extinta Oficina de la Presidencia, ni lo que opine la directora del Conacyt… esta es la idea fija del “caudillo”. 

Ciencia para el pueblo

La reforma al Conacyt para ponerlo al servicio del pueblo, es un propósito esencialmente ideológico, por no decir demagógico. Una “ciencia para el pueblo” aplicada a resolver sus “necesidades más apremiantes ”, es decir, una ciencia que debe dar resultados ya, o como dice Rockdrigo González en una de sus célebres canciones: “al grito de ¡zas!”. Pero esto no funciona así, pues áreas importantes de la ciencia requieren para su maduración de tiempos que exceden el sexenio de López Obrador. Pero a la directora del Conacyt, Elena Álvarez-Buylla Roces, le ha resultado muy conveniente acoplarse con el discurso del presidente para crear una confrontación estéril: La “ciencia neoliberal” contra una “ciencia para el pueblo”. Está claro, aquí no hay nada sólido, no hay ciencia, sólo retórica, pura ideología.

Impulso a la investigación

Promover significa, de acuerdo con la Real Academia Española, impulsar el desarrollo o la realización de algo. Habría que preguntarse si este propósito se viene cumpliendo o no. La información relevante en este tema debería estar registrada en los Informes de Gobierno. Tomemos algunos ejemplos:

En los anexos correspondientes a los informes del primero de septiembre de 2019 y de 2020, se presumen algunos apoyos, como los recursos para investigación de frontera (investigación básica), cuyos resultados de la convocatroria de 2019, tuvieron un retraso inexplicable pues se esperaban incluso antes de la pandemia, pero fueron dados a conocer apenas el 30 de septiembre de 2020. Además un gran número de proyectos que contaron con una evaluación positiva y alta calificación dentro de esta promoción no alcanzaron financiamiento.

También se informan como logros, apoyos a proyectos con recursos de los fideicomisos, los cuales, como se sabe, fueron eliminados con el voto de la mayoría de los legisladores quienes acataron con “obediencia ciega” los deseos presidenciales ante una multitud de argumentos y protestas de investigadores. La racionalidad fue hecha a un lado en un recinto legislativo protegido por las fuerzas policiacas, en un episodio que seguramente quedará registrado como uno de los más vergonzosos en la historia de la ciencia de nuestro país. Pues bien, en los informes se presumen logros ¡a partir de estos fideicomisos! Por ejemplo, a través de los fondos mixtos con los que se financiaban proyectos en las entidades federativas, y los de una docena de fondos sectoriales para fomentar la investigación, entre ellos con las secretarías de Energía, Gobernación, Marina, Salud, Medio Ambiente, así como con organismos como las Comisiones Nacionales Forestal y del Agua y el Instituto Nacional de las Mujeres, entre otros. Estas acciones de fomento a la investigación se publicaron en el informe del presidente en septiembre y paradójicamente los instrumentos financieros citados se aniquilaron unos días después.

Becas

Las becas en todas las modalidades, en particular para estudios de posgrado y las que se otorgan a científicos a través del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) no forman parte de un modelo original atribuible a la 4T, pues son continuación de las políticas emprendidas por gobiernos anteriores. No hay nada que implique que haya una transformación ahí. Incluso las becas que se otorgan para realizar estudios de posgrado en diversas instituciones del país (incluida la Universidad Nacional Autónoma de México) y en el extranjero se encuentran por debajo de las otorgadas en periodos anteriores.

Un dato importante es que existe una gran inconformidad en los estudiantes tanto los que realizan estudios de posgrado o estancias posdoctorales en México o fuera del país, pues han experimentado toda clase de atropellos. Este malestar no es una invención, puede constatarse con el surgimiento de diversos agrupamientos de jóvenes que buscan ser escuchados por las autoridades, organizaciones cuya presencia puede documentarse, por ejemplo, por su participación en diversas redes sociales.

La tendencia de crecimiento en el número de investigadores integrantes del SNI es la continuación de la observada en sexenios anteriores, no hay aquí nada nuevo. Lo que sí es novedoso es la modificación del reglamento de este sistema, que implica la exclusión de representantes de los investigadores de los órganos de decisión, la exclusión de algunos campos del conocimiento, en particular la biotecnología, área combatida por la actual directora del Conacyt (a pesar de ser la disciplina de la que surgen las vacunas para enfrentar la covid-19). Como complemento de este cambio en el reglamento, se decidió eliminar los apoyos a los investigadores de las universidades e instituciones de investigación privadas, como parte de los principios ideológicos que privan en la 4T que buscan, no el avance del conocimiento en beneficio del país, sino la preeminencia de lo público sobre lo privado que se traduce en este caso en una acción completamente discriminatoria hacia un grupo de creadores de conocimientos.   

Plan de Innovación

A pesar de lo que se diga, el plan Nacional de Innovación que como vimos estaba incluido en los 100 compromisos iniciales, no se ha cumplido, ni se cumplirá, pues lo que se espera en este momento no es ese Plan, sino una Ley de Ciencia, Tecnología e Innovación, que como hemos señalado aquí son cosas diferentes. Este tema ha causado confusión incluso en los redactores del anexo del Segundo Informe (pp. 453-454), donde se trata de dar una salida más o menos decorosa a este propósito presidencial, argumentando que se ha hecho un rediseño de esta idea, lo que ha llevado a la creación de un modelo que ya no es el clásico de triple hélice (gobierno-academia-empresa) sino de “pentahélice”, incorporando ahora a la sociedad y el medio ambiente. Es como pensar que al agregar más aspas a una licuadora saldrán mejores margaritas. Como sea, al parecer ahí quedó, bien batido, el Plan de Innovación.

Los recursos para la ciencia

El gasto del gobierno federal en ciencia, tecnología e innovación asignado para los tres primeros años de la administración del presidente López Obrador es el siguiente: 98 940.8 millones (pesos constantes base 2021, datos del foro Consultivo Científico y Tecnológico) en 2019; 101 856 en 2020, y el Congreso ya aprobó 102 720 millones para 2021. Para tener una idea de lo que estas cifras significan, basta compararlas con las asignaciones en el periodo inmediato anterior.

El sexenio de Enrique Peña Nieto tuvo dos etapas, la primera de ascenso del gasto (2013-2016) en la que se experimentó un crecimiento importante en los recursos para la ciencia. En 2014, por ejemplo, se destinaron 121 031.3 millones de pesos constantes (base 2021) por lo que nuestro país destinaba entonces el  0.43 % del Producto Interno Bruto (PIB) a investigación y desarrollo experimental. La segunda fase fue de una caída muy marcada, con una asignación de 104 825 millones de pesos en 2018.

En la primera mitad del sexenio del presidente López Obrador hay una prolongación de esa caída, que se mantiene durante el periodo 2019-2021. A pesar de que ha habido pequeños incrementos anuales (el último de apenas 0.8 % en parte por la inclusión de la Comisión Federal de Electricidad entre los organismos entre los que se reparte el presupuesto para CTI), estos no han sido significativos pues se ha mantenido una especie de meseta (o estancamiento), siempre por debajo del peor año del sexenio de Peña.

La ley de ciencia y tecnología establece que deberá destinarse al menos el 1 % del PIB a la investigación científica y al desarrollo tecnológico. En el contexto global es hoy una meta francamente modesta y a pesar de los compromisos que se hacen en las campañas electorales para lograrlo, esto nunca ha ocurrido. Ahora este indicador se encuentra en su peor momento. De acuerdo con el último dato disponible en los anexos del Segundo Informe de gobierno (p. 745), durante 2019, el primer año de la “Cuarta Transformación”, el gasto en investigación y desarrollo experimental representó apenas 0.29 % del PIB ¡la proporción más baja en lo que va del siglo!

Ante lo reducido de los recursos para CTI los fideicomisos constituían un alivio pues conformaban un sistema alterno para el desarrollo de diferentes actividades. Se trata de instrumentos en los que concurrían recursos económicos de diferentes fuentes, que podían ser gubernamentales o de particulares para el logro de objetivos específicos, como la realización de estudios especializados y proyectos de investigación científica, o el desarrollo de tecnologías o innovaciones para la industrias del Estado o privadas. A lo largo del tiempo, el Conacyt llegó a contar con 91 fideicomisos que le permitían mantener la continuidad en sus diferentes programas al margen de las limitaciones del presupuesto federal. Un aspecto muy importante era la posibilidad de contar con presupuestos plurianuales, algo indispensable para el avance de la ciencia.

Como ya se mencionó, el desenlace fue la cancelación en el Congreso de todos los fideicomisos relacionados con CTI por órdenes del presidente, bajo el argumento de que eran poco transparentes y fuentes de corrupción, y quienes defendían su permanencia (la mayor parte de la comunidad científica) eran acusados sumariamente por el primer mandatario de conservadores que querían mantenerse en el pasado para seguir robando. López Obrador se comprometió a demostrarlo y encargó a posteriori a la directora del Conacyt hacer la demostración de estos infundios en una de sus conferencias matutinas. Las acusaciones eran muy graves y debían ser probadas, pero en esa ocasión  Álvarez-Buylla no demostró nada.

Adicionalmente, el presupuesto federal aprobado para CTI nunca llega completo al finalizar cada año. Al menos así ha ocurrido en 2019 y 2020 por los múltiples recortes sorpresivos al gasto y la aplicación generalizada de medidas enmarcadas en una política de “Austeridad Republicana”, que se han traducido, por ejemplo, en la reducción de los ingresos de los investigadores por la eliminación de sus prestaciones, como seguros de gastos médicos y otras compensaciones económicas que habían servido como dispositivos para mantener la planta de científicos del país ante las limitaciones salariales, la cancelación de pasajes aéreos para viajes al extranjero desde antes de la pandemia, o la reducción en 75 % de los gastos en materiales, suministros y servicios generales. Dichos recortes se han justificado de diferentes maneras, entre ellos para destinar esos recursos a los programas sociales, respaldar a Petróleos Mexicanos o para fortalecer los sistemas de salud en la pandemia, pero el resultado final se traduce siempre en menos recursos para la ciencia.

Y estos son los cimientos sobre los que se construirá el “México del porvenir”.

Ley de CTI

Pero, hay un gran tema pendiente. Apenas se dio a conocer el anteproyecto para la nueva Ley General de CTI. El mandato constitucional para su aprobación en 2020 no se cumplió y hasta el 14 de diciembre se entregó al presidente durante una reunión del Consejo General de Ciencia, Tecnología e Innovación. Antes de dicha sesión, la dirección del Conacyt mantuvo el documento en absoluto secreto. No obstante, este ocultamiento nos da información útil sobre el curso de una legislación que debería elaborarse de manera abierta y transparente, y que se fue construyendo a espaldas de la comunidad científica y de la sociedad, lo que constituye un dato que nos ayuda a entender cuál es el estilo de la política de ciencia de la 4T.

Tengo la impresión de que en esa reunión se expresaron posiciones distintas respecto al curso que se daría a ese documento. La directora del Conacyt esperaba que su anteproyecto de ley fuera aceptado sin más por López Obrador y se presentara al Congreso como una iniciativa presidencial. Pero esto no ocurrió así. En cambio se determinó que se echara a andar un proceso de “consulta y consenso” que quedaría a cargo, ya no de Álvarez-Buylla, sino de la versión actual del Foro Consultivo Científico y Tecnológico. Esto sugiere que hubo un desencuentro entre las expectativas de esta directora y la opinión del presidente, pues si fuera creíble que ya se habían realizado múltiples consultas previas como ella afirma, ¿para qué hacer otras y buscar un consenso? Días después, durante una conferencia de prensa en la que presentó su informe anual de actividades, de forma inesperada esta directora se hizo completamente a un lado del anteproyecto de ley pues señaló que ya se encontraba en manos del presidente y cualquier tema relacionado con el documento tendría que tratarse, ya no con ella, sino directamente con el Primer Mandatario.

La directora del Conacyt

Además de los constantes denuestos a los científicos que realiza el presidente, tuvo el desatino de colocar al frente del Conacyt a una investigadora que en los dos años que lleva su gestión ha actuado sistemáticamente en contra de la mayoría de los investigadores, trabajando a favor de su proyecto político personal (una extraña mezcla de lysenkismo y el Laudato sí del papa Francisco) buscando limitar e incluso prohibir la investigación científica en distintos campos de la biotecnología, violando la ley y actuando en desacato frente a disposiciones judiciales, mintiendo respecto a datos sobre gasto y eficiencia de la ciencia en México, ejerciendo venganzas y revanchismo contra sus críticos, removiendo a directores de los centros públicos de investigación que no le son afines, respaldando los continuos recortes al presupuesto para la ciencia, avalando la desaparición de los fideicomisos, e impulsando una ley de ciencia a espaldas de la comunidad científica, para citar sólo algunos ejemplos, todos ellos verificables.

Pero a pesar de todo, como ya se ha hecho costumbre decir, hay una luz al final del túnel: Este año se realizarán elecciones para renovar el Congreso. 

Ni noqueando gana

El título de este apartado, es un recuerdo de hace algunas décadas. La escuché de un estupendo cronista de box, Jorge “Sony” Alarcón, quien narraba los combates pugilísticos los sábados en la Arena Coliseo en el entonces Distrito Federal. Eran los tiempos dorados de ese deporte, cuando México desbordaba campeones y el escritor Luis Spota presidía el Consejo Mundial de Boxeo. Con esta expresión, el narrador se refería a los pugilistas cuyo desempeño, era tan malo, que aunque acabaran con el rival con un golpe de suerte de ningún modo podrían ser considerados triunfadores.

El gobierno que encabeza el presidente Andrés Manuel López Obrador ha hecho todo lo posible para enemistarse y alejar a los científicos del proyecto de la llamada Cuarta Transformación, a pesar de que en su gran mayoría lo apoyó y votaron por él en las elecciones del primero de julio de 2018. Los sexenios gobernados por los partidos Revolucionario Institucional (PRI) y Acción Nacional (PAN), habían condenado a las actividades científicas, tecnológicas y a la innovación al estancamiento, mientras el resto del mundo reconocía el valor de estas tareas, ensanchándose así el abismo entre el desarrollo económico y social alcanzado por potencias científicas tradicionales y emergentes y un precario desarrollo en México.

La comunidad científica mexicana sabía que siguiendo por ese camino no se llegaría a ningún lado y compartiendo el hartazgo con la mayoría de la población, decidió experimentar con el cambio prometido por un líder que perseguía una transformación profunda en todas las áreas del quehacer nacional, y ofrecía durante su campaña un apoyo decidido a la ciencia. El día de las elecciones, diversas encuestas de salida daban cuenta del perfil de los votantes. Las realizadas por casas encuestadoras como Parametría, Laredo y Buendía y Defoe, entre otras, coincidían en que las personas con mayor nivel de estudios había dado su voto a AMLO.

En la de Parametría, por ejemplo, 65 % de quienes contaban con estudios universitarios o superiores cruzaron la papeleta a favor de López Obrador. Aunque no lo puedo demostrar ahora (escapa a los objetivos de este texto), puede ser uno de los resultados más altos de respaldo del sector más educado de México hacia un candidato a la presidencia de la República en la historia de nuestro país.

Pero en muy poco tiempo todo se derrumbó.

Dos años después de esa victoria obtenida gracias al apoyo de diversos sectores, entre ellos los científicos, algunas encuestas sobre la gestión de López Obrador, muestran el desencanto de las personas con mayores niveles educativos. Por ejemplo, la realizada mensualmente por Mitofsky, muestra que entre quienes no aprueban a López Obrador en diciembre de 2020, se encuentran las personas con estudios universitarios o mayores (es decir, con especialidad maestría y doctorado). En este sector es rechazado por 59.2 %, que es uno de los índices de desaprobación más altos en esta encuesta.

Los datos anteriores sugieren que el sentido del voto de este sector en las elecciones intermedias del próximo junio será muy diferente al de 2018.

A muchos políticos les pueden tener sin cuidado las simpatías o antipatías de los científicos hacia el presidente, pues están muy lejos de tener la fuerza o poder político que exhiben, digamos, sindicatos como el de maestros. Esto es cierto. Pero creo que estas apreciaciones pueden incurrir en un error, pues se trata de voces influyentes que tienen gran autoridad moral. Sus opiniones son bien fundamentadas y tienen capacidad de amplificación. Prácticamente todos los investigadores son profesores en las universidades donde imparten cursos de pregrado y posgrado. Sus alumnos son personas informadas que saben la lamentable situación que atraviesa la ciencia en nuestro país y el trato que reciben sus maestros. Y el peso político de las universidades ya es otra cosa…

El lamentable papel que han desempeñado los legisladores de Morena en el Congreso, aprobando ciegamente iniciativas que dañan el desarrollo científico de México, permite anticipar que a pesar de las medidas de último momento que pudiera tomar el presidente para intentar revertir el daño causado en estos dos años (cosa que estimo no hará), al menos en este sector, ni noqueando gana.

 

Javier Flores
Profesor de la UNAM y periodista científico.

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Publicado en: Ciencia

3 comentarios en “La política de ciencia de la 4T y sus consecuencias

  1. Profesor Flores … Estoy de acuerdo. Es lamentable que al Sr López lo único que le interesa son sus votos y sus proyectos. Y, por cierto, ¿por qué no se apuran a vacunar más gente más rápido antes que mueran más?


  2. Además un gran número de proyectos que contaron con una evaluación positiva y alta calificación dentro de esta promoción no alcanzaron financiamiento.

    Esto que señalas en tu largo texto pasó en muchos casos, en otros muchos pretextaron "errores" en las propuestas y los atribuyeron a los propios investigadores, siendo que esos errores los generó el mismo sistema de captura, que malfuncionaba y que imprudentemente estrenaron en esa convocatoria.

    Asi la 4T, llena de funcionarios de baja calidad y pobre profesionalismo.

    La ciencia en realidad sigue como siempre. Nunca a sido importante en estas soleadas tierras en las que rige el pensamiento mágico.

    Lo que sorprende de todo esto es lo fácil que es engañar a la élite "pensante" (lo que denota su pobre cultura política). Es verdad que viven en sus torres de marfil ajenos a la realidad. Menudean los de pensamiento izquierdoso y moral jipiosa. Muy cómodo todo. Bien merecido se lo tienen.

  3. Un discurso que se agradece y que nos recuerda que siempre debemos elegir nuestra libertad de expresión y protección a las instituciones e iniciativas que ofrecen oportunidades a aquellos que se esfuerzan por marcar la diferencia.

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