Los médicos tienen una obligación primaria con los enfermos y así entendemos nuestros compromisos: primero los enfermos y después lo demás. Éticamente sería impropio sujetarse a otro compromiso.
En todo el mundo los sistemas de salud enfrentan complejos problemas; un problema común es el costo de la atención. Unos por insuficiencia general con falta de infraestructura y recursos económicos para su operación, y para su crecimiento, escasez de personal en todos los niveles, faltantes en medicamentos e insumos, deterioro de instalaciones, ausencia de mantenimiento y equipos envejecidos, que resultan en un servicio médico precario, en ocasiones lastimoso, y continuamente insuficiente. Este es el caso de nuestro país. Otros, con muchos mayores recursos y una sólida estructura funcional tampoco proporcionan lo que requieren los enfermos, en esencia diagnósticos rápidos, oportunos y tratamientos óptimos, en los que los tiempos de espera para las consultas son excesivamente largos y los salarios del personal de salud, pobres. Destaco que, en todos, el cuidado de los enfermos es impersonal, lejano, con ausencia de empatía y desinterés por el sufrimiento del enfermo.

Desde luego son dos niveles diferentes. En el primero, que es el caso de México, la insuficiencia y precariedad son la norma, y sus resultados se reflejan en los penosos informes que la OCDE compila. El otro nivel, aun no siendo óptimo, sí resuelve la carga asistencial, aunque poco se ocupa del bienestar personal, familiar y social del enfermo. Estos sistemas ya se organizan para la solución del cuidado médico con algoritmos.
Es importante reconocer que los sistemas de atención a la salud son extraordinariamente complejos y requieren ingentes cantidades presupuestales. En nuestro país, a pesar de la terrible situación del sistema público de salud, hoy nuevamente se continúa intentando resolver lo complejo sólo con palabras, con eufemismos y promesas. Hace seis años se prometió un sistema eficiente y universal, y hoy la falta de dinero ahoga a los centros de atención y lastima a los enfermos. Es patético el silencio de las nuevas autoridades de salud ante, una vez más, las reducciones a los ya extraordinariamente exiguos presupuestos. Después de seis años de limitaciones y silencio entramos a un período de mayor oscuridad y continuada incertidumbre.
El Estado hoy parece tener dos objetivos en cuanto a salud. Por lo menos es lo que se puede inferir de los resultados a la vista. Uno es efectivamente universalizar el cuidado de la salud, pero hacia abajo, esto es, menos y más malo para todos. El segundo objetivo es, paradójicamente, desarrollar el terreno fértil para el extraordinario crecimiento de los servicios médicos privados, que hoy florecen con singular éxito como consecuencia de la insuficiencia del sistema público. Este sistema de atención privada funciona bien para quien puede financiarlo. Basta con pasear por cualquier ciudad del país para encontrar numerosas nuevas construcciones hospitalarias privadas, además de numerosas “cliniquitas” (que sin supervisión representan enormes riesgos —ver meningitis por fusarium).
En los meses previos se insistió que la prevención sería un tema central. Queda claro hoy que no se tenía, ni se tiene hoy, una cabal comprensión del significado de prevención en el contexto de un sistema nacional de salud. La prevención es una inversión al futuro, pero no impacta la realidad actual, y la realidad actual son hospitales sin recursos (incluso para los alimentos de enfermos y trabajadores), que están convertidos en zonas de muy alto riesgo para el desarrollo de complicaciones derivadas de una atención médica proporcionada sin los medios requeridos, lo que a su vez incrementa muertes y costos (ver hoy “Klebsiella oxytoca”).
Antes de su nombramiento, el actual secretario de salud, David Kershenobich, organizó múltiples reuniones para interactuar con personal de salud y escuchó como reclamo más constante la urgente falta de recursos económicos. El actual secretario de salud es un hombre inteligente con buena fama de negociador. Esperemos que sea capaz no sólo de recuperar lo perdido sino de incrementar en términos reales el presupuesto en salud. De no ser así, continuaremos cuesta abajo, cada vez peor. Actualmente, ni siquiera el presupuesto para el programa nacional de vacunación se salva del recorte.
Es difícil describir el estado de insuficiencia que hoy existe en el sistema hospitalario en general. Termino describiendo un episodio ocurrido en el servicio de urgencias de un importante hospital general de la Ciudad de México, donde recientemente llegó en paro cardio-respiratorio un hombre joven politraumatizado que tuvo que ser reanimado en el suelo del atestado servicio de urgencias. No había ningún otro espacio disponible. Tocamos fondo.
Samuel Ponce de León R.
Investigador emérito. Profesor de Medicina, UNAM