Medio siglo sin Rosario Castellanos

Hoy, 7 de agosto de 2024, se cumplen cincuenta años de la muerte de Rosario Castellanos (RC). Como es natural, tratándose de una poeta, escritora, ensayista y periodista de su talla, serán muchos los homenajes a su persona y obra que aparezcan en México durante estos días. Aquí quiero plantear un par de cuestiones sobre su vida que llaman mi atención desde hace tiempo. Me refiero, en primer lugar, a esa convivencia, en apariencia paradójica, entre, por un lado, la Castellanos depresiva y atribulada y, por otro, la irónica y risueña. Pienso, respecto a lo primero, en gran parte de su poesía, en las Cartas a Ricardo y en muchos aspectos de la película Los adioses, un largometraje que, por lo demás, me parece de excelente factura y con un par de actuaciones magistrales, sobre todo por parte de Karina Gidi. En cuanto a lo segundo, pienso en las clases (llenas de buen humor) que impartía en la UNAM; los recuerdos de sus colegas estudiantes, académicos y de quienes trabajaron con ella cuando estuvo al frente de la Oficina de información y prensa de la rectoría (1961-1966); en las cartas que escribió durante su estancia académica en Estados Unidos (1966-1967); en sus artículos para el periódico Excélsior (en particular los publicados entre 1971 y 1974, cuando era embajadora de México en Israel) y, por último, en las cartas que intercambió con su gran amigo Raúl Ortiz durante su estancia en Medio Oriente y que están incluidas en el libro Cartas encontradas (1966-1974).1

También quiero referir la falta de reconocimiento de la intelectualidad mexicana de su tiempo respecto a Rosario Castellanos y su obra. Una actitud que no sólo se dio durante la vida de Castellanos, sino que, en diversos aspectos y si bien en mucho menor medida, sigue con nosotros.

Ilustración: Jaque Jours

Sobre el primer punto, es posible combinar las dos facetas referidas, por más contrastantes que sean, pues ambas están presentes a lo largo de la trayectoria vital de Castellanos. Sin embargo, no deja de sorprender la distancia que se percibe entre una cierta imagen pública de RC como mujer independiente, libre y feminista (a pesar de que ella renegó más de una vez de cierto feminismo al uso en su época), y la RC que, en su vida privada, hace concesión tras concesión a Ricardo Guerra, el hombre que, muy probablemente, fue el único amor de su vida. La propia Castellanos escribió lo siguiente menos de un año antes de su trágica muerte: “Creo que actualmente no hay una oposición entre lo que pienso y lo que hago y que llegar a ello me costó muchos años y muchos esfuerzos”.2 Margarita Tapia es muy clara a este respecto: “Por el gran amor que le tenía a Guerra, [RC] dejó de lado sus convicciones y se adjudicó una coraza de abnegación que le produjo depresión…”.3 Por su parte, en una de las múltiples entrevistas que concedió con motivo de la aparición de Los adioses en 2018, su directora, Natalia Beristáin, se expresa sobre esta cuestión de manera inequívoca: “Descubrí a una mujer que es absolutamente fallida, contradictoria consigo misma, que se jura y perjura que no hará algo, y aparece este hombre y se le doblan las piernitas”. Aquí, por cierto, está, en mi opinión, buena parte del valor de dicha película: el hecho de que su directora se atreve a mostrarnos, mediante situaciones muy variadas, esa RC que resulta incompatible con algunas de las nociones más importantes de cualquier feminismo (sobre todo, quizá, el de esas feministas, “más airadas que reflexivas”, que Castellanos criticaba en su célebre alocución “La abnegación: una virtud loca”).

Al mismo tiempo, el largometraje muestra los esfuerzos inauditos de Castellanos por sobreponerse a la desazón que le provoca su relación de pareja (sobre todo a partir de que se convirtió en madre en 1961) y por lidiar con un matrimonio que muy pronto se convirtió en algo que no sólo no expandía ni llenaba su ser, sino que hacía lo contrario. Su mejor recurso, el más socorrido y el que tenía más a la mano, fue la escritura (por eso, sobra decirlo, el lugar que ocupa la máquina de escribir en la película). Esa misma escritura fue, sin embargo, la que tanto perturbó a Guerra, por motivos que no son difíciles de colegir con base en varias escenas. Lo anterior crea un círculo vicioso que envolvió a los protagonistas, a la actriz y el actor que les representan y al auditorio que sigue, entre azoramiento e impotencia, los diálogos y trama de Los adioses.

En el mismo sentido, cabe traer a colación algo que Sara Uribe plantea en su biografía Rosario Castellanos: Materia que arde: es muy probable que la etapa más feliz de la vida de RC fueran los tres años y medio que fungió como embajadora en Israel, es decir, los últimos tres años de su breve vida (Castellanos murió antes de cumplir 50 años), una vez que se había divorciado de Guerra. Para apoyar esta hipótesis, invito a los lectores a que lean las cartas escritas desde Israel (Cartas encontradas), así como los más de cien artículos periodísticos del tercer volumen de Mujer de palabras, rescatados por Andrea Reyes.4

No es fácil conciliar la Castellanos que se revela en esos cientos de páginas con la autora de la obra “siempre adusta y desgarradora” de la que nos habla Raúl Ortiz en su prólogo a Cartas encontradas. Balún Canán, Oficio de tinieblas, la mayoría de sus cuentos y gran parte de su poesía se ajustan a los dos términos empleados por su íntimo amigo. Ahora bien, incluso en Israel, Castellanos pasó por períodos de depresión, “pero”, escribe ella misma, “son los normales”.5 A cualquier persona que conozca la infancia de Castellanos, la muerte de su hermanito Benjamín y la reacción de sus padres cuando ella apenas tenía ocho años, con dificultad podrá sorprenderse de los periodos depresivos por los que atravesó Castellanos desde joven.6 Además, perdió a su padre y a su madre casi al mismo tiempo cuando contaba veintitrés años y si bien no quedó completamente sola, no encontró en el hermano que le quedaba consuelo alguno. A lo anterior hay que agregar la relación con Guerra, que no podía sino intensificar una tendencia depresiva que venía de años atrás. En 1971, desde Israel, escribió: “Como yo me inicié con la poesía, descubrí a muy temprana edad que corazón y pasión, amor y dolor, eran términos inseparables, puesto que rimaban bien, y esto me condujo no sólo a una temática y a un estilo infectos, sino también a una concepción de la vida y del mundo de la cual aún padezco las consecuencias”.7

Para que no se malinterprete lo que quiero decir, conviene añadir que la tendencia se combinaba con otra proclividad que las amistades de Castellanos refieren en diversas ocasiones y de distinto modo: su tendencia a hacer bromas de forma constante y a reír sonoramente. Este talante jovial e irónico que la caracterizó desde joven (como Dolores Castro, su íntima amiga universitaria, planteó más de una vez) se traslada con enorme facilidad y extraordinario ingenio a sus artículos periodísticos y alcanza niveles desmesurados en su farsa “El eterno femenino”.8

Rosario Castellanos fue un personaje público admirable en más de un sentido, fue una gran novelista y una intelectual notable. El hecho de que se le haya ninguneado en los tres aspectos mencionados durante su vida, y después, es algo que no puede sorprender a nadie en un contexto como el mexicano. En una nota que escribí hace tres años, referí unas palabras de Octavio Paz que reflejan algo que Gabriela Cano considera la “mayor preocupación” de Rosario Castellanos: “la escasa autoridad intelectual concedida a las mujeres, así como las dificultades que enfrentan para constituirse en sujetos creadores de obras culturales y artísticas”.9 En 1966, Paz se refirió a ella como poeta así: “Rosario Castellanos es un temperamento menos complejo y agudo; su mirada es amplia y conmovedora su derechura espiritual. Su lenguaje es llano y, cuando no cede a la elocuencia, grave, sentencioso. Como Torres Bodet y algunos otros de la generación anterior, Margarita Michelena y Rosario Castellanos pertenecen a la tradición de la ruptura sólo en momentos aislados”. Este lenguaje y tono fueron los que empleó Paz para referirse a una autora que, para entonces, ya había publicado diez libros de poesía, que desde su juventud obtuvo reconocimiento por su lirismo y que, en la actualidad, se considera una destacada poeta (una cuestión sobre la que no puedo pronunciarme, pues carezco de sensibilidad y cultura poética).

Más allá de la manera en que se interpreten las palabras de Paz, ocho años después José Emilio Pacheco escribió unas líneas sobre Rosario Castellanos que dicen toneladas, desde mi punto de vista, sobre el contexto que ella tuvo que enfrentar de manera casi cotidiana en su quehacer profesional y sobre la manera en que fue vista y considerada por sus colegas académicos e intelectuales masculinos. Cito sus palabras tal como las refiere, contextualizadas, Claudia Maribel Dominguez Miranda en su libro Rosario Castellanos, intelectual mexicana (cabe apuntar que para cuando aparece su libro El uso de la palabra, Castellanos ya había muerto):

…es preciso reiterar que quizás el único escritor perteneciente a la élite cultural
 que puso de manifiesto su singularidad y el valor de su pensamiento fue
 José Emilio Pacheco, quien, en su prólogo a la antología titulada
 El uso de la palabra (1974), advirtió: ‘Cuando se relean sus libros se verá
que nadie en este país tuvo, en su momento, una conciencia tan clara de
lo que significa la doble condición de mujer y de mexicana, ni hizo de esta
conciencia la materia misma de su obra, la línea central de su trabajo.
Naturalmente no supimos leerla.’10

La conclusión de Domínguez Miranda sobre esta cuestión es la siguiente: “La intelectualidad hegemónica no la reconoció porque no le encontró gran valor estético a su obra y porque pesó sobre ella el hecho de trabajar para el Estado justo en el momento en el que una parte muy importante de la élite cultural lo reprobó… En definitiva, el reconocimiento de Castellanos ha navegado entre el ninguneo y la consagración oficial parcial”.11 Castellanos trabajó para el gobierno del presidente Luis Echeverría, que ya cargaba con parte de la responsabilidad de la matanza estudiantil de 1968 y que, apenas cuatro meses después de haberla nombrado embajadora en Israel, estuvo implicado en otra matanza estudiantil: la del 10 de junio de 1971, el jueves de Corpus Christi, mejor conocida como “El halconazo”. Este es el contexto al que se refiere Domínguez Miranda. En todo caso, el ninguneo que sufrió Castellanos viene de mucho antes y no tiene nada que ver con su relación con el presidente Echeverría y con el puesto diplomático que le confirió. Por lo demás, si bien es cierto que, por el puesto que ocupaba, RC limó su filo crítico en sus colaboraciones al periódico Excélsior durante su estancia en Israel, estoy de acuerdo con Domínguez Miranda cuando afirma que Castellanos recurrió a “nuevas estrategias para ofrecer un balance de la realidad”.12 Como muestra, basta leer la parte final del artículo “La valija periodística: un cordón umbilical”, en el que Castellanos se refiere con claridad a los “halcones” (“que volaron después de ‘dar a la caza alcance’”) y en el que exige, uniéndose a otras voces, que se aclaren los acontecimientos de aquel malhadado 10 de junio.13

No me resta más que invitar a los lectores a acercarse a la obra de Rosario Castellanos. A las novelas Balún Canán y Oficio de tinieblas por supuesto (la segunda mucho menos leída y, para mi gusto, superior a la primera), a sus cuentos también (aunque los finales de varios de ellos me parecen abruptos e insatisfactorios) y, obviamente, a su poesía quienes tengan la sensibilidad requerida. Sin embargo, quiero destacar sus ensayos y, sobre todo, su obra periodística. Creo que esta última es una faceta prácticamente desconocida (a este respecto, debo señalar que es casi imposible conseguir en la actualidad los tres volúmenes de Mujer de palabras). La labor periodística de Castellanos refleja, sin pretensiones, su firme voluntad de que la sociedad mexicana modifique de manera profunda no pocos de sus hábitos (entre ellos los de las castas de las universidades públicas), sus acuerdos, sus costumbres más arraigadas y, como principio y corolario al mismo tiempo, las numerosas injusticias que la caracterizan (no sólo respecto a indígenas y mujeres, como los tres tomos mencionados muestran). En esos cientos de artículos y en su también prolífica obra ensayística, aparece una Rosario Castellanos con una notable amplitud de miras e intereses, que critica y acicatea a su sociedad, que quiere cambiar las cosas, que se rebela ante actitudes y conductas inaceptables, que deslumbra con su perspicacia, divierte con su ingenio y hace disfrutar con su prosa (de una pulcritud que pasa desapercibida). Una mujer que, por estos y muchos otros motivos, merece ocupar un lugar más destacado en el panorama intelectual del siglo XX mexicano.

 

Roberto Breña
Académico de El Colegio de México


1 Este libro, útil e interesante para conocer algunas facetas y opiniones de RC sobre temas misceláneos, se publicó hace apenas un par de años (México: FCE, 2022). Como autores aparecen Rosario Castellanos y Raúl Ortiz y Ortiz, autor del prólogo. Al año siguiente apareció la que, hasta donde sé, es la última biografía: Rosario Castellanos: Materia que arde de Sara Uribe, con dibujos de Verónica Gerber (México, Lumen). En cuanto al primero de estos libros, una de las conclusiones que se puede extraer (no olvido que se trata de un conjunto de comunicaciones privadas) es el desolador retrato que surge de México, sus gobernantes, su vida pública, su intelectualidad y de la UNAM, una institución a la que Castellanos tanto quería y a la que dedicó muchos años de docencia y un lustro de trabajo administrativo. De hecho, como se lee en el libro (p. 181), después de terminar su responsabilidad como embajadora en Israel, Castellanos pensaba regresar a trabajar en la Universidad Iberoamericana, ya no en la UNAM. En cuanto al libro de Uribe, me parece un texto muy bien escrito y muy completo, además de ser visualmente muy atractivo. Yo hubiera preferido que las conclusiones de los siete capítulos hubieran sido menos subjetivas y más analíticas, sobre todo considerando que Uribe parece haber leído toda la obra de Castellanos y conoce muy bien una vasta bibliografía secundaria, pero esta es una cuestión menor.

2 Cartas encontradas, p. 258.

3 “De amores y desamores: Cartas a Ricardo de Rosario Castellanos”, en Rosario Castellanos (De Comitán a Jerusalén), Luz Elena Zamudio y Margarita Tapia, eds. (México: TEC de Monterrey/CONACULTA/FONCA, 2006), p. 70.

4 Los tres tomos fueron publicados por Conaculta en 2004, 2005 y 2007, respectivamente. En total son 402 textos. Leer estos artículos da una idea de la amplitud de miras, de la perspicacia intelectual, del manejo de la ironía, del sentido del humor, de la cultura literaria y del filo crítico de Rosario Castellanos. Este filo, como no podía ser de otro modo, se tuvo que limar desde el momento mismo que se convirtió en embajadora, en 1971.

5 Cartas encontradas, p. 119.

6 Las palabras que parece haber escuchado cuando era niña son las siguientes: “Que se haga su voluntad [la de dios], pero…¿por qué en el varón, por qué en el varón?” Palabras tomadas de Materia que arde de Sara Uribe, p. 22.

7 Mujer de palabras, vol. III, p. 134.

8 En la misma línea, cabe apuntar que es la propia Castellanos quien refiere, al interior de la propia obra y de manera socarrona, las debilidades de la misma; véanse las pp. 182-183 de El eterno femenino (México: FCE, 2022).

9 Introducción a Sobre cultura femenina (México: FCE, 2020), p. 11.

10 El libro de Domínguez Miranda se publicó en 2019 por la UAM y Ediciones del lirio; la cita es de la p. 290. La cita de Pacheco es también el epígrafe de la Introducción (p. 13). Este libro es un esfuerzo por explicar, en palabras casi textuales de la autora, por qué Rosario Castellanos no fue reconocida como una intelectual en el campo intelectual de su época (como se puede leer en la p. 15).

11 Rosarios Castellanos, intelectual mexicana, p. 293.

12 Rosario Castellanos, intelectual mexicana, p. 292.

13 Mujer de palabras, vol. III, pp. 80-81.

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Publicado en: Política