Rosario Castellanos, la abnegación femenina y el caso Salgado Macedonio

El 15 de febrero de 1971, hace justamente medio siglo, Rosario Castellanos pronunció un discurso en un acto conmemorativo del Día Internacional de la Mujer. El escenario fue el Museo Nacional de Antropología y el acto estuvo presidido por Luis Echeverría, entonces presidente de la República. Esta alocución, titulada “La abnegación: una virtud loca”, que es bien conocida y que ha sido justamente elogiada por diversos motivos, fue publicada originalmente casi una semana después, el 21 de febrero, en “Diorama de la Cultura”, del periódico Excélsior.1

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

Sin perder de vista su fecha de redacción y la ocasión que dio motivo a su lectura, hace exactamente cinco décadas, en lo que sigue subrayaré algunos aspectos del discurso que llamaron mi atención. El primer objetivo de estas líneas es muy simple y muy modesto: animar a quienes las lean a que se acerquen a los ensayos y artículos de Castellanos, los cuales, hasta donde alcanzo a ver, han recibido mucho menos atención que sus novelas o sus poemas. Los lectores encontrarán, en los párrafos siguientes, algunas de las razones centrales que explican lo anterior (o, en todo caso, podrán inferirlas), por lo que no creo necesario explicitarlas aquí. Al respecto, baste plantear el ejercicio siguiente: cualquier lector o lectora de estas líneas elija al azar, digamos, una veintena de los casi 340 textos recopilados en la antología Mujer de palabras (ver nota 1). Después de dicha lectura, una vez disfrutada la agudeza, la curiosidad, la perspicacia, la conciencia social, la valentía, la cultura, la ironía y el buen humor de su autora —“¡Y necesitamos tanto reír porque la risa es la forma más inmediata de la liberación de lo que nos oprime, del distanciamiento de lo que nos aprisiona!”2—, me gustaría que cualquiera de esos lectores imaginarios me explicara por qué la obra ensayístico-periodística de Rosario Castellanos no ocupa un lugar más destacado en el panorama público e intelectual del México del siglo XX.

El segundo de mis objetivos tiene que ver con el México de hoy. Después de referirme a algunos aspectos de “La abnegación: una virtud loca”, pasaré al tiempo presente, al México de 2021. Serán apenas cinco parrafitos, pero eso no implica que este segundo objetivo carezca de importancia; de hecho, es más importante que el primero. Entre otros motivos porque, en principio, cabría pensar que en media centuria la situación de la mujer mexicana —esa mujer por la que tanto bregó Castellanos en la práctica y en la teoría— ha cambiado radicalmente. ¿Es así?

Cualquier persona familiarizada con la obra ensayístico-periodística de Castellanos sabe que la crítica de la abnegación femenina es una constante. Por poner un solo ejemplo, en “La participación de la mujer mexicana en la educación formal”, Castellanos arremete contra la inveterada costumbre mexicana de que “el hombre tenga que ser muy macho y la mujer muy abnegada”.3 Sobre la abnegación femenina como parte del “ser nacional” —usando la expresión que Edmundo O’Gorman emplea con tanta soltura en su célebre ensayo historiográfico México, el trauma de su historia (un texto que, por lo demás, ha envejecido mal)— es este mismo autor el que menciona a la abnegación de la mujer entre las características que definen lo que denomina “el legado ontológico” de la Colonia que, según él,  tanto pesó en la historia del México independiente.4 De esa misma Colonia, lo único que rescata Castellanos al inicio de su alocución, en términos de aportaciones de la mujer a la cultura en México, es a Sor Juana. Pero añade enseguida: “una golondrina no hace verano”. Una golondrina que, nos dice, no hizo acto de presencia ni una sola vez durante el siglo XIX. Llegamos así al siglo XX y es en esta parte de su discurso donde Castellanos seguramente incomodó a mucha gente con algunas de sus afirmaciones y con muchas de las inferencias que de ellas se podían extraer. En cualquier caso, eso es imposible de saber; lo que sí sabemos es que recibió un nutrido aplauso al terminar de hablar.

El primer blanco de Castellanos son “las feministas más airadas que reflexivas”, quienes exigen un tipo de igualdad con el hombre que, nos dice, es una exigencia metafísica, imposible de satisfacer en la práctica, que proporciona un punto de partida falso y que arrastra una serie de consecuencias indeseables. Además de que, implícitamente y en última instancia, es un reconocimiento del modelo de vida masculino como el único factible, como “la meta a alcanzar a toda costa”. Y agrega: “Si nos proponemos construir un feminismo auténtico, pero, sobre todo, eficaz, tenemos que partir de otros postulados, el primero de los cuales sería la investigación acuciosa, el conocimiento lo más exacto y puro que pueda alcanzarse del complejo de cualidades y defectos, de carencias y de atributos, de aspiraciones y limitaciones que definen a la mujer”.

La autora de Balún Canán se refiere enseguida a la enorme diversidad cultural, social y económica de las mujeres mexicanas; todas, sin embargo, ligadas, para ella, por algunos denominadores comunes. El primero de ellos es que “todas están sujetas a los derechos y obligaciones de una misma legislación”. Volveré a este tema al final de estas líneas. En esta parte de su texto, cabe resaltar el margen de maniobra que Castellanos le concede a la mujer mexicana de hace cincuenta años. Nos dice que todas poseen el mismo grado de libertad “como para reclamar sus derechos si se les merman, como para cumplir o no con las obligaciones que se les imponen, como para optar entre la repetición de los usos ancestrales o la ruptura con ellos, como para aceptar o rechazar los arquetipos de vida que la sociedad les presenta, como para ampliar o reducir los horizontes de sus expectativas, y, por último, como para no aceptar las prohibiciones o como para acatarlas”. Este cuadro se me antoja demasiado optimista para 1971.

De hecho, creo que ese optimismo viene a ser contradicho en cierto sentido cuando, en el párrafo siguiente, Castellanos escribe: “En México, cuando pronunciamos la palabra ‘mujer’ nos referimos a una criatura dependiente de una autoridad varonil: ya la del padre, la del hermano, la del cónyuge, la del sacerdote.” Esta visión sobre la subordinación de la mujer mexicana la complementa la autora de Oficio de tinieblas con otro tema que es recurrente en su obra: la crítica a la maternidad. Al respecto, escribe: “La mujer mexicana no se considera a sí misma —no es considerada por los demás— como una mujer que haya alcanzado su realización si no ha sido fecunda en hijos, si no la ilumina el halo de la maternidad.”

Enseguida, pasa por fin Castellanos al término que le da nombre a su texto-discurso. “La abnegación es la más celebrada de las virtudes de la mujer mexicana. Pero yo voy a cometer la impertinencia de expresar algo peor que una pregunta, una duda: la abnegación, ¿es verdaderamente una virtud?”. La pregunta, evidentemente, es retórica. Castellanos detesta la autocomplacencia, el conformismo y la hipocresía que se esconden detrás de la abnegación femenina; además, deplora las nefastas consecuencias sociales que, desde su punto de vista y por senderos a veces tortuosos, tiene sobre la sociedad mexicana: infantilismo, evasión, alcoholismo, machismo, mentiras, complejos de inferioridad y delirios de grandeza. Nada menos.

En la parte final del texto, Castellanos expresa otra de sus grandes preocupaciones: los obstáculos que las mujeres mexicanas tienen que vencer para formarse intelectualmente. Esta inquietud deriva en la que Gabriela Cano considera la “mayor preocupación” de Rosario Castellanos: “la escasa autoridad intelectual concedida a las mujeres, así como las dificultades que enfrentan para constituirse en sujetos creadores de obras culturales y artísticas”.5 Me podría extender mucho sobre este tema, pero me limitaré a citar las palabras del ubicuo, olímpico y afiladísimo Octavio Paz, quien en 1966 se refirió así, con tanta displicencia como condescendencia, a un “temperamento” que para entonces ya había publicado diez libros de poesía, las novelas Balún Canán y Oficio de tinieblas, las colecciones de cuentos Ciudad Real y Los convidados de agosto, decenas de ensayos y centenares de artículos: “Rosario Castellanos es un temperamento menos complejo y agudo; su mirada es amplia y conmovedora su derechura espiritual. Su lenguaje es llano y, cuando no cede a la elocuencia, grave, sentencioso. Como Torres Bodet y algunos otros de la generación anterior, Margarita Michelena y Rosario Castellanos pertenecen a la tradición de la ruptura sólo en momentos aislados.”

Después de criticar, mediante una enumeración aparentemente inofensiva, lo inequitativo e ilegítimo de la situación de la mujer mexicana con respecto al hombre en aquellos inicios de la década de 1970 (en términos laborales, de libertad de movimiento, de disposición de sus cuerpos), Castellanos concluye algo que, desde mi punto de vista, contradice una vez más algunos de sus propios planteamientos en la alocución que nos ocupa: si las mujeres mexicanas viven una situación injusta, “ellas lo han escogido así” —pues, prosigue— “han despreciado las defensas jurídicas que tienen a la mano”. ¿Era esta la situación en 1971? ¿Lo es en 2021?

El discurso termina en un tono optimista que resulta, en mi opinión, demasiado cargado de voluntad si se toma en cuenta el cuadro que se desprende de la totalidad del texto. La batalla, nos dice Castellanos, puede ser ganada por las mujeres, pero esa victoria requiere de cinco virtudes (muy poco comunes, diría yo, si pensamos que deben estar reunidas en la misma persona): lucidez, carácter, temple moral, astucia y, “sobre todo”, constancia. Nadie que haya seguido con mediana atención la trayectoria de las luchas de la mujer por la mujer en el caso mexicano durante los últimos lustros puede poner en duda esa constancia. Y sin embargo, en algunos aspectos medulares el avance parece haber sido bastante magro. Entra aquí al escenario Félix Salgado Macedonio, quien cuenta hasta el día de hoy con tres acusaciones de violación, pero que, al mismo tiempo, es candidato del partido Morena a la gubernatura del estado de Guerrero. Antes de referirme a este caso, conviene dedicar, aunque sea un solo párrafo, al contexto que explica una concomitancia tan anómala o que, más bien, la hace posible.

No hay un tema en la agenda pública mexicana en el que el presidente López Obrador se haya quedado tan atrás, tan rezagado, en el que se haya visto tan superado y tan anacrónico, como en el de la mujer, sus derechos, sus garantías, sus libertades, su seguridad y, en última instancia, su dignidad. Que al mismo tiempo esta administración se declare “feminista” es una mezcla de cinismo, desfachatez, conservadurismo e ignorancia. Tomando en cuenta su alianza con el PES, sus múltiples declaraciones respecto a expresiones feministas que han tenido lugar desde que empezó su sexenio, su postura frente al aborto, su visión de la familia mexicana (tradicional hasta el tuétano) y, muy recientemente, su declaración de que lo que está sucediendo con Salgado Macedonio es un “asunto partidista y también producto de la temporada [electoral]”, es claro que, independientemente de las simpatías políticas de cada quien, para el presidente de México la situación de la mujer mexicana no es una prioridad.

Es un contexto como el que se desprende del párrafo anterior el que explica que Salgado Macedonio siga siendo, hasta el momento de escribir estas líneas, el candidato de Morena para ocupar el máximo cargo ejecutivo de un estado de la República. Al respecto, cabe mencionar que a mediados del mes pasado más de un centenar de diputadas de Morena solicitaron al presidente del partido, Mario Delgado, que se reconsiderara la candidatura de Salgado Macedonio. Esta misiva fue apoyada por cientos de regidoras, consejeras y simpatizantes de Morena. La respuesta de Delgado es de antología: “Mientras que Félix Salgado mantenga sus derechos políticos él es nuestro candidato, no hay ninguna sentencia por parte de ninguna autoridad que acredite que haya cometido algún delito […] denuncias puede haber muchas…”.

Si aplicamos los parámetros de la ley mexicana que se desprenden del caso de Mario Marín, el “gober precioso”, no será sino hasta 2037 cuando se reconozca que una o varias de las acusaciones de violación que se han hecho en contra de Félix Salgado Macedonio son procedentes en términos judiciales y será sólo hasta entonces que una o varias de las mujeres que lo han acusado empiecen a recibir la justicia debida.6 Visto lo sucedido con Lydia Cacho hace apenas unos cuantos días, lo expresado aquí no tiene nada de descabellado.

Creo entender lo que estaba detrás de las palabras de Castellanos cuando afirmó, el 15 de febrero de 1971, que, considerando todas las disposiciones legales que ya existían entonces, las mujeres mexicanas “no tienen derecho a quejarse” si la injusticia recae sobre ellas.7 El problema, me temo, no es solamente una cuestión de marco legal.

Cuando se trata de violencia sexual, expresiones como “estado de Derecho”, “presunción de inocencia” y “debido proceso” —que de por sí hacen agua por todos lados en el caso mexicano— terminan por naufragar en el mundo real y contribuyen al mar de simulación en el que la sociedad mexicana entera se bambolea (“mar de la costumbre”, quizás diría Castellanos). Un naufragio en el que, no se olvide, existen otras víctimas además de la justicia: la integridad, la seguridad, la tranquilidad y la dignidad de las mujeres que se atreven a recurrir a esas disposiciones legales en las que Rosario Castellanos depositaba tanta confianza hace medio siglo.

 

Roberto Breña
Académico de El Colegio de México.


1 En la red, el texto se puede leer aquí. En versión impresa, está incluido en varias colecciones, entre ellas la antología Mujer de palabras (Artículos rescatados de Rosario Castellanos), que Andrea Reyes tuvo el gran tino de recopilar y editar hace algunos años en tres volúmenes (Conaculta, 2004-2007; el texto que nos ocupa está en el volumen II, pp. 663-668). Cabe añadir que menos de tres semanas después de haber pronunciado este discurso, Castellanos partía a Israel como embajadora de México. Ahí fungiría como tal hasta principios de agosto de 1974, cuando murió en Tel Aviv, en la residencia del servicio exterior mexicano, a causa de un accidente (más absurdo aún, me parece a mí, que la inmensa mayoría de los accidentes mortales que acontecen todos los días en todo el mundo).

2 Mujer que sabe latín, SEP, Diana, 1979, p. 39.

3 Mujer que sabe latín, p. 38.

4 México, el trauma de su historia, UNAM, 1977, p. 13.

5 Introducción a Sobre cultura femenina, FCE, 2020, p. 11.

6 Viene aquí a cuento una frase atribuida a Séneca: “Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía”.

7 El final de “La abnegación: una virtud loca” es muy claro en el sentido de que si las costumbres mexicanas no cambiaban como deberían era en buena medida porque muchas mujeres no querían que eso sucediera, pues, por motivos sobre los que mejor no elucubramos mucho, la situación imperante les resultaba cómoda, ventajosa, conveniente. Unos adjetivos que, me atrevo a conjeturar, estaban entre los más despreciados por Rosario Castellanos. De aquí a lo que ella afirma sobre la injusticia como algo merecido por todas las mujeres mexicanas, hay, en mi opinión, una buena brecha.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Justicia, Política, Seguridad