Toros: estética y política

A mi tío abuelo, que toreó hasta los 80 años

“CANTA, diosa, la cólera de Aquiles el Pelida,/ funesta a los aqueos, haz de calamidades,/ que tantas fieras almas de guerreros dio al Hades,/ y a los perros y aves el pasto de su vida/—en tanto que de Zeus las altas voluntades/iban adelantando por su propio camino—/desde que la disputa enemistó al Atrida,/príncipe de los hombres, y a Aquiles el divino./¿Qué Dios pudo mezclarlos en tan atroz contienda?”
—Homero, La Ilíada

Hace poco más de un año apareció en este espacio el texto “Planteamiento ético sobre las corridas de toros”, que abogaba por la prohibición de las corridas de toros en México. Desde entonces he querido discutirlo, pero vez tras vez me gana la autocensura. El tema de las corridas de toros en tiempos en que puede más un perro que un niño en situación de calle es difícil. Parece inoportuno disentir o ser políticamente incorrecto. Sólo que el asunto me es demasiado cercano, y he terminado por ceder ante el que acaso sea mi texto más impopular.

Procedo en tres pasos: primero argumentando lo que no veo en los toros; luego diciendo lo que sí veo en las corridas, y cierro apuntando algunos cauces para la discusión. Mas aclaro desde ya, que no pretendo una defensa ni promoción. Que cada quien viva sus domingos donde quiera.

Entonces, hay que iniciar con contundencia: es falso que hay evidencia científica suficiente para afirmar que los toros tienen vida emocional.1 Atribuir emociones a animales no humanos supondría una comprensión de nuestras emociones mucho mejor de la que tenemos.2 El objeto es complejo: mientras que algunas emociones son ocurrencias (pánico), otras son disposiciones (hostilidad); algunas son breves (enojo), otras duraderas (duelo); algunas suponen procesos cognitivos primitivos (miedo a un objeto que se acerca súbitamente), otras procesos bastante sofisticados (miedo a perder un torneo de ajedrez); algunas son conscientes (frustración por no satisfacer un antojo), otras no (miedo a fracasar en la vida); algunas tienen expresión facial prototípica (sorpresa), otras no (arrepentimiento); algunas motivan fuertemente a la acción (rabia), otras no (tristeza). Hay, pues, en nuestras emociones elementos cognitivos, fisiológicos, fenomenológicos, expresivos, mentales y conductuales cuya relación en absoluto es diáfana. Lo único inobjetable es que la vida emocional es irreductible a reacciones fisiológicas.3 Y sin claridad sobre qué son, cómo y de dónde surgen esas cosas que llamamos “emociones”; ya se ve que no tenemos muchos elementos para atribuirlas a otros animales.

Subrayo: no digo que los animales no tengan emociones; sino que no lo sabemos. Todo lo observable bien podría ser mero instinto. Es una conclusión relevante al menos por dos razones. Uno: porque mina el argumento sobre nuestras obligaciones morales hacia los animales. En efecto, dice la autora que dice la ética que tenemos obligaciones hacia cualquier ser con intereses, y sostiene que los animales tienen intereses porque tienen emociones– un paso rarísimo–.4 Su razonamiento, pues, languidece. Dos: me interesa poder afirmar que disfrutar de la fiesta brava no supone disfrutar de la tortura.5 Yo ignoro si hay en el toro algo más que reacciones físicas; pero puedo afirmar que no voy a verlo sufrir.

Lo que veo: en el ruedo ocurre un pedazo de la vida… un pedazo de muerte. Es justo esa realidad, irremediable y tensa, la que se nos ofrece: la vida demanda la muerte. Es la realidad subyacente a la cosmogonía azteca que tanto espantó a Europa. Es la realidad detrás de la cruz de Cristo que aterra a los ateos. Es el hecho de la cadena alimenticia. Por ello es difícil la fiesta brava.

Carlos Fuentes señala en “La virgen y el toro” que si las corridas de toros son tan repugnantes a las sensibilidades contemporáneas es justo porque arrancan la máscara de nuestra hipocresía puritana en relación con la naturaleza.6 Y en efecto, nuestro tiempo, el hipersensible, se queja más que nunca en espera de un mundo feliz. Pero olvida que el papel donde denuncian los académicos es árbol muerto, que los veganos comen naturaleza muerta; que el teléfono móvil precisa oro venido de la extracción minera, que el algodón en sus prendas era planta… corrijo: no es que nuestro tiempo olvide, es que se rehúsa a ver.

Lo extraordinario, no obstante, es la conversión de esa realidad brutal en algo bello. Bello no como la belleza natural, que aunque innegable, es involuntaria. Bello como perteneciente a un mundo deliberado. Un traje de luces, el cuerpo ceñido, temple inmóvil frente al pitón; un encastado robusto, cuidado, pasando lento y cabizbajo por el capote, por la muleta. No hay lugar para el engaño: es un duelo a muerte. Dos violentos animales siendo lo más ellos: el humano con su inteligencia, el bóvido con su fuerza. Un momento de verdad: cuerno y espada sin representación, sin simulación de nada. No es el arte-imitación que condenara Platón.

En la plaza ocurre el hecho trágico, inquebrantable, de que la vida necesita muerte… pero vuelto a significar, lejos de la naturaleza indómita. Allá somos homo sapiens y atacamos–acaso entre muchos y por la espalda–lo mismo reses que cabras para subsistir. Aquí, al penetrar el ruedo, con su silueta que recibe aplauso y la bravura que entusiasma, la bestia deja de ser alimento, vehículo, medio. Es cabalmente toro. Y como tal se integra a un mundo donde ver no se reduce a reacciones fisiológicas. Importan las formas, los ritmos, los acompañamientos. Ningún otro animal recibe una valoración semejante.Y al final del día, valorar es todo lo que el humano puede dar. Más precisamente: lo mejor que el humano puede dar. Porque de la muerte nada a nadie exime; pero morir como instancia de belleza, de verdad… mirando esos dos cuerpos acompasados, significando distinto la relación cruel en que la vida los ha situado, reparo en aquella definición de A. Danto: works of art are embodied meanings.7 No hay instancia más literal.

Ahora nos domina la obsesión con el individuo, y por ende es natural concentrarse en el torero. Esa es la idea de Savater, quien, al pretender una defensa de las corridas, hace del matador un héroe.8 Pero nunca me ha gustado Savater, y mucho menos su versión del héroe. Porque el heroísmo no necesariamente es un triunfo ético, logro de la virtud entendido como conquista del propio ser, como ejercicio de la libertad individual, afirmación de la fuerza y la excelencia. Pienso en la épica griega y su proyecto de engrandecer acciones bellas… es ese su sentido.9 Destaca es menos el héroe que su proceder.

La Ilíada no es la historia de Aquiles: inicia con éste crecido y termina pasada su muerte. Su objeto es la lucha, y en el caso de Aquiles, el fondo es su lucha con el destino. Si su enojo con Agamemnón le valió a Aquiles para abandonar la guerra, es también porque huía de la muerte que su madre advirtió hallaría a manos troyanas. Sólo la muerte de su amigo Patroclo obligó a Aquiles a volver a la batalla para matar, encolerizado, a Héctor. Aquiles mata a Héctor sabiendo que ello será su muerte: el precio de pasar a mejor vida como héroe.

El entramado entero está determinado por un orden superior. El poeta enmarca la enemistad entre Agamemnón y Aquiles desde bien temprano: ¿Qué Dios pudo mezclarlos en tan atroz contienda? De hecho, como apunta Alfonso Reyes, el crimen de Paris que originó todo el conflicto debía ser castigado por Zeus, y con él toda Troya por su complicidad al negar a Menelao la satisfacción que pidió. De ahí que hubiera “sentencia divina contra Troya, y de aquí que ésta deba ejecutarse como acarreada por un duelo privado entre Aquiles y Héctor”.10 Es decir: la acción heroica existe en el contexto de un orden que nos rebasa y que, no ajustándose a nuestros deseos, se impone con brutalidad.

Si acaso el torero es un héroe, es por hacer arte con la crudeza de la ley que rige la vida: la necesidad de la muerte. Y cuando la belleza excede, se concede el indulto como quebrantamiento de ese orden superior: goce efímero e inigualable. Mas el triunfo, en cualquier grado, necesita el concurso del toro. Y como victoria estética es todo lo más loable: pues la moralidad es irremediablemente una aspiración, y su conquista a lo sumo parcial. Pero la belleza, cuando se logra, es rotunda y completa. Es así que para Platón únicamente la Belleza encarna:11 no hay ninguna otra Idea cuya verdad sea en este mundo; para el resto tenemos copias, aproximaciones.

Así miro el toreo como arte. No supongo que sea una apreciación universal. Francamente estaría en los mismos aprietos tratando de explicar porqué el Doríforo de Policleto es bello–¿a razón de qué es bella la simetría?–. En todo caso, reconozco que, amén de deleite, la tauromaquia me es fuente de dolor. E intuyo que su camino es de extinción. Aun así, cierro como había anticipado.

“Planteamiento ético sobre las corridas de toros” busca la proscripción legal de las corridas de toros en México. Evidentemente, la discusión así trazada es política. Esto es: busca, por un lado, la intervención pública en un asunto en donde no hay una disputa de derechos entre miembros de la comunidad (ciudadanos); y, por el otro, el recurso de la fuerza para afectar las preferencias de unos frente a las de otros.

Más allá de las propias convicciones, vivimos en tiempos de liberalismo político. Eso significa tanto afirmar la primacía del individuo y sus libertades como requerir una justificación cuando el Estado incide en la vida pública. Son reverso y anverso de la misma moneda. Lo fundamental no es, por tanto, si las corridas de toros están bien o si son arte; sino qué justifica la intervención del Estado en la materia. En consecuencia, la carga de la prueba la tiene quien busque prohibir las corridas; no quien quiera disfrutarlas. Pero de eso, en el texto, nada. Una relatoría de legislación pasada no es, ni remotamente, una razón.

Lo que el texto sí pretende es ofrecer consideraciones éticas. Digo “pretende” porque las consideraciones éticas, en realidad, tampoco llegan. Téngase en mente la diferencia básica entre moral y ética: mientras que la primera prescribe y agrupa creencias que codifican lo bueno y lo malo, etc.; la segunda pregunta, reflexiona sobre esos códigos y su justificación. De suerte que al afirmar que X “dice que deben tomarse en cuenta los intereses de…” claramente estamos en terreno moral; no ético: de prescripción, no reflexión.

La relación entre ética, moral y política es compleja. Coincido en que nuestra legislación suele descansar en nociones éticas y morales,12 pero no por ello han de confundirse los ámbitos y los razonamientos.

La distinción importa porque un título como “planteamiento moral” connota cosas muy distintas de “planteamiento ético”; pero sobre todo importa porque moral (códigos prescriptivos) no hay una, y mucho menos jerárquicamente establecida. De suerte que, incluso ignorando la falacia de abordar una cuestión política con razones morales, falta la reflexión ética de por qué habríamos de aceptar ese código moral. Y de eso, en el texto, nada.

 

Andrés Pola


1 El texto ofrece tres referencias como sustento. La primera de ellas remite al artículo “Can farm animal welfare be understood without taking into account the issues of emotion and cognition?” que explicitamente matiza, vez tras vez, sus conclusiones. Por ejemplo: “These behavioral and physiological reactions form a basic vocabulary of primitive emotions that is suggestive, and only suggestive, of the presence of an emotional state and its associated emotional experience.” (p. E4). La segunda (el texto “Pasiones animales y virtudes bestiales: la etología cognitiva como la ciencia unificadora para la comprensión de las vidas subjetivas emocionales, empáticas y morales de los animales”) es un autodenominado ensayo –no artículo académico– que más bien parece manifiesto (con creencias sentenciadas en párrafos numerados y todo), el cual abiertamente se desocupa de demostrar nada: “Hasta que sepamos que los animales no experimentan emociones o sienten dolor, asumamos que experimentan ricas emociones y que sufren todo tipo de dolor.” p5 (énfasis en original). La tercera es una declaración de científicos de Cambridge sobre la conciencia. Afirma que “la ausencia de la neo corteza [cerebral] no parece imposibilitar a un organismo de experimentar estados afectivos” y que “animales no-humanos […] también tienen estos sustratos neurológicos [de estados de conciencia]”. O sea: lo que sabemos es que los animales no están imposibilitados para sentir y ser conscientes. Todo esto dista mucho de demostrar vida emocional en animales. 

2 Este artículo, del que retomo lo que sigue, ofrece un panorama de las diferentes líneas de investigación sobre la emociones y sus problemas: Scarantino, Andrea and de Sousa, Ronald, “Emotion”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter 2018 Edition), Edward N. Zalta (ed).

3 En palabras de un científico a favor y dedicado al tema de las emociones animales: Neither [psychological and physiological accounts] alone is sufficient – physiological analysis does not inform us about emotion…” Leventhatl H. (2000). “Emotions: structure and adaptive functions”, en G. Fink (ed.) Encyclopedia of Stress, vol. 2 Academic Press: San Diego, pp. 39-47.

4 Quiero decir que el paso ni se explica ni se justifica; pero parece haber salido del texto “Ética para matador. Savater, los toros y la ética” de Gustavo Ortiz Millan (en Tópicos, no. 46; 2014) donde igual se arroja así, sin más.

5 Lo cual, dicho sea de paso, también mina la afirmación del texto según la cual si alguien ve arte en las corridas de toros, ello se debe a una “especie de desensibilización” [sic] moral… afirmación, por cierto, apoyada en una lectura al menos cuestionable de Hannah Arendt.

6 El ensayo aparece en El espejo enterrado, editado por FCE, México, 1992, pág. 26

7 En What Art Is, Yale: University Press, 2013, pág. 37.

8 “El torero como héroe” en La tarea de héroe, Madrid, Taurus.

9 Evidentemente hay contenido ético en la épica griega; pero no en el sentido moderno, de Savater. Por ejemplo: Aquiles actúa heroicamente al cumplir su destino y lo hace matando por cólera. Esta moralidad es compleja y no cabe discutirla aquí.

10 En “Los poemas homéricos”, Obras Completas XIX, México, FCE, p. 35.

11 Ver el discurso de Sócrates en el Banquete, sobre todo en torno a 211c.

12 Como sostiene Ortiz Millán en su artículo arriba referido. 

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Publicado en: Deportes

9 comentarios en “Toros: estética y política

  1. El Toreo es el único arte actual, en que está en juego la vida .
    A diferencia de otras actividades deportivas, escénicas o teatrales, artísticas o no, en este singular ejercicio artístico milenario, no se muere de mentira, las polémicas dejan de tener sentido y el hombre se alza en su más absoluta autenticidad, en un épico aquí y ahora.

    Por otra parte, el espectador que va es porque quiere emocionarse, y el que no quiera como deja ver el articulo está en libertad para no ir.

    La analogía con la Iliada, me parece cuestión de apreciación, que a ambos sucesos engrandece.

    Me parece importante dejar dicho aquí, que hay que salvar a muchos seres humanos y otros seres vivos indefensos que sufren evidentemente crueldad y maltrato en nuestra sociedad.

    El Toro bravo, se defiende solo, no hay que pretender quitarle su especial, protegida y longeva vida que todos los bovinos de este planeta desearían para si, al toro de lidia le aplica perfectamente la máxima tan nuestra ; ”No me defiendas compadre”

    1. No señor Jorge Ávila, no es el único arte actual en que está en juego la vida (cf. Marina Abramovic, artista de performances). Para empezar ni siquiera es arte en su estricto sentido. Pero Andrés Pola señala una característica medular del verdadero arte, que es “hacer arte con la crudeza de la ley que rige la vida: la necesidad de la muerte”.
      Su afirmación de que “las polémicas dejan de tener sentido y el hombre se alza en su más absoluta autenticidad” me pareció tan absurda y aberrante como la de que “El toro bravo se defiende solo”. Pues claro, al igual que cualquier otro animal… en su medio natural. Pero en la plaza de toros estoy seguro de que ni de broma puede defenderse. Es más, el simple hecho de que haya tanta medida de “seguridad” (por ejemplo, los burladeros) nos hace pensar que esa supuesta “fiesta” (brava) está llena de premeditación, alevosía y ventaja.
      En cuanto a la tortura, Andrés, sería más exacto decir: no todo lo que sucede en el ruedo es tortura. Porque el paseíllo no lo es. Tampoco los múltiples preparativos del espectáculo, y claro que los muletazos no son tortura, aunque podrían tener una intención humana de burla (esos tablones que protegen a los humanos de la bestia, ¿no se llaman precisamente “burladeros”). Lo que sí es tortura son los puyazos, las banderillas y la estocada final, ¿o no?
      Estoy de acuerdo con quienes piensan que en las corridas de toros se tortura y mata a un animal, y deberían ser prohibidas, igual que las peleas de gallos y otros espectáculos parecidos: En el extinto (por fortuna) circo romano, los gladiadores (sobre todo si eran cristianos) sufrían la misma suerte que los toros…
      En cuanto al box y otros “deportes”, creo que el espectador que va no es porque quiera simplemente emocionarse…
      Quizá el sentimiento que despiertan las corridas de toros en algunos seres humanos es un resabio del salvajismo que perdura en nuestro ser interno; la sombra junguiana.
      Evidentemente no podemos saber por qué la gente hace lo que hace. Lo que sí podría hacerse es evitar atizarle a la violencia y a la injusticia. Por cierto, la morbosidad humana que parece explicar el éxito de la nota roja periodística debería atenuarse, en vez de fomentarla.
      Creo que lo que debería prohibirse es la violencia evidente… pero está en chino. Los seres humanos, en tanto animales biológicos, no podemos escapar a ella… Por desgracia, a los grupos de poder económico y social parece convenirles la existencia de estos espectáculos.

  2. Yo le doy la razón a María Eugenia. En efecto, cada quien que pase su domingo en donde quiera. No creo que esos toros quieren ir el domingo a una corrida.

    1. Ángeles, querer o no querer ir a la plaza, implica voluntad. Los Animales no la tienen.

  3. Me parece un artículo muy acertado, en el que como tal no se promueven las corridas de toros, deja a quienes quieren prohibirlas las cargas de las pruebas pero con argumentos, no suposiciones.
    Y deja en claro que cada quien tiene la decisión de acudir o no a una corrida de toros.
    El final es claro, se tendría que prohibir lo que se hace en los mataderos, solo que ahí no lo vemos.
    Me parece que además no se toca el tema de que la especie del toro de lidia estaría en peligro de extinguirse de no ser por las corridas.

  4. Estimada Maria Eugenia, gracias por el comentario. Te sugiero que leas la nota 1 de mi texto. A pesar de lo que pudieras pensar, no hay evidencia científica de que los toros sienten dolor de la misma manera que los humanos. Simplemente no la hay. No pretendo convencerte, pero el texto buscaba, por otra parte, presentar la posibilidad de que lo que sucede en el ruedo no es tortura. La discusión requiere que estemos dispuestos a entender puntos de vista diferentes antes de desecharlos. Saludos

  5. Enorme texto. Felicidades. Me encanto. Como bien mencionas al principio del mismo; seguramente recibirá muchas críticas pero para los que nos gusta la fiesta es un texto que transmite con palabras precisas el sentimiento que nos despiertan las corridas. Para aquellos que no gustan de la fiesta brava pero que no son fanáticos recalcitrantes del prohibisionismo creo que encontraran algunos argumentos validos en que pensar. Hay muchas partes del texto que me gustaron pero me quedo con el remate del segundo párrafo «Que cada quien viva sus domingos donde quiera».

  6. Los toros son mamíferos cefalizados con sistema nervioso central y una compleja red nerviosa y neuronal, con receptores del dolor, por lo que obviamente sienten dolor de la misma forma en la que lo sienten los humanos. De hecho solo con haberlos observado unos pocos minutos para darse cuenta que a la mínima que una mosca se posa en su lomo mueven la cola para ahuyentarla. Si son capaces de percibir la mosca, ¿qué sentirán cuando le clavan las banderillas, las puyas y finalmente la espada? Pero, además, en las corridas los toros no son los únicos que sufren dolor y pueden morir. Los caballos que montan los picadores, aunque ahora lleven protecciones, sufren traumatismos y dolor durante la corrida.

    En las corridas de toros se tortura y mata a un animal, y por ese simple hecho deberían ser prohibidas. De hecho, es tanto el absurdo que si se practicara en una granja o en un matadero lo mismo que se hace en una plaza de tornos los responsables serían juzgados y condenados penalmente.

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