“Me vi obligado a reflexionar profunda e inveteradamente sobre esa dura ley de la vida, que radica en el fondo de todas las religiones, y es una de las más abundantes fuentes de congoja. Y aunque aquella duplicidad fuese tan profunda, yo no era un hipócrita de ninguna manera”.
—Robert L. Stevenson, El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde
Ninguna periodización es ingenua; neutra, quizá sea mejor decir. Cuando el Renacimiento italiano adquirió esa consciencia histórica que le informó de la discontinuidad entre él y la Antigüedad Clásica, llamó “Edad Media” a ese mundo que se interponía. La categoría casi se traduce como “estorbo”. Cuando Lucas Alamán, en estas tierras, quiso denunciar la agitación que le rodeaba a mediados del siglo XIX, dijo que esos años bien podrían llamarse la “época de las revoluciones de Santa Anna”. En el nombre, el juicio irremediablemente se nos cuela. Y si esto es así, la pretensión de instaurar “el periodo neoliberal” como modo de referirnos a nuestro pasado inmediato debería hacernos pensar.
La verdad es que el presidente López Obrador nunca ha sido ingenuo en su uso del lenguaje. En otro texto abordé ese tema y la manera en que el presidente interpreta su labor: como“pedagogía política”. Su tarea, dice, es enseñar a ver la cosa pública de una manera determinada. Algunas instancias de su éxito: que México fuera visto como un país en crisis generalizada cuando —digo yo— esto no era el caso; que se hablara del PRIAN cuando PRI y PAN —vuelvo a decir yo— no son lo mismo; que se aceptara a la corrupción como el origen de todos los males cuando —yo, otra vez— ciertamente hay otras causas, etc. De modo que es plausible y un poco más asumir una motivación política, pedagógica si se quiere, tras la idea de “el periodo neoliberal”.
Subrayo: desde luego que el neoliberalismo existe, y desde luego que llegó a México. Lo político-pedagógico es el discurso sobre el periodo neoliberal. Quiero decir: hablar como si esa etapa hubiera concluido, definirla en términos de todo lo que nos resulta repugnante, y, sobre todo, hablar como si fuera una realidad la transformación de la vida pública (cuarta o séptima, da igual). La triada es, al menos, cuestionable. Sin embargo, de pronto se volvió usual hablar de que en el periodo neoliberal esto y en el periodo neoliberal aquello.Y así el asunto quedó zanjado: de nueva cuenta el presidente nos instruyó cómo ver nuestro pasado inmediato, concluido y nauseabundo.
La suya, hay que decirlo, es solo una lectura entre otras. Esas otras lecturas emergen al reparar, por ejemplo, en si la secretaría de Programación y Presupuesto —creada y protagonizada por neoliberales—, si el corporativismo con que se gobernó a placer los últimos treinta años —y más—, o si la rectoría educativa del Estado son elementos de un orden cabalmente neoliberal. Pienso que no. Conversamente, esa insistencia actual en las transferencias directas, en la austeridad presupuestaria, en la reducción del aparato público y la “sanidad de las finanzas públicas”, son medidas como de neoliberal de libro de texto. Finalmente: es absurdo pensar que la desigualdad, la corrupción, la pobreza, etc. son problemas privativos del neoliberalismo. No: ni lo definen ni se dan sólo en él. En suma: lo del periodo neoliberal como categoría informativa, descriptiva, útil para entender, no tiene sentido. La realidad es mucho menos diáfana.

Ilustración: Víctor Solís
Sin embargo, reitero: las periodizaciones nunca son ingenuas. Al consignar el periodo neoliberal el presidente está haciendo política. Esto hay que entenderlo, incluso por ello observar cierta reticencia ante esa manera de hablar. Algo de precaución, aspirar a la distancia crítica. Naturalmente, ello no supone negar; por lo que acaso sirva explorar un posible elemento de discontinuidad entre“el periodo neoliberal” y lo que sea que tengamos ahorita. Es una concesión por mor del argumento, como se dice.
Se hablaba antes, a la par de neoliberales, de tecnócratas. La referencia la conocemos todos: de la Madrid, Salinas de Gortari, Pedro Aspe, Zedillo, Francisco Gil Díaz, Agustín Carstens, José Antonio Meade, Luis Videgaray, etc. Aunque su prominencia en la vida pública se concretó en los años ochenta, ya se ve que algunos dejaron la administración pública ayer apenas.
Su disputa por la nación, como hábilmente la consignaron en 1981 Rolando Cordera y Carlos Tello,1 tenía por adversarios personajes apodados de diversos modos. Eran la clase más bien política, muchos abogados de la Universidad Nacional, hombres de partido llamados “populistas” por los tecnócratas: Porfirio Muñoz Ledo, Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel Bartlett, Carlos Tello, etc.
No me detengo demasiado en el antagonismo: mientras que los primeros consideraban que la ruta a seguir era la apertura comercial, la integración con Norteamérica, la desregulación y reducción del aparato público; los segundos apostaban por una suerte de reedición del proyecto cardenista de reformas sociales, la reducción de la desigualdad y la integración económica nacional. Esta es apenas una caricatura de las diferencias, pero una que basta para los propósitos de este texto.
Porque lo que me interesa destacar es que los tecnócratas se distinguían, en el fondo, por su aproximación técnica a los problemas nacionales. Ello quiere decir que calculaban, modelaban, y veían problemas sociales como asunto de oferta y demanda. Su perfil de egresados de universidades estadounidenses de conocida doctrina (Chicago, Harvard, MIT, Stanford, Yale, etc.) los capacitaba para ello. Pero, sobre todo, el carácter técnico de su aproximación a la vida pública es una manera de enmascarar la índole política y normativa de sus intervenciones.
“Quien hace ciencia2 no hace política” rezaría uno de los grandes dogmas de nuestro tiempo, que como otros, no tiene sustento. Los espacios siempre son muy breves para divagar por donde uno quisiera, pero piénsese en M. Foucault3 o la Escuela de Frankfurt4 como cuestionamientos ejemplares de la neutralidad normativa de la ciencia. En todo caso, si esta tesis incomoda, al menos concédaseme que cuando alguien adorna cualquier discurso de cientificidad, con ello pretende eliminar toda sospecha de subjetividad, de moralidad, de ideología. Pronunciar “está demostrado científicamente” equivale a sentenciar “se acabó la discusión”… aunque la ciencia (con excepción de la lógica y las matemáticas) rara vez demuestre cosa alguna.
Pues bien, desde ahí gobernaban los neoliberales. Su gran herramienta era la economía, la cual, desde su matematización iniciada con Jevons, no sólo alejó a diletantes estilo los populistas; sino que se coronó como reina entre las disciplinas sociales. Con ellos: la econometría, la teoría de la elección racional, el monetarismo, etc., pero no sólo. Su apoyo era más general y de fondo: con ellos la evidencia, los cálculos, los datos duros y toda esa manera de hablar que pone fin a especulaciones ociosas y destierra preferencias subjetivas. Su actitud, por cierto, no implica que la razón estuviera de su lado; sino que argumentaban como si la razón sólo pudiera estar de su lado puesto que la suya era razón de ciencia. De hecho, la mera idea de que no existía alternativa al neoliberalismo ante la crisis económica de los años ochenta, es muestra de ello.
Nada más lejano a Andrés Manuel López Obrador. En su carta de renuncia al presidente Obrador, el entonces secretario de Hacienda escribió:
Discrepancias en materia económica hubo muchas. Algunas de ellas porque en esta administración se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento. Estoy convencido de que toda política económica debe realizarse con base en evidencia, cuidando los diversos efectos que esta pueda tener y libre de todo extremismo, sea este de derecha o izquierda. Sin embargo, durante mi gestión las convicciones anteriores no encontraron eco.5
Por si faltaren pautas para interpretar la carta, cito la respuesta del presidente cuando el INEGI reportó que hubo nulo crecimiento del PIB el segundo trimestre del año pasado: “vamos muy bien, vamos muy distinto a lo que dicen los expertos”6; y cuando difundió la baja del consumo entre julio y agosto dijo: “tengo otro dato de abajo, de que en las rancherías sacrificaban una res cada semana, ahora dos, porque hay un poco más de recursos”.7 También están las perpetuas campañas electorales del presidente Obrador en las que invariablemente tuvo “otros datos”, y mil y un ejemplos más. No, no hay nada más lejano al presidente Obrador que la incorporación tecnócrata de la ciencia.
Por eso me llama la atención Hugo López-Gatell: un servidor público de los mejores tiempos del periodo neoliberal. Sus criterios siempre son técnicos; su evidencia, científica; sus decisiones y aspiraciones políticas, nulas. No es que la razón esté siempre de su lado; es que argumenta como si la razón sólo pudiera estar de su lado, porque él habla siempre y sólo desde la ciencia. Habla con la monotonía que merece reportar números; con el sosiego del sustento empírico, con la vida emocional que despiertan las gráficas. He ahí el ideal del científico desinteresado, neutral, veraz e impoluto de la politiquería que suele rodear las decisiones de gobierno.
Importa poco, debo subrayar, si López-Gatell trabajó en la administración de Felipe Calderón, si se asume como neoliberal o si su método científico es tan confiable como él cree.8 Lo que me interesa es, digamos, su carácter simbólico.
En su acepción más ordinaria, símbolo es aquello que representa o remite a otra cosa por asociación. En su versión original, el vocablo griego symbolon refería a un objeto que servía como recordatorio material de la amistad. Un símbolo remitía, pues, al otro; formaba parte de una unidad, de una totalidad que le daba sentido y lo completaba. Así ocurre el término en la tesis platónica según la cual el hombre (en el sentido de ser humano) es símbolo del hombre.9
Entonces: López-Gatell y Andrés Manuel López Obrador. He ahí el todo, unidad de complejidad interesantísima. El fenómeno social en que se ha convertido Hugo López-Gatell, con sus memes, sus defensores y sus enamoradas; no puede entenderse al margen de su pertenencia a una administración que cancela cerveceras y aeropuertos con base en consultas estadísticamente vergonzantes.
Desde luego que las personas contrastan: uno es el doctor por la universidad Johns Hopkins y gusta de la propiedad al pronunciarse, el otro sudorosamente se licenció y piensa con refranes. Uno esgrime argumentos y refiere a modelos matemáticos; el otro da sermones y cita al Papa. Uno vive de aparentar neutralidad y vida técnica; el otro de moralizar y ser cercano a la gente. Uno presume calcular cada paso; el otro parece improvisarlos. Uno no se emociona ni para leer poemas; el otro, arenga y abraza. Vistos por separado cada cual simboliza (remite a) cosas distintas, opuestas. En el extremo, uno connota la modernidad en un gobierno casi teocrático. No obstante, ambos comparten un elemento fundamental: la credibilidad.
Me explico la credibilidad de López-Gatell como efecto de su apariencia: el hombre de ciencia es imparcial, es evidencia, es transparencia con sus datos y, sobre todo, no manipulador. Tiene un interés solo: salvar vidas. En otras palabras: Gatell es no-político… una formulación alternativa —si para ello no obstara el juicio del presidente López en nuestras cabezas— es que se trata de un buen técnico, un tecnócrata de los buenos. Presentarse como no político y ser creído, cabe decir, es todo un logro para quien conocemos justo por ocupar un puesto político: Subsecretario.
A su vez, la credibilidad del presidente me la explico de modo similar: elementos de su trayectoria, su discurso simplista e invariable, sus malos trajes y su acento lograron convencer a la gente de que estaba en el extremo opuesto a los políticos del pasado reciente. “Político, sí; pero él no…” De hecho, llegó a la presidencia con la bandera del cambio, un logro notable para quien llevaba más de 20 años ocupando cargos políticos.
De modo que la fuente de la credibilidad de ambos políticos es aparecer como no políticos. Ese rechazo generalizado a nuestra cosa pública es el todo que da sentido a las partes. Aunque como partes, –me aventuraría a decir a modo de provocación– a uno se le cree por aparecer como Salinas; y al otro, por aparecer como lo contrario.
Extraña paradoja cuya compresión me rebasa. Como quiera que sea, proceder así, suponiendo sin conceder, lleva a uno a concluir que eso llamado el periodo neoliberal en realidad no ha concluido… ni dentro de la administración pública, ni en los anhelos de quienes la escuchan desde fuera. La realidad es mucho menos diáfana. Es Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Andrés Pola
1 Me refiero a su libro México: la disputa por la nación, publicado en 1981 por Siglo Veintiuno Editores.
2 Utilizaré, sin más, indistintamente ciencia y técnica. Sé que hay una diferencia abismal entrambas; pero una que es irrelevante para los propósitos de este texto.
3 El análisis de Foucault sobre el poder y su relación con la producción del saber que lo sustenta está disperso en gran parte de su obra. El pequeño libro Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones (Alianza Editorial, 1981), ofrece una buena vista panorámica.
La Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt está dispersa en varias obras de diversos autores. Una formulación de lo que acabo de decir está en un libro de Jürgen Habermas traducido como Conocimiento e interés (Taurus, 1982).
6 Discurso desde Tabasco el 23 de agosto de 2019.
7 Conferencia de prensa matutina del 8 de noviembre de 2019.
8 Agradezco a mi colega, el Dr. Antonio J. Hernández, que me hizo llegar este texto altamente recomendable sobre ciencia y expectativas en tiempos de COVID: El Coronavirus, la ciencia y las crisis de confianza, escrito por Miguel Zapata Clavería.
9 En el Banquete 191c-d.