No somos hombres
ni estamos ligados los unos a los otros
más que por la palabra.
—Michel de Montaigne

Al candidato se le mira relajado. En su silla, se reclina cómodamente hacia atrás esperando con el pecho abierto que le vengan ataques que no le harán ninguna mella. Sus interlocutores insistirán que no le cuadran las cifras, que sus propuestas tienen ecos de 40 años atrás, que sus promesas no bastan. El candidato lo sabe. Es la tercera vez que compite por la presidencia y no se molestará en ofrecer cifras que cuadren, ideas novedosas o propuestas precisas para ilustrar cómo verá realizadas sus promesas. Se limita a repetir una suerte de letanía que ha construido por más de 12 años. Así ha transcurrido mucho de nuestra reciente vida democrática: sin diálogo real. Así transcurrió la última campaña presidencial en su conjunto. Algunos acusarán que se trata de una simulación. Quizá. En todo caso, he ahí la palabra.

Nuestro registro de debates presidenciales cuenta con pocas instancias: 10. Mirando la intención de voto, hay que concluir que únicamente el primero tuvo un impacto significativo, cuando el aspirante que iba en tercer lugar logró posicionarse en segundo gracias a su palabra. Los subsecuentes no hay quién los defienda. Su formato y relevancia se han objetado siempre. Sin embargo, lo que no se objeta es la necesidad de la discusión para la vida democrática.

Ilustración: Víctor Solís

Debatir es parte constitutiva de nuestra cosmología política. El gobierno del pueblo supone que los ciudadanos y/o sus representantes hablen. Se gobierna comunitariamente mediante ese vínculo que hace comunidades: la palabra. Cuando Aristóteles explica su tesis del zoon politikon lo dice sin tapujos: “La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: […] el hombre es el único animal que tiene palabra” (1253a10).

Nuestra comprensión del papel de la palabra se debe fundamentalmente a Platón. La mayéutica socrática consignada en los Diálogos usa la palabra para dilucidar, para purgar al interlocutor de creencias falsas y traer la verdad a la luz. Es la perspectiva subyacente a la defensa de la libertad de expresión por un liberal como Mill, o a la especificación de las condiciones propicias para la discusión pública de un marxista como Habermas. Y sospecho que en esta herencia reside la dificultad para ver al candidato hablar. Su palabra no busca purgar creencias falsas; no arguye con evidencia. De hecho, su palabra presenta una inverosímil resistencia al dato. Recuero un caso extremo: ante las pruebas de que un acto de habla suyo impactó la volatilidad cambiaria, el candidato se limitó a responder “no, no, no”; y ya.

Lo interesante es que el éxito del candidato obedece fundamentalmente a su palabra. Ha hablado por 18 años. Así se sobrepuso a la obstaculización de empresarios, presidentes, partidos, medios de comunicación, y reformas electorales. Así atrajo un respaldo político inédito en México. Más allá de toda simpatía o antipatía hacia el candidato –ahora presidente–, el paso del tiempo ha hecho patentes y abrumadores sus logros. En el transcurso, se le ha visto variar de estrategia. De suerte que no cabe sino concluir dos cosas: él sabe lo que hace y los irritados no lo estamos escuchando bien. Estas líneas son un intento por entender mejor.

Desde siempre la palabra ha sido creadora. En el principio era el verbo afirma el evangelio con el mismo término griego que utilizaba Platón para “palabra”: logos. Está ahí contenida la esencia misma de la tradición judía que informó el pensamiento occidental a través del cristianismo: y dijo Dios… y llamó Dios. Jehová creó con su palabra. Así explica el relato bíblico el origen de la tierra y de las aguas. Los despistados acaban perplejos por aproximarse al Génesis como a un tratado de academia. Pero ese relato no es ciencia; es mito, y como tal pretende fundamentar, no describir. Así, cuando la tierra era caos, Yahvé comenzó a nombrar, a distinguir para que aparecieran la luz y las tinieblas: ordenamiento mediante el concepto. La creación del cosmos, del orden, obedece al pensamiento. El mundo, nuestro mundo, existe por la palabra, como afirmó Aristóteles.

Por sobre todos los mundos, el político es la creación de la palabra humana. La expresión última de este hecho reside en la ley, que es ordenamiento escrito, signado. Merced a una constitución aparece un pueblo donde antes no lo había. La ley es la expresión final de la palabra política porque obliga con base en una configuración previa. En efecto, antes de una legislación, la palabra que ésta contiene ha de vincular mediante la construcción de un mundo común: nociones compartidas de lo bueno y lo malo, de lo justo y lo injusto, de lo humano y lo inhumano, lo digno y lo indigno. Éste es el cosmos que construimos al hablar, al interpretar nuestras experiencias y darles voz. Pues bien, mi conjetura es que candidato habla con su palabra creadora: ordena un mundo, constituye realidades, define la experiencia.

Deliberación. No hay improvisación ni ingenuidad alguna cuando el candidato habla. Se le ve sentado con la espalda echada para atrás, lleva ropa ordinaria y se expresa con frases vernáculas. Se mofa de su ritmo lento para pronunciar y de su entonación del sur, que es tierra sin industria, dejada de la modernidad, casi prístina. Es la imagen del que no calcula ni engaña, la imagen de la transparencia hasta el límite del “perjuicio propio”: sus “asesores” lo instan a no decir esto o aquello; pero él nada puede contra su autenticidad. El candidato es honesto a pesar de él. Es la imagen propicia para creer. En contraste, al sujeto de traje impecable y cabello acartonado, al que habla con la propiedad de la respuesta prefabricada, es decir, al personaje calculado, a ese no se le puede creer nada. Es un ser ficticio. Su voz es mentira aunque bien pueda decir verdad.1

Estrategia. Al pretender la presidencia por tercera ocasión, de pronto el candidato se sinceró. Desde la pantalla chica2 reveló que él hace pedagogía política. Repito: pedagogía política. Habla para enseñar la realidad de la cosa pública. Fue un trabajo de años, continuó el candidato, que se internalizara que los dos partidos que habían ocupado anteriormente la presidencia eran lo mismo, para lo cual incluso acuñó vocablos como PRIAN. De manera similar se avocó a colocar la idea de que hay una “mafia en el poder”.

Ambas tesis me parecen algo disparatadas; pero el candidato tiene claridad absoluta: él es un dirigente político. Su trabajo, dijo, consiste en informar, orientar, concientizar. “Informar” significa tanto “enterar de algo” como “dar forma”; “orientar” es a la vez “dar información” y “dirigir hacia un lugar determinado”; “concientizar” es “hacer que alguien sea consciente de algo”.  El político, pues, da forma, dirige, crea consciencia. Su palabra hace mucho más que describir. Y para ello los tecnicismos le resultan inermes. Prefiere, por tanto, polarizar ambigua y vagamente: crisis/esperanza, corrupción absoluta/honestidad innegociable, más de lo mismo/transformación, neoliberalismo/justicia social. Cifrar el cosmos político en tales términos dicotómicos facilita preferir una lectura. Nuestra realidad es, pues, crisis y bancarrota inaceptable a causa del neoliberalismo y su rapaz inmoralidad, dice el candidato.

La mera idea de que el candidato triunfó porque esa terrible realidad se impuso es muestra del éxito de su palabra. Aunque no estemos en el paraíso, es una insensatez sostener que estemos tan mal: ni respecto a nuestra propia historia ni respecto a naciones “comparables”. Pero los datos son siempre maleables: dicen mucho y nada a la vez. En particular los datos que dos o tres entienden y que se ofrecen sin contexto: inflación, la composición de la deuda pública, el papel de las reservas internacionales, las políticas fiscales progresivas, o los resultados de las políticas públicas contra la pobreza intergeneracional. Frente a este tipo de evidencia, la palabra que la interpreta se vuelve absolutamente fundamental. Es esta narrativa la que configura una realidad política cuya fuerza puede rebasar la de los datos mismos. Me explico.

Fuerza. El discurso del candidato se dirige al por qué; no al cómo. A varios les parece muy reduccionista que siempre la causa de un mal sean “la corrupción”, “la mafia en el poder”, “la política neoliberal”. En el mejor de los casos se tratará de una verdad incompleta… pero es simple y francamente adecuada a nuestro modo simple de razonar. Más importante aun: el discurso del candidato explica. Su palabra sitúa una realidad indeseable (por ejemplo: 53 millones de pobres) en el entramado de nuestras creencias morales e ignorancias político-económicas-administrativas. Ofrece causas que remiten a un origen profundo y no falsable,3 pero convincente. Justo por ello la narrativa resiste con gran fuerza la merma que pudieran hacerle pifias como una diferencia entre 10 o 100 millones de pesos en los costos estimados de la corrupción, por ejemplo. Independientemente de la cifra correcta, lo indudable es el porqué: la corrupción. Es un discurso sólido, blindado precisamente porque es una razón; no un cálculo, un dato. La sola cifra respalda o mina; pero nunca lleva a entender, como las fechas en la historia.

Simplicidad de palabra, coherencia con el resto de nuestras intuiciones e ignorancias, consistencia con los aspectos repugnantes de lo que se ve: he aquí los elementos para ordenar el mundo. La creación del cosmos obedece a la razón, y el candidato da razón. “La corrupción, la camarilla, los neoliberales dejaron el país en ruinas, hecho un desastre, en una profunda crisis” repite habitualmente. “Corrupción”, “camarilla”, “neoliberales”, “ruinas”, “desastre”, “crisis”… nada de ello describe. Nada de ello puede falsearse. El uso de estos términos no está, no puede estar determinado por la evidencia empírica. Es la palabra en su uso creador.

En contraste, la pregunta por el cómo es la pregunta por la técnica. He aquí una palabra que da confianza por ser un cálculo, por descansar en datos; pero justo por eso quien hierra aquí pone en cuestión su discurso entero, es vulnerable a simple omisión de un punto decimal. Más importante aún: el cálculo y la precisión del instrumento no son palabras que vinculen: aunque indiquen cómo llegar a un destino, no dicen por qué habría que dirigirse ahí, ni siquiera dicen por qué no estamos ahí. La pregunta por la técnica no configura experiencias ni ordena realidades.

En el fondo, el discurso técnico no explica porqué existen millones pobres, por volver al ejemplo. Piénsese en respuestas como: fallas en la implementación de una política pública, difícil acceso a servicios de salud o educativos, políticas regresivas, desigualdad, etc. dan pie a que se responda: “sí, pero, por qué: ¿por qué no hacen/dejan de hacer aquello que genera la pobreza/desigualdad/políticas regresivas?” hasta que alguien acude a la explicación simple: por corruptos. La palabra técnica, la respuesta al cómo es, en su mejor vida, una ruta, un esquema, un cálculo; pero no convoca, no seduce, no enseña. Lo que vinculan son los fines comunes, las razones: la configuración del mundo político. De ahí que el discurso del candidato perdedor (“yo sí sé hacer políticas públicas”) haya sido tan verdadero como absolutamente irrelevante en la contienda presidencial del 2018.

Veo a muchos cuestionando al candidato-ahora-presidente y a su Cuarta Transformación en clave descriptiva. ¿Acaso no hubo más de tres? ¿Es que se está comparando con Juárez?¿No será más importante la alternancia democrática? No pienso que vaya por ahí. La palabra crea: el candidato es el cambio; su movimiento es la esperanza. Su palabra es pauta para leer nuestra historia y ubicar en ella su presidencia. Es pedagogía política. Sucede lo mismo con la consulta sobre el aeropuerto de Texcoco. Sin duda fue un acto estadísticamente desechable; pero no es relevante en tanto que procedimiento para la toma de decisiones, sino como acto político. No era literalmente, descriptivamente, una consulta; lo era creativamente: México ya es una democracia participativa. Lo que importaba era preguntar, ello bastaba para que el pueblo –magnífica abstracción– mande. A su vez, las conferencias matutinas del candidato-ahora-presidente son actos políticos. Su función primordial no es transmitir información, es configurar un orden político diferente. Pienso en Daniel Cosío Villegas, cuyo Sistema Político Mexicano caracterizó el modo priista de gobernar como la conducción tras bastidores. Pues bien, ahora el presidente sale. Quizá no informa ni responde a lo que se le pregunta, pero habla. No por ello se gobierna democráticamente; no por ello se rinde cuentas; pero el presidente está ahí con su palabra. Las cosas cambiaron. Palabra creadora.

Cierto: no todo es discurso. El candidato-ahora-presidente venció por aliarse con quien había que hacerlo, por pactar con quien era preciso. Venció por avocarse a un trabajo de base, de credencialización, de visita y caminata incansable que otros soslayaron. Venció, quizá por ser la única opción que no había sido probada. Venció porque tuvo malos contrincantes. Pero a todo ello acompañó una palabra inteligente, calculada, creadora. Cabe preguntarse si esta palabra le alcanzará para gobernar; mas por ahora, la respuesta no será sino especulación.

En todo caso, casi cualquier voz da cuenta del éxito del candidato-ahora-presidente como hacedor de realidades. No quisiera sugerir que la función creadora de la palabra equivalga al engaño, la simulación o la manipulación. No es palabrería. Pero me queda claro que este México que vemos es, en mucho, el México que él nos enseñó a ver. Aunque muchos datos podrían servir para dibujar un país del que no se hable en términos de crisis, devastación, saqueo, mafia en el poder, camarilla u otras no hay quien rehúse esta realidad. Incluso sus detractores suelen empezar diciendo “aunque comparto el diagnóstico…” o lo que es lo mismo: aunque acepto su visión del mundo, su pedagogía sobre este México. Y comprado el antecedente, era difícil evitar el consecuente.

 

Andrés Pola
Filósofo (UNAM), Maestro en ciencia política (El Colegio de México) y en historia económica (London School of Economics). Autor de La banca paradójica (CEEY, 2014).


1 Dato interesante: los estudios realizados por el profesor Albert Mehrabian de la Universidad de California en Los Ángeles sobre mensajes no verbales, hoy de uso común, concluyeron que 55% de la comunicación consiste en lenguaje corporal, 38% en la entonación de la voz y sólo 7% en las palabras enunciadas. Seguramente habrá quien dispute los porcentajes precisos. Está bien. Basta con señalar la importancia preponderante del decir sin hablar.

2 Entrevista en Tercer Grado, 3/5/2018.

3 En su Lógica de la investigación científica, Popper propuso como criterio para aceptar una teoría, hipótesis o predicción, que pudiera ser falsable: que pudieran precisarse condiciones que la refutarían. Pensaba que, como muy probablemente no reconoceríamos la verdad aunque la tuviéramos en las manos, al menos podríamos aspirar a deshacernos de las ideas falsas.