Las imágenes del niño Aylan Kurdi encendieron a buena parte de la ciudadanía mundial en un alto y sonoro “Refugiados, bienvenidos”. Entre los reclamos de la ciudadanía, organismos internacionales, organizaciones no gubernamentales y colectivos de migrantes y refugiados, se exige a los gobiernos la apertura de fronteras y la acogida de los refugiados del conflicto armado en Siria mediante vías legales y seguras. Sin embargo, ¿qué lleva a tantos sirios al exilio y por qué es importante acogerlos?

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¿Quién era Bashar Al Assad antes de ser presidente de Siria? 

Bashar Al Assad es el presidente de Siria, comandante en jefe de las fuerzas armadas y secretario general del partido gobernante en dicho país, por lo que su responsabilidad en la muerte de Aylan y de las más de 200.000 víctimas de la guerra siria merece, como poco, ser analizada. Bashar sucedió a su padre Hafez, quien llegó al poder mediante un golpe de estado en 1970.  ¿Su primera misión? Encargarse de la ocupación siria en Líbano, que comenzó en julio de 1976 y duró hasta 2005. Tras la firma del acuerdo de Taif –que puso fin a la guerra civil libanesa– se inició la desmovilización de casi todas las milicias, excepto dos de ellas: el Ejército Libanés del Sur, milicia cristiana pro-israelí extinta tras la retirada de Israel en el 2000 –su comandante murió hace unos días en París– y Hezbolá, gran aliado de Al Assad en la actual guerra, organización que se ha reforzado militarmente gracias a Irán y Siria y que forma parte del escenario político libanés, contrario a lo que muchos piensan cuando tildan a este grupo como una organización terrorista. A Hezbolá se le conoce como la “resistencia” por su papel de defensa del territorio libanés frente a las sucesivas ocupaciones de Israel, pero su popularidad está en entredicho desde que se posicionó –lógicamente– junto a Al Assad en el actual conflicto. Para esta organización, perder Damasco es perder la vía que lo alimenta desde Teherán. 

En el año 2000 Al Assad asumió el poder con más de un 95% de votos. Siendo el único candidato a la presidencia y sabiendo que votar es un deber nacional en Siria, el resultado no sorprendió a nadie. Encontramos así, hace ya 15 años, la primera hipocresía del mundo ante Al Assad: pese a las condiciones de su elección, éste fue presentado como un modernizador, con personajes VIP de la política mundial desfilando por Damasco desde que asumió el poder, incluyendo altos cargos oficiales estadounidenses y europeos. 

Un año más tarde, tras el ataque a las Torres Gemelas, Al Assad se convirtió en el “mal menor” de la región, cuando no en un aliado. Al fin y al cabo, Estados Unidos no tardaría en intentar emular a nivel mundial la Ley de Emergencia siria, vigente desde 1963 hasta 2011, que otorgaba al gobierno una autoridad casi ilimitada para restringir las libertades de los ciudadanos e investigar y detener a los sospechosos de violar la seguridad nacional, justificando torturas, desapariciones forzosas y una tolerancia cero ante la disidencia contra Al Assad y el aparato estatal. Los informes de Amnistía Internacional de 1999-2000 cuentan la realidad que Bashar heredó y que empeoró en estos 15 años. 

¿Quién es hoy Bashar Al Assad?

Al Assad es el presidente de un país que detuvo, torturó y asesinó –y sigue haciéndolo – a menores de edad como Hamza Ali Al-Khateeb, de 13 años de edad, quien fue devuelto a sus padres muerto, con huesos rotos, quemadas de cigarrillo y los genitales mutilados ya en 2011. Al Assad visitó a la familia de Hamza y prometió reformas. Cuando el padre de Hamza quiso presentar cargos contra las fuerzas de seguridad, fue detenido brevemente y amenazado por la policía secreta, pidiéndole que dijese que su hijo había muerto a manos de extremistas armados sunitas (Al Assad y su aparato pertenecen a otra rama del Islam: la chiita alauí). 

En el marco de los levantamientos ciudadanos iniciados en 2010 en Túnez, conocidos como la “Primavera árabe”, la ola de indignación y hartazgo llegó a Siria y la muerte de Hamza no hizo sino aumentar el tsunami de protestas que muchos llamaron “la revolución de la dignidad”. No se pedía la cabeza de Al Assad, sino cambios que hicieran la vida en Siria más digna, pero la respuesta de Al Assad fue la criminalización y el ataque armado hacia manifestantes a los que acusó de ser agentes del imperialismo. Ante ello, Occidente no aplaudió ante las cámaras por pudor, pues se trataba del mismo discurso que se usaba en Irak o Afganistán, cambiando la palabra “imperialismo” por “terrorismo”, encajando con la pérdida de libertades a nivel global en nombre de una guerra contra el terror que sólo genera más caos y violencia.

El pueblo sirio respondió con más protestas, pero al ver que la represión de Al Assad se volvía indiscriminada, los desertores del ejército sirio crearon el “Ejército Libre de Siria” y los enfrentamientos se convirtieron en un conflicto militar abierto. Luego vino la creación de numerosos grupos armados que Assad no ha querido controlar pese a tener un ejército, a Rusia, Irán y a Hezbolá de su lado, lo que desembocó en la formación de un grupo que Occidente encuentra fascinante: el mal llamado “Estado Islámico” o Daesh, como lo llaman quienes se oponen a él, puesto que suena mal y algo ridículo, lo que al grupo le hace poca gracia.

No hace falta explicar qué hace Daesh o qué reivindica, pues el mundo les ha dado suficiente espacio mediático ya. Lo que sí es increíble es que haya que repetir una y otra vez que el actual presidente sirio, el mismo que proclama orgulloso haber sido reelegido en 2014 con más del 85% de los votos, ha utilizado armas químicas contra su población en numerosas ocasiones, asedia lugares como Yarmouk o Ghouta a escasos kilómetros de su residencia y lanza barriles bomba a diario sobre poblaciones civiles desde hace al menos tres años, en clara violación del derecho internacional humanitario. Las guerras, por increíble que parezca, tienen reglas y Al Assad las ha violado todas sistemáticamente, ante una comunidad internacional que recibe atenta pero muda los gritos de ayuda, lo que nos inhabilita para alegar ignorancia en un futuro. La mayor crisis humanitaria desde 1945 está siendo grabada, escrita y proyectada desde dentro y fuera de Siria en una escala informativa que jamás habíamos vivido como humanidad.

¿Quién será el Al Assad del futuro?

Al Assad será el presidente que optó por ignorar a Daesh en su lucha contra el terrorismo. En lo que va de 2015, sólo el 13% de las 923 operaciones de Daesh en Siria han tenido por objetivo a las fuerzas de seguridad de ese país. ¿La respuesta de Bashar? Sólo un 6% de las 982 operaciones de contraterrorismo del ejército sirio han atacado a Daesh, según la base de datos del centro Janes IHS, reconocido como la fuente pública más prestigiosa y confiable sobre asuntos de defensa y seguridad en el mundo. De las 9.025 víctimas que han muerto a manos de Daesh y Al Assad, 7.894 fueron asesinadas por las bombas de barril del régimen sirio; Daesh es responsable de 1.131 muertes, según la red siria de derechos humanos y el colectivo The Syria Campaign. ¿Es éste el aliado que busca Occidente en su lucha contra el terrorismo de Daesh?  

Al Assad será el presidente que ha fallado a su población en la guerra contra el terrorismo, pese a haber sido reelegido hace apenas un año. A quienes intentan huir del lado rebelde hacia el lado del régimen, se les recibe con francotiradores y asedio. Pese a su formación médica (se formó como oftalmólogo), Al Assad no ha dudado en bombardear hospitales y ambulancias que han sido atacadas con misiles, sabiendo que las coordenadas geográficas de estas instalaciones son conocidas por el régimen. Ante el éxodo masivo de su población, Al Assad ha facilitado la renovación y obtención de nuevos pasaportes, previo pago de unos 200 a 400 dólares, algo que incluso antes de la guerra era un sueño, pues se requería un permiso de las fuerzas estatales para obtenerlo, para viajar y haber cumplido con el servicio militar obligatorio. ¿No sería democrático que semejantes fallos lo forzaran a dimitir?

Al Assad será el presidente que contribuyó a lo que muchos consideran una limpieza étnica. Damasco y otras ciudades son testigo de una presencia sin precedentes de chiitas pertenecientes a las milicias entrenadas por Irán y Hezbolá, que se han instalado en la ciudad con sus familias. “Nuestra preocupación es el retorno de la gente”, dice el gobernador de Homs Talal al-Barazi, nombrado por Al Assad. “Los cambios demográficos en cualquier zona están prohibidos”. Ha hecho su tarea el gobernador: el artículo siete del estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional considera un crimen de lesa humanidad el traslado forzoso de población y dichos crímenes no prescriben. 

Al Assad será, en definitiva, el presidente que vendió Siria a nuevos y viejos imperios como Rusia, China –que controla parte de las acciones de la empresa petrolera estatal aunque ahora sea Daesh quien controla los pozos– e Irán, masacrando a quien se opone a esta colaboración. ¿No sería necesario juzgarlo ante un tribunal nacional por traición a la patria y ante un tribunal internacional por crímenes contra la humanidad?

¿El mundo se alarma por la foto del niño Aylan? Por supuesto que no. Se alarma Europa que ante su inacción recibe no sólo los cadáveres –y esto es lo que le  da más miedo y contra lo que no se solidariza– sino a los resistentes de una guerra que no se detiene porque nadie ha hecho un esfuerzo real para detenerla, mientras los aliados de Al Assad no escatiman esfuerzo para apoyarle financiera, estratégica y militarmente. El resto del mundo se pone a la fila de la acogida de refugiados sirios que están ahora de moda, como si estuviesen en la fila de las subastas de antigüedades que también comercializa Daesh y los traficantes de arte.

Hay que recibir a los refugiados y hay que recibir a los migrantes. Los refugiados, y en particular los sirios con su actual resistencia, no buscan opacar la lucha de quienes llevan años ahogándose en los mares y en los silencios informativos de una comunidad internacional que no tiene vergüenza y que ahora ha puesto de moda la solidaridad. Los sirios no son una moneda de colección que se compra y se pone en una estantería; vienen exigiendo lo que exigían en casa y tampoco vienen solos. Acompañados de migrantes de muchas partes del mundo, son víctimas de un mismo sistema: traicionados por los Estados que los expulsan con hambre, conflictos y miseria son vistos por los Estados de acogida como una carga, pero las fronteras siguen abiertas para quienes tienen la llave correcta – lo saben bien los traficantes, que abren y cierran sin cesar esas puertas para pasar droga, bienes y humanos. 

Refugiados sí, migrantes también y soluciones políticas a la crisis de valores de un mundo hipócrita que suelta lágrimas de cocodrilo ante un drama que tiene solución. Si las reglas que hay no son suficientes, si las instituciones que hay no son válidas, si las negociaciones hechas hasta ahora no han dado frutos, habrá que inventar nuevas reglas, nuevas instituciones y nuevas negociaciones. Es así como el mundo ha llegado hasta aquí, cuando éramos quizás más cínicos y menos hipócritas que ahora.

Xili Fernández es trabajadora humanitaria, politóloga de la Universidad Complutense de Madrid y estudiante de la maestría en “Protección de Refugiados y Estudios de Migración Forzada” de la Universidad de Londres. Actualmente reside en Estambul.

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