A estas alturas para nadie es un misterio que los mercados económicos, con su pretendida mano invisible y el desarrollo de alguna máquina de captura y almacenamiento de dióxido de carbono, constituyen la última esperanza de todos aquellos que aseguran que la humanidad puede mantener el estilo de vida actual e incluso seguir creciendo su nivel de producción, que por ejemplo, podrán explotarse el 90%1, 2 de las reservas de la quinta petrolera más grande del mundo sin que se pierda el objetivo de los 2°C en el aumento de la temperatura promedio. Pero aun si este par de clavos ardientes fracasaran, siempre quedarán las medidas de adaptación y ¡sálvese quien pueda! En el juego del prisionero a nivel global que implica el cambio climático lo racional siempre habrá de ser no cooperar.

Ilustración: Oldemar González

Lo peor del caso es que los esfuerzos que se hacen desde la gobernanza global también se mueven al compás que marcan las naciones poderosas. El mejor ejemplo de ello es que, con la excusa de atraer más moscas con miel que con vinagre, los combustibles fósiles se han convertido en el gran elefante blanco de la UNFCCC. Ya lo señalaba Clive Spash en relación a los artículos que integran el Acuerdo de París:

no hay menciones a las fuentes de GEI [gases de efecto invernadero], ni un solo comentario sobre la utilización de combustibles fósiles, nada acerca de cómo detener la expansión del fracking, del petróleo de esquisto o las exploraciones en búsqueda de petróleo y gas en el Ártico y el Antártico.3

Pero estas consideraciones no solo se encuentran ausentes de este acuerdo, el uso de combustibles fósiles apenas aparece mencionado en el grueso de las comunicaciones de la UNFCCC y en particular en las declaraciones de su secretaria, Patricia Espinosa. Contrario a lo estipulado por el IPCC que es el organismo técnico especializado en cambio climático de la propia ONU, en el organismo diplomático encargado de los acuerdos, el tema de los combustibles fósiles prácticamente constituye un tabú. Cuando llega a mencionarse casi por resultar del todo inevitable, es referido apenas como un elemento más del problema, no hay señalamientos a la situación geopolítica o a las compañías petroleras pero sí mucha insistencia en recalcar, con un innegable halo de lo que algunos llaman ethos neoliberal,4 que lo que se requiere es la participación de todos:

Personas de todos los entornos y de todos los países y en todos los continentes deben de cargar con la bandera del desarrollo sustentable y de la acción en términos de cambio climático. Cada nivel de la sociedad, cada comunidad y cada sector de cada economía deben de estar involucrados.5

Bajo esta lógica retorcida “el individuo se vuelve su propio ‘emprendedor moral’ y termina sosteniendo el destino de la civilización en sus manos. El resultado es un nuevo ‘imperativo categórico’: actúa como si el destino del mundo dependiera de tus acciones. Separa tu basura, usa la bicicleta, energía solar, etc. La contradicción clave, que se encuentra al mismo tiempo escondida y visible aquí es que el individuo se ve condenado a la individualización y a la responsabilidad personal, incluso frente a las amenazas globales, independientemente del hecho de que [a pesar de que se le atribuyen increíbles potestades a su actuar individual] se encuentra vedado de la toma de decisiones pues estas escapan de su influencia”.6

No cabe duda de que se requiere que la generalidad de los ciudadanos que viven en democracia adquieran una conciencia ecológica global y que parte de una solución por la vía política tiene que ver con una implicación de los ciudadanos de las democracias desarrolladas con el medio ambiente o con los riesgos en general que acarrea, sin embargo, gran parte de la problemática de perseguir una estrategia que dependa de esta implicación, es que estos temas difícilmente adquieren la dimensión adecuada dentro de la opinión pública:

Para la mayoría de la gente hay un abismo de distancia entre las típicas preocupaciones de la vida diaria y un abstracto, si acaso apocalíptico futuro de caos climático […] No importa qué tanto nos hablen de las amenazas, es difícil actuar en consecuencia porque de alguna manera nos parecen inciertas y, al mismo tiempo, tenemos una vida que vivir que ya se encuentra, por sí misma, llena de placeres y preocupaciones.7

Esta situación ocasiona lo que Anthony Giddens, en Politics of Climate Change, considera una situación paradójica, ya que, una de las razones por la que existe una cierta negligencia de parte de los actores globales a la hora de actuar y por parte de los ciudadanos en general a la hora de alarmarse es porque los peligros del cambio climático son todavía, para la gran mayoría, imperceptibles, mientras que, cuando estos peligros comiencen a hacerse sentir en la mayoría de las localidades del planeta, será ya, en muchos sentidos, demasiado tarde como para actuar. Para Ulrich Beck, teórico del riesgo, solo hay tres posibles reacciones ante la omnipresencia de los riesgos globales: negación, apatía y transformación.8 Hoy en día que presenciamos muy poca transformación y parece reinar una mala mezcolanza de negación y apatía, pesa dentro del esquema del sociólogo alemán —y quizás también en la vida misma— la ausencia de una cuarta posible reacción que parece encontrarse relegada al mundo de la academia: el alarmismo.

El alarmismo resulta en un aspecto que es tan necesario como ineludible en este tema. Es necesario porque todo parece indicar que los gobiernos no están dispuestos a tomar las impopulares medidas necesarias que podrían mitigar de manera importante el cambio climático, no están dispuestos a cumplir con su papel de gobierno y ejecutar las políticas que urgen en este ámbito pues, mientras con una mano ordenan un estudio técnico relacionado con el medio ambiente y celebran las reuniones de trabajo que se organizan desde la gobernanza global, con la otra, ordenan la construcción de una nueva refinería o aprueban el presupuesto necesario para buscar aumentar las reservas de petróleo o carbón. Los gobiernos democráticos se encuentran secuestrados por las pugnas internas por las que la máxima directriz de las decisiones ejecutivas termina siendo la preservación del capital demoscópico a toda costa, mientras que la falta de alarmismo en torno a un problema como el cambio climático hace posible que, mientras se mantengan el crecimiento del PIB y las prebendas sociales, se estarán haciendo bien las cosas: “¿tienen calor?, vamos a subsidiar el aire acondicionado”.

El mundo no puede mantener su estilo de vida actual y los líderes de los países no paran de hablar de crecimiento económico, cuando lo que se necesita en términos de medio ambiente es alarmismo y transformación, sobra la apatía y la negación. Decía también Beck que las emisiones se estaban convirtiendo en la medida de todas las cosas9 —ojalá fuera el caso—, en realidad es el crecimiento en el PIB lo que se ha convertido en la medida de todas las cosas y eso incluye por supuesto y principalmente: las emisiones de GEI. El célebre Stern Review trata justamente de ello, del costo de no actuar (costo económico por supuesto). De acuerdo con este estudio el costo de la mitigación sería muchísimo menor que el costo a enfrentar en el futuro, en caso de que no se haga lo suficiente hoy.

Sin embargo, sigue haciendo falta la realización o divulgación de un estudio a fondo acerca del costo de sí actuar que tenga en cuenta la variable de susceptibilidad del medio ambiente a las concentraciones de GEI tal como hace el estudio del IPCC a la hora de determinar el posible aumento de la temperatura.10 Nadie duda de lo catastrófico que sería no actuar, pero se sabe muy poco de lo costoso que sería el actuar e intentar resolver el problema, de los sacrificios que se tienen que hacer, tanto en términos de crecimiento de PIB como de calidad de vida. Tal y como están las cosas parece que mientras un estudio así no salga a la luz, se mantendrá ese inquietante embelesamiento de los líderes del mundo con la fantasía de poder mitigar el calentamiento global y ser capaces, a la vez, de mantener las previsiones de crecimiento en el mundo, la fantasía de no hacer nada y que no pase nada. Es justo como les espetó recientemente Greta Thunberg a los miembros del parlamento del Reino Unido: “Ustedes solo están interesados en aquellas soluciones que les permitan mantener las cosas como antes. Como son ahora. Esas respuestas ya no existen, porque ustedes no actuaron a tiempo”.

Por otro lado, más allá de alarmismos, la exigencia por una transformación es algo que únicamente es exigible a los gobiernos de las democracias desarrolladas, no es atribuible a los ciudadanos la preeminencia de un indicador de desempeño económico que no sólo no toma en cuenta aquello que constituye desperdicio, sino que se ve estimulado por prácticas de inescrupuloso despilfarro que impone con ello un esquema donde, por ejemplo, el empacado plástico de cada fruta de manera individual en los supermercados no es considerado waste sino producción. Si se quiere lograr algo no se debe caer una vez más en la trampa de este ethos neoliberal, de recriminar a los ciudadanos el no moldearse a las exigencias que mercado dicta como necesarias para llevar a cabo una green life, recriminarles que no sean lo suficientemente ecológicos y exigirles que reciclen más, que sean vegetarianos, que no viajen demasiado o que no dejen las luces de su casa encendidas durante la noche.

Es cierto que el alarmismo de los ciudadanos implica por sí mismo una transformación, un cambio de la forma en que estos piensan el problema. Sin embargo, esta conciencia ecológica debe poder reflejarse en la toma de decisiones por parte de los gobiernos democráticos, debe lograr que los partidos políticos hagan cálculos de rentabilidad en donde comiencen a contabilizar una variable de grados Celsius. Para ello esta conciencia ecológica tiene que ser de carácter colectivo, no individual, esta es una distinción importante que muchas veces se pasa de largo. Muy atrás han quedado los años en los que el problema de emisiones podía resolverse con el esfuerzo ciudadano individual, hoy en día, mientras se viva en ciudad o se disfrute de las bondades que ofrece la vida moderna, aquello del borrado de la huella ecológica no pasará de ser una estratagema con la que autoengañarse y poder conciliar el sueño mientras se piensa que, de forma individual, se hace lo suficiente por el medio ambiente, o incluso más. La solución entonces no se encuentra en el llamado consumo ético, en que aquellos que pueden costeárselo se vuelvan vegetarianos, compren productos con sellos “eco”, orgánicos o aquellos elaborado por los sacrosantos pequeños productores locales; la solución en todo caso sería es que estos individuos (los que podrían costearse esta vida eco) estuvieran dispuestos a rebajar su preciado estilo de vida y a renunciar a un porcentaje de su bienestar en favor de otros a los que no conocen y con quienes lo único que tienen en común es ser humanos. 

Y es que, como se decía al principio, lo más seguro es que los dos clavos que constituyen la esperanza de quienes creen que se puede seguir aumentando el PIB bajo un ambiente de catástrofe climática se desvanezcan pronto. Eventualmente solo los negacionistas del cambio climático seguirán asegurando que no es inevitable una reducción generalizada en el estilo de vida de las personas en todo el mundo. La diferencia entonces radica en si reducirla ahora para que esta sea menor, o hacerlo cuando ya sea muy tarde.

 

Daniel Flores Gaucin
Estudiante de Doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid.


1 John H. Cushman Jr. (4 de febrero de 2018), “Exxon Reports on Climate Risk and Sees Almost None”, Inside Climate News.

2 Exxonmobil, 2018 Energy & Carbon Summary: Positioning for a Lower-Carbon Energy Future, 2018.

3 C. Spash, “This Changes Nothing: The Paris Agreement to Ignore Reality”, Globalizations, vol. 13, núm. 6, (2016), p. 930.

4 Habermas lo pone en los siguientes términos, se trata del “beneplácito a dejarse arrastrar al ethos de un ‘estilo de vida en armonía con el mercado mundial’, que aspira a que todo ciudadano reciba la educación necesaria para convertirse en un ‘empresario que administra su propio capital humano’” (Jürgen Habermas, “El Estado-nación europeo y las presiones de globalización”, New Left Review (edición en español), vol. 1 (2000), p. 129).

5 UNFCCC, (20 de junio de 2016), “We all Need to be Sustainability and Climate Action Heroes”.

6 Ulrich Beck, World at Risk, Polity Press, Cambridge, 2009, pp. 169-170.

7 Anthony Giddens, The Politics of Climate Change, Cambridge, Polity Press, pp. 1-2

8 Ulrich Beck, “Global Risk Society” The Wiley-Blackwell Encyclopedia of Globalization, (2012).

9 Ulrich Beck, “Climate for Change, or How to Create a Green Modernity?”, Theory, Culture & Society, vol. 27, n.° 2-3 (2010), p. 263.

10 Nicholas Stern (24 de febrero de 2016), “Economics: Current climate models are grossly misleading”, Nature.