De Ucrania a Gaza: una confrontación global que se extiende

Formados en los turbulentos años de la derrota, la revolución, la guerra civil y la inflación, teníamos poca fe en la duración de la estabilidad. La única certeza que teníamos era que nada era certero.
—Felix Gilbert1

El inicio de la guerra de Sucot (expresión que refiere a la festividad judía que se celebraba en Israel cuando inició la incursión armada de Hamás) parece confirmar un hecho inquietante: nos encontramos en el umbral de un momento geopolítico peligroso, definido por una estela de conflictos que tiene el potencial de extenderse. En realidad, lo que hoy sucede en la franja de Gaza guarda relación con lo que pasa en Ucrania desde febrero de 2022. De ahí el peligro que acecha.

De cierto modo, se trata de un escenario que recuerda a las primeras décadas del siglo pasado, cuando el orden mundial que emergió al término de la Gran Guerra se reveló impotente para enfrentar los embates del totalitarismo. Acaso por ello, la invitación a hacer una reflexión más amplia en torno a lo que sucede en Medio Oriente obliga a situar la recesión geopolítica actual en términos de una determinada sensibilidad histórica. No es extraño, entonces, que el quehacer de Sir Michael Howard resulte relevante al momento de emprender esa tarea. En 2007, cuando la Guerra Global contra el Terror se convirtió en un lastre estratégico para Estados Unidos, el profesor Howard anticipó que la decisión de ir a la guerra en Irak ejercería una larga sombra sobre el acontecer del siglo XXI.

Al mismo tiempo, Howard también apuntó que el peligro de una guerra general es siempre un acontecimiento a ser temido. “La primera década del siglo presenció la formación de una tormenta en Europa que se desató en 1914 y que tardó el resto del siglo en extinguirse, en guerras que se extendieron por todo el planeta”, escribió entonces.2

La reflexión de Howard guarda relación con ideas vertidas por Étienne Balibar en la primavera de 2022, cuando advirtió que la guerra de independencia de los ucranianos era la expresión de una modalidad de conflicto que tenía el potencial de extenderse a otras porciones del mundo. Por ello, para dimensionar los verdaderos alcances de la guerra de Sucot, vale la pena prestar atención a cuatro dimensiones del conflicto que están entrelazadas.

Ilustración: CarCass

 La sorpresa estratégica de la ofensiva de Hamás —el poder de la “imagen violenta”

El ascenso político de Hamás en las últimas décadas responde a una realidad inmediata. Por un lado, al fracaso del proceso de Oslo, que defraudó las esperanzas de quienes imaginaron un futuro distinto para la región; por el otro lado, al agotamiento del nacionalismo árabe como alternativa políticamente viable para hacer frente a la existencia del Estado de Israel en Medio Oriente. Su bandera no es la de un proyecto político secular, sino la del integrismo islamista.

Verdadera insurgencia armada, Hamás es una entidad político-militar capaz de librar la guerra bajo el modelo de “guerra trinitaria” previsto por Clausewitz. Es decir, se trata de un grupo que cuenta con (a) una dirección política organizada que decide sobre la utilidad de la fuerza, (b) un núcleo de combatientes profesionales dedicados a su ejercicio, (c) una audiencia civil dispuesta a respaldar el esfuerzo de guerra y el programa político preconizado por los dirigentes de la organización.

A decir de David Betz, lo propio de toda insurgencia digna de ese nombre es explotar estratégicamente la asimetría de poder que inicialmente milita a favor del contrainsurgente. Así, el terrorismo es un recurso que históricamente les ha permitido a los insurgentes transformar radicalmente una correlación de fuerzas que en principio resulta desfavorable para ellos.

Por su parte, el profesor Neville Bolt señaló más recientemente que el cultivo de la “imagen violenta” es un recurso central del terrorismo contemporáneo: dada la cobertura en tiempo real que recibe lo sucedido sobre el terreno, la decisión de cometer atrocidades se convierte en una poderosa herramienta de comunicación estratégica. De este modo, la “propaganda por el hecho” es un recurso central para modificar el comportamiento de otros actores, pero también para animar a quienes simpatizan con la causa a seguir el camino de la violencia redentora.

Esto permite entender la utilidad estratégica de lo que sucedió en las primeras horas del sábado 7 de octubre, cuando Hamás recurrió al espectáculo del horror con un propósito claro: provocar una respuesta desproporcionada por parte del contrainsurgente, para concitar así simpatías globales a favor de los insurgentes.

Al obligar al Estado de Israel a articular una respuesta masiva en la franja de Gaza, los dirigentes de Hamás esperan que el sufrimiento causado a la población civil palestina alimente esas semillas de odio que —en expresión de Yuval Noah Harari— son necesarias para justificar su existencia en el largo plazo.

Razones del desconcierto: un gobierno a la deriva en Israel

La sorpresa estratégica que suscitó el asalto de Hamás en Israel encontró a una sociedad fracturada por graves controversias de orden interno. Desde hace tiempo, la coalición encabezada por Benjamín Netanyahu abandonó toda intención de representar un centro conservador para avanzar por el sendero de la retórica populista. Al hacerlo, el gobierno de Netanyahu buscó limitar la autonomía de la Suprema Corte de Justicia de su país, creando una fractura ante la que la sociedad civil israelí no fue indiferente.

En los meses que precedieron a la incursión terrorista de Hamás, miles de personas salieron a las calles de Tel Aviv y otras grandes ciudades para expresar su repudio a las iniciativas de Netanyahu. Esta expresión de descontento también alcanzó a la comunidad de seguridad y defensa del país. Para muchos de sus integrantes, la deriva populista de la administración Netanyahu descansó en una apuesta peligrosa: polarizar a una sociedad que sólo al mantenerse unida ha podido hacer frente a sus enemigos externos en otras ocasiones.

No menos inquietante fue la decisión de alentar a los colonos israelíes en Cisjordania o el hecho de que, a lo largo de los últimos años, Netanyahu favoreció la presencia de Hamás en Gaza para así minar la unidad política de los palestinos. A largo plazo, ese cálculo resultó trágicamente equivocado, como hoy resulta evidente. Por lo demás, no se equivoca Bruce Hoffman cuando sugiere que la incapacidad de anticipar el asalto de Hamás parece ser la expresión de un fracaso en materia de imaginación estratégica ante un adversario especialmente determinado.

Al parecer, la determinación de encabezar un gobierno de unidad nacional para enfrentar esta emergencia no será suficiente para contener el descrédito político de Netanyahu. El llamado a la unidad nacional recibió una respuesta unánime por parte de la sociedad israelí, pero sólo en la medida en que se trata de una respuesta congruente con la cultura estratégica de un país consciente de la magnitud de la amenaza a la que se atiene. No sin razón, Eliot Cohen anticipa que lo sucedido desde el inicio de la guerra de Sucot dará paso a una profunda revisión de la política de seguridad y defensa de Israel.

Una nueva guerra en el marco de una confrontación de alcance global

Desde hace tiempo, el imperialismo ruso se cubre con las banderas del “Sur Global” para presentarse como una alternativa al orden mundial liberal que nació en la posguerra. Así, los propagandistas rusos definen la guerra de conquista que Rusia lanzó contra Ucrania en febrero de 2022 como una respuesta a la hostilidad, real o imaginada, de Occidente. Poco importa que las tropas rusas hayan cometido crímenes de guerra desde el primer día de la ofensiva lanzada en contra del pueblo ucraniano.

Interesados en cultivar la tesis de que Rusia comparte las mismas aspiraciones que otras sociedades de ese amplio sur global, los servicios de inteligencia rusos no han tardado en ofrecer una lectura particular de lo sucedido en Gaza desde el inicio de la guerra del Sucot.

Para el régimen encabezado por Vladimir Putin (criminal de guerra requerido por la Corte Penal Internacional desde marzo de este año) los dividendos de dicha estrategia han sido amplios. Si el inicio de la ofensiva lanzada por Hamás benefició directamente a Irán —al evitar que la normalización del diálogo entre Arabia Saudita e Israel contribuyera a su aislamiento regional—, lo cierto es que el ciclo de polarización política que generó a escala global el inicio de la contraofensiva israelí sólo favorece directamente a Rusia.

Por primera vez desde febrero de 2022 la atención del mundo se desplazó del frente de guerra en Ucrania para concentrarse casi exclusivamente en Medio Oriente. El hecho es ominoso, porque ensombrece el lazo que liga a estas dos guerras con la acción de Rusia a escala global.

En espera de un desenlace incierto: disuasión o escalamiento

En este momento Israel se encuentra en la antesala de una ofensiva terrestre de grandes proporciones: a partir del 26 de octubre distintas unidades militares ingresaron a la franja de Gaza para preparar un asalto general contra Hamás. No menos de 300 000 reservistas han sido convocados para iniciar una campaña a gran escala que buscará destruir la amplia red de túneles que los insurgentes construyeron bajo el casco urbano de Gaza.

Los bombardeos que tanto sufrimiento causaron a la población civil palestina en las últimas semanas también forman parte de esta iniciativa: desde el punto de vista israelí la necesidad militar exige la destrucción de toda infraestructura capaz de resguardar a los insurgentes. Esta posición es acorde con la doctrina que guía el comportamiento militar israelí en todas sus operaciones.

No obstante, esta exigencia se encuentra en tensión con los requerimientos del derecho internacional humanitario, en especial con los términos del criterio de proporcionalidad que debe guiar toda operación militar definida por propósitos racionales. Para Israel el peligro es claro: el descrédito que hoy persigue a Putin mañana podría acompañarse por un descalabro ético definitivo para la administración de Netanyahu, un interlocutor que resulta cada vez más incómodo para la administración del presidente Joe Biden en Estados Unidos.

Sea como fuere, el inicio de la ofensiva terrestre israelí requerirá de una modalidad de guerra urbana que promete ser muy costosa para ambos beligerantes. Concebida para neutralizar en definitiva las capacidades militares de Hamás, la operación de armas combinadas que Israel pretende lanzar sobre la franja de Gaza tiene el potencial de ampliar hasta un extremo inédito la magnitud del sufrimiento que hasta ahora han vivido los civiles palestinos.

Al mismo tiempo, los choques de tropas israelíes con milicias de Hezbolá en la frontera con Líbano anticipan la posibilidad de que Irán sea arrastrado al conflicto. Lo mismo sucede con los ataques orquestados desde Siria e Irak contra posiciones militares estadunidenses en la región. Si la República Islámica de Irán toma parte en el conflicto, otras potencias también se verán obligadas a intervenir a favor o en contra de alguno de los beligerantes. Por ello, la posibilidad de que estalle una guerra a gran escala en Medio Oriente no puede descartarse.

No es extraño entonces que los esfuerzos diplomáticos de un amplio grupo de naciones (entre las que figuran Egipto, Jordania y Reino Unido) se concentraran en los últimos días en ofrecer una respuesta a las necesidades humanitarias de la población palestina. Al igual que António Guterres, secretario general de la ONU, y otras figuras notables como Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, los mandatarios de esos y otros países han insistido en que es necesario imaginar una fórmula diplomática que permita contener el escalamiento del conflicto.

La visita del presidente Joe Biden a Israel cumplió con un propósito similar: ganar tiempo y encontrar interlocutores válidos que permitan rescatar al mayor número de rehenes retenidos por Hamás, al tiempo que se ensayan otras iniciativas de asistencia humanitaria a favor de la población civil de Gaza, sometida en estos momentos a un asedio cada vez más inclemente.

No obstante, el esfuerzo diplomático del mandatario estadunidense en Medio Oriente también se acompañó por decisiones de Estado en materia de seguridad nacional. El llamado de Biden a posponer el inicio de la ofensiva israelí durante la tercera semana de octubre ocurrió en paralelo al envío de un grupo de combate de portaviones, baterías de misiles Patriot y el despliegue de capacidades de defensa antiaérea de gran altitud. El propósito es claro: fortalecer las capacidades de disuasión de las que, a decir del Comando Central de los Estados Unidos, depende la estabilidad de Medio Oriente.

La búsqueda de un desenlace político perdurable

En el invierno de 1962, Hanna Arendt remitió una carta a James Baldwin, quien recientemente había publicado un ensayo sobre las difíciles circunstancias de la población negra de Estados Unidos en aquellos años. Entre las reflexiones que Arendt vertió en ese breve documento destaca la siguiente:

En política, el amor es un extraño, y cuando se inmiscuye en ella no se consigue nada, excepto hipocresía. Todas las características que usted destaca en la gente negra: su belleza, su capacidad de alegría, su calidez y su humanidad, son características bien conocidas de todos los pueblos oprimidos. Surgen del sufrimiento y son la posesión más preciada de todos los parias. Por desgracia, nunca han sobrevivido ni cinco minutos a la hora de la liberación.

Como Felix Gilbert, el destacado profesor judío-alemán citado al inicio de estas reflexiones, Arendt sabía de lo que hablaba: en la primera mitad del siglo pasado presenció directamente la magnitud de la violencia asesina desatada por el nacionalsocialismo. Al mismo tiempo, Arendt también comprendió algo que acaso se ha olvidado en los primeros años del nuevo siglo: ninguna sociedad cuenta con el privilegio de la crueldad.

La necesidad militar que guía en estos momentos el proceder del Estado de Israel debe acompañarse por una virtud política superior: la capacidad de advertir que el único modo de derrotar a una insurgencia armada es transformar estructuralmente las condiciones de vida de quienes son rehenes de la violencia. Como apunta Max Boot, la ofensiva militar israelí requiere de un correlato político claro —es decir, un desenlace políticamente sostenible en el largo plazo.

En el caso de la guerra de Sucot, advertir este hecho pasa por reconocer que la búsqueda de un futuro distinto para el pueblo palestino está también en el interés de Israel. No resulta sencillo, pero abrir las puertas a ese futuro puede ser una de las pocas avenidas que tendremos para conjurar uno de los peligros que Howard advirtió al inicio de este siglo: que el dominio de la guerra se extienda definitivamente a escala global en los próximos años.

 

Alexis Herrera
Candidato a doctor por el Departamento de Estudios de Guerra de King’s College London, en donde colabora con el Centro de Gran Estrategia de dicha institución. Las ideas vertidas en este ensayo no representan la posición oficial de las instituciones con las que actualmente colabora.


1 Felix Gilbert, A European past: Memoirs 1905-1945, Nueva York, W. W. Norton, 1988, p. 65. Todas las citas fueron traducidas por el autor, salvo indicación contraria.

2 Michael Howard, Liberation or catastrophe? Reflections on the history of the twentieth century, Londres, Continuum, 2007, p. vii