En una entrada de su blog, mi colega de origen libanés Raja Halwani decía: “Cualquiera que desee tratar la crisis actual en Gaza debe comprender el nivel de miseria al que han llegado los palestinos ante años y años de brutalidad militar israelí, negación de derechos, ridiculización y representación de ellos como terroristas en los medios globales”. Tras la desproporcionada respuesta israelí en la Franja de Gaza, que ha dejado más de 8000 personas fallecidas, lo que menciona Halwani no es una justificación, pero sí explica a grandes rasgos el contexto en que Hamás actúa. Es un poco la línea que ha seguido el secretario general de la ONU, António Guterres, quien de forma valiente se atrevió a situar la crisis por la que atravesamos al condenar inequívocamente cualquier acto de terror, asesinato, ataque o secuestro deliberado contra civiles. Pese a ello, recordó también que lo sucedido el 7 de octubre pasado tiene que entenderse como parte de los efectos de una ocupación militar israelí que es, a todas luces, el factor estructural que debe revertirse si alguien quiere encontrar un poco de luz en medio de tanta muerte, violencia y tensión en Medio Oriente.

Al historizar el conflicto, el público lector puede comprender por qué Hamás aún cuenta con un apoyo importante en sectores palestinos de Gaza, Cisjordania y también de Líbano, tal como replican algunos medios árabes e israelíes que han citado hasta 80 % de apoyo en las acciones de este grupo en el país de los cedros. El panorama bélico actual tiene antecedentes terribles desde, al menos, 1920, con documentación elaborada durante el mandato británico de Palestina, pasando por unos episodios más violentos que otros, en los que algunos grupos como la Haganá o el Irgún fueron partícipes de confiscaciones, persecuciones y expulsiones de familias enteras. Algunos autores como Ilan Pappé o Samar Al Ghamal han documentado masacres de villas enteras, tal como evidencian las masacres de Acre en 1947, Deir Yassin en 1948 (mismo año en que se proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos), Qibya en 1953, Kafr Qassem en 1956, y otras más recientes: en Sabra y Shatilla en 1982 o en el Campo de Refugiados de Yenin en abril de 2022.
Quiero remitirme brevemente al año de 1967 pues constituye un punto de inflexión importante para comprender mejor el significado de cómo se ha vivido, desde Palestina, una ocupación militar. Entre 1967 y 1993, la ocupación militar israelí proclamó cerca de 1300 órdenes militares que tuvieron graves efectos en la vida de las personas cuando Israel argumentó que el control militar de Palestina era básico para la seguridad de sus ciudadanos.1 Siguiendo a Marín Guzmán, la ocupación militar implicó: que ninguna escuela de Cisjordania o Gaza tuviera un bibliotecario de tiempo completo, o un técnico en laboratorio, sobre todo a partir de 1976; que Israel destinara 30 dólares per cápita para la salud en Palestina, mientras destinaba 350 dólares per cápita para la salud pública en Israel; que en los Territorios Ocupados la proporción de médicos por número de habitantes fuera de 8 por cada 10 000, en contraste con los 28 por cada 10 000 en Israel; que la ocupación controlara las Cámaras de Comercio, el acceso al agua, los precios de la energía y que se arrestara a líderes sindicales de asociaciones de periodistas, escritores, dentistas, doctores, artistas, abogados e ingenieros; o que se favoreciera la construcción de asentamientos (hoy son casi 800 000 y son ilegales de acuerdo con el derecho internacional), entre otras cuestiones relacionadas con la libertad de expresión y prensa.
Como se podrá constatar, desde el inicio de la ocupacion militar israelí la violación a los derechos individuales de la población palestina se da en diversos frentes: desde la confiscación de propiedades (no sólo muebles, electrodomésticos y maquinarias), hasta la censura, el control del agua y la movilidad. Sara Roy, intelectual judía de Harvard, llamó a este sistema en términos económicos, y particularmente aplicado en Gaza, “políticas de des-desarrollo”. Es decir, una premeditada precarización de la economía palestina cada vez más dependiente de la exportación de servicios israelíes que implica no sólo el corte de agua y electricidad, sino también la contaminación sistemática de ríos como Wadi Gaza, lo cual degrada paulatinamente las tierras cultivables.
Así, resulta revelador que hoy la cuestión de los presos políticos sea algo que une a todos los palestinos, tanto de Gaza como Cisjordania. También, resulta lógico que Hamás haya seleccionado la liberación de los presos políticos palestinos como el tema prioritario de su agenda y que esa fuese la moneda de cambio para liberar a los rehenes que tomaron en la operación del 7 de octubre. Hamás sabe que todo palestino, dentro y fuera de los Territorios Ocupados, apoya fervientemente la liberación de los presos que se presentan como mártires vivientes de la ocupación, siendo algunos de ellos como Marwan Bargouthi, el “Mandela palestino”, personajes populares en todo el mundo árabe que podrían tejer varios puentes entre la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y Hamás. Por su parte, Israel sabe de esto y por tal motivo ejerce una presión sobre los líderes de este movimiento a quienes tacha como terroristas. No sólo eso, en palabras de Neftali Bennet, se les equipara con nazis, mimetizándolos con los civiles que viven en Gaza con la intención de deshumanizar a toda la población palestina y así facilitar las prácticas que se desarrollan en el actual “estado de emergencia”. Prácticas tales como la repartición de rifles entre civiles y su posterior publicación en redes sociales por parte del ministro de seguridad nacional Ben Gvir.
Hamás, tal como otras organizaciones políticas palestinas prohibidas por Israel, operó en la clandestinidad hasta los años noventa cuando surgió como una guerrilla armada que se veía desencantada de los proyectos seculares palestinos. Al igual que otras organizaciones, Hamás tuvo cierto éxito al crear estructuras para mejorar la precaria vida de los palestinos, por ejemplo, por medio de programas de salud, vivienda, educación, y otras necesidades apremiantes tanto de hombres, mujeres y jóvenes. Paralelo a Hamás, hay decenas de organizaciones que operan desde hace años que se preocupan por cuestiones más sociales como el Comité para el Trabajo de las Mujeres, establecido en Ramallah desde 1980, que han intentado llenar el vacío de los servicios básicos para las mujeres, como por ejemplo guarderías, campamentos veraniegos, cuidados básicos de salud. A pesar de ello, son catalogadas como potenciales amenazas para la seguridad de Israel.
Hoy estamos ante el evento bélico más fuerte de la historia de la desposesión palestina, similar incluso al trauma que representó la nakba de 1948. Ahora, lo que encontramos es la parálisis de los mecanismos tradicionales de construcción de paz, medios que banalizan la violencia y, lo que es peor, un panorama donde poca gente puede tener influencia directa en la toma de decisiones, mientras que, quienes pueden hacerlo (élites políticas árabes, europeas, estadunidenses), simplemente no actúan dados sus intereses, inversiones comprometidas, ansiedades de poder e imposibilidad estratégica.
Por ahora la situación pasa por una serie de intereses estratégicos que tienen que ver con el hartazgo de la sociedad palestina y el intento de Hamás por regionalizar dicha cuestión, cobrando a sus aliados años de instrumentalización retórica y política. Según documentos citados por wikileaks, Israel no sólo aspira a acabar con Hamás, sino que tiene deseos de extenderse territorialmente en la Franja de Gaza por medio de la transferencia de población palestina hacia el desierto del Sinaí, en Egipto, para así aminorar las amenazas estratégicas que también tiene en el norte con Hezbollah. Una de las principales razones de este movimiento demográfico es que Israel basa sus operaciones militares en el poderío aéreo ante la falta de eficacia en el ámbito terrestre donde la guerrilla urbana representa un dolor de cabeza para las fuerzas israelíes. Así, a más de un mes de la crisis y ante el inicio de lo que Israel llama “maniobras terrestres”, Israel no ha podido otorgarle a sus ciudadanos bajas significativas de la estructura política y militar de Hamás, la cual componen nombres como Mohammed Deif, Marwan Issa, Ismail Haniyeh, Osama Hamdan, Khalil al-Hayya, Mohammed Nasr, Yahya Sinwar, Saleh al-Arouri, Moussa Abu Marzouk, Khaled Meshaal o el “anti-rostro” de la operación, Abu Obeida. En vez de eso, Israel acumula en su espalda una fuertísima cantidad de civiles que sigue subiendo cada vez que los bombardeos continuan, erosionando aún más la reputación del Estado israelí.
Sobra decir que si Hamás desapareciera del mapa, tarde o temprano surgirán nuevas organizaciones de resistencia armada repitiendo la historia de múltiples movimientos que se han dado cita en Gaza de manera paralela. Tal han sido los casos de Yihad Islámica, El Movimiento Islámico de la Palestina del 48, Yund Ansar Allah, entre otros, mientras en Cisjordania lo han hecho grupos como el Batallón de Balata o el Grupo de la Guarida de los Leones. Lo anterior implica que la resistencia palestina no se reduce a Hamás, sino a una plétora de movimientos que también han sido sitiados en estos días en Nablus y Yenin donde se han dado más de 800 desalojos y decenas de fallecidos.
Con lo anterior en mente, las operaciones militares en desarrollo se elevan a nivel existencial tanto para Israel como para Hamás. Por un lado, Netanyahu no puede darse el lujo de retirar a las tropas sin derrotar a Hamás porque esto sería el fin de su carrera política y, con ello, tendría lugar una nueva crisis gubernamental para Israel. Por tal motivo, el primer ministro israelí se ha negado rotundamente a otorgar un cese al fuego o negociar el intercambio de prisioneros pues tomar esta decisión, sin afectar a Hamás, sería leído por la crítica israelí como una humillación para su ejército y para él mismo. Por su parte, Hamás espera vender a su base social una victoria donde humille al ejército israelí mediante la idea del derrumbe de la supuesta invencibilidad de este ejército. Por ello ha trabajado, al momento, una estrategia eficaz de guerrilla urbana que, de fracasar, más que un acto heroíco de liberación podría desembocar en un error estratégico, sobre todo si sus aliados en Líbano e Iraq no entran a la guerra, apoyados por Irán.
Es cierto que la mayoría de los libaneses temen entrar en una guerra regional, en particular porque Líbano está en bancarrota. Sin embargo, también hay elementos a considerar para entender por qué Hezbollah y otras milicias podrían abrir otro frente armado. Y es que un Hamás debilitado o en franca derrota militar, si bien beneficia a ciertas élites árabes, también es contraproducente para movimientos como el propio Hezbollah y otras milicias pro iraníes que no sólo dependen de Teherán para existir políticamente en Líbano, Iraq y Siria, sino que están sujetas a su discurso antisionista. El asesinato de Qasem Suleimani y una derrota de Hamás serían dos elementos que perjudicarían a Hezbollah estratégicamente por lo que, ante dicho escenario, Hassan Nasrallah anunció que una “guerra total” en la región es un escenario posible. Por otro lado, en caso de no entrar a la guerra, Hezbollah puede enfrentarse a críticas profundas para el movimiento por lo que diversos países, entre ellos Australia, Canadá, Estados Unidos y Arabia Saudí, no han dudado en solicitar a sus ciudadanos abandonar Líbano.
Aunque la población palestina se encuentra en un punto tenso y doloroso, el conflicto se sigue desenvolviendo. La operación terrestre no se ha suspendido por los viajes de Biden o Macron, sino porque EE. UU. y Francia, con fuerzas especiales israelíes, han comenzado a tejer operaciones encubiertas para intentar acciones de rescate de los rehenes tomados por Hamás de los cuales, a un mes del inicio de la crisis, el único rastro que se tiene es aquel que muestran las facciones palestinas.
Finalmente, resulta revelador que los portaviones estadunidenses están a pocos kilómetros de la fuerza naval rusa estacionada en Tartus, Siria. La paradoja es que para el Kremlin la nueva escalada palestino-israelí es vista en parte como un factor favorable que desvía la atención de su guerra en Ucrania, pero también pone en riesgo la única infraestructura que Moscú tiene en el Mediterráneo Oriental, razón por la cual no estaría interesado en que el conflicto se regionalice.
Al tiempo que los acontecimientos siguen en desarrollo, lo que se puede evaluar es que el precio que está pagando Israel por el restablecimiento de su capacidad de disuasión está siendo muy alto y, mientras más pasan los días, la conducta de los políticos ultranacionalistas no termina de ayudar al rescate de los rehenes, lo cual debe ser la prioridad en estos momentos, aunque Netanyahu no esté convencido de ello.
Moisés Garduño García
Profesor visitante en El Colegio de México
1 Con datos del invaluable trabajo de Roberto Marín Guzman publicado en la UNAM.