Todo lo que se puede clasificar es perecedero.
—E. M. Cioran
Luis González de Alba maduró a lo largo de su vida una libertad convulsa. Aunque sus detractores más virulentos siguen esmerándose en sostener que se trataba de un reaccionario que perdió los estribos, el escritor de la última época de su vida es la misma persona que estuvo en Tlatelolco aquella tarde, y la que ejecutó, casi medio siglo después, un suicidio precioso, profundamente dramático, casi una estampa de La voix humaine de Cocteau. No es que Luis no haya sabido qué hacer con esa libertad desbocada y terminara por ahogarse en sus propios remolinos. Tampoco que el líder estudiantil antiautoritario se haya desorientado hasta terminar sumido en la desesperanza más putrefacta. Luis combatió al régimen porque era liberal y se mató por la misma razón.
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“Liberal” debe de ser uno de los conceptos políticos más desfigurados y debatidos que existen, de forma similar a “comunista” o “autoritario”. No existe propiamente un consenso sobre los elementos que constituyen la cualidad de ser liberal. Fernando Escalante Gonzalbo describe, digamos, un núcleo fundamental del ser liberal en su ensayo “La dificultad del liberalismo mexicano”, que forma parte de La fronda liberal: la reinvención del liberalismo en México (1990-2014), coordinado por José Antonio Aguilar Rivera:
Hay una definición mínima que distingue al programa liberal en el propósito de limitar al poder, de modo que exista un ámbito suficiente de libertad, a salvo de intromisiones arbitrarias.
Escalante Gonzalbo reconoce que su definición es poco precisa, vaporosa; sin embargo, el liberalismo también lo es. No hay (ni ha existido en la historia) un único liberalismo. De hecho, pregonar un liberalismo total y definitivo es contrario a la práctica política liberal, al carácter liberal mismo. Uno de los elementos centrales del liberalismo es el diálogo, la convivencia y la crítica horizontal entre los diversos liberalismos. Dice Escalante Gonzalbo, en el ensayo citado:
Hay varios liberalismos muy distintos entre sí; hay varias formas, adaptaciones más o menos afortunadas de la idea liberal, que corresponden a configuraciones históricas distintas.
En otro ensayo, publicado en nexos en 2019 bajo el título “¿Liberalismo? ¿Qué es eso?”, Escalante Gonzalbo recupera una línea de argumentación similar:
Si se quiere la definición más simple, lo que caracteriza al liberalismo es la preocupación por ampliar, defender, garantizar las libertades individuales. Es una fórmula tosca, rudimentaria, pero que precisamente por eso puede ser útil como punto de partida, porque a poco que se piense resulta obvio que esa preocupación por las libertades significa cosas distintas en un momento u otro, en un país u otro, significa cosas distintas si se trata de las libertades políticas, las libertades civiles, las libertades económicas. Por eso no hay el liberalismo, en singular, sino una gran variedad de modos de ser liberal.
Argumentos similares pueden encontrarse en el igualmente esclarecedor ensayo de Roberto Breña, “La tradición liberal occidental y el liberalismo en México hoy”:
No existe tal cosa como el liberalismo y si bien podemos hacer el intento de proporcionar definiciones rigurosas, éstas muestran sus limitaciones en cuanto estudiamos un liberalismo concreto, un autor liberal específico o una época liberal determinada. Cada autor liberal y cada liberalismo tienen peculiaridades que lo distinguen de los demás.
A pesar de que Breña reconoce la dificultad, cuando no engaño, de identificar un arquetipo ahistórico (y por lo tanto, permanente) del liberalismo, en acuerdo con Escalante Gonzalbo, admite algunos elementos mínimos defendidos por quienes se adscriben dentro de esta corriente de pensamiento:
El liberalismo es la ideología política que privilegia la libertad individual por encima de todo y que valora y protege al máximo (del Estado en primer lugar, pero también del resto de la sociedad) los derechos que se desprenden de esta libertad.
No es el mismo liberalismo el de Adam Smith que el de Karl Popper, Milton Friedman, Robert Dahl o Raymond Aron. Tampoco (y aunque pudieran partir de la misma premisa de una intromisión mínima del Estado en la vida privada) son equiparables el liberalismo de los grupos que defienden el derecho de cualquier ciudadano a portar armas que el de quienes abogan por una intervención mínima del Estado en las relaciones económicas, exclusivamente para corregir fallos del mercado. Hay liberalismo de izquierdas y liberalismo de derechas; existen el liberalismo político y el liberalismo económico. Y son prácticamente antagónicos el ultraliberalismo y el liberalismo social. Liberalismos, pues, hay muchos: prácticamente se equipara en número con la cantidad de sus críticos y seguidores. Podríamos decir que por cada liberal existe un liberalismo.

Ilustración: Sergio Bordón
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Entonces, ¿en qué liberalismo militaba Luis González de Alba?
Es difícil dar una respuesta tan categórica como concluyente. Es más honesto proponer que Luis transitó, intelectualmente curioso como era, a lo largo de diversos liberalismos. Así como coqueteó en algunos momentos con ideas socialistas, lo hizo también con planteamientos presumiblemente conservadores. Esto no lo convierte en un falso liberal: la gran mayoría de sus textos publicados y de sus ideas pertenecen a esta categoría. Lo convierte, sencillamente, en un liberal heterodoxo; en un liberal extraño.
Si algo hizo Luis González de Alba prácticamente hasta el final de su vida fue publicar (o, con más precisión, hacer públicas sus opiniones como muestra de su convicción por la deliberación): libros, artículos de divulgación científica, columnas de crítica política, posts en Facebook. Es imposible realizar un retrato ideológico coherente de Luis a partir de sus palabras y de sus ideas porque éstas fueron tan trepidantes como su biografía.
Sin embargo, dentro de este retrato amplísimo y rico es posible identificar algunas pinceladas distintivas. Uno de los rasgos más notoriamente liberales de González de Alba fue su constante antinacionalismo y su optimismo por la globalización y por el libre mercado, ligado a una crítica permanente de las burocracias, los monopolios y los excesos del Estado.
Una característica del liberalismo es que las cualidades que se estiman liberales usualmente interactúan (y a veces en tensión) entre ellas. Por ejemplo, los rasgos antinacionalistas y antiestatales del pensamiento de Luis coinciden con su combate de una construcción mítica de la historia nacional, de la idea misma de Historia Nacional (así, con mayúsculas) y de los tótems que sostienen a la construcción de la “mexicanidad”, como la veneración popular a la Virgen de Guadalupe o la narración del proceso de la Conquista y el Virreinato como la erradicación de un pueblo indefenso y sublime frente a un imperio despiadado.
Otra característica del liberalismo es su combate del pensamiento mágico y de los dogmas. Está cualidad también fue fundamental para el carácter de González de Alba: allí está su defensa irrenunciable de la razón, de la evidencia y del pensamiento científicos. Por ello se entiende, por ejemplo, su defensa de los cultivos transgénicos frente a la exaltación del maíz como un elemento inherente de la mexicanidad, o su rechazo a los políticos con rasgos mesiánicos, promesas insostenibles y discursos redentores.
La defensa de la razón como una forma de acercamiento a la verdad es uno de los grandes hilos conductores del pensamiento de González de Alba. Se negó, por ejemplo, a llamar “genocidio” a la represión ejercida por el gobierno de Luis Echeverría Álvarez durante el episodio conocido popularmente como el Halconazo, argumentando que este hecho puede clasificarse como un crimen de Estado o un momento profundamente autoritario del régimen de partido único, pero que no existen las condiciones para identificar la intención deliberada por parte del gobierno de Echeverría de exterminar a una parte de la población por motivos étnicos o religiosos.
Bajo esta misma motivación, Luis evitó también a toda costa la mitificación de lo ocurrido la tarde del 2 de octubre de 1968, incluida su participación en el movimiento estudiantil. Esto lo animó a detallar una y otra vez los hechos para combatir versiones distorsionadas de la historia y para impugnar también la autocomplacencia de un sector de la izquierda que hizo de Tlatelolco una licencia moral vitalicia para ejercer prácticas antidemocráticas similares a las que González de Alba combatió.
Probablemente el liberalismo más lúdico y también el más seductor de Luis fue aquel que se confunde con la insolencia y con el hedonismo más gozoso. No tuvo reparos en ejercer la crítica pública hacia Monsiváis y tampoco hacia Paz, los dos grandes aglutinadores de los grupos culturales e intelectuales en México durante la segunda mitad del siglo XX. Y tampoco tuvo reproche en hablar públicamente de su homosexualidad, de su fragilidad emocional ni del VIH, temas tabúes en su tiempo.
Hay dos ejemplos que vale la pena destacar: en 1997, González de Alba ya defendía la despenalización de las sustancias psicoactivas, y en 2006 se atrevió a publicar un artículo en donde cuestionó que toda relación entre un menor de edad y un adulto sea pedofilia pues, según Luis, existen adolescentes plenamente conscientes de su sexualidad que desean practicar relaciones sexoafectivas consensuadas de este tipo. No sobra decir que Foucault, Sartre, Derrida, Althusser, Barthes, Deleuze, Guattari y Rancière defendieron un razonamiento similar en 1977, cuando firmaron una petición para cambiar las leyes francesas sobre la edad de consentimiento.
No es arriesgado decir que “1968: La fiesta y la tragedia” es el texto que mejor explora la convicción vital que Luis González de Alba sentía por la defensa de la libertad en todas sus dimensiones: la libertad de ridiculizar la versión oficializada y lacrimógena del 2 de octubre, al mismo tiempo que la defensa plena de la libertad como placer. El placer de inundar las calles, gritar, bailar y besuquearse; de burlarse del poder, de sus ritos y de los poderosos; de sacarse de encima el corsé moral impuesto por la sociedad. Luis no se granjeó pocos detractores con este artículo, pero el texto le permitió demostrar que él jamás deseó hacer la revolución ni liberar al proletariado: todo fue por placer.
Uno de los aspectos menos liberales —o, para ser claros, más conservadores— de González de Alba fue su visión biologicista del género, que lo llevó a insistir en que hombres y mujeres no son iguales sencillamente porque existen diferencias biológico-sexuales que explican las desigualdades sociales existentes y que se muestran prácticamente irremediables (y hasta benéficas y funcionales social y culturalmente, según Luis).
Conservadora fue también la desconfianza, por no decir repudio, que González de Alba mostró hacia los movimientos sociales populares, como el encabezado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994, el de Atenco en 2006 o el de Ayotzinapa en 2014. Si bien una de las características primordiales del liberalismo clásico es la defensa irrenunciable de la libertad de expresión, reunión y manifestación, así como de la crítica permanente del poder político y del Estado, González de Alba prefirió situarse del lado del liberalismo de derechas que reclama que ningún grupo social está por encima de la ley y que el Estado de derecho, el orden público y la propiedad privada deben de preservarse a toda costa, incluso haciendo uso de la violencia punitiva y de las fuerzas represivas del Estado. A pesar de que González de Alba se identificaba políticamente en la socialdemocracia, llegó a defender en sus artículos la guerra contra el narcotráfico emprendida por Felipe Calderón, un político de signo indudablemente conservador.
Como puede verse en este repaso apresurado, Luis no militó en una ideología coherente pero sí en la búsqueda decidida y en la defensa de aquello que consideró más cercano a la libertad en cada momento de su vida y de la historia política del país. Fue un liberal a distintos ritmos y con matices amplios: a veces más hedonista, casi libertario; otras, apologista del orden público y la autoridad. Sin embargo, nadie puede negar que González de Alba ejerció probablemente el acto más libre por el que pueda optar una persona: la decisión voluntaria, tranquila y consciente de poner fin a su vida. El suicidio no como un acto de desesperación, escape, humillación ni de desesperanza, sino como el remate perfecto de una existencia indómita. La última demostración de una libertad radical, plena, gozosa. Luis vivió como quiso. Y también murió así.
David Ricardo F. González Ruiz
Estudiante de Ciencia Política en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). Es egresado del programa de pensamiento progresista de la Friedrich-Ebert-Stiftung en México.
El artículo es excelente, salvo un pelo en la sopa: ese manifiesto que defendieron Foucault, Sartre, Derrida, Althusser, Barthes, Deleuze, Guattari y Rancière fue impulsado por Matzneff para cometer sus fechorías. No es justificable defender la libertad de unos cuando ella produce daños psicológicos con frecuencia irreversibles en las otras (o los otros).