Para Lourdes Maldonado
“¿Me escuchan? Buenas noches a toda la Ciudad de México. Estamos el gremio periodístico de Tijuana manifestándonos en este momento frente a las instalaciones de la Fiscalía General de la República. En Tijuana estamos viviendo una situación que nunca pensamos vivir. Nos han asesinado a dos compañeros en menos de una semana”, se escucha el grito agitado de la periodista Inés García, en la calle Abraham González. La escuchamos, pero no la podemos ver.
Si algo nos enseñó la pandemia es que podemos hacer uso de las herramientas tecnológicas hasta para protestar. Así, antes de las ocho con treinta horas de la noche del 26 de enero de 2022, la periodista tijuanense Laura Sánchez Ley se encomendó la tarea de enlazar varias llamadas telefónicas de colegas del norte del país a las bocinas de la movilización pacífica contra los asesinatos de periodistas en la calle Bucareli.
La movilización afuera de la Secretaría de Gobierno en la Ciudad de Mexico es sólo una de 48 acciones convocadas a lo largo y ancho del país tras el asesinato de dos periodistas en Baja California este año y uno más en Veracruz. Inés García repite los datos para los manifestantes: Margarito Martínez Esquivel, fotoperiodista, fue asesinado el 17 de enero en Tijuana; Lourdes Maldonado, reportera de Baja California, fue asesinada el 23 de enero. Además José Luis Gamboa Arenas, director del diario digital Inforegio, fue asesinado el lunes 10 de enero en Veracruz.
La organización internacional de derechos humanos por la defensa de la libertad de expresión y el derecho a la información, Article 19 en México, ha denunciado que desde el año 2000 se han asesinado a 148 periodistas.
“Ninguno de nosotros estamos preparados para cubrir sus muertes. Ninguno de nosotros estamos preparados para repetir esta pesadilla a menos de una semana que ocurrió la primera”, se escucha todavía la voz de Inés a través de la llamada transmite coraje y temor.

Ilustración: Víctor Solís
Los gritos de apoyo a la colega entre la multitud afuera de Secretaría de Gobernación se dividen entre “¡Justicia” y un esbozo repetitivo de “¡No están solos!” a lo lejos.
Pese a que los pronunciamientos vienen a la distancia desde el norte del país, hay grandes y abundantes reflectores sobre el tendedero con fotografías de mujeres y hombres periodistas asesinados en México. Hay tantos reporteros y periodistas escuchando los pronunciamientos y participando en la manifestación que para ver a quién habla hay que hacerlo a través de las cámaras profesionales de quienes trabajan y los celulares que graban con un selfie stick.
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Aunque el ambiente es muy parecido a la protesta pacífica que se realizó el 15 de mayo de 2017 cuando el periodista Javier Valdez fue asesinado en Sinaloa —se trata, como aquella vez, de una velada en desconcierto en la que las fotografías de mujeres y hombres asesinados se proyectan sobre los muros del antiguo Palacio Cobián en las calles de Bucareli— hay tres grandes diferencias que separan a esta marcha de las anteriores.
La primera es que los manifestantes portan cubrebocas, algunos negros que aprovechan para escribir mensajes con letras rojas como “SOS” y “Ni silencio ni olvido”. La nueva variante del coronavirus que nos ha tenido en aislamiento es otra amenaza que afecta el quehacer periodístico.
La segunda es que el tendedero con fotografías de periodistas asesinados y asesinadas es mucho más grande que entonces. Para tomarle fotografía completa con el celular, la herramienta diaria de los periodistas, hay que hacer una panorámica.
La tercera diferencia es que esta es la primera reunión de esta envergadura del gremio periodístico tras el movimiento #MeToo de 2019, que en México registró más de doscientas denuncias de agresiones contra mujeres que perpetraron hombres periodistas, fotógrafos, escritores, columnistas y más. Como preámbulo de la marcha se mencionó a manera de advertencia que algunos de estos agresores podrían estar presentes exigiendo justicia, pero varias mujeres reporteras organizadas se unieron para ofrecer contención en caso de requerirse.
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Gabriela Córdova, otra corresponsal momentánea para los manifestantes del centro del país, dibujó el panorama que se vive en estos días en Tijuana: no han tenido el tiempo para procesar el dolor cuando ya tienen que estar otra vez en las calles, cubriendo, trabajando.
En la movilización las ausencias y presencias se hacen notar: además de los que faltan, otros compañeros han avisado por mensaje que no llegarán porque están en reuniones editoriales. “¡Qué mala onda que no los dejaron venir!”, se escucha seguido de un “pero los entiendo”. Están también los reporteros con trajes impecables que se posicionan frente a las cámaras televisivas para hacer el enlace.
Hay estudiantes de periodismo que entrevistan a periodistas con más experiencia y les preguntan qué consejos darían a quienes están empezando. Vino también Elsa Valle, de 69 años de edad, madre de la reportera Vanessa Job. Divide sus esfuerzos entre apoyar las consignas y ofrecer alcohol desinfectante para las manos. “Están muy desprotegidos los periodistas, creo que es importante que hagamos algo, que es un granito que ponemos”, comparte.
Los discursos han finalizado, empiezan otras conversaciones entre colegas que se saludan, con los puños, con abrazos y cubrebocas, con gestos de cejas y que finalizan con el ya clásico “está cabrón”. Unos seguirán la terapia tras meses de no verse en cantinas. Otros deben ir a mandar la nota, reporteros cubriendo a reporteros. Otros terminan sus enlaces en vivo. Las velas se quedan prendidas, pero afuera ya en la calle de Atenas, su luz se debilita.
Estefanía Camacho
Periodista