
Desde que entró el primer grupo de marchistas a la amurallada plancha del Zócalo, poco antes de mediodía, hasta hora y media después, cuando ya no se podía ingresar, un río de gente se apretujaba a lo largo de la calle Cinco de Mayo y otras aledañas. Eran decenas de miles y sólo la ceguera interesada o deliberada de los cronistas del oficialismo lo ha querido negar.
Que no todos eran jóvenes…por supuesto que no. Pero es indiscutible que acudieron miles pertenecientes a la llamada generación Z y que los acompañaron muchas otras generaciones de mexicanos indignados por lo que denunciaron como la complicidad del gobierno de Morena con el crimen organizado y que resumieron en una palabra desde días antes: narcoestado.
La gran evidencia de que se trató de una manifestación en gran medida orgánica y espontánea fue su desorganización: por momentos se abrían grandes huecos, donde aparecían marchistas solitarios, con sus cartulinas o mantas hechas por ellos mismos, gritando su enojo con el gobierno sin nadie que los coordinara. Pocos fueron los contingentes que marcharon agrupados con algún orden; eran las representaciones de diversos estados y, de manera muy significativa, la gente que venía de Uruapan, Michoacán, uno de los estados más castigados por la extorsión, los asesinatos y la impunidad.
Carlos Manzo, el alcalde sacrificado por la indolencia y el contubernio del gobierno con la delincuencia, estuvo presente en todo el recorrido. Redivivo en las imágenes y consignas de toda la marcha. Fue la gran bandera de la jornada cívica: “¡Justicia para Carlos Manzo!”
En la “marcha de la derecha”, como insisten en descalificarla, desde Palacio Nacional y hasta el último de sus gacetilleros y youtubers, no faltaron los coros de: “el pueblo, unido, jamás será vencido…”, y quienes incluso llevaron grabadoras para reproducir esta socorrida canción de los años setenta. Más atrás, una tambora recordaba la alegría de manifestarse; sus músicos, infatigables, siguieron tocando en el Zócalo transmitiendo entusiasmo y ritmo.
Algunos jóvenes marcharon haciendo sonar a todo volumen Gimme The Power: “Hay que arrancar el problema de raíz / Y cambiar al gobierno de nuestro país / A la gente que está en la burocracia / A esa gente que le gustan las migajas / Yo por eso me quejo y me quejo / Porque aquí es donde vivo, yo ya no soy un pendejo”.
Como estaban anunciados puros bots, la reacción natural de quienes no sentían serlo fue reclamarlo cuadra a cuadra: “no somos bots, somos mexicanos”. Dada su existencia real era lo menos que podían reclamar, ser reconocidos como ciudadanos.
A la entrada del Zócalo, una señora agitaba un rosario mientras gritaba a los manifestantes: “¡esta es la gran fuerza!” Frente a ella, otra señora también mayor mostraba una pancarta con la Virgen de Guadalupe. Ciertas reseñas usaron estos casos aislados para demostrar la presencia de “la ultraderecha”; y estas señoras ni por enteradas se dieron.
Tras las banderas negras de One Piece, los sombreros y banderas de México, la imagen de los marchistas adquirió un perfil muy distinto al de las manifestaciones opositoras de otros años. La “gráfica del pueblo”, como decía una vieja canción de Alfredo Zitarrosa –porque este también es el pueblo, aunque esa condición le sea regateada por el partido en el poder–, mostró una renovada pluralidad: marcharon integrantes de todos los sectores sociales unidos por una causa común. Y se marchó en paz, con la determinación de quienes defienden un México sin violencia.
Hacia el final la violencia se hizo presente en el Zócalo. Un grupo de jóvenes que se identifican con el llamado “bloque negro” lanzó petardos y piedras a los granaderos que estaban detrás de las vallas metálicas. Al cabo de un rato algunas vallas cayeron y la confrontación aumentó. Para ese momento, había ya muchos otros jóvenes, no nesariamente del “bloque negro”, que particiban de la gresca contra los granaderos. Porque había enojo real, no provocado, y eso lo debería saber leer un gobierno que se jacta de su popularidad.
La respuesta del cuerpo policiaco no fue sólo excesiva contra estos jóvenes, sino contra los manifestantes en general. La imagen de un hombre que sostenía una bandera de México y que fue arrollado por una turba de granaderos le ha dado ya la vuelta al mundo. Muchos otros, incluso reporteros, fueron golpeados con saña; está documentado con videos y fotografías. El uso de gases lacrimógenos contra la masa que no estaba participando del zafarrancho provocó una mayor rabia e indignación. Mujeres y niños llorando: la estampa de la impotencia ante la represión.
Hubo un momento de tregua entre granaderos y jóvenes. Un video consigna cómo, exhaustos, les piden a los muchachos parar; estos acceden y hasta les dan agua mentras les explican que ellos no son sus enemigos y que los verdaderos enemigos están en Palacio Nacional. Muchos les gritan: “¡únanse, únanse!” Y por un instante pareció que iba a suceder. Si hasta en la Primera Guerra Mundial hubo una noche de paz donde los alemanes se dieron la mano con los ingleses, uno creería que entre mexicanos eso debiera ser mucho más fácil.
La parcialidad con que el gobierno y sus propagandistas condenan “la violencia desatada por los manifestantes”, nos recuerda las peores y más cínicas épocas represivas en el país. El fantasma del diazordacismo se instaló ya en Palacio Nacional. Luego de este sábado, el desprestigio internacional de un gobierno asociado al narcotráfico, la extorsión, los asesinatos y 150 000 desaparecidos, irá en aumento.
Mientras escribo esto, la señora presidenta y los comunicadores afines a Morena insisten en que no fue una marcha de la generación Z. En términos estrictos tienen razón: fue una marcha de cientos de miles de mexicanos en todo el país, de todas las edades y grupos sociales, hartos de la violencia y de un gobierno coludido con el crimen organizado. De estas miles de gargantas surgieron, ante todo, dos gritos: “¡Fuera Morena!” y “¡Narcopresidenta!”. ¿No debería preocuparles eso mucho más?
Ariel González