En la cocina todavía hay una persona preparando diez piezas de pan de yema, pero la mayoría de lo que se ha producido este día, domingo 23 de febrero de 2025, es pan de caja. En una esquina hay docenas de recipientes en al menos dos espigueros que dejan ver rastros de las hogazas que se han producido. En la pequeña ventana de la cocina que da hacia la calle no sólo ofrecen este tipo de productos, también hay botanas, café, agua y refrescos. Los residentes se asoman y una de las trabajadoras atiende los pedidos.
Esta tienda es el Patio de Pan, la última de su tipo que todavía funciona en la ciudad de Kupiansk, en el oriente de la región de Járkov, un municipio que se encuentra a poco más de cuatro kilómetros del frente de batalla. Pero los residentes aseguran que están a un kilómetro y medio. La cercanía a los enfrentamientos, el riesgo tan elevado de ser atacada –no sólo por drones y misiles, sino también por ataques de artillería–, llevó al gobierno a emitir la orden de evacuación en octubre de 2024.
“No podemos garantizar la restauración de electricidad, calefacción y suministro de agua debido a los constantes bombardeos”, declaró Oleh Syniehubov, gobernador de Járkov. Desde hace seis meses, la parte oriental de la ciudad carece de servicios y la comida a la que tienen acceso es gracias a grupos de ayuda humanitaria de la región. Antes de la invasión rusa de 2022 había sesenta mil personas. Hoy quedan cerca de cuatro mil.
Los riesgos de seguir en esta ciudad se hacen evidentes desde la cocina de Patio de Pan. A la distancia se escuchan explosiones de manera irregular; algunas ocurren después de un minuto, otras después de media hora; unas suenan a lo lejos, otras se sienten más cerca. En una de las esquinas de la cocina hay decenas de costales de harina apilados y casi encima de ellos hay un agujero en el techo, sellado con plástico. Los daños fueron causados por una explosión en la calle que afectó la estructura.
En la parte trasera de la cocina se encuentran Dmitry Klimen y Ruslán Omarov, ambos de 39 años. Klimen es residente de la ciudad desde que era bebé y se dedicaba a servicios de limpieza antes de la invasión rusa. Explica que preparan todo el tipo de pan que pueden, y hay días en los que llega mucha gente y otros en los que no hay nadie para comprarlo. Este día, todo el pan de caja que han horneado —165 piezas— es para que Omarov lo reparta entre la población que se encuentra en el lado oriental de la ciudad, cruzando el río Oskil, donde nadie tiene agua, gas o electricidad.
Klimen recibe un salario de la panadería, el cual lo ocupa para que gente como Omarov, que van y vienen de Kupiansk, compren más comida, medicinas y otros insumos necesarios para sobrevivir. Lo demás lo ocupa para su padre, quien también vive en la ciudad. “Trato de ayudarlo porque su pensión es muy baja”, explica. Klimen no quiere dejar Kupiansk sólo porque ahí está su padre. “Ésta es mi tierra. No la puedo dejar. Aquí nací, aquí voy a morir. [...] Después de que mi madre murió [por cáncer] ya no le tengo miedo a nada”.
En el occidente de la ciudad, donde se encuentra Patio de Pan, todavía hay electricidad y otros servicios básicos. Pero siempre puede surgir algún problema. Hoy la panadería no tiene acceso al agua de tuberías debido a una ruptura en la red. “Gracias a Dios tenemos electricidad todavía [...], aún tenemos gas, todavía no lo cortan”, dice. Sobre el agua, tendrá que ver cómo arregla el problema durante su tiempo libre.
Entre Klimen y Omarov se apresuran para llevar todo el pan de caja al vehículo del segundo. Es una ambulancia. Omarov, oriundo de la ciudad, va vestido de personal médico —pese al frío, sólo tiene una sudadera roja, un gorro y pantalón negro—, aunque su labor va mucho más allá de la distribución de medicamentos entre la población local.
El que no deja de regresar
Omarov conoce Kupiansk a la perfección. No necesita revisar mapas ni pedir direcciones para llegar de un punto a otro. Tampoco necesita revisar la ruta para llegar desde la ciudad de Járkov, a casi 120 kilómetros, y regresar sin mayor problema. Creció en Kupiansk, pero vive en Járkov, con su pareja. Tiene una hija de ocho años, de un matrimonio anterior. Casi al mismo tiempo que nació su niña dejó de beber y fumar. Duerme poco —tres o cuatro horas—, pero todos los días trata de correr al menos diez kilómetros y ha participado en dos maratones en Ucrania.
La mañana de aquel domingo nos reunimos afuera de una estación de metro en la ciudad de Járkov. Omarov llega a las 9:15 a bordo de su ambulancia, un vehículo con el logotipo de su organización X-Traverse, la cual se dedica a brindar ayuda humanitaria en el oriente de Ucrania desde 2022. En la parte trasera trae 45 paquetes de despensa —fideos y puré de papa instantáneos, carne enlatada, jugos, arroz inflado y conservas, entre otros artículos—, comida para animales y 45 botiquines de medicamentos. También lo acompaña uno de sus perros, Roy, de color negro, quien descansa en la parte trasera.
Comenzó este tipo de viajes cuando estalló la invasión en 2022. Antes vivía de vender carros y trabajaba en la construcción. “Soy un guerrero pacífico. No mato gente”, explica. Hombres como él están en la edad de conscripción del ejército ucraniano, pero insiste en que debe ayudar a través del trabajo que hace hoy en día. Más que nada, espera que la guerra se acabe en los próximos meses.
Su organización se ha enfocado sobre todo en la construcción de refugios antibombas, el reparto de comida, medicamentos y otros artículos básicos entre la población. Incluso tiene un camión de comida, que ha llevado en varias ocasiones a Kupiansk para ofrecer alimento desde la cocina móvil. En su celular muestra que tiene cerca de tres mil videos en los que ha documentado la asistencia médica que X-Traverse ha brindado a gente lesionada. Desde 2022 ofreció transporte para refugiados de distintas partes de Ucrania oriental. También ha rescatado a perros y otras mascotas abandonadas en las regiones de Járkov y Donetsk —ésta última ocupada por el ejército ruso.
Maneja con el pedal a fondo, con destreza y atento al camino. Al pasar los controles militares, desacelera un poco pero no se detiene y nadie le revisa documentos o hace preguntas. Los soldados lo dejan pasar por el simple hecho de que brinda asistencia a la población. Omarov explica que sólo organizaciones como la suya, residentes que aún viven en Kupiansk y militares pueden entrar y salir de la ciudad. Desde hace tres meses no ve a ninguna organización internacional que asista a la población en el centro urbano.
Su madre vive en Bélgica y su padre en Georgia. Además de su hija, la única familia que tiene se encuentra en Kupiansk. Es su abuela, de 90 años, Elena Depreradovich. En 2022 logró sacarla de la ciudad. Su casa había sido dañada y durante mes y medio Omarov ayudó a reparar el hogar. Pudo haber tardado menos, pero quería postergar el proyecto lo más posible para que su abuela cambiara de opinión. Él quería que ella ya no regresara. Al final, él mismo la llevó de vuelta. Depreradovich había amenazado que, de lo contrario, caminaría sola de vuelta a su casa. Desde entonces, le lleva de comer y cuida de ella cada vez que la visita. “Come poco”, me dice entre risas.
Llegamos a la ciudad cerca de las 11:30 de la mañana. “Esto ya es la zona de peligro”, dice. La recepción de Kupiansk es gris. Es un día nublado y el color del cielo casi se mezcla con la predominancia de los edificios de tonalidades cenizas. Algunos tienen techos rojos, verdes o azules. Unas fachadas son amarillas, otras blancas. Pero todo parece tener un tono apagado bajo la luz del invierno. Calle a calle, se observan vehículos estacionados y algunos han sido destruidos y empujados al costado para no bloquear el camino. Mientras nos acercamos a la panadería, encontramos una camioneta negra, consumida por el fuego después de una explosión. Al fondo, uno de los puntos más brillantes de estas calles: una iglesia ortodoxa, amarilla, con acabados dorados en la cúpula.
En las banquetas, hay algunas personas caminando, cargando despensa y jalando litros de agua en pequeños trineos. Van abrigadas y en silencio. Pasan junto a edificios que han sido devastados por bombardeos o muros con marcas de ráfagas de fusil de los enfrentamientos entre el ejército ucraniano y los rusos durante la recaptura de Kupiansk en otoño de 2022.
Omarov y Klimen acomodan la mayoría del pan en la parte trasera de la camioneta. Una caja la coloca entre el asiento del conductor y el pasajero. Está preocupado de que no pueda cruzar al oriente de la ciudad. En ocasiones anteriores el reparto de comida y medicinas ha sido imposible debido a los ataques rusos contra el puente que conecta ambas partes de Kupiansk.
Los que se quedan
Antes de cruzar el río Oskil hacemos una parada en la casa de Yana Sorkina y su esposo, Evgeniy Vodolazhskiy, para recoger comida para animales. En total serán 40 kilos a repartir. Sorkina lleva a un gato negro en sus brazos, cubierto con una manta. El gato observa el entorno en el que está sin tratar de escapar. Durante un ataque en 2024, sufrió una contusión y le cuesta trabajo caminar. Han considerado la opción de dormirlo, pero Sorkina lo sigue cuidando.
El hogar actual de Sorkina y su marido, de 37 y 43 años, está dentro de un complejo residencial de cinco pisos. Viven en el primero de estos, con varios gatos que van y vienen. Es el departamento de los padres de Sorkina. En 2022 huyeron de Ucrania y la pareja se quedó con el departamento. Solían vivir en el lado oriental, pero las condiciones los llevaron a dejar su hogar. Primero se quedaron sin gas, luego sin electricidad y cuando llegó el invierno en 2022 decidieron abandonar su casa. Ahora viven en un espacio de tres piezas. En la entrada, en el perchero, tienen junto a los abrigos lámparas de cabeza. En el lobby del edificio tienen un generador para resolver la falta de luz en caso de ataques a la red eléctrica y en el pasillo de la entrada tienen un tambo y algunas botellas de agua. Sorkina explica que cuando se mudaron no tenían ni gas ni agua y tuvieron que hacer reparaciones para poder habitarlo. Los cristales de su hogar han estallado en varias ocasiones y deben arreglarse, ya sea con plástico, madera o nuevos cristales. Zorkina y Vodolazhskiy suelen viajar a la ciudad de Járkov para comprar comida, aunque también quedan algunas tiendas abiertas en Kupiansk.
Vodolazhskiy me pide que lo siga. Entramos a un edificio vecino y mientras subimos al quinto piso veo páginas de libros quemadas, regadas en el suelo. Vodolazhskiy me enseña un departamento abandonado, chamuscado por un incendio provocado por un misil, el cual ha dejado un agujero en el techo y otro en el piso. El hombre escarba entre el escombro y muestra los restos del artefacto. El espacio consistía en tres piezas. En la primera, hay una pila de libros que han sido consumidos por el fuego. La nieve ha entrado a través de la ventana y cubre los restos. En la otra habitación están los agujeros, junto a los resortes de lo que antes fue una cama. A través del agujero en el piso se puede observar el departamento de abajo, que también fue dañado.
No había nadie cuando cayó el misil. Fue a inicios de este año. Los vecinos salieron de casa ese día. Zorkina explica que no pudieron salvar el inmueble. “Es más difícil que en una casa, allí se puede entrar por la ventana. Aquí, mientras cortaban la cerradura, ya era demasiado tarde”, señala. Hubo cinco incendios y ahí lograron detener el fuego.
Antes de la invasión, dice Zorkina, llevaban una vida normal. “Perdimos nuestros trabajos por la guerra y ahora hacemos trabajo de voluntariado. Ayudamos a gente y animales”. Personas como ellos recorren ambos lados de la ciudad para tratar de alimentar a los animales que han quedado sin un hogar o fueron abandonados durante la evacuación.
Explica que decidieron quedarse para cuidar su hogar: “Es muy difícil para nosotros dejar todo esto y quedarnos sin nada. [...] Claro que tenemos miedo, pero da miedo en todas partes. No hay ningún lugar seguro en Ucrania. [...] Siempre hemos estado aquí y no hemos experimentado una vida en paz durante todo este tiempo”.

La ruta de pan
El camino para cruzar el río Oskil es breve. Al llegar al paso, Omarov señala el puente que tenían antes en la ciudad. Este punto ha sido atacado, varias veces, como parte de tácticas rusas para interrumpir la cadena de suministros del ejército ucraniano, según medios locales. Lo que Omarov ocupa ahora es un cruce improvisado con madera y metal. Al costado se pueden ver fragmentos de misiles que se abultan sobre piedras, tierra y nieve.
Omarov ya tiene una ruta planeada después de cruzar el río y debe entregar una pieza de pan por cada familia que encuentre. En la primera calle donde nos detenemos salen seis personas a recibirlo. La mayoría son adultos de la tercera edad. Algunos se llevan más de una pieza para poderla entregar a la gente que no tiene la oportunidad de ver a Omarov. Sonríen y dan las gracias y le preguntan cuándo regresará. El hombre sabe que volverá pronto pero dependerá de las condiciones para ello, como la existencia de un puente y la intensidad de los ataques contra la ciudad. Son factores volátiles y difíciles de calcular.
Muchas de las calles al oriente de Oskil están cubiertas de nieve o hielo por la falta de mantenimiento. En condiciones normales, un camión las recorrería para despejar la nieve antes de que se congele el camino. Algunas personas todavía andan por las banquetas y cuando Omarov los ve, se orilla y les dice que tiene pan, si necesitan. Les aclara que es gratuito y les entrega la hogaza. Nuevamente dan las gracias y se despiden. Algunos lloran y dicen que tienen miedo, otros aprovechan para señalar puntos donde más gente podría necesitar comida.
“Hablan de sus necesidades, sobre sus problemas y preguntan cuándo habrá paz”, explica Omarov sobre los intercambios casuales con los residentes. Hablan en ruso —una lengua común en el oriente del país— o ucraniano. “No tienen acceso a las noticias, no reciben noticias”. Omarov elabora que esto es normal. Durante la ocupación, desde febrero de 2022 hasta septiembre del mismo año, no tuvieron ningún tipo de comunicación, ni internet, ni señal ni nada. Omarov trata de hablarles de temas diferentes a la guerra, como noticias del futbol. “Trato de no traumatizarlos”.
Es así como llegamos a Kivsharivka, un distrito urbano al sureste de la cabecera. Esta zona consiste en largas filas de edificios residenciales con amplias avenidas. Como otras partes de Kupiansk, los hogares presentan daños de ataques de drones, de misiles e impactos de bala. Algunos misiles permanecen en la calle, con la cola asomada sobre la superficie. En una primera parada, tres mujeres se acercan a Omarov para recibir toda la comida que lleva para animales. Un gato blanco y negro come algunas croquetas regadas en el suelo afuera de su edificio. Omarov ya no sólo entrega pan, también empieza a sacar las bolsas con despensa. En la segunda y tercera paradas, donde más de quince personas lo reciben, termina de repartir los 45 paquetes que lleva este día. Explica que hay cerca de sesenta familias todavía en este barrio y no ha podido dar comida para todos. Entre estos residentes, sólo hay dos personas jóvenes —uno es un hombre mudo que pide comida para su madre en una nota—, la mayoría son adultos de la tercera edad que se alegran de ver a Omarov.
Durante esta misma tarde en que Omarov realiza la ruta de despensas, al menos dos drones atacaron vehículos militares. Las imágenes acompañadas de música electrónica fueron difundidas en canales de Telegram por las tropas rusas —una práctica común de este tipo de ataques entre ambos ejércitos. En el video se observa desde la cámara del dron, conocido como FPV —“First Person View” o “Vista en Primera Persona”— recorriendo las calles de Kivsharivka. Los residentes saludan mientras caminan o van en sus bicicletas, en un gesto que parecería amigable. Omarov ha tenido que hacer lo mismo, pero no es amabilidad, sino un saludo para que los rusos reconozcan que se trata de un civil, no de militares.
“No necesito correr a ningún lado”
En una de las paradas en este lado del Oskil, un sacerdote nos recibe en el vestíbulo de su casa. Su nombre es Vasili Andriyevich. Solía vivir en Yamal, en Rusia, pero se mudó a Kupiansk poco antes de que comenzara la invasión. En 2022, durante la ocupación, pisó una mina antipersonal. Los rusos lo llevaron a un hospital y cuando se recuperó regresó a Kupiansk. Ahora sólo están él y su esposa, Zoe, en la casa, aunque tiene tres hijos y una hija que viven fuera. Uno de ellos en Moscú.
“No necesito correr a ningún lado. Estoy en mi casa, con mi misión”, dice el pastor. “Los rusos están muy cerca de Kupiansk, pero tenemos al Señor. Mi esposa me dice que tenemos al Señor y sólo él puede salvarnos. [...] Nada [más] ayudará”. Andriyevich explica que antes de la guerra veía a más de cien personas en su iglesia. Hoy son sólo 25 y a través de la comunicación con otros curas que permanecen en Kupiansk mantienen una estimación del conteo de la población que todavía está en el municipio. Hasta antes de Año Nuevo pensaban que eran más de 3 500 personas. “Yo pensaba que eran menos”.
En los meses de la ocupación no tuvo ni gas ni electricidad. En cuanto la ciudad regresó bajo el control de Ucrania, el gas regresó de manera inmediata, hasta que a finales de 2024 la ciudad ya no fue capaz de mantener la infraestructura. El acceso al agua lo resuelve con un pozo que tiene, pero asegura que van para los tres años de no tener electricidad. La comida, asegura, la consiguen gracias a Omarov y otros como él. Pese a las condiciones no se va y realiza también labores de ayuda humanitaria en su iglesia, además de ofrecer misas a los residentes.
Mientras nos retiramos, Omarov explica que hay más gente en Kupiansk como el pastor. No tienen miedo a los rusos. Sólo quieren que la guerra se acabe. Entre las últimas paradas para Omarov en esta jornada está un refugio para perros. Tratará sin éxito llevarse a uno, que presenta conductas violentas, a otro refugio en la ciudad de Járkov. El perro muestra señales de agresividad y el tranquilizador que tiene Omarov no funciona.
La otra parada es la casa de su abuela. El hogar de esta mujer, Elena Depreradovich, luce casi como nuevo. Algunos muros están pintados de blanco, otros de azul cielo y otros de verde pistache. En uno hay fotografías de la familia. La luz entra por las ventanas e ilumina todo salvo por la cocina. Esto es el resultado de los trabajos que realizó Omarov para ella en 2022, cuando trataba de convencerla de no regresar a Kupiansk.
El hombre debe hablarle en voz alta para que ella alcance a escuchar. Una vecina, Valentina, la visita para ayudar a cuidarla mientras Omarov no está. De cariño le dice “tía”. El hombre le prepara unas rebanadas de pan, mientras ella espera en el sillón. Se pone de pie y le pregunta, como a todos los demás en Kupiansk, cuándo terminará la guerra. Él le dice que “están trabajando para que termine”. Le dice esto para alentarla, que pronto tendrán la paz. Omarov la abraza y después de un rato de estar con ella, se despide.
Son cerca de las cuatro de la tarde cuando emprendemos el camino de regreso a la ciudad de Járkov. Me dice que fue un buen día porque alcanzó a repartir todo y no encontramos ninguna amenaza directa durante toda la ruta. Lo siguiente entre sus planes será ver cuándo podrá regresar para repartir nuevamente estas despensas. “No los puedo abandonar”.
A seis meses, la ciudad sigue cerca del frente. Incluso se estima que los rusos están a tan sólo dos kilómetros de distancia.
Esteban González de León
Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Desde 2017 es reportero y fotógrafo. Ha colaborado con Gatopardo y Wired en Español y trabajado con Televisa, Reforma y Plumas Atómicas.