El auge y la fuerza que han cobrado los populismos y los partidos antimainstream en la actualidad son parte de una realidad y contexto que circunda a las democracias occidentales y que tiende a identificarse como una fuerte crisis del liberalismo (Müller 2011; Eatwell & Goodwin 2018). En los últimos años, uno de los temas centrales de debate en la comunidad académica de ciencias políticas y sociales y las humanidades, al igual que entre la clase política y tomadores de decisiones —especialmente en occidente— se ha centrado en la identificación de retos y dificultades que enfrentan los sistemas democráticos liberales en nuestros días. Dichos problemas están relacionados con un retroceso democrático (Anheier 2017), el llamado “retorno” de los nacionalismos y el auge de los populismos, sobre todo en países del continente americano y de Europa.

En el caso de Europa, podemos decir que en realidad no ha sido un retorno en sí de los sentimientos nacionalistas, sino que  éstos se han hecho más visibles en los últimos años y han cobrado gran fuerza —lo que no significa que fueran inexistentes. En un contexto caracterizado por una económica, grandes flujos migratorios, la desinformación y una crisis de los partidos políticos convencionales (en particular de la social democracia), han surgido varias formas de rechazo a la forma en la que operan los sistemas democráticos.

La crisis del liberalismo también ha sido un tema presente en foros internacionales en años recientes. Hace dos años, la Conferencia sobre Seguridad de Munich de 2017 —el foro sobre temas de seguridad internacional más importante del mundo en donde se reúnen académicos, miembros de organizaciones internacionales, jefes de estado y de gobierno y tomadores de decisiones—, centró sus discusiones en el tema del debilitamiento del orden internacional y el liberalismo y en particular, en el declive de las relaciones transatlánticas. El orden mundial y las instituciones internacionales establecidas al fin de la Segunda Guerra Mundial y después de 1989 y el consenso neoliberal occidental se han debilitado en gran medida. Esto ha implicado un fuerte cambio en la dinámica de la política y relaciones internacionales que se habían definido desde entonces y un decaimiento de los acuerdos e instituciones internacionales. Asimismo, lo anterior ha sido consecuencia de un contexto y momento histórico específico: la estructura y la correlación del poder y fuerzas políticas a nivel global han enfrentado grandes transformaciones sobre todo en la última década, en especial en lo que respecta al ámbito económico y militar; pero también en relación a la situación y ambiente político a nivel doméstico.

Ilustración: Kathia Recio

Asimismo, este contexto ha estado también marcado por la era digital y las post-truth politics, caracterizado por los grandes cambios generados por las tecnologías de la información y de la comunicación y el impacto profundo que han tenido en los medios tradicionales y en la opinión pública. Esto se ha observado sobre todo en relación a la forma en la que se distribuye y transita la información (especialmente a través de las redes sociales) y en el tipo de información que se transmite (muchas veces falsa); al igual que en la manera en la queesto contribuye a moldear ciertas opiniones y preferencias de las personas. Se ha denominado a esta etapa como el “momento iliberal”.

En este sentido, resulta pertinente hacer referencia al pasado y recordar que durante las primeras décadas del Siglo XX —sobre todo después de la crisis de 1929— los sistemas liberales europeos se enfrentaron también a una fuerte crisis. En este periodo varios países se encontraban en una situación económica bastante grave a consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Esto dio lugar a un fuerte descontento social caracterizado por la pérdida de confianza en la clase política dirigente y al desarrollo de sentimientos nacionalistas que contribuyeron al advenimiento de regímenes fascistas en España, Italia y Alemania.

Podría pensarse que el surgimiento y auge de los regímenes fascistas de principios del siglo XX y la llegada al poder de personajes como Mussolini, Franco y Hitler no es comparable con el advenimiento y fortalecimiento de los partidos de derecha populista en varios países de la Europa del Siglo XXI. Sin embargo, podríamos encontrar ciertos paralelismos (aunque sean mínimos), sobre todo en las narrativas y especialmente en los discursos de algunos líderes y representantes de partidos políticos en Europa (i.e. Matteo Salvini, Viktor Orbán, Marine Le Pen) y los regímenes fascistas de los treinta.

Desde la década los noventa, el euroescepticismo ha ido en aumento al igual que el rechazo de las minorías, la islamofobia y otras formas de racismo y discriminación contra el “otro” o “lo diferente”, especialmente durante el periodo de las crisis económica y financiera,  la crisis de la gestión de los flujos migratorios y la llegada de refugiados al continente europeo. Lo anterior ha contribuido también al auge de estos partidos antiestablishment (principalmente de grupos políticos de extrema derecha; aunque también de izquierda) y al giro nacionalista.

Stanley (2018) menciona que uno de los “síntomas” más característicos de la política fascista es la “división” o separación entre “nosotros” y “ellos”. Esta separación se hace en relación a diferencias étnicas y religiosas, de las cuales se sirve el fascismo para trazar su ideología: “Todos los mecanismos de la política fascista trabajan para crear o solidificar esta distinción. Los políticos fascistas justifican sus ideas rompiendo el sentido común de la historia al crear un pasado mítico para apoyar su visión del presente. Reescriben la incomprensión compartida de la población sobre la realidad al tergiversar el lenguaje de los ideales a través de la propaganda y al promover el anti-intelectualismo, atacando a las universidades y al sistema educativo que podrían cuestionar sus ideas. Eventualmente, con estas técnicas, la política fascista crea un estado de irrealidad en el que las teorías de conspiración y  la propagación de las noticias falsas reemplazan al debate razonado (Stanley 2018: xvi).

El pasado histórico permite recordarnos que las crisis económicas —especialmente cuando conducen a niveles (muy) altos de desempleo— engendran extremismo político. Sin embargo, en la actual crisis europea, los partidos populistas de derecha radical han prosperado en países como Finlandia, Dinamarca, Suecia y los Países Bajos; y siguen estando relativamente ausentes en algunos estados miembros de la Unión Europea (UE) como Irlanda, y en países que sufrieron fuertemente las consecuencias de la Eurocrisis, como Portugal. Además, otros estados como Alemania, han sido testigos del fortalecimiento de partidos populistas como AfD, que desde el verano de 2015 también se ha beneficiado de los efectos de la afluencia de inmigrantes y refugiados para fortalecer su plataforma y objetivos políticos. Otros partidos, como el Partido de la Libertad austriaco y el Front National francés, comenzaron a adquirir importancia mucho antes de la crisis económica y financiera de la UE. Podría decirse entonces que los factores que han contribuido a fortalecer el fenómeno populista no se reducen solamente a la cuestión económica, sino a una crisis política tanto de representación como de legitimidad.

En un sentido formal, el populismo no pone en tela de juicio la comprensión de la democracia como soberanía popular y gobierno de la mayoría. Sin embargo, al oponerse al pluralismo y a la práctica del compromiso político, los populistas son “antiliberales”. Definiendo al “pueblo” como un bloque homogéneo, rechazan la noción de democracia como la representación de diversos intereses y opiniones. En este sentido, formalmente el populismo no niega la democracia, sino que ofrece “una respuesta democrática iliberal  a un liberalismo antidemocrático” (Balfour et. al. 2016: 26).

La “Europeización” de la derecha populista

Varios ejemplos pueden identificarse dentro de este momento iliberal, pero quizás fueron los años de 2015-2018 (y lo que va del 2019) los que evidenciaron fuertemente la existencia de este momento, en particular en el continente americano y en varios países de la UE. Durante este periodo,  movimientos, candidatos y partidos populistas cobraron gran fuerza en esas regiones: la campaña del Brexit, la elección de Donald Trump y la victoria de Bolsonaro; el auge de la derecha conservadora radical en Francia, los Países Bajos, Alemania, Italia, Austria y los países del Visegrado, así como partidos con diferentes agendas políticas como Podemos en España y Syriza en Grecia. Sin embargo, más que la izquierda, es la derecha populista la que ha alcanzado una mayor presencia en la UE.

La fuerza que han adquirido estos partidos y movimientos denota asimismo la existencia de una fuerte insatisfacción  por parte de los votantes en relación a la forma en la que opera la política en nuestros días; pero sobre todo, ha desencadenado una mayor presencia de sentimientos nacionalistas, de intolerancia y de desconfianza hacia las instituciones y la clase política así como una fuerte pérdida de solidaridad.  De esta forma, la narrativa de las “élites” vs. “masas”, se fortalece dentro de estos movimientos populistas (tanto de izquierdas como de derechas) que buscan actuar por y para el pueblo en “contra” de las élites. A pesar de que esta es una idea que ha estado presente a lo largo de toda la existencia de la democracia liberal, el problema hoy en día es que esa tensión “élites-masas” se ve amplificada por la creciente desconexión entre los votantes, por un lado, y sus representantes electos, por otro. Igualmente, populismos recurren al estado nación y al nacionalismo para combatir la amenaza que supone la globalización, la inmigración y el multiculturalismo.

El caso de Italia ilustra claramente lo anterior: durante el periodo de más turbulencia  de la crisis económica y financiera en Europa (2008-2011), el discurso del gobierno de Berlusconi se centraba en la idea de que la culpa de los problemas económicos de Italia, la situación de desempleo y el descontento ciudadano era en gran medida culpa de los burócratas, los comunistas y las “élites judiciales antidemocráticas” existentes durante los gobiernos anteriores “dominados por una cultura católica y comunista” (Mc Donnell et. al  2015:168). Igualmente, el fundador del Movimiento Cinque Stelle (M5S),  Beppe Grillo, ubicó a los ciudadanos italianos como víctimas de un sistema dominado por élites tanto a nivel nacional como supranacional.  En la actualidad, el discurso de la Lega Nord en Italia no es muy diferente, solo que ahora se centra más en una retórica anti-inmigración y anti-UE y en la promesa de regresar la soberanía y la prosperidad al pueblo italiano. Para el gobierno de Salvini y Di Maio los mayores problemas de Italia son culpa de la UE,  sus reglas económicas y financieras y de la inmigración.

Los líderes populistas se ubican a sí mismos y a sus seguidores como víctimas de un sistema político que se ha vuelto menos representativo de los grupos sociales importantes (i.e. la clase trabajadora). Muchas personas temen que sus culturas, sus modos de vida y los valores nacionales sean destruidos a consecuencia del aumento de la inmigración y del cambio étnico que esto supone. En el caso de la derecha populista, aunadas a esta desconfianza y temor, están las ansiedades de la gente relacionadas con la privación y la pérdida de empleo e ingresos, al igual que una fuerte sensación de que “ellos” y su “grupo étnico y social” se está quedando atrás en relación a los demás miembros de la sociedad y se están viendo afectados por los migrantes (Eatwell & Goodwin 2018).

Gobiernos como los de Hungría y Polonia han abandonado principios y valores democráticos en favor de modelos más autoritarios y en detrimento del estado de derecho. A medida en la que se intensificaron los flujos migratorios a consecuencia de la guerra en Siria y la existencia de regímenes autoritarios y desigualdad en el norte de África, los partidos políticos de derecha comenzaron a ganar terreno en las principales democracias del este de Europa, pero también en el oeste.

En la segunda mitad del 2018, pareció haber un respiro cuando la izquierda y los verdes  obtuvieron ganancias significativas en comicios electorales locales de algunos países, como en el caso de las elecciones en Baviera  y en Bélgica; sin embargo no son comparables con las ganancias que ha tenido la extrema derecha. Esta última ha cobrado fuerza en países en donde se pensaba que era casi imposible que surgiera (o resurgiera). Hasta ahora, parecía improbable pensar que este tipo de recesión democrática podría hacerse presente en estados de la UE, sobre todo en países como Suecia, Países Bajos y Alemania. Los dos primeros debido a que tradicional e históricamente han sido liberales y Alemania por su pasado histórico.

En las elecciones históricas de Alemania en 2017, fue la primera vez en la que un partido de extrema derecha entró en el Bundestag desde la época del Partido Nacional Socialista. Uno de cada ocho alemanes votó por AfD, el partido anti-inmigración, euroescéptico y con tintes nacionalistas.  En 2014, este partido (creado apenas en 2013) ya había logrado entrar en el Parlamento Europeo. Sin embargo, los resultados de las elecciones alemanas en 2017 pusieron en evidencia el auge de AfD, posicionándose como la tercera fuerza política. Los simpatizantes de este partido se encuentran sobre todo en los estados del este de Alemania, especialmente en Sachsen, Brandenburg, Mecklenburg Vorpommern y Sachsen Anhalt, en donde AfD obtuvo entre el 18% y 27% de los votos.

El caso de Francia, no obstante la derrota de la candidata por el Front National Marine Le Pen en las en los comicios presidenciales de 2017,1 no está ausente de la relevante presencia de este partido de derecha populista en ese país y también en el Parlamento Europeo. De igual forma, en los países escandinavos, la derecha radical también ha obtenido una importante fuerza en la última década. En Suecia por ejemplo, el partido neo-fascista Sverigedemokraterna, que se caracteriza por su discurso nacionalista y anti-inmigración, logró obtener una presencia importante en el parlamento sueco en 2018 ocupando 62 escaños, convirtiéndose así en la tercera fuerza política. En Dinamarca, el partido de derecha populista, Dansk Folkeparti, ha promovido también una política xenófoba y anti-inmigración y ha conseguido ganar terreno en el país. Esta situación denota sin lugar a dudas un fuerte debilitamiento de la social democracia y en general, la ausencia de una alternativa de izquierda.

De igual forma, Austria está gobernada actualmente por una coalición entre los conservadores y la extrema derecha. Y en Italia en 2018 los partidos de centro-izquierda y centro derecha recibieron poquísimos votos, dando lugar a la formación de un gobierno entre dos fracciones populistas: el M5S y a la Lega Nord. El manejo sobre el tema de la migración fue (y ha sido) un instrumento importante para conseguir el apoyo de los votantes.

Por otro lado, en España —que hasta hace poco había estado “alejada” de la derecha populista— ha habido también un brote importante de la derecha radical. El partido Vox, fundado apenas a finales de 2013, logró un triunfo significativo en las elecciones de Andalucía en diciembre de 2018, consiguiendo 12 escaños en el parlamento andaluz. Uno de los puntos más fuertes en su plataforma política se centra en el rechazo a la inmigración, además de abogar por la supresión de las comunidades autónomas en España y la reivindicación de “los valores”, la identidad y tradiciones españolas. En su discurso pueden distinguirse claramente elementos ideológicos nacionalistas, anti-inmigración, xenófobos y antiislam.2

La existencia de estos partidos denota en este sentido un tipo de europeización de la derecha populista y radical. Se pueden observar claramente características o elementos comunes que comparten entre ellos y a los que ya he hecho referencia antes: nacionalismo, xenofobia, discurso de élites vs. masas, la intolerancia y un discurso anti-inmigración, además de su fuerte oposición a la integración europea, entre otros. Sin embargo es sin duda el tema de la inmigración el que aparece no sólo en el centro de los discursos de estos partidos y en su agenda política, sino también en el centro del debate público.

La cuestión de la inmigración

El cambio demográfico que Europa ha venido experimentando en la última década a consecuencia de la globalización y del aumento de la migración (sobre todo en los últimos cinco años), ha generado reacciones negativas en diferentes países. Hay que reconocer que estamos en una era de creciente inmigración y cambio étnico, y en el caso de Europa estos temas están posicionándose en la lista prioridades de los votantes. Un gran número de grupos sociales – desde la clase obrera y los grupos con menor nivel de educación, hasta los grupos sociales con mayor nivel socioeconómico- se sienten particularmente a disgusto y preocupados. Y en este sentido, la derecha populista ha sido muy astuta para aprovechar esta situación.

La tendencia a largo plazo apunta  hacia una continuidad y aumento de los flujos migratorios. En algunos países, como en el norte de Europa, las sociedades se diversificarán y la población aumentará como consecuencia de la migración (por ejemplo en Dinamarca, Alemania y Países Bajos), pero en otros países, como los Estados bálticos o en  Europa del este, es muy probable que la población disminuya (Eatwell & Goodwin 2018). Asimismo, la población musulmana está —y continuará— creciendo (i.e. en Francia, Suecia, Italia, Alemania), lo cual seguirá generando una gran preocupación para algunas partes de la población. Esta es la tendencia a corto y largo plazo. Europa seguirá estando expuesta a los flujos migratorios y tendrá que aprender a lidiar con ello.

Sin embargo, lo preocupante es que esta situación también apunta hacia la continuidad y el fortalecimiento de los partidos de derecha radical, los cuales se centrarán mucho más en esta cuestión y seguirán considerando a la migración como una amenaza para la sociedad. Resulta importante entonces ampliar el debate y buscar una alternativa para atender el malestar de los ciudadanos que alimenta el descontento y la desconfianza, en lugar de estigmatizarlo o ignorar sus síntomas, y atender la crisis de representatividad y legitimidad. Hasta ahora, los partidos populistas no han logrado todavía incidir de manera directa en decisiones  o en políticas públicas clave – a pesar de que ahora tienen un lugar importante en la mesa de toma de decisiones en algunos países; sin embargo no es improbable que lleguen a hacerlo. Esto supone asimismo un fuerte riesgo para la UE y su continuidad como proyecto económico y político.

 

María del Carmen Sandoval Velasco
Doctora en Ciencia Política por la Universidad de Siegen, Alemania.

Referencias
Anheier, Helmut (2017), “Democracy Challenged”, en The Governance Report 2017. Hertie School of Governance-Oxford University Press, United Kingdom, pp. 13-20.
Balfour, Rosa et. al. (2016), Europe’s troublemakers. The populist challenge to foreign policy: European Policy Centre, Brussels.
Eatwell, Roger & Goodwin, Matthew (2018), National Populism: The Revolt Against Liberal Democracy: Penguin, United Kingdom.
McDonnell, Duncan et. al. (2015), “Italy: a strong and enduring market for populism”, en Hanspeter Kriesi & Takis S. Pappas (Eds.) European populism in the shadow of the Great Recession: ECPR Press, Colchester , pp.159–174.
Müller, Jan-Werner (2011), Contesting Democracy: Political Ideas in the Twentieth Century Europe: Yale University Press, U.S.
Stanley, Jason (2018), How Fascism Works: The Politics of Us and Them: Penguin Random House, New York.


1  La candidata a la presidencia de la república francesa obtuvo en la ronda final el 33.9% de los votos.

2 En la plataforma política de Vox, en el apartado dedicado a la educación y la cultura se lee lo siguiente: “67. Impulsar una ley de protección de la tauromaquia, como parte del patrimonio cultural español. 68. Se protegerá la caza, como actividad necesaria y tradicional del mundo rural.” Y en referencia a la política de defensa y seguridad, Vox aboga por lo siguiente: “23. Cierre de mezquitas fundamentalistas. Expulsión de los imanes que propaguen el integrismo, el menosprecio a la mujer, o la yihad. (…) 25. Exigir a los responsables de la religión islámica en España una absoluta colaboración para la detección de radicales. Exclusión de la enseñanza del Islam en la escuela pública. 26. Fortalecer nuestras fronteras. Levantar un muro infranqueable en Ceuta y Melilla. (Cfr. Programa electoral de Vox. Último acceso: 7.3.2019)