Leí el texto de Roberto Valladares sobre reclutamiento en organizaciones criminales en nexos. El título del texto es bastante elocuente, “País de sicarios viejos”, y su intención es decir que los jóvenes no son protagonistas de la escena criminal del país y que en su mayoría son adultos, además de que una parte importante de ellos son exintegrantes de corporaciones de seguridad. Sin embargo, con tan solo revisar las dos fuentes que el autor usa para hacer sus apreciaciones es posible notar importantes omisiones.

Ilustración: Fabricio Venden Broeck

En la única gráfica que presenta, el autor presenta a las víctimas de homicidio de 30 a 49 años de edad y las compara con otros países. Lo extraño es que no compara con otros grupos de edad en México. Usando la misma información de INEGI podemos notar que sí, efectivamente la mayor parte de las personas de víctimas de homicidio tienen esa edad, pero el homicidio de jóvenes sigue exactamente la misma tendencia desde 1990. La gráfica a continuación lo muestra. Además, creo irresponsable creer que los homicidios se traducen en muertes de “sicarios”. No se puede saber por qué no tenemos expedientes judiciales sobre sus trayectorias de vida. Al hacer esto, el autor no sólo es incongruente al decir que “estas fuentes (las de INEGI) dejan enormes vacíos” cuando antes ya las uso para implicar una especie de causalidad, también adjetiva a las víctimas de homicidio en México. Eso es criminalizar.

Posteriormente, el autor menciona datos aislados de la mediana de edad de los detenidos en Morelos (sin decir la fuente) y que, de las 211,000 personas recluidas en el país en 2016, 10,000 son expolicías (otra vez, sin mencionar la fuente). Sin embargo, en los datos sobre personas recluidas de la Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad (ENPOL) de 2016 (que menciona el autor posteriormente), se puede notar que los datos no corresponden con la narrativa del autor. En la siguiente gráfica los lectores podrán ver que la mayor parte de los detenidos y sentenciados por homicidio son agricultores, artesanos, obreros, vigilantes y comerciantes. Los que declararon haber sido policías federales, locales, exmilitares o exmarinos son la gran minoría. Comprendo que hay que considerar al número de personas que desertaron de cuerpos armados en el análisis, pero con los datos de presidiarios no se sostiene lo que afirma el autor.

Incluso, usando estos datos, podemos encontrar en la próxima gráfica que el autor con los mismos datos que ofrece ENPOL 2016 que la mayoría de los sentenciados y recluidos por homicidio encuestados eran personas que al ser detenidas tenían entre 15 a 29 años de edad. Es importante destacar que, aunque sabemos que el sistema de justicia en México distorsiona quién y cómo es sentenciado por un delito con amplios márgenes de impunidad (cómo lo ha documentado bien Guillermo Zepeda Lecuona), una sentencia en firme es la manera más cercana que tenemos para saber si alguien cometió un delito. Luego entonces, es más confiable un dato como el de ENPOL en lugar de intuir que los más de 150,000 víctimas de homicidio de los últimos años eran integrantes de organizaciones criminales.

Finalmente, el autor justamente dice que no se ha identificado con rigor el perfil de delincuentes de mayor peligrosidad. Sin embargo, ya hay algunas investigaciones realizadas sobre este tema. Por ejemplo, Vilalta y Fondevila,1 con información de encuestas a presidiarios en la Ciudad de México y el Estado de México, establecieron un cierto perfil de aquellos que cometieron homicidios: mayoritariamente hombres (81.6%), las cohortes de edad mayoritarias van de 25 a 29 años (17.6%), 30 a 34 años (20.7%) y 35 a 39 años (17.9%); el 71.4 % tiene hijos, de los cuales el 41% los tuvieron cuando tenían 18 a 21 años, más del 50% tiene menos de nueve años de escolaridad, más del 38.6% se declararon antes como empleados informales. De esos perfiles, en regresiones binarias, Vilalta y Fondevila2 concluyeron que un factor predictivo de alguien que cometió el delito de homicidio es que era detenido por dicho delito siento menor de 18 años. De Hoyos, Rogers y Székely3 encontraron también patrones de violencia en jóvenes que transitaban del abandono escolar a condiciones de trabajo precario.

Finalmente, Azaola4 realizó 730 entrevistas a adolescentes reclusos en 17 entidades del país. De las entrevistas, se desprende que el 62% de los padres de los adolescentes están separados, 60% de alguno de los dos padres estuvo en prisión antes, 57% tenían padres que consumían alcohol frecuentemente, la mayoría no curso más de nueve años de escolaridad, 89% tenían trabajos precarios. En esencia, Azaola argumenta que la mayor parte de los reclusos vivieron en situaciones de vulnerabilidad en la infancia.

Estos datos se confirman con ENPOL 2016 y con la Encuesta de Cohesión Social para la Prevención de la Violencia y la Delincuencia (ECOPRED) de INEGI en 2014. En ENPOL podemos notar que la mayor parte de las personas sentenciadas y recluidas por homicidio tenían apenas primaria o secundaria como grados de estudio máximo alcanzado. Igualmente, la mayor parte de los jóvenes que declararon que usaron armas y cuyos padres eran reclusos tenían entre 15 a 23 años.

Entiendo que la lógica de la investigación de Valladares es entender el perfil de los sicarios, pero su afirmación de que “Los sicarios están presentes en un eslogan propagandístico, pero se desconoce casi todo de ellos…” me parece francamente atrevida. Hay organizaciones como Cauce y Reinserta que llevan años trabajando con personas que han dejado organizaciones criminales que han documentado por años este fenómeno. El libro de Javier Valdez “Los morros del narco” de 2007 o reportajes como los de Falko Ernst en Tierra Caliente, “La guerra criminal mexicana de mil cabezas”, publicado en Proceso, dejan más que claro que no es un perfil desconocido y que no es un eslogan. No obstante, el autor parece que quiere presentar un escenario diferente para criticar el nuevo enfoque gubernamental con respecto a jóvenes y delincuencia. Seguramente los programas para jóvenes del nuevo gobierno tienen sus problemas (no estoy de acuerdo por ejemplo en pensar que los jóvenes que no estudian y no trabajan deban ser el único sector de atención de la política), pero decir que no es un problema relacionado con personas jóvenes es francamente absurdo.

Titulé este texto en honor a una canción de Liliana Felipe porque creo que es el mensaje que quiero darle al lector. Claramente hay adultos en las organizaciones criminales, pero si el autor quiere argumentar que el mundo de los sicarios es de adultos, creo que debería tomar en cuenta que la edad cambia anualmente y que, justamente cómo él dice en su texto, la bibliografía sobre personas que cometen delitos apunta a que iniciaron de jóvenes y de contextos sociales de violencia, desigualdad y marginación.

 

Raúl Zepeda Gil
Politólogo por la UNAM y El Colegio de México. Estudiante de Doctorado en Estudios de Defensa en King’s College London.


1 Vilalta, Carlos y Fondevilla, Gustavo, Perfiles criminales I: Frecuencia y descriptivos, México, CIDE, 2014.

2 Vilalta, Carlos y Fondevilla, Gustavo, Perfiles criminales II: Teorías, correlativos y políticas preventivas, México, CIDE, 2015.

3 De Hoyos, Rafael; Rogers, Halsey y Székely, Miguel, Out of school and out of work: risk and opportunities for Latin America’s ninis, Washington D.C., World Bank Group, 2016.

4 Azaola, Elena, Informe Especial. Adolescentes: Vulnerabilidad y Violencia, México, CNDH, 2017.