La ciudad es una frase tachonada
vasta constelación de letras de agua
Jean Turpy, Sueño en Culiacán

 

Esta mañana te sorprendo
con el rostro tan desnudo que
temblamos
Gilberto Owen, Sinbad el Varado

En el cuento “Pruebas”, George Steiner hace que su personaje, Carlo Tessone, un obsesivo corrector de estilo e implacable cazador de erratas, piense a la ciudad como un “palimpsesto desconchado y constantemente renovado”. De algún modo, la ciudad es un texto que se escribe incesantemente sobre otro texto que a su vez fue escrito sobre un texto anterior. Desde luego que no pensaba en eso cuando, pasadas las horas de pánico y confusión del día anterior, recorría algunas calles y avenidas de Culiacán, camino al lugar donde trabajo, el viernes 18 de octubre. Una ciudad semidesierta, con vehículos calcinados a los lados de las calles, envuelta en una calma tensa que afortunadamente no fue presagio de una nueva tormenta. Lo pienso ahora, con más calma, cuando releo el cuento de Steiner y releo a mi ciudad signada con las marcas funestas dejadas por esa tarde. Si como quería alguna literatura gótica decimonónica la ciudad moderna es un palimpsesto, a la ciudad de Culiacán se le agregaron hace unos días nuevos signos, marcas en las que habrá que hurgar para conocer el sentido, si es que algún sentido tiene, de esta garrapateada y roja reescritura.

Ilustración: Alberto Caudillo

I

Culiacán es ya desde hace tiempo una ciudad con miedo, y en algunos de sus episodios álgidos, una ciudad del miedo. La estructura del miedo está físicamente impresa en los cenotafios que marcan la fisonomía de sus calles, banquetas y bulevares. De acuerdo con el periodista Adrián López Ortiz, 2,800 cruces de metal, madera o cantera configuran el memorial visible de nuestro drama cotidiano. Y el miedo está impreso también en  las ecologías de ese curioso híbrido urbano en que se ha convertido esta capital en nuestros días: en la “bunkerización”, como ocurre en buena parte del país, de cada vez más zonas residenciales como respuesta a la inseguridad y como mojonera física y simbólica que fija la frontera entre las dos ciudades, la de la exclusión y la impunidad y la de los muros protectores a la manera de las ciudades renacentistas de las que habló Montaigne en su diario de viajes. Entonces las ciudades se amurallaban por temor a la peste, la guerra y las luchas religiosas en la Europa del siglo XIV al XVII, hoy las ecologías urbanas del miedo en lugares como Culiacán responden a un temor que, a diferencia de lo conjeturado por Jean Delumeau en su ya clásico El miedo en Occidente, no se puede nombrar con palabras como El Mal, El Diablo o Las Brujas. Es la angustia provocada por un caos que no se puede nombrar a menos que nos nombremos a nosotros mismos.

Con todo, como escribió Élmer Mendoza en su columna periodística en El Universal (sábado 19 de octubre), la gente de Culiacán “nunca había vivido algo así. Sentir amenazada su vida, la de sus hijos, la de sus padres y la de sus abuelos. Hemos tenido días infaustos, no digo que no, pero el pasado fue el mismo infierno.”. Y sí, he residido en Culiacán 54 de mis 59 años  de vida. Nunca había vivido una situación de tanto pánico, confusión y estupor colectivos como ese 17 de octubre, el Jueves Negro de Culiacán. Los resortes mentales del miedo se activaron súbitamente ese mediodía en las calles, las plazas comerciales, los restaurantes, los centros de trabajo, los hogares, en todas partes.  Resortes permanentemente tensos que brincaron al conocerse, muy pronto, de qué iba la cosa: en un operativo pésimamente planeado, habían capturado a Ovidio Guzmán López, hijo de Joaquín Guzmán Loera, y la ciudad fue literalmente tomada por los grupos armados que finalmente forzaron su liberación.

Quien esto escribe iba llegando apenas a su domicilio cuando empezaron a fluir los mensajes por Whatsapp: gente armada hasta los dientes está ocupando zonas estratégicas de Culiacán, amedrentando a la población con ráfagas de balas, despojando de sus vehículos a particulares, bloqueando entradas, enfrentando a los militares en escenarios riesgosos para la seguridad de los civiles. Como cualquier otro día, mi hijo mayor había ido por su hermana al edificio del Instituto Sinaloense de Cultura, ubicado en la zona centro de la ciudad. Ya venían de regreso, salieron de la zona de riesgo minutos antes de quedar atrapados en las refriegas y en medio de los disparos cruzados. En el camino se toparon con varios convoyes de vehículos tripulados por gente del Cártel de Sinaloa, pero pudieron arribar a casa con bien. Era un día soleado y luminoso que desde ese momento  transcurrió en un tiempo denso y agitado, como si un viejo dolor hubiera vuelto súbitamente a aparecer, a hacerse sentir con mayor intensidad. Lo demás es cosa sabida. Ahí están los testimonios periodísticos, las crónicas hechas en caliente, las imágenes de los videos, las fotos de espesas humaredas aquí y allá, el persistente metralleo alertándonos a todos y obligándonos a autodecretar estado de sitio y, poco después, toque de queda. Lo que siguió fue una tarde con los nervios de punta, pendientes del teléfono, de las noticias por radio y televisión, arriesgándonos a recibir el impune golpe de las fake en las redes sociales (no, no había muerto el hijo de Joaquín Guzmán; no, no habían hecho estallar pipas de combustible en colonias populares; no, no habían asesinado a familias de militares; no, no habían tomado las instalaciones de la Novena Zona Militar. Ya la realidad era suficientemente atroz y la potenciábamos con videos, noticias e imágenes extrapoladas).

II

Pienso ahora en mi vida en Culiacán, repaso los episodios que he vivido en esta ciudad en la que nací a principios de 1960. Cotejo mi experiencia del tiempo y concluyo que es cierto: en Culiacán, ciudad del miedo, jamás habíamos pasado por algo así.

Viví la fama de Tierra Blanca en los sesenta y principios de los setenta, siendo adolescente y estudiando la secundaria justamente en esa colonia formada por gente que migró del medio rural al urbano, sector separado del asentamiento original por un río, el Tamazula, que simbolizaba la separación de las dos ciudades: de un lado, la del villorrio decimonónico con sus edificios históricos, sus clubes, sus redes de sociabilidad básicas y su lirismo poético y musical transportado por las melodías del bolero romántico, combinada hacia el sur con la ciudad del incipiente modernismo desarrollista y su economía agroexportadora y de servicios; y del otro, la ciudad premoderna e híbrida, sembrada con la semilla de la migración interna, con casas en las que no faltaban los corrales de animales de cría y los “chirrines” interpretando corridos, y en la que se levantaban las grandes residencias de arquitectura sincrética habitadas por los primeros “gomeros” como se dio en llamar a quienes lucraban con el cultivo de la amapola y la comercialización ilegal de su producto, la goma de opio, siempre en trato con compradores gringos.

Viví desde mediados de los setenta el anclaje definitivo de la triste leyenda negra que todavía pesa sobre Culiacán y Sinaloa, aquellas fechas en las que los grupos dedicados a esta actividad realizaban sus ajustes de cuentas en plena avenida Álvaro Obregón, la principal arteria vial de la ciudad. Esos días en que Culiacán fue conocida, debido al título de un reportaje realizado por la revista Contenido, como la “Chicago chiquita”.

Viví la “Operación Cóndor” de mediados de los setenta a mediados de los ochenta, desplegada a partir del acuerdo con el gobierno de los Estados Unidos y con la intervención de las fuerzas armadas federales y cuerpos policiacos de la Procuraduría General de la República (la llamada “Judicial”) en la destrucción de sembradíos de amapola y mariguana en la sierra de Sinaloa, Durango y Chihuahua, el conocido como “triángulo dorado” en el que se producía el 70 por ciento de la droga en México, con su cauda de consecuencias desde el incremento de la violencia que bajó de los Altos a las ciudades de la región, el traslado de una parte de la organización sinaloense a Jalisco y las transgresiones a los derechos humanos puntualmente documentadas en diversos medios y registros públicos (2,000 comunidades, rancherías y caseríos desaparecidos en esa zona, de acuerdo con el comparativo de los censos de población de 1970 y 1980, y 85 por ciento de los reclusos en el Instituto de Readaptación Social de Sinaloa en Aguaruto, Culiacán, identificados como jornaleros).

Viví ya adulto, enterándome en los ochenta y los noventa del crecimiento y consolidación de una organización que racionalizó su actividad con el surgimiento del Cártel de Sinaloa, su expansión hacia otros lugares del país, la vertiginosa ampliación de su esfera de negocios a nivel internacional, sus pugnas y posterior división que dieron lugar a la creación de nuevos cárteles. Mis oídos dieron fe del paso del corrido inaugural “Contrabando y traición” al paradigmático “Jefe de jefes”, ambos compuestos e interpretados por Los tigres del norte, uno a principios de los setenta y otro al iniciar los ochenta, uno contando una historia de despecho montada sobre un trayecto de viaje con una carga de drogas (Camelia La Texana asesinando por celos a su socio Emilio Varela después de repartirse las utilidades de la transacción), y otro cantando la reseña del jefe-de-jefes-señores-me-respetan-en-todos-niveles, elogio de una mafia organizada que otorga y quita prestigios y vidas, bienes y plazas. Escuché esas tonadas brotando en altos decibeles de autos del año circulando por las calles y avenidas de todo Culiacán.

Con el siglo XXI fueron del conocimiento público las disputas por el control de la organización en Sinaloa, pasando por las sucesivas aprehensiones, escapes y reaprehensiones de Joaquín Guzmán Loera. Los túneles de Culiacán supieron de eso. Fui testigo directo de las marchas que demandaban su no extradición a los Estados Unidos con miles de personas, algunas con sus familias, avanzando por la avenida Obregón. Las convocatorias a las llamadas “chapomarchas”, ocurridas inmediatamente después de la primera reaprehensión de Guzmán Loera el 22 de febrero de 2014, así como las manifestaciones realizadas el 26 de febrero de ese mismo año en Culiacán, Guamúchil y Mocorito, echaron mano ya de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Fueron convocadas sobre todo en publicaciones de Facebook y mensajes de WhatsApp. En Twitter se difundió la noticia compitiendo “a nivel mundial solamente con la caída de la red de mensajería instantánea más famosa, el WhatsApp” (“Redes sociales, la herramienta para reunir a miles en las ‘chapomarchas’ de Culiacán”, nota de Daniela Lazcano, diario Viva Voz, Culiacán, Sinaloa, 5 de marzo de 2014; también se puede consultar “Convocan en Sinaloa a tercera marcha de apoyo a ‘El Chapo’”). Los mensajes de Facebook se trasladaron a las camisetas y pancartas en las que, entre otras cosas, se leía: “No queremos otra guerra, liberen al Chapo”, “¡Al Chapo se le quiere y se le respeta más que a muchos políticos!”, “Sinaloa es tuyo, Chapo”. Lo sé muy bien, pues lo atestigüé desde la puerta del Palacio de Gobierno Municipal, ubicado en la misma avenida Obregón, en donde entonces laboraba.

III

La ciudad fue siempre escenario de estos episodios que dejaron una impronta visible en sus espacios: en el auge y declive de la colonia Tierra Blanca (en donde, como dice el corrido “La mafia muere” de Los cadetes de Linares: “las mansiones que fueron de reyes/ hoy se encuentran muy abandonadas”), el centro penitenciario local y sus motines y fugas, las vendettas sangrientas en cualquier lugar de la capital sinaloense, las flamantes camionetas lanzando a los cuatro vientos las notas de los narcocorridos a todo volumen, las cicatrices más que metafóricas de un buen número de cenotafios inscritos en el equipamiento urbano, la proliferación de residenciales cerrados y con medidas de seguridad extrema, la gente simpatizante de El Chapo Guzmán marchando por las principales avenidas, los nuevos panteones con ostentosas construcciones funerarias.

Lo ocurrido el Jueves Negro abulta el palimpsesto inscribiendo nuevas grafías en la ciudad. Empezando por el espacio en que dieron inicio los acontecimientos. Y lo primero que hay que aclarar es que, contra lo que se ha escrito en tantos reportajes y artículos periodísticos en el país y el mundo, el traído y llevado “Fraccionamiento” Tres Ríos no es tal cosa: es un amplísimo sector de la ciudad. Si no se entiende eso, no se entenderá el fragoroso inicio de los hechos del 17 de octubre en Culiacán. En ese extenso sector hay por lo menos 15 fraccionamientos, ahí se ubica el principal espacio recreativo de la ciudad (el Parque Las Riberas), los más importantes centros comerciales (empezando por la Plaza Fórum en la que tuvieron que pernoctar clientes guareciéndose de la tremolina), parte de las instalaciones hoteleras y de negocios, una zona de Ciudad Universitaria en la que se encuentran las facultades de Humanidades, Ciencias Políticas, Estudios Internacionales e Informática. Se le conoce como Tres Ríos porque eso es lo que comprende: la vasta franja ribereña del Río Humaya, el Río Tamazula y el Río Culiacán con una longitud de 22 kilómetros.

En Nombre de perro (2012), novela del escritor (culichi si los hay) Élmer Mendoza, Susana Luján, una mujer que tiene largo tiempo viviendo en Estados Unidos, dice al regresar a su ciudad natal: “Cómo se ha modernizado la ciudad, a pesar de lo que se dice de la violencia la veo llena de vida”. Acaso la paradoja que encierran ciudades como Culiacán, se resuma en este tipo de expresiones que ciertamente son frecuentes en sus visitantes: Culiacán se ha modernizado, pero quien la conozca verá en su superficie las cicatrices de viejas y nuevas heridas: “Estoy en Culiacán/ la ciudad es una frase tachonada”, dice un poema de Jean Turpy, filósofo y poeta guerrerense, culichi por adopción. Quizá sea hora de asomarnos a esos tachones, a las manchas de los borrones y las huellas visibles de una tremolina que va y viene, que ha signado y re-signado a la ciudad, que ha signado y re-signado a la gente de Culiacán.

 

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista. Entre sus libros, Sinaloa: una sociedad demediada, Juan Pablos editores, 2008, y La cultura en Sinaloa. Narrativas de lo social y la violencia, H. Ayuntamiento de Culiacán, colección Palabras del Humaya. Su último libro publicado es Dispersa andadura, ISIC-Secretaría Federal de Cultura, México, 2017.