El 9 de octubre se realizó en el auditorio Galileo Galilei de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC) una ceremonia para la firma de un Convenio de Colaboración entre esta organización científica y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). Con este acto, se transita a una nueva etapa dentro de la accidentada convivencia entre estas dos instituciones en los primeros 10 meses del actual gobierno. Examinar esta relación puede resultar útil para entender con más precisión cuál es la política del gobierno de la llamada Cuarta Transformación (4T) hacia la comunidad científica del país y sus organizaciones.

Surgida en 1959, la AMC (inicialmente bautizada como Academia de la Investigación Científica) es actualmente la asociación más amplia y representativa de los investigadores de México. A diferencia de la mayor parte de las sociedades gremiales integradas por especialistas en campos específicos como matemáticas, fisiología, economía o filosofía, esta Academia agrupa a expertos de todas las áreas del conocimiento, tanto en las ciencias naturales y exactas, como en las sociales y las humanidades. El proceso de selección de sus integrantes es muy riguroso, y en la actualidad cuenta con apenas 2,832 miembros, mientras que el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), por ejemplo, rebasa los 30,000, de tal manera que podría decirse que esta agrupación congrega a los más sobresalientes, entre ellos a casi la totalidad de los que tienen los niveles más altos en el SNI, a quienes han  recibido el Premio Nacional de Ciencias y a los científicos que forman parte de El Colegio Nacional. Cuenta además con un grupo selecto integrado por 113 miembros correspondientes, que son científicos extranjeros que han contribuido al desarrollo de la ciencia mexicana, entre los que se encuentran algunos galardonados con el Premio Nobel.

Ilustración: Oldemar González

Contando con un indiscutible liderazgo dentro de la comunidad científica, a lo largo de sus 60 años de vida, la Academia ha realizado contribuciones muy importantes al desarrollo de la ciencia en nuestro país, entre ellas la creación del Conacyt en 1970, y del SNI en 1984, para citar sólo dos episodios claves en la historia de la ciencia moderna en México. En el transcurso de los años, sus actividades las ha dirigido al fomento de la investigación científica, con una estrategia que mira al futuro, mediante programas de reconocimiento a científicos jóvenes, los premios a tesis de doctorado, el impulso a la participación de las mujeres en esta actividad, y de manera destacada el acercamiento de niños y adolescentes a la ciencia. De acuerdo con lo expresado por el actual presidente de la Academia, José Luis Morán en la ceremonia en la que se firmó el Convenio citado, estas tareas benefician anualmente a cerca de un millón de personas. También la AMC es el principal vínculo de la ciencia mexicana con otras Academias y organizaciones de científicos en el mundo entero.

Nombrada por el presidente Andrés Manuel López Obrador, la doctora María Elena Álvarez-Buylla Roces, directora general del Conacyt, nunca ha ocultado su animadversión con la AMC, a pesar de que ella misma forma parte de esta agrupación. La razón es que además de su consejo directivo y las coordinaciones de programas, la Academia cuenta con una decena de comités de expertos en campos específicos del conocimiento, uno de los cuales es el de biotecnología –que encabeza el doctor Francisco Bolívar Zapata– instancia que reúne a un grupo de investigadores del más alto nivel, algunos de los cuales han obtenido, como la misma Elena, el Premio Nacional de Ciencias. Los estudios realizados por este grupo ha llegado a conclusiones que se oponen completamente a los principios en los que la directora del Conacyt ha sustentado su activismo en contra de los transgénicos, pues han documentado la ausencia de daños de los organismos genéticamente modificados y sus beneficios potenciales.1 Aunque no se puede establecer una relación directa entre este hecho y el actual maltrato presupuestario a la Academia, es una imagen digna de tomarse en cuenta, pues forma parte del contexto en el que se desarrolla actualmente  la relación entre las dos instituciones.

Así, desde la llegada de Álvarez-Buylla al gobierno las cosas ya pintaban mal para esta asociación civil. Desde su surgimiento, el Conacyt venía apoyado consistentemente a la Academia en el desarrollo de sus actividades y durante 2017 y 2018 recibió recursos del orden de los 50 millones de pesos anuales para la operación de sus programas. Pero la primera acción de la flamante directora general fue negarle tajantemente esos recursos, argumentando que tal y como ocurre en otros países, sus acciones deberían “pagarse con las cuotas de sus miembros”. Por supuesto esta aseveración era completamente falsa, como lo demostró el doctor Raúl Rojas, profesor de la Universidad Libre de Berlín y Premio Nacional de Ciencias 2015, al señalar que en otras naciones como el Reino Unido, por ejemplo, la Royal Society recibe anualmente 108 millones de dólares de subsidio por parte del Estado (unos dos mil millones de pesos al tipo de cambio actual); y la Unión de Academias en Alemania, 99 millones de dólares (1,900 millones de pesos), entre otros ejemplos.2

En enero de este año, mediante un comunicado, el presidente de la AMC daba la primera mala noticia a sus agremiados: “Con preocupación comunicamos que la Academia Mexicana de Ciencias se encuentra en una grave situación económica que nos ha obligado a suspender las actividades de todos sus programas durante el primer trimestre de 2019”. Entre las actividades afectadas se encontraban algunas de las más emblemáticas como los Domingos en la Ciencia, La Ciencia en tu Escuela, Robótica para niños y todas las actividades internacionales, entre otras.3 A regañadientes, el Conacyt accedió a depositar algún dinero, pero aclarando que sólo lo haría en el primer semestre del año. Después, se entiende, la Academia debería “rascarse con sus propias uñas”.

A partir de febrero, desde distintos ámbitos arrancaban las críticas al Conacyt por su negativa a otorgar fondos suficientes para las olimpiadas de matemáticas organizadas por la Sociedad Matemática Mexicana, Elena Álvarez-Buylla realizó entonces una reunión con la AMC (que también conduce certámenes infantiles de matemáticas y las olimpiadas de biología, historia y química para jóvenes). Parecía que ahora sí todo iría bien; pero no fue así, pues los recursos llegaban a cuenta gotas y condicionados a acciones particulares relacionadas sólo con el fomento de las vocaciones científicas.

Durante los meses subsecuentes se fue definiendo una estrategia de control presupuestario sobre la principal organización científica de México. Con las administraciones anteriores, esta asociación civil recibía recursos para financiar actividades diseñadas con autonomía las cuales eran producto de una experiencia de seis décadas. Ahora, los recursos se veían no sólo reducidos, sino además pulverizados en diversos programas a los que la AMC debía aplicar individualmente llenando diversos formularios. Por la falta del apoyo del Conacyt, la Academia se vio obligada a separar en mayo a una decena de personas de su nómina, tanto trabajadores de base como por honorarios.

Al finalizar agosto, las ministraciones nuevamente se suspendieron, y la situación económica de la asociación científica llegó a ser tan grave que ya no contaba con fondos ni siquiera para pagar su nómina. Fue hasta octubre, dos días antes de que Álvarez-Buylla visitara el auditorio de la Academia para la firma del Convenio al que hice referencia al principio, que finalmente se depositaron recursos, los últimos del año, pero con la salvedad, de que estaban etiquetados sólo para dos tipos de programas: el “fomento de las vocaciones científicas” y la llamada “apropiación social del conocimiento”. 

De este modo quedaba bien dibujado el cerco tendido a la Academia para que orientara sus actividades sólo a las áreas de interés del Conacyt. Esto quedó claro durante la intervención del presidente de la AMC, José Luis Morán López, en la ceremonia de firma del Convenio, pues aclaró que el documento suscrito era de tipo general y no implicaba que en lo sucesivo  recibirían recursos directos, pues los programas serán evaluados y se someterán a la normatividad del Conacyt. Anunció además, la cancelación de algunos programas como las olimpiadas y concursos de matemáticas, que congregan cada año aproximadamente a 500,000 niños, los cuales tuvieron que suspenderse para 2020 y se reanudarán en 2021, siempre y cuando hubiera recursos.

Sólo pasaron unos días luego de la firma del mencionado Convenio, y el 22 de octubre de 2019, el Consejo Directivo de la AMC envió un nuevo comunicado a sus asociados en el que indicaba que los recursos obtenidos para finalizar el año no eran suficientes para sufragar los gastos de todas sus actividades por lo que –a menos que se obtuviera dinero de otras fuentes– se verían obligados a cancelar los siguientes programas: el ingreso de nuevos miembros nacionales a la Academia y de miembros correspondientes, las relaciones internacionales,  comunicación social, y la revista Ciencia. Quisiera detenerme en las dos últimas.

Las actividades de difusión de la Academia, no corresponden con la comunicación social propiamente dicha, pues su labor principal es la divulgación de la ciencia. Desde hace varias décadas su función ha sido difundir información científica en un lenguaje accesible y a través de los años ha conseguido la distribución en medios de comunicación de todo el país, de decenas de miles de notas orientadas a la difusión del conocimiento científico entre la población. La revista Ciencia, por su parte, tiene antecedentes históricos de primer orden pues fue el resultado del esfuerzo de los talentosos científicos llegados a México durante la guerra civil española, su primer número apareció en 1940 y fue adoptada por la Academia en 1977.4 Señalo lo anterior para ilustrar las acciones de difusión científica que realiza la AMC y que se encuentran hoy en riesgo inminente de desaparición. 

De este modo queda bien dibujado el cerco tendido a la Academia para obligarla a orientar sus actividades sólo a las áreas de interés del Conacyt, lo que en la práctica revela el propósito de doblegar a la más importante organización de investigadores del país e intentar  convertirla en un apéndice de ese Consejo. El trato que se ha dado a la Academia Mexicana de Ciencias es, sin duda, una bofetada a toda la comunidad científica del país.

 

Javier Flores
Periodista científico


1 Bolívar-Zapata, F. G. (Coord.) Transgénicos. Grandes beneficios, ausencia de daños y mitos. Ciudad de México, México: Academia Mexicana de Ciencias.

2 Rojas, R. (2019, Abril 11). Ahogar a las academias. nexos, Blog de la Redacción.

3 Domínguez, L. (2019, Enero 29). Sin dinero suspenden programas de ciencias. El Universal.

4 Bolivar-Goyanes, A. (2009). Los primeros 35 años de la revista Ciencia. En AMC (Ed.) Academia Mexicana de Ciencias 50 años (pp. 175-189). Ciudad de México, México: Academia Mexicana de Ciencias.