Los ciclos de sequía e incendios forestales son normales a lo largo de la geografía y la historia australiana, pero la fuerza y escala de los recientes incendios no semejan a nada que se haya experimentado jamás en este país. Las cifras hablan por sí mismas: dos docenas de pérdidas humanas, miles de propiedades destruidas, casi 500 millones de animales aniquilados y una superficie vastísima de territorio calcinado.

Para ponerlo en perspectiva, desde septiembre de 2019, el fuego ha arrasado la superficie equivalente a los estados de Yucatán, Hidalgo, Estado de México y Ciudad de México.

La destrucción y desolación son pavorosas y continúan; no hay manera de detener los incendios, y las temperaturas más cálidas están por venir. Cuando la fatalidad toca a las puertas, uno esperaría que la respuesta fuese de igual magnitud, pero la respuesta del gobierno australiano ha sido feble, incluso infamante: en año nuevo, el primer ministro Scott Morrison, presionado por los medios de comunicación y la sociedad civil, por fin decidió suspender sus vacaciones en Hawái para atender las emergencias del país.

Ilustración: Estelí Meza

Los héroes, la solidaridad, las historias de valor y los aciertos en la estrategia para mitigar los incendios se han registrado en los pequeños pueblos, en las estaciones locales de bomberos y, si acaso, en las acciones de los funcionarios estatales o municipales. La oficina del primer ministro ha fallado en coordinar una respuesta colectiva eficiente y concertada, ya no se diga transmitir a los australianos genuina empatía ante la desgracia. Si Scott Morrison detenta el cargo para cuando arribe la temporada de lluvias será una verdadera sorpresa para muchos australianos.

Mientras tanto, lo más extraordinario es la convivencia normal de la catástrofe y la cotidianeidad. Todavía el año pasado, en octubre y noviembre, los incendios permanecían bajo control, lejos de centros poblacionales. En diciembre todo cambió repentinamente. Los incendios se multiplicaron: la meta de los bomberos no fue ya apagarlos, dada su magnitud y su velocidad, sino simplemente acordonarlos, lo que tampoco lograron.

Los amaneceres a lo largo de la Nueva Galés del Sur comenzaron entonces a teñirse de colores inusuales, y el aire a oler a leña, aun en la costa, a cientos de kilómetros de los incendios.  Abrir la ventana y percibir la intensidad del aroma a madera quemada se volvió un ritual cotidiano para determinar la prudencia de permanecer o no mucho tiempo al exterior. Desde entonces una neblina persistente cubre Sídney, hace ya más de un mes. Este mismo humo ha teñido los glaciares de Nueva Zelanda, y se desplaza además en dirección a Sudamérica.

Algunos días fueron críticos, como cuando el humo fue tan denso que activó los detectores contra incendios incluso dentro de edificios y escuelas. También se cancelaron los servicios de transbordadores marítimos debido a que la visibilidad, a pesar de los fuertes vientos del Pacífico sur, se redujo a un mínimo. Casi de inmediato se suspendieron las actividades deportivas al exterior, cerraron las piscinas públicas y comenzaron a aparecer los tapabocas en las calles, en el metro, en los centros comerciales.

En el centro de la ciudad, en vísperas navideñas, a lo largo de las calles repletas de turistas y locales que realizaban compras de último momento y tomaban fotografías del tradicional árbol de Navidad en Martin Place, cayó una llovizna persistente de cenizas diminutas, de color blanco y negro, que se desmoronaban al tacto.

Y, sobre todo, la luz. La intensidad del verano austral es famosa en todo el mundo: la intensidad del sol y los largos días son una invitación para disfrutar los parques y a las playas. Pero en estas semanas pareciera que sobre Sídney pende un foco amarillento de 30 watts. Una luz débil, propia de las siete de la mañana, perdura hasta el atardecer. A veces, el sol es un disco blanco en el horizonte, cuyo calor se percibe pero que no hace sombra.

Los incendios ahora se han extendido a Victoria e intensificado en la Nueva Galés del Sur. De manera simultánea, diariamente, hay 30, 40 o más de 50 incendios forestales, de los que a veces más de la mitad están fuera de control, ocupando superficies tan vastas que generan incluso dinámicas climáticas propias.

A estas alturas resulta ocioso cuestionar si todo esto se relaciona con el cambio climático. Cabe más bien preguntarse si las sociedades y los gobiernos están preparadas para enfrentar situaciones inverosímiles, de magnitudes catastróficas. La respuesta, incluso en este país, de abundantes recursos, es sencillamente que no.

Existe una disonancia cognitiva aguda entre las políticas públicas que pretenden mitigar el cambio climático al tiempo que en otros ámbitos del gobierno y la economía se persigue un crecimiento infinito basado en la explotación de recursos no renovables. La conversación, excepto en los nichos usuales —academia, agrupaciones verdes, etc.—  no se enfoca en la enorme dependencia de la economía australiana en los combustibles fósiles o las industrias de extracción, palancas de crecimiento que de ninguna manera son exclusivas a este país.

No sólo en Australia, sino en el resto del mundo, existe una brecha entre las consecuencias del cambio climático y las acciones de empresas, gobiernos e individuos. Pareciera que no hay prisa ni urgencia. Mientras tanto, somos testigos de lo que la ciencia y la política postergó para 2030, 2050, o en una mezquina negación para nunca, porque se están tomando las medidas necesarias. Mientras tanto, cuatro millones de personas vivimos en una ciudad cubierta de humo, cercada por un anillo de fuego que no cesa.

 

Rodrigo Azaola
Escritor, reside en Sídney desde 2016.