Hace cien años, el 1º de agosto de 1914, la prensa francesa anunció la muerte del líder del socialismo francés, Jean Jaurès, quien la noche anterior cayó asesinado a tiros por un joven nacionalista, exasperado por el pacifismo de los socialistas europeos. El X Congreso de la Segunda Internacional debía celebrarse en Viena una semanas después, para conmemorar el L aniversario de la fundación de la Primera Internacional, y el XXV aniversario de la Segunda. El Congreso fue una de las primeras víctimas de la guerra. En la tarde del 1 de agosto Francia y Alemania movilizaron a sus ejércitos. En el parlamento alemán los diputados socialistas votaron los créditos de guerra; dieron como prueba de la buena voluntad del gobierno hacia ellos, que había presentado sus condolencias por la muerte de Jaurès. El Kayser declaró: “De ahora en adelante no sé nada de partidos, sólo sé de alemanes”.

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En Europa se hablaba de guerra desde 1906 y cada vez que la por así llamarla, diplomacia, del emperador Guillermo II provocaba un conflicto con Gran Bretaña o con Francia, estallaba un nueva crisis. Hasta entonces habían sido más o menos resueltas, como si la provocación hubiera sido para el Kayser sólo un divertimento, luego de gritos y gesticulaciones, negociaba la retirada. Sin embargo, en el caso del asesinato del archiduque Franz Ferdinand y de su esposa, los austríacos no estaban dispuestos a dejar pasar la oportunidad de aplastar la insolencia serbia. Así que no hubo negociación. Los acontecimientos en los Balcanes sonaron la alarma entre los socialistas europeos, que buscaron organizar la resistencia a la guerra.

Para Jaurès la guerra era el enemigo de la clase trabajadora, y la combatió de manera sistemática. Confiaba —nos dice Bárbara Tuchman— en que la proximidad de la guerra movería a los trabajadores a levantarse en una protesta espontánea, en una huelga general. Bajo su dirección, el socialismo francés se comprometió con muchas formas de agitación antibélica, el periodismo, la parlamentaria, las manifestaciones en las calles. Jaurès era un orador apasionado y convincente, comprometido con la defensa de la clase obrera.

Cuando se dio a conocer el ultimátum de Austria a Serbia, los socialistas europeos se lanzaron en una frenética serie de reuniones y discusiones, en las que Jaurès pronunció emotivos discursos contra la guerra. Al término de esas asambleas los asistentes coreaban “Guerra a la guerra”, y cantaban La Internacional. Después de una de estas reuniones, a las 9 p.m., el líder del socialismo francés se sentó a cenar con la espalda hacia la ventana, en el Café Croissant de la calle Montmartre. Entonces, un joven ultranacionalista, Raoul Villain, le disparó dos veces al tiempo que gritaba “¡Traidor!”. Cinco minutos después Jaurès estaba muerto. Su muerte lo salvó de ver el colapso de sus propósitos; en Francia se impuso la Unión Sagrada, y los socialistas se integraron a la lucha por la salvación de la patria.

Los obreros europeos hicieron a un lado la solidaridad de clase y se dejaron arrastrar por la pasión nacionalista que con eso demostró que tenía raíces bien profundas en el alma de cada uno de los que marchó al frente en agosto de 1914. Alemanes, franceses, austríacos, belgas que habían sido socialistas y se habían llamado hermanos, pasaron a sus correspondientes trincheras para hacerse la guerra con un entusiasmo que les duró dos años. En 1916 el socialismo empezó a recuperarse y en 1917 triunfó la revolución soviética: el internacionalismo proletario se impuso a la pasión nacionalista.

Soledad Loaeza es profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es: La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.