Eran las seis de la tarde del primero de julio cuando salieron las primeras encuestas de salida de algunas gubernaturas en juego. Yo era entonces candidato a diputado local por el PRI en Durango y me apresuré a analizarlas. No había mucho que desmenuzar: Morena arrasaba en casi todas. Desde ese momento supe que la supuesta ola morenista transmutaría en tsunami y que yo perdería la elección. Así fue. Todos conocemos qué pasó después: los candidatos perdedores reconocieron el avasallante triunfo de Andrés Manuel López Obrador, y se convirtió en el candidato más votado en la historia moderna de México con más de 30 millones de votos.

Cuando uno es derrotado en una elección vienen a la mente muchas escenas pasadas, muchos cuestionamientos estratégicos, tácticos, contrafácticos (el famoso “si hubiera”) y, claro, personales. Al final era mi nombre el que estaba en la boleta. Todo esto sirve para repensarse, para renovarse, para sacudirse los prejuicios y aquilatar el momento vivido de la manera más objetiva posible. Si eso pasa en el plano personal, con mayor razón debería ocurrir en los partidos políticos. 

Ilustración: Víctor Solís

Tres días después de la elección, los candidatos que participamos en la contienda fuimos convocados a una reunión en el Comité Directivo estatal del PRI en Durango para hacer una reflexión sobre lo sucedido. En el aire flotaban –y siguen flotando– nubarrones de incertidumbre sobre el futuro del partido. Se habló mucho de las traiciones, de la estructura, de la falta de operación. También de cómo no habíamos perdido nosotros, sino que habíamos sido “víctimas” de un fenómeno inasible, etéreo, casi invisible que suscitó la figura de López Obrador. Me impresionó hasta qué nivel uno puede justificar su propia situación modificando las anteojeras con las que ve la realidad. Me sorprendió que un partido con la tradición pragmática que ha tenido el PRI no tuviera un diagnóstico acendrado en la realidad; parecía tomado por sorpresa y, claro, sin plan de acción.

Porque por supuesto que nosotros perdimos. Por supuesto que arrasó López Obrador. Y arrasó en buena medida porque no quisimos ver lo que teníamos frente a las narices: un movimiento que atrajo toda la inconformidad larvada por años, un candidato que supo construir un discurso poderosísimo.

A partir del día de la elección he escuchado numerosos análisis del porqué de los resultados. Partamos de un hecho: la gente salió a votar y votó por el proyecto de López Obrador. Si no reconocemos que la gente, por convicción, salió a votar por un proyecto distinto y –ojo aquí– repudió a casi todo lo que se llamara PRI, no podremos hacer un análisis objetivo de la derrota. No encuentro discurso más fútil que el paternalista: “la gente no sabe lo que quiere”, “el ciudadano no supo qué hizo enfrente de la boleta”, porque los ciudadanos claro que sabían por qué votarían por Morena.1 Las razones son variopintas: por el hartazgo ante la corrupción, por la indignante desigualdad; porque “ya estuvieron los otros dos y no pasó nada, a ver qué pasa con este: hay que darle una oportunidad”; o, incluso, porque se puso de moda votar por AMLO. Decir que estas razones no son válidas es desconocer las reglas más básicas del juego democrático. Lo más importante es reconocer que fue el único candidato que tuvo una narrativa consistente –combate a la corrupción y a los privilegios, y “por el bien de todos, primero los pobres”– y que supo transmitir una emoción muy clara y muy necesaria: la esperanza.

A la luz de lo anterior, encuentro tres razones fundamentales que llevaron al PRI a esta debacle: un velo de ignorancia autoimpuesto sobre la carga negativa de lo que representaban sus siglas en esta coyuntura; una concepción equivocada de la militancia; y un desprecio por las ideas que derivó en la ausencia de una narrativa coherente.

En primer lugar, hay que aceptar que la carga que tiene en sus espaldas el PRI es mayor a la que pensamos los priistas previo a la elección. Déjenme utilizar un ejemplo en primera persona. Cuando acepté la candidatura yo realmente creí que haciendo las mejores propuestas, siendo sincero y cercano, y hablando con la verdad, la gente podría ver más allá de lo negativo que yo sabía que se relaciona con el PRI. En los recorridos casa por casa, en los cruceros, en la entrada de las escuelas, y en todas las visitas domiciliarias, recalcaba que si se concentraban en el perfil y las propuestas los mejores candidatos éramos los del PRI. José Antonio Meade era el más preparado, con un historial intachable, y con el conocimiento práctico que le daba toda su trayectoria en la administración pública. Y así los candidatos al Senado y la Cámara de Diputados por los que me tocaba hablar. Pero no dio resultado. La personas, por más que aceptaran eso, no podían disociarnos de la historia reciente del partido. Veían a una cara nueva, sí; veían a un equipo de jóvenes que les pedía una oportunidad y les gustaba, también; pero después pensaban y decían, por el PRI: no.

Es decir, todos los candidatos sabíamos que entramos a la contienda con una loza en la espalda, pero no dimensionamos que era una verdadera catedral la que cargábamos. La gente veía el logo del tricolor y lo que venía a su mente era corrupción, corrupción y más corrupción. Y después veía el gasolinazo, el aumento de los precios del gas, y una expectativa frustrada de mejorar sus condiciones de vida. Las caras nuevas, las propuestas concretas, la sinceridad, el reconocimiento de los errores y la convicción de hacer política de la buena para ellos, palidecía ante un alud de concepciones acendradas profundamente en el ánimo social. Si no entendemos esto, no hay diagnóstico que valga.

Otro asunto que merece reflexión es nuestra concepción del militante. El PRI es el partido mejor organizado de México. Partimos del supuesto de que tenemos múltiples sectores y organizaciones que aglutinan a comunidades de militantes que, en teoría, comparten identidad e ideología –los sectores Agrario, Obrero y Popular y el Movimiento Territorial, la Organización Nacional de Mujeres Priistas, la Red de Jóvenes por México y la Asociación Nacional Revolucionaria, entre otros–. Pero sus miembros han perdido identidad. Ya no contamos con el apoyo y la emoción de nuestros propios militantes y simpatizantes. Y esta elección demostró que la identidad, el apoyo y la emoción son imprescindibles. Tan es así, que Morena ganó sin una militancia organizada pero sí muy emocionada.

Lo anterior se debe a que algunos líderes piensan más en el militante como un autómata que obedece verticalmente sus dictados y cuyo único interés parecería ser la dádiva fácil, y no lo conciben como lo que es: un sujeto político con expectativas de mejora en su calidad de vida. El militante debe ser sujeto de la política partidista y no sólo objeto de ésta. Hay que repensar al militante en su calidad de ciudadano, como ese sujeto de derechos y obligaciones que comparte un ideario y una forma de llevarlo a la práctica cotidiana. Esto implica volver a crear muchos de los comités seccionales, buscar nuevos liderazgos que realmente representen los intereses de su comunidad, de su colonia, y que estén en sintonía con las nuevas formas que la política demanda. Una política austera, de cercanía, de exigencia de derechos a las autoridades y, sobre todo, de autorganización y gestión efectiva. Sólo así pasarán de ser meros operadores electorales a verdaderos líderes sociales y actores políticos. Es ahí donde empieza la política: a ras de tierra y atendiendo demandas concretas. Si sentamos bien las bases, la pirámide de liderazgos se fortalecerá.

Conviene reflexionar sobre lo dicho tanto por René Juárez como por la nueva dirigente nacional, Claudia Ruiz Massieu, en sus discursos recientes acerca de la democratización del partido.2 Como todo concepto, “democratizar” está sujeto a interpretación. Una primera aproximación es la que se manifestó –de manera más enfática por Juárez que por Ruiz Massieu– en el sentido de que todos los candidatos y liderazgos, de todos los niveles, deban someterse a elecciones abiertas. En principio, suena bien. El único asegún que encuentro es que el método de selección por votación tiene un vicio de origen: los más votados casi siempre son los más conocidos –el factor de conocimiento tiene un peso enorme a la hora de marcar una boleta–; y los más conocidos son quienes ya detentaron una responsabilidad pública y visible. De esta manera se torna complicado que nuevos cuadros tengan posibilidades reales de ganar. Creo que debe haber un equilibrio para garantizar que los jóvenes podamos participar –e ir construyendo legitimidad– en condiciones de equidad frente a personajes que tienen años militando y que han ocupado diversos puestos públicos. El método actual para garantizar que una de cada tres candidaturas sea para menores de 35 años tiene todavía resquicios legales para ser burlada.

Por último, tenemos que volver al debate de las ideas, darles la importancia que merecen, y reasumirnos como un partido de centro-izquierda comprometido con las causas que más le duelen a la gente: la pobreza y la desigualdad.3 Llevamos mucho tiempo hablando de crecimiento económico, de programas sociales para abatir la pobreza, de políticas públicas para paliar la desigualdad. Al margen de algunas interpretaciones, lo cierto es que tenemos 62 millones de pobres (medidos de forma multidimensional) y 21.4 millones de personas en pobreza extrema.4 Esto es simplemente inaceptable. Un partido cuyos estatutos expresamente señalan que se identifica con la socialdemocracia, no puede pasar por alto que las políticas económicas que se han instrumentado en México –y en el mundo– en los últimos 25 años han dejado a grandes segmentos de la población en el olvido. El liberalismo que se ha instaurado a ultranza y que a nombre de la estabilidad financiera ha desatendido la estabilidad humana, debe someterse a la crítica más profunda posible. Las alarmas están a la vista: el Brexit, Trump, el voto por el No en Colombia, el avance de los movimientos ultranacionalistas en Europa, el nuevo predominio ruso, etcétera.

Hay que tomar en serio lo que dicen nuestros estatutos acerca de nuestro ideario socialdemócrata. Los mejores años del priismo fueron los años en que el partido fue arquitecto del Estado Benefactor mexicano. Como dice Rogelio Hernández Rodríguez, “Los años del priismo dominante coinciden con los del crecimiento sostenido, durante los cuales el gobierno atendió la educación en todos sus niveles; los servicios médicos y asistenciales; la vivienda y su financiamiento; la expansión de la energía eléctrica y petrolera; la construcción de obras de infraestructura y, en un sentido amplio, permitió empleos e ingresos estables”.5 No pretendo lanzar un argumento de nostalgia por el pasado. Lo que me interesa recalcar es que debemos compatibilizar una agenda liberal y democrática –que no tuvimos durante el siglo XX–  con un fuerte componente social, como el que sí tuvimos. Nuestro reto es mayúsculo, desde una nueva atalaya ideológica, debemos dar respuesta a problemas globales y nacionales insospechados: desempleo por irrupción tecnológica, discriminación de minorías, problemas de seguridad transfronterizos, la crisis del estado-nación como unida de decisión soberana, y un gran etcétera.

Lo más importante es que esta filosofía –este pensamiento socialdemócrata y liberal igualitario–6 debe encarnar cierta actitud ante lo público. Es decir, debe mostrarnos verdaderamente igualitarios, sin ostentación y con la humildad que debe caracterizar a todo político moderno. Como dice Silva-Herzog Márquez citando a Garton Ash: los liberales “debemos reconocer que hemos traicionado la promesa de trato igualitario para todos, que es uno de los ladrillos del proyecto liberal”.7 En un país con las cifras de pobreza ya mencionadas, esto tiene que cambiar.

¿Qué hacer? Primero, reconocer el diagnóstico, repensar nuestro ideario, dar un giro a la izquierda moderna, volver a crear un sentido de identidad, emocionar a nuestros militantes, escucharlos, tomarlos en cuenta, hacer trabajo de tierra, no prometer cosas que no se puedan cumplir: ser muy realistas. Dejar de hacer política mediante dádivas y hacer una de convicción y emoción. Dar oportunidad a los mejores cuadros, no sólo los que sepan cómo trabajar en una campaña, sino también a los que puedan ocupar la plaza pública, los foros empresariales, y acercarse a la academia y a las universidades con un arsenal intelectual robusto. Tener muy claro lo que proponemos y no sólo a lo que nos oponemos, de ahí la importancia del viraje ideológico hacia la socialdemocracia. Adoptar una actitud de verdadero servicio, igualitaria, que refleje que se entiende la circunstancia donde nos movemos: una de profunda desigualdad, de indignación ante los privilegios, ante los que hacen del patrimonio público un bien privado mediante la corrupción. Aceptar lo que hemos hecho mal, denunciar lo que se haga mal y, como dijo Claudia Ruiz Massieu en su discurso ante la Comisión Política Permanente, “Vamos a perderle el miedo a las palabras. Si queremos cambiar la realidad, primero tenemos que atrevernos a describirla sin eufemismos.”8 Perder el miedo a la autocrítica, dejar de lado el mito de que la institucionalidad es obedecer en automático sin cuestionar los méritos de las decisiones.9 Necesitamos una actitud que esté a la altura del espíritu de los tiempos. Necesitamos ser cautos y responsables y muy valientes para no dejar de decir lo que haya que decir y defender siempre los derechos, las conquistas sociales, nuestras instituciones, y, por supuesto, a los más necesitados que han sido las víctimas de los procesos económicos globales y nacionales.

En suma: debatamos todo. Incluso la posibilidad real de cambiar hasta de nombre. No encuentro otra forma más contundente de mostrar que realmente cambiamos. Nos urge cambiar. O nos transformamos o morimos por inanición. De ese tamaño es el reto.

 

Martin Vivanco Lira
Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Maestro en argumentación jurídica por la Universidad de Alicante. Maestro en teoría política por la London School of Economics and Political Science. Doctorando en Derecho por la Universidad de Chile. Fue candidato a Diputado local por PRI para el quinto distrito del estado de Durango.


1 El artículo “¿Cómo ganó AMLO?” de Data Cívica publicado en Nexos presenta el desempeño de los candidatos frente a cada grupo de escolaridad. AMLO tuvo su mejor desempeño con los votantes de escolaridad promedio, es decir, 9 años o con secundaria o preparatoria. Por su parte, Anaya se desempeñó mejor en los extremos: secciones con muy baja o muy alta (14 años o universidad) escolaridad; en tanto que la fuerza de votantes de Meade radicó en secciones con baja escolaridad y bajos ingresos. Asimismo, una encuesta de Parametría realizada el día de la elección apunta a que el 65% de los votantes con universidad o un grado mayor de estudios le dieron su voto a AMLO, mientras que sólo el 20 por ciento se lo dio a Anaya.

2 Aquí pueden consultarse ambos discursos.

3 Ante la pregunta de René Delgado por el fondo y la definición del partido, Ruíz Massieu contesta: “El partido en el que yo pienso es un partido de centro-izquierda con un componente social muy fuerte, más cercano a la socialdemocracia”. Entrevista con Claudia Ruíz Massieu en Entredichos de Reforma, 23 de julio de 2018.

4 Esquivel, Gerardo, “Vieja historia, Nueva historia”, en ¿Y ahora qué? México ante el 2018. Nexos/Debate. México 2017 p. 256. Y según el último reporte de “ Medición de la pobreza en México y en las Entidades Federativas” realizado en 2016 por el Coneval, 53 millones de personas viven en situación de pobreza y 24 millones sufren de carencia por acceso a la alimentación.

5 Hernández Rodríguez, Rogelio, “Historia mínima de El PRI”. El Colegio de México. México, 2016, p. 16

6 En palabras de Claudio López Guerra: el núcleo de ideas que comparten los liberales igualitarios es fácil de comprender. Todas las personas tenemos el mismo derecho a concebir y llevar a cabo un cierto proyecto de vida. Por la finitud de recursos materiales y la diversidad de proyectos personales, no es posible que todas las personas vivan la vida que idealmente quisieran vivir. Necesitamos entonces una distribución de libertades y recursos que se ajuste a la premisa fundamental de que todas las personas merecen igual consideración y respeto. La respuesta del liberalismo igualitario es que una distribución justa es aquella que otorga oportunidades iguales a todos: cualquier factor que inicialmente ponga a algunas personas en desventaja debe compensarse. Derivar sólo libertades formales del principio de igual consideración y respeto es una traición a los principios liberales. Una sociedad justa es aquella cuyas instituciones ofrecen un sistema robusto de derechos sociales, civiles y políticos para garantizar a todos la misma oportunidad de controlar el curso de su existencia. “Hacia el liberalismo igualitario”, https://www.nexos.com.mx/?p=18361

7 ¿Dónde falló el liberalismo?’, Reforma, 16/07/18.

8 Mensaje de Claudia Ruíz Massieu en la Tercera Sesión Extraordinaria de la Comisión Política Permanente del PRI, 18 de julio de 2018.

9 Ávila, Raudel, La asamblea del PRI (II), Periódico La Razón, 1 de agosto de 2017.