No puedo recordar exactamente cuándo, pero en mi mente tengo a sus libros presentes en la biblioteca de mis padres desde siempre. Lo que sí sé, es que cuando mi padre era estudiante de medicina y estaba por cursar la materia de patología, entre los 18 o 19 años, compró el texto de Pérez Tamayo en inglés, y que fue su primer texto en dicho idioma. Me encantaba cuando me contaba esa historia. Me lo imagino con un aire soberbio comprando un texto en otro idioma, y de paso me convencían, mi padre y Ruy, que había que aprender a leer —y, ¿por qué no?, a escribir— en inglés.

Después, a eso de los 12 años, descubrí que todos los lunes escribía en La Jornada, y desde entonces esperaba ansiosamente ese día, cuando Ruy y Luis González de Alba, uno al lado del otro, hacían que el inicio de semana valiera la pena. González de Alba acostumbraba a retar mis conceptos ideológicos y muy seguido me hacía enojar; sin duda no existe experiencia más formativa que confrontar de manera argumentada las creencias de uno mismo, eso te hace crecer, y más si tienes 12 años y empiezas a retar tus ideas. Ruy, por otra parte, siempre me emocionaba. Y esa palabra, emoción, es la raíz de todo. Si bien mi padre trabajó arduamente para convencer a sus hijos de tomar el camino de la ciencia, Ruy y Luis González de Alba fueron complementos perfectos.
A los 15, hurgando en los números de la revista Ciencia y Desarrollo editada por el Conacyt, encontré una conferencia de Ruy acerca de la importancia de la investigación científica en la medicina. Ruy abrió la ponencia describiendo la vida de Xavier Bichat, el héroe francés de la medicina, el mártir que muere joven y que trabajaba del alba al anochecer. Lo describe caminando de madrugada por las calles de París, sin tregua, del hospital a la sala de autopsias, curioso e insaciable en su hambre de conocimiento. Pocas lecturas me han llegado tanto. Desde ese momento supe que quería una vida así, una vida emocionante al estilo de Bichat, apresurada e intensa, llena de cosas que descubrir; envolverme la bandera del héroe que hace ciencia y medicina, que investiga, que realiza una labor que pudiera ser banal y cotidiana, pero que él, el héroe, la hace única, extraordinaria e irrepetible.
Ese es el gran mérito de Ruy y por lo que su pérdida duele tanto. Porque Ruy era capaz de convencer a los estudiantes de querer ser como Bichat, de ser como Virchow.
Una vez dentro de la escuela de medicina, mientras cursaba el tercer año de la carrera, solicité una estancia en el laboratorio de Ruy como parte del programa del verano de la investigación científica de la Academia Mexicana de Ciencias. Y me aceptaron. En esa estancia me enfrente a lo provinciano de mi ciudad natal, las vetustas aulas de la facultad de medicina de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, comparadas con la magnificencia de las aulas, bibliotecas e institutos de la UNAM. Al mismo tiempo que leía toda la bioquímica que no había leído antes, leía a Ruy y terminó por convencerme de que yo también podía escribir un artículo científico. Cuando finalmente regresé a Puebla, con cinco materias reprobadas porque no consideré pertinente perder un minuto de la beca para presentar mis exámenes, llegué con hambre de inmediatamente ponerme a trabajar en un sitio de investigación y hacer ciencia, pero no encontré donde. Me faltaba mucho por aprender y por vivir.
Como interno de pregrado me tocó exponer la clase de síndrome de anticuerpos antifosfolípidos en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición, Salvador Zubirán. “No podía fallar”, me dije, “tiene que ser una clase perfecta”, e inspirado por Ruy, en lugar de una clase, salió una revisión escrita del tema que decidí mandar a la revista mexicana de reumatología. Y la aceptaron. Para ese momento ya no era interno de pregrado, era pasante en investigación, así que le pedí Píndaro Martínez, editor de la revista en esa época, que, en lugar de poner interno de pregrado, que se me hacía muy poco, pusiera pasante en servicio social (era lo que había). Y Donato Alarcón, reumatólogo y director del Instituto Nacional de Nutrición, y quien reclamaba la paternidad intelectual del síndrome antifosfolípidos, puso el grito en el cielo de que un pasante se hubiera atrevido a escribir algo sin su permiso o supervisión. Alarcón Segovia me fulminaba con la mirada cuando me encontraba por los pasillos y amenazó con mandar una carta al editor quejándose de mi revisión. Supongo que Píndaro Martínez no la aceptó o al final Alarcón olvidó mandarla. De todas maneras, no fue fácil recorrer los pasillos de Nutrición con la preocupación del examen nacional de residencias, dos protocolos de investigación bajo mi cargo y la amenaza de que uno de los reumatólogos más importantes de la época quisiera aplastarte con una carta. Creo a la distancia —eso hace la diferencia— que Ruy me hacía soñar con ser Bichat o Virchow. Donato se molestó por el impulso juvenil y la audacia de alguien que se atrevía hacer cosas por sí mismo. Afortunadamente, a pesar de ser un imberbe pasante en servicio social sobreviví, entre otras cosas por el apoyo de mi padre y de mi tutor, Mario H. Cardiel.
Poco a poco retomé mi sana costumbre de hacer académicamente lo que me viniera en gana y atreverme a ir contra la corriente. Esa actitud siempre me ha redituado. Muchos años más tarde, caminaba en San Francisco rumbo al centro de convenciones donde se llevaba a cabo la reunión anual del Colegio Americano de Reumatología para presentar mi trabajo más audaz —que decía exactamente lo contrario de lo que todos esperaban. En esa mañana lluviosa del 9 de noviembre de 2015, recordé a Bichat apresurando el paso para llegar a su jornada. Y sí, Ruy me acompañó en esa caminata cuando nervioso pensaba en todo lo que me pudieran preguntar y criticar al presentar mi trabajo. Puedo decir que, a la fecha, ese trabajo1 tiene alrededor de cien citas, ha sido incluido en guías de tratamientos médicos y otros autores han confirmado lo que presenté por primera vez esa mañana.
Ruy se me ha hecho presente en muchas ocasiones. En algunos momentos difíciles, su libro La segunda vuelta fue la lectura perfecta. También se me hizo presente cuando entré a la oficina de Moisés Selman y encontré su foto colgada en la pared. Se me hizo presente cuando yo era estudiante de cuarto año y presentó una conferencia en la facultad de Medicina; me vio en la multitud, caminó 10 metros para encontrarme, y acto seguido toda la plana mayor de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, empezando con el rector y terminando con el director de la Facultad de Medicina, hicieron cola para saludarme uno por uno y estrechar mi mano. Se me hizo presente al extenderme una carta de recomendación para solicitar mi ingreso al Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición como residente de medicina interna, y cuando gentilmente publicó una columna en La Jornada en la que hablaba de un aprendiz de brujo que había merodeado en su laboratorio.
También me ayudó cuando cursaba mi maestría y doctorado: una vez llegué a pedirle espacio para un refrigerador Revco; a las 24 horas ya tenía la instalación y ahí sigue todavía, bajo resguardo de Espiridión Ramos, donde guardamos muestras de los proyectos que llevamos a cabo. Y se me sigue haciendo presente en la actualidad, ya que mantengo colaboración con amigos y colegas del departamento de medicina experimental, colaboración que ha resultado en la publicación de múltiples artículos.
Tengo más historias con él. Con su muerte recordé muchas cosas. Mientras camino a casa me llegan a la mente recuerdo tras recuerdo, anécdota tras anécdota, lectura tras lectura y me doy cuenta de que su presencia en mi vida es grande. Hoy quiero escribir que me quedé con las ganas de decirle que, a pesar de que no fui ni cercanamente uno de sus alumnos favoritos, él sí fue uno de mis profesores predilectos.
Hace dos años, Alfonso Olivos, quien fue mano derecha de Ruy y uno de los investigadores principales de la unidad de medicina experimental, me invitó a celebrar el cumpleaños de Ruy. No asistí porque fui a ver a mi hijo jugar; ese día jugó como un león, pero no sabía que era la última oportunidad que tuve de ver tanto a Alfonso como a Ruy vivos. No me arrepiento de no haber asistido, me emociono todavía de ese partido de mi hijo y entiendo que hay cosas en las que debo estar y no admiten excusas ni pretextos. Sin embargo, es imposible no pensar en eso este día. A mi edad, con las canas y los años, con los huesos rotos y las cicatrices que llevo en el cuerpo, los fracasos y los éxitos, mis dudas y mis inconsistencias, mis debilidades y fortalezas, mis contradicciones y convicciones más profundas, con la sangre que se derramó y la que no en el río, me doy cuenta de que, lo de ser el héroe como Bichat, eso… eso sólo era un sueño; pero haberlo soñado e intentado, ¡qué banal y emocionante a la vez!
Y si tuviera la oportunidad, viviría todo una vez más, y me volvería a encontrar con Ruy y me volvería a emocionar al descubrirlo de nuevo.
Jorge Rojas Serrano
Reumatólogo, miembro del SNI, melómano y profesor de estadística avanzada en la UNAM
1 Rojas-Serrano, J., y otros. “Rheumatoid arthritis-related interstitial lung disease (RA-ILD): methotrexate and the severity of lung disease are associated to prognosis”, Clinical rheumatology, 36(7), 2017, pp. 1493-500.