Acuérdate de Acapulco

La conducta del presidente López Obrador frente a la devastación de Acapulco fue errática y desorientada desde el principio. O así se vio.

Para no llegar pronto al Acapulco destruido por el huracán Otis, tomó la decisión de irse por tierra, a sabiendas de que las carreteras estaban cerradas. Salió de la Ciudad de México a las 10 de la mañana, llegó a Acapulco al caer la tarde, ocho horas después.

Su viaje tuvo momentos ridículos, como quedarse atascado en el lodo, junto con sus secretarios de la Defensa y Marina, quienes aceptaron llevarlo por tierra a una ciudad que sabían inaccesible, en vez de subirlo a un helicóptero y bajarlo en treinta minutos en cualquier playa del puerto siniestrado.

Pero no, eso no. Eso hubiera puesto al presidente donde no quería, en medio de los escombros frescos del huracán, expuesto al reclamo de una ciudad que había desprotegido el día anterior.

El huracán Otis entró a Acapulco el miércoles 25 de octubre, poco después de las 0:00 horas.

El día 24, el presidente se la pasó hablando contra jueces y adversarios, en vez de alertando sobre el huracán y anticipando sus daños.

Al día siguiente hizo todo lo posible por no aparecerse en Acapulco, llegó a una junta breve en la base naval, no a recorrer el siniestro, y se volvió a la Ciudad de México en helicóptero, entonces sí. En su conferencia mañanera del día siguiente, a las 8 de la mañana, ya estaba denunciando a los medios y a los políticos que lucraban con la tragedia. Y presumiendo su popularidad en un ranking de presidentes del mundo.

El ciclón y la tragedia

Otis tardó unas horas en pasar, pero la tragedia de Acapulco empezó al día siguiente.

Nadie podía evitar el ciclón, hachicar su furia, pero el gobierno hubiera podido atenderlo sin tardanza, advertir a la población de su poder destructivo.

No lo hizo.

Desconocemos aún el daño humano de Otis. Cinco días después del hecho, las cifras oficiales eran de 48 muertos y 36 desaparecidos. Sabemos, por la simple visión de los escombros, que fueron más. Y que la falta de luz, agua, comida, medicinas y seguridad, lo agravará todo.

Sabemos también que el Acapulco que conocemos dejó de existir. Otis destruyó el corazón mismo de la ciudad: su sector turístico, y lo asociado a él, hoteles, condominios, empleos, servicios, comercios, mercados legales e ilegales. México perdió de un golpe una ciudad de 800 000 habitantes, que ya no tiene cómo sostenerse.

Pasado el ciclón, quedan la ciudad arrasada y sus habitantes, perdidos en ella, entre la desesperación y la rapiña, viejos recién nacidos en un nuevo mundo amargo con un futuro triste.

Acapulco necesita lo que no ha recibido: una épica de reconstrucción. No fue ese el llamado que oímos al día siguiente, sino a un presidente irritado, queriendo controlarlo y callarlo todo, echándole la culpa a los medios y a sus adversarios.

Lo que calló el gobierno

El gobierno calló los peligros de Otis. No dijo lo que sabía, no advirtió a la gente, no indujo la alerta en los medios.

A las 6 de la tarde del martes 24, hora de México, el Centro Nacional de Huracanes de Miami dijo que Otis sería un huracán de categoría 5, “potencialmente catastrófico”.

A esa hora, miembros de Protección Civil iban por calles y playas de Acapulco pidiendo con magnavoces, “de la manera más atenta”, cuidar a los ancianos y a los niños.

Pasadas las 8 de la noche, el presidente escribió un tuit. Sólo uno:

Acepten trasladarse a refugios, mantenerse en lugares seguros, alejados de ríos, arroyos, barrancas, y estén alertas, sin confiarse.

No mencionó el huracán.

A las 9, el centro de huracanes de Miami dijo que Otis era “un escenario de pesadilla”.

A las 10 de la noche Acapulco estaba de fiesta, negocios y bares abiertos, sin que los grandes hoteles hubieran dicho nada a sus huéspedes del riesgo.

El presidente y su gobierno se fueron a dormir el miércoles 24 de octubre sin haber advertido a la gente, ni haber activado los sistemas de prevención de desastres.

Si hubieran hecho las dos cosas, no hubieran evitado un cristal roto por Otis, pero quizá hubieran salvado vidas, movido gente a lugares seguros y les hubieran dado a los acapulqueños la ventaja del conocimiento ante el peligro. Al día siguiente, el gobierno hubiera podido estar cerca de la gente, al pie de los daños, útil frente al vacío social y la rapiña que se adueñó del puerto.

La destrucción de Otis hubiera sido igual, pero el tamaño de la tragedia no. La acción rápida del gobierno habría hecho una diferencia,

¿Dónde estaban?

Antes de Otis, Acapulco ya era la décima ciudad más violenta del mundo: 66 homicidios diarios. Estaba infiltrada por el crimen en todas sus variantes, especialmente en la complicidad de policías y gobiernos con el crimen.

Queja de todos era la falta de policías, soldados y guardias nacionales. Una escena común fue la de vecinos haciendo barricadas y guardias para defender sus casas y sus negocios del pillaje.

Durante días Acapulco vivió en el estado de naturaleza del que habló Hobbes: cada quien su violencia, cada quien su miedo.

Llegaron luego soldados y guardias, se hicieron sentir, pero no en números proporcionales al desastre.

¿Dónde estaban? Estaban ocupados en las tareas no militares que les dio el gobierno: haciendo trenes inútiles, aeropuertos de pacotilla, manejando aduanas, persiguiendo migrantes.

Si alguna experiencia tenían las Fuerzas Armadas de México era atender desastres naturales.

Su pobre presencia en Acapulco dejó la ciudad en manos de gente desesperada y de bandas criminales que llenaron el vacío.

Seguirán llenándolo, según Eduardo Guerrero, experto en seguridad: con aumento de robos y delitos, controlando el reparto de víveres, mercancías y dinero de la reconstrucción; haciéndose presentes como benefactores rumbo a las elecciones de 2024, y ganando elecciones locales.

“No es descabellado pensar”, dice Guerrero, “que dentro de un año Guerrero siga devastado y con gobiernos locales controlados por el crimen”.

La rapiña

La rapiña de Acapulco no fue popular, fue profesional. Fue espontánea en parte, por necesidad y desesperación. Pero fue sobre todo una rapiña organizada por el crimen.

El huracán rasgó los velos que quedaban, dejó la ciudad en manos de quien quisiera y pudiera saquearla. Quien quiso y pudo hacerlo fue el crimen organizado, que empezó la rapiña, según una versión, cuando el huracán apenas entraba al puerto.

Héctor de Mauleón narró cómo fueron las cosas en una crónica excepcional: “Los huachicoleros del huracán”.

El Cártel Independiente de Acapulco y Los Rusos, (dependientes del Cártel de Sinaloa), coordinaron el asalto a almacenes y a tiendas caras. Lo hicieron moviendo por radio y celulares a taxistas, transportistas y ambulantes que estaban, de por sí, bajo su control.

Saquearon 30 de las 86 sucursales bancarias que hay en Acapulco. En algunas de ellas se llevaron todos los cajeros automáticos, algunos arrancados junto con la pared donde estaban empotrados, por camionetas que tiraban con cadenas.

Usaron sopletes para abrir los depósitos blindados de los cajeros y, en algunas sucursales, lograron entrar hasta las bóvedas donde se guarda el dinero.

Fueron también redes del crimen las que saquearon edificios de gente que tenía departamentos de ir y venir a Acapulco, como en Punta Diamante.

Lo decisivo no fue la rapiña popular que sugieren las imágenes de gente llevándose agua y comida de las tiendas. Fue la rapiña del crimen.

La destrucción

La destrucción de Otis en Acapulco fue calculada por Fitch y Moody’s en 15 000 y 16 000 millones de dólares, unos 270 000 millones de pesos. Hay cálculos más altos, hasta del doble.

El gobierno anunció un plan de reconstrucción de 20 puntos con valor de 60 000 millones de pesos.

Cuando se revisan los rubros del plan queda claro que el dinero nuevo, el dinero que cruzará realmente a los damnificados, es mucho menor. Quizá ni la tercera parte.

El gobierno anunció también que no habría dinero especial para Acapulco en el presupuesto de 2024, que se negociaba en esos días.

Las autoridades no fueron responsables de la destrucción de Otis, pero lo son de creer que la reconstrucción puede salir tan barata como dice su plan, y que la Navidad no será amarga en Acapulco, como dijo el presidente, gracias a los recursos prometidos.

En inversiones disparatadas, el gobierno ha destruido el valor de varios huracanes Otis.

Ha hecho transferencias a Pemex por 80 000 millones de dólares, equivalentes a 5.3 veces el valor de lo destruido por Otis en Acapulco. Y Pemex es una de las empresas petroleras más endeudadas del mundo.

En el Tren Maya, el gobierno ha gastado unos 28 500 millones de dólares, 1.7 veces lo destruido en Acapulco.

En la refinería de Dos Bocas, que aún no produce su primer barril, hay un gasto de 20 000 millones de dólares: 1.3 Acapulcos.

Sólo con el dinero gastado en Pemex, el Tren Maya y Dos Bocas, el actual gobierno le ha costado a México 8.5 veces el valor de la destrucción de Acapulco por Otis.

Pero no hay para Acapulco sino un plan jabonoso de 60 000 millones.

El abandono de Acapulco

El plan jabonoso ya era una señal de indiferencia ante los daños. Poco después, 262 diputados gobiernistas votaron no abrir en el presupuesto de 2024 un fondo especial para el desastre.

Fue casi como sacar a Guerrero del pacto federal, como decir: “Acapulqueños: rásquense con sus uñas”.

Dice bien Enrique Krauze que la historia recordará los nombres de los 262 diputados que votaron así en esta servil legislatura.

Recuerdo especial tendrán las diputadas y diputados guerrerenses que votaron contra su tierra:

  • María del Rosario Merlín García
  • Araceli Manzanares Ocampo
  • Pedro Sergio Peñaloza Pérez
  • María del Rosario Reyes Silva
  • Carlos Sánchez Barrios
  • Pablo Amílcar Sandoval Ballesteros

La firma de estos diputados es un buen autorretrato de la miseria de la mayoría gobernante y de su fracción legislativa.

Pero la decisión retrata sobre todo a quien les ordenó votar así desde Palacio Nacional, el propio presidente López Obrador, un presidente incapaz de solidaridad con nada que no lo beneficie o que pueda demeritarlo, trátese de niños que no reciben tratamientos de cáncer por decisiones de su sector salud, de soldados muertos en combates con la delincuencia, de madres buscadoras de personas desaparecidas, de los 171 000 asesinados que van en su gobierno o de los 780 000 muertos que dejó en México la pandemia de covid (en Japón, país de población semejante a la de México, los muertos fueron menos de 50 000). No hay sorpresa en que no se muevan las emociones ni se active el pundonor presidencial ante los 800 000 damnificados de Acapulco.

Extraña demostración de principios: los damnificados reales del huracán Otis no tendrán partida en el presupuesto de 2024. Los inexistentes pasajeros del Tren Maya tienen asignados ahí 12 000 millones de pesos.

Desaparición oficial de Acapulco

No contento con desaparecer a Otis del presupuesto, el gobierno decidió también declarar un rápido “fin de la emergencia” en el Diario Oficial de la Federación.

“¿Emergencia de quién?”, se preguntaron muchos. Emergencia del gobierno, desde luego, a quien le urgía desde el primer día que Acapulco desapareciera de la atención pública.

El presidente desapareció la emergencia de su cabeza desde el 24 de octubre, cuando decidió no informar a los guerrerenses sobre el peligro que corrían a partir del primer minuto del día 25.

El presidente explicó su decisión días después. Dijo que había sabido desde temprano que lo del huracán iba a “estar cañón”.

A las 6 de la tarde, el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos informó que Otis alcanzaría nivel 5 y su mayor poder destructor a las 12 de la noche.

“Recibí el reporte de las 6”, dijo el presidente, y “luego otro reporte de esos aviones cazahuracanes, hablando de que se iba a intensificar”.

Es decir, que el huracán iba a “estar cañón”.

Pero decidió no decirlo a quienes iban a padecerlo. No sabemos por qué. Sabemos sólo lo que hizo: puso un tuit a las 8.15. Lo cité ya:

Acepten trasladarse a refugios, mantenerse en lugares seguros, alejados de ríos, arroyos, barrancas, y estén alertas, sin confiarse.

No hubo huracán en el tuit del presidente. Tampoco en su conducta posterior. No se paró en el lugar de la tragedia, en las calles y en los barrios del puerto, ni asignó dinero y ayuda suficiente. Luego borró el desastre de las partidas del presupuesto para 2024. Y luego canceló la emergencia en el Diario oficial.

México perdió una ciudad histórica, emblemática, paradisíaca y terrible a un tiempo, legendaria.

Acuérdate de Acapulco, cantó Agustín Lara. Olvídense de Acapulco, ordena López Obrador.

12 de noviembre 2023

 

Héctor Aguilar Camín
Historiador y escritor

Con textos publicados en Milenio los días 30 de octubre a 10 de noviembre de 2023

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Publicado en: Economía, Política, Seguridad