Adolescencia: una sociedad desconectada

El trabajo cansa, pocas veces dignifica. El modelo económico predominante nos ha convencido de que el esfuerzo constante es sinónimo de virtud y que la productividad define nuestro valor como personas.

Vivimos en una época en la que disfrutar del tiempo libre conlleva una especie de culpa o vergüenza. Así, descansar se torna un lujo, una actividad transgresora en un entorno mediado por la productividad.

Por fortuna hace muchos años nació un niño en San Pablo Gelatao y tiempo después se convirtió en presidente. Juárez se propuso muchísimas cosas, pero pocas tan valiosas como regalarnos un día de asueto.

Celebrando su natalicio, me entregué a la contemplación horizontal del televisor. Perdiéndome en la pantalla como quien se abandona al tiempo sin pudor, vi una serie sin ser realmente consciente de ella. Una más, una menos. Otro thriller sin chiste. Asesinos seriales, homicidas desquiciados, enfermos sexuales, la maldita adicción a interesarse en la violencia ajena como distracción de aquella que nos consume cotidianamente.

Me daba un poco igual cómo gastar el asueto. No tenía ánimos de sorprenderme ni de aprender algo nuevo; a veces uno sólo quiere apagar la cabeza y dejarse llevar por una trama predecible y palomera; por giros argumentales diseñados para mantener la atención sin exigir demasiado. Venga una buena dosis de populismo hollywoodense a la memoria del benemérito.

Pero entonces me crucé con Adolescencia en Netflix, una miniserie de tan sólo cuatro episodios que explora las consecuencias del apuñalamiento de una adolescente a manos de un niño de 13 años en un pequeño poblado inglés.

Lejos de procesos judiciales llevados al extremo para hacernos creer que el Derecho es una actividad apasionante, la serie no se enfoca en la teatralización del crimen. Desde el primer capítulo el argumento es exhibido sin reservas.

Más que centrarse en la culpabilidad o la inocencia del niño, la historia revela la complejidad de una sociedad desconectada emocionalmente, las grietas de un mundo que reacciona y se precipita; que no por compartir un espacio común implica que todavía podamos entendernos.

Abordar el tema de la transición entre la infancia y la adultez no es nada sencillo; sin embargo, vivirlo es aún más difícil. Así lo demuestra la evolución de Jamie Miller —protagonista de la serie— cuyas motivaciones, al irse revelando, permiten vislumbrar que ser adolescente es habitar una condición de carencia permanente; una falta que se manifiesta en múltiples planos: certeza, control, identidad. La indefinición es la constante y, por ello, solventar carencias resulta una actividad urgente.

En la adolescencia se prueban roles; se ensayan personalidades; se desafían normas con la esperanza de encontrar un punto de anclaje. Cada experiencia, cada decisión y cada descubrimiento personal se convierten en piezas de un rompecabezas, donde lo que se es y lo que se aspira a ser entran en conflicto.

Por eso se intenta encontrar refugio y guía en donde sea, siempre y cuando haya alguien dispuesto a ofrecer respuestas, aunque sean simples, aunque sean erradas. En la absoluta indecisión, cualquier lugar que prometa dirección se vuelve atractivo, ya sean foros, comunidades virtuales, canales de YouTube, algoritmos, podcasts o perfiles en redes sociales marcados por la defensa de temáticas cargadas de violencia.

De ahí lo que muestra la serie relacionado con los incels, la manosfera y la proliferación de discursos reaccionarios en Internet, en los que la frustración personal se transforma en una identidad colectiva basada en el resentimiento. Estos espacios digitales operan, tanto para Jamie Miller en la ficción, como para muchos adolescentes en la vida real, como ecosistemas de validación mutua donde su identidad se ve asediada y su falta de éxito social o afectivo se atribuye a un sistema diseñado para oprimir.

Al transformar la frustración personal en ideología, la falta de conexión emocional encuentra consuelo en discursos que reducen las problemáticas a una lucha de poder entre géneros, convirtiendo estos espacios en cámaras de eco donde el victimismo y la ira se refuerzan día con día.

Las experiencias individuales de rechazo, inseguridad o aislamiento dejan de percibirse como desafíos personales y pasan a interpretarse como síntomas de una conspiración social indistinguible entre lo que sucede en el mundo virtual y el tangible.

Al momento en que el Internet suplantó la posibilidad de conocer qué es lo que las personas consumimos en nuestro ámbito privado, la experiencia individual se volvió opaca, inaccesible para el escrutinio externo, permitiendo que cada usuario construya su propio hábitat de información sin filtros ni contrapesos. Precisamente, que los padres de Jamie se pregunten si debieron hacer algo más para evitar lo ocurrido refleja la impotencia de quienes ya no conocen a sus hijos.

Quizá para un adulto este fenómeno no represente un riesgo inmediato; después de todo, la capacidad de discernir, contrastar información y tomar decisiones depende de la madurez y la experiencia previa. Sin embargo, para quienes aún no han desarrollado del todo su criterio, la exposición a un entorno digital sin límites puede ser determinante en la construcción de su visión del mundo.

Lo complejo de este escenario es que los códigos que rigen la comunicación y la socialización digital han evolucionado hasta volverse, en muchos casos, ininteligibles para quienes no crecieron inmersos en ellos. Cada generación crea sus propios lenguajes, pero en la era digital estos códigos no sólo son diferentes, sino que cambian a una velocidad que los adultos difícilmente pueden seguir. Cuando, en la serie, el policía encargado del caso tiene que ser aleccionado por su propio hijo para entender una jerga vinculada al crimen, se hace evidente la magnitud de una insalvable brecha generacional. Memes, referencias culturales, términos que aparecen y desaparecen en cuestión de semanas y, sobre todo, espacios digitales inaccesibles para quienes no forman parte de ellos, construyen un universo paralelo donde los jóvenes se expresan y encuentran pertenencia al margen del escrutinio adulto.

Esto cercena la comprensión generacional: los adultos pueden percibir ciertos contenidos como inofensivos o irrelevantes, cuando en realidad transmiten mensajes cargados de significado para quienes los consumen. Un emoji o una frase en clave pueden contener connotaciones ideológicas que para los más jóvenes son evidentes. En ese sentido, la escuela, tal y como se muestra en el segundo capítulo de Adolescencia, antes que ser un espacio de contención o de formación integral, es una institución desbordada, incapaz de seguir el ritmo de las transformaciones culturales y tecnológicas.

No importa la edad que tengas ni cuánto hayas vivido, a partir de un cierto punto en la vida no hay vuelta atrás. De repente uno se convierte en alguien mayor, en un señor que batalla para entender las cosas, que se irrita con el ruido o que empieza a notar cómo el mundo avanza a un ritmo distinto al acostumbrado. En ese proceso, dejamos de ser interlocutores válidos para los más jóvenes; nos volvemos espectadores de una realidad que podemos intuir, aunque no decodificar.

Envejecer es un verbo que se conjuga en presente hasta el último aliento; pero mientras ese momento llega, seguimos disimulando que todo va bien, aprendiendo a convivir con lo nuevo e intentando adaptarnos a un mundo raro. Estamos tranquilos, disfrutando de la vida, mientras los menores permanecen absortos frente a las pantallas, sin interrumpirnos.

Lo que para nosotros es apenas entretenimiento, para quienes transitan la adolescencia puede ser el punto de partida de una identidad, una ideología o una comunidad que moldea su futuro.

No me queda más que invitar a ver la serie Adolescencia, a sumergirse en un drama ficticio cargado de una realidad incómoda que, cuando por fin logramos reconocer con claridad, suele ser demasiado tarde.

No es que el mundo de antes fuera mejor, ni que el de ahora sea irremediablemente peor. Es un mundo distinto. Uno en el que tal vez debería dedicar el descanso que nos regaló Benito Juárez a leer y no a gastarlo entre pantallas.

No por nada, en su novela 2666, Roberto Bolaño escribió: «En realidad nunca dejamos de ser niños, niños monstruosos llenos de várices y de tumores y de manchas en la piel, pero niños al fin y al cabo, es decir, nunca dejamos de aferrarnos a la vida puesto que somos vida».

Juan Jesús Garza Onofre

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y profesor en El Colegio de México y el ITAM.

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Publicado en: Vida pública

2 comentarios en “Adolescencia: una sociedad desconectada

  1. El contexto real presente de cualquier persona es de una sociedad consumista, la mercadotecnia es un arte para secuestrar la salud mental generando adicciones diversos, la creatividad agoniza; acompañar al nuevo ser en el hogar, en sus procesos de desarrollo , vital el lenguaje para enseñar a entender las razones de la realidad y tarea sagrada también para el docente, es formar humanos. Avanza la deshumanización en el planeta, el poder tener más poder en el poder de derechos subjetivos y la lucha por el éxito de control social ES UN ECOCIDIO PRECIPITADO. S.XX1

  2. Muy buen texto de Tito. Si acaso, solo añadir que la «escuela» que aparece en la serie parece más bien una distopía. En gran medida, por todas las implicaciones que tiene el hecho de que los adolescentes de hoy, en todo el mundo, viven una vida virtual, en la que un número considerable de padres, madres y «autoridades» escolares solamente son mudos espectadores, pues cualquier medida correctiva se considera autoritaria o invasiva.

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