
Desde su primera campaña presidencial, Donald Trump dejó claro que no estaba satisfecho con los resultados del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). No dudó en llamarlo “el peor acuerdo que el país hubiera negociado en su historia”, señalando los enormes déficits comerciales de Estados Unidos con México y Canadá. La culpa recaía en la podrida clase política que por años había permitido que el mundo le viera la cara a Estados Unidos gracias al libre comercio. En un acto de campaña en Monessen, Pensilvania —una ciudad cuyo origen está vinculado a la industria del acero, pero en la que las fábricas están abandonadas desde hace décadas—, el entonces candidato afirmó que una de sus primeras acciones como presidente sería renegociar el tratado o, en caso de que los socios no accedieran, concluirlo.
Una vez en la Presidencia, Trump demostró que era un hombre de palabra. Medidas como el muslim travel ban o la construcción de más tramos del muro fronterizo, en las que se sirvió de órdenes ejecutivas para hacer cumplir su voluntad, exhibieron que el nuevo mandatario no se andaba con rodeos. Sin embargo, cuando amenazó con cumplir otra de sus promesas y retirar a Estados Unidos del TLCAN en abril de 2017, Trump se retractó en el último momento. ¿A qué se debió el cambio de parecer en la mente del mandatario? La explicación más probable está en las diferencias de opinión en su círculo cercano. Aunque había quienes se inclinaban por una política comercial más agresiva, otros reconocían la importancia de América del Norte para Estados Unidos. Las consecuencias económicas que una movida tan precipitada tendrían para el país, y para los índices de popularidad del presidente, despertaba la oposición de miembros del gabinete y congresistas republicanos.
Una de las anécdotas más famosas es la del secretario de Agricultura Sonny Perdue, quien se presentó a la Oficina Oval con mapa en mano para demostrarle a Trump cuáles serían las regiones más afectadas si Estados Unidos se retiraba del tratado. Los principales perjudicados serían los sectores agrícola y manufacturero, provenientes de zonas que apoyaron a Trump en las elecciones. En Texas, los senadores Ted Cruz y John Cornyn le pidieron al presidente que actuara con cautela, debido a que su estado es, por mucho, el que más se beneficia de la relación comercial con México. Al mismo tiempo, los republicanos cuestionaron la autoridad presidencial para retirarse unilateralmente del tratado, al ser una cuestión cuya jurisdicción comparten los poderes Ejecutivo y Legislativo. Era evidente que, más allá de los deseos personales de Trump, terminar con el TLCAN no sería tan sencillo. Había demasiados intereses en juego. En última instancia, el magnate de los negocios entró en razón y la renegociación comenzó: América del Norte quedaba a salvo por el momento.
El resultado de las rondas de negociación fue el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá en español, el United States-Mexico-Canada Agreement en inglés, y el Accord Canada–États-Unis–Mexique en francés. Hay varias cosas que llaman la atención en este nombre. En primer lugar, está la ausencia de cualquier mención a una región unificada; en segundo, que en cada uno de los idiomas el nombre es ligeramente distinto; y en tercero, que en su propia versión cada país se pusiera a sí mismo primero. Detrás de las sutilezas lingüísticas se encontraba un cambio en el espíritu de la época. Cuando el TLCAN se firmó, la Unión Soviética acababa de caer, la democracia liberal se expandía en el mundo y el libre comercio parecía ser la orden del día. Pese a las divergencias, en América del Norte había un deseo de llegar a un acuerdo que beneficiara a todos los países de la región, y, sobre todo, había una región. En cambio, cuando el T-MEC se firmó la atmósfera se había enrarecido. Ante el horror que le producía la imagen de su propia decadencia, Estados Unidos abandonó la lógica regional en favor de la lógica del más fuerte.
Sin descartar la importancia de este cambio discursivo, la realidad es que América del Norte siempre había girado en torno a Estados Unidos. Como actor preponderante en la región, el país marcaba los movimientos y las pausas en la integración. Antes del 11 de septiembre de 2001, en un momento de afinidad entre los dos países, el gobierno de Vicente Fox se atrevió a pedir la “enchilada completa”: que millones de mexicanos indocumentados en Estados Unidos se regularizaran, pero con el 11/9 los planes cambiaron y la propuesta nunca se concretó. Aun así, en sus discursos los presidentes estadunidenses se dirigían a México y a Canadá con respeto. Con Trump las circunstancias eran diferentes. Si México y Canadá querían preservar el tratado comercial, tendrían que adecuarse a las demandas de la economía más grande —y así fue.
Por medio de amenazas, presiones y aranceles, Trump consiguió un tratado que ponía, ante todo America First. Con el incremento en el porcentaje de insumos regionales y en los salarios en el sector automotriz, Estados Unidos estaba interesado en que las empresas regresaran su producción al país, con lo cual ciudades como Monessen volverían a tiempos más prósperos. De paso, Trump se encargó de aislar a China de la región. El artículo 32.10 del T-MEC establece que si alguna de las partes sostiene lazos con una economía que no sea de mercado –léase China—, las otras dos tendrán derecho a concretar un acuerdo bilateral para excluirla. Aun con estas condiciones, después de la renegociación los gobiernos de México y Canadá podían alegrarse de haber preservado su relación comercial más importante.
La conclusión de un acuerdo significaba que al menos había una fuente de consenso: el alto nivel de integración de las cadenas de valor en América del Norte y la necesidad de posicionar a la región como un bloque frente al mundo. La interdependencia era de tal magnitud que hasta el actor hegemónico en la región —Estados Unidos— sabía que golpear a sus socios era lo mismo que atentar contra sus propios intereses… o, por lo menos, eso parecía en aquellos años. Para incredulidad de muchos, en noviembre de 2024 Donald Trump ganó una vez más las elecciones de Estados Unidos. En contraste con lo que sucedió en 2016, en esta ocasión su victoria en el Colegio Electoral estuvo respaldada por el voto popular. No fue necesario que Trump pusiera un pie en la Casa Blanca para que los reflectores se olvidaran enseguida de Joe Biden.
En estas elecciones, Trump recuperó la Presidencia con un discurso aún más radical que el de su primer mandato. Desde el primer momento decidió jugar con la carta del pánico. El mandatario afirmó que el desorden interno y las fronteras fuera de control no era únicamente culpa de los demócratas, sino también de Canadá y México. Unas semanas después de las elecciones dijo que, tan pronto como asumiera la Presidencia, pondría aranceles de 25 % a los productos de México y Canadá, los cuales no retiraría hasta que estos países controlaran el tráfico de drogas y el cruce de migrantes. A esto hay que sumar sus comentarios sobre anexionar Canadá, Groenlandia, México y Panamá para asegurar la seguridad económica de Estados Unidos. Vale la pena preguntarse si estas son las opiniones sinceras de un hombre preocupado por el futuro de su país o si es astucia política, pero poco importa. Las ocurrencias de Trump, incluso las más descabelladas, encuentran simpatizantes o, más importante aún, los crean. Por medio de mentiras, desinformación y teorías conspirativas, Trump logró despertar los temores de segmentos amplios de la población estadounidense y politizó a grupos que se mantenían al margen de las elecciones en Estados Unidos. No se trata únicamente de la clase trabajadora blanca, como se supuso luego de su primera victoria; también la población hispana y negra —en especial los hombres— acudió a las urnas para apoyar a Donald Trump en 2024.
Es complicado tratar de predecir cuáles de las amenazas del nuevo presidente de Estados Unidos quedarán en el aire y cuáles serán llevadas a cabo. Hay quienes opinan que, en última instancia, la voz de la razón llegará a los oídos de Donald Trump como en abril de 2017. Este cálculo se basa en la creencia de que, bajo tanta retórica, persiste una lógica. Sin embargo, Donald Trump se ha encargado de constituir un gabinete en el que el primer mandamiento es la lealtad al líder: Marco Rubio como Secretario de Estado; Pete Hegseth como Secretario de Defensa; Kristi Noem como Secretaria de Seguridad Nacional; la lista sigue… No todos estuvieron en Fox News, pero todos han expresado visiones conservadoras y su apoyo al nuevo presidente. En el ámbito comercial el nombramiento de Howard Lutnick como secretario de Comercio y de Jamieson Greer como representante comercial, quienes respaldan la “política de los aranceles”, augura un clima de hostilidad para América del Norte. La lógica es clara: America First. En su calidad de Representante Comercial, Jamieson desempeñará un papel fundamental en la revisión del TMEC en 2026, y probablemente favorecerá los aranceles y la regulación de exportaciones como un medio para hacerle frente a las prácticas injustas de China en la región.
Aunque estas nominaciones requieren la confirmación del Senado, con un gobierno dominado por el Partido Republicano probablemente el gabinete del nuevo presidente no encontrará demasiadas trabas. Por supuesto, no hay que descartar que, una vez en la Presidencia, Donald Trump deje las promesas de campaña atrás y tome un camino más sensato: mantener una relación “cordial” con sus socios en América del Norte. La renegociación del TLCAN y la firma del T-MEC son un precedente reconfortante. Ante el ascenso de China, América del Norte representa una opción atractiva para Estados Unidos. El único inconveniente es que entonces no habría aranceles hacia México y Canadá, ¿y dónde quedaría la palabra de este hombre? Trump se considera un buen negociador, y como tal, sabe que las amenazas pierden credibilidad cuando no son puestas en práctica.
José María Vázquez Cabanillas
Estudiante de la Licenciatura en Relaciones Internacionales en El Colegio de México