AMLO: religión y política

Andrés Manuel López Obrador parece ser un hombre de fe. Muy probablemente lo sea. Yo también creo serlo. Muy su fe y muy la mía. La diferencia es que él, siendo presidente de México, supone que la fe es parte de la función pública, está convencido de eso y nos quiere convencer a nosotros también; todavía más, la fe para él tiene que ser pública y publicada, mientras que yo, wittgensteiniano tropical, creo que el silencio es la forma más consecuente de relación con Dios o con lo trascendente: es ahí, como dice Michel de Certeau, en esa silenciosa intimidad, sin “usar muchas palabras” ni “palabras útiles para captar complacencias humanas”, donde reside la sinceridad de la fe.1

La frecuente ostentación de sus creencias religiosas en actos públicos pone en duda su proclamado juarismo, y echa de ver, junto con eso, la utilización de la religión como recurso político. Eso parecen haberlo entendido bien algunos de sus colaboradores, como el subsecretario de Salud Hugo López-Gatell cuando, a propósito de la posibilidad de que el presidente pueda ser un agente de contagio del coronavirus (o pueda contagiarse él mismo) en sus giras por el país, declaró: “La fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio”, aunque enseguida dejara caer el ya célebre galimatías: “El presidente no es una fuerza de contagio, no tiene por qué ser una persona que contagie a las masas o al revés”. Estas y varias actitudes más del presidente de la República quedan claras y muy bien documentadas en el libro AMLO y la religión. El Estado laico bajo amenaza, de Bernardo Barranco y Roberto Blancarte (Grijalbo, México, diciembre de 2019). Recurriendo a las literales palabras de AMLO, Blancarte recuerda que el objetivo de la 4T es hacer de México “una potencia en lo social, en lo político, en lo económico y en lo moral”, y eso, es decir la “purificación” de México para convertirse en una “potencia moral”, se logra siguiendo los mandamientos de la ley divina: “No se puede ir a la iglesia los domingos ni se puede ir a los templos si se es deshonesto, si no se actúa con rectitud. Si no somos honestos, violamos los mandamientos. Es pecado social. Ya basta de hipocresía. Vamos portándonos bien todos”.

Ilustración: Patricio Betteo

 La instrumentalización de la religión por la política se liga a otro asunto que, en efecto, seguirá debatiéndose, esto es, el  verdadero o supuesto talante conservador del presidente de la República: “Aunque López Obrador gusta de presentarse como un hombre de izquierda, en realidad, personalmente, es un hombre conservador que se opone al aborto, al matrimonio igualitario, e incluso al divorcio, como uno de los ‘frutos podridos del periodo neoliberal’”, escribe Blancarte (p. 23). Son varios los flancos desde los cuales Blancarte y Barranco discuten este polémico tema, entre ellos la relación de los liderazgos populistas y la religión, la aparente confusión del Presidente al reducir la definición del Estado laico a la tolerancia de los credos religiosos y no a la separación de la(s) Iglesia(s) y el Estado, la distribución de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes y la propuesta de una Constitución Moral, la posibilidad abierta (aunque ya lo hagan de diferentes maneras, según informa Bernardo Barranco) de concesionar medios electrónicos a las iglesias evangélicas, el reacomodo de los actores religiosos y la inconformidad de la Iglesia católica ante el protagonismo de algunos representantes de corrientes evangélicas, la responsabilidad de las iglesias ante el laicismo y la democracia, para señalar algunos de los más conocidos y discutidos.

Más allá de la siempre latente transgresión al orden jurídico (desde la Constitución hasta las leyes ordinarias y reglamentos), AMLO encarna lo que, siguiendo a Roberto Blancarte, algunos sociólogos de la religión han denominado “bricolaje” religioso, “es decir, una recomposición personal de las creencias, donde el individuo creyente genera una especie de ‘religión a la carta’, escogiendo lo que le apetece de cada una de las tradiciones religiosas con las que ha entrado en contacto” (p. 66). En uno de los artículos más interesantes del libro (“AMLO no es evangélico, aunque lo parezca”), este autor cita la declaración de AMLO del 30 de marzo de 2018, desde su casa en Palenque, Chiapas: “Cuando me preguntan de qué religión soy, digo que soy cristiano en el sentido más amplio de la palabra. Porque Cristo es amor y la justicia es amor. Hace poco el Papa Francisco habló de que los no creyentes, cuando defienden una causa justa, son profundamente humanos y profundamente cristianos… Y creo que el amor al prójimo es de antes de Jesús”.  He aquí una interesante pregunta: “¿Se está asumiendo entonces López Obrador como un no creyente, pero seguidor del ejemplo de Cristo (y en ese sentido, cristiano), de origen católico? Difícil saberlo”, señala Blancarte (p. 67).

AMLO es una especie de predicador, ciertamente, pero predica en tanto líder político. El “cielo de los cielos” agustiniano, por lo tanto, le importa menos que la moralización de la vida pública y social en la “ciudad pagana” hic et nunc. Y esta postura ha tenido casi siempre una deriva conservadora, no reñida, contra lo que ordinariamente se cree, con tendencias populistas. Creo que Bernardo Barranco da en el clavo cuando señala: “Ningún presidente en los últimos sexenios había logrado convertir la fe en un activo político como AMLO, quien ha buscado aprovechar la reserva ético-religiosa de las iglesias y su penetración social para reconstruir el tejido social” (p. 185). Loable intención la de proponerse “reconstruir el tejido social”, pero cuando para ello se recurre a las iglesias, es inevitable interrogarse por su costo político y social. ¿Qué significa que las iglesias colaboren con el gobierno en la moralización de la vida social? ¿Cómo se llevará a cabo tal propósito? Barranco sigue dando en el clavo al señalar dos puntos clave. Primero, las iglesias son parte (y también, en alguna medida, responsables) del deterioro moral al que constantemente se refiere el Presidente López Obrador. Y segundo, “casi todas las iglesias comparten el diagnóstico de la decadencia moral del país y una necesaria restauración, no así las estrategias” (p. 197).  De esto último da cuenta la crítica de la jerarquía católica, y de no pocas iglesias evangélicas, a la tentativa de colaboración de la Cofraternice dirigida por Arturo Farela en la distribución de la Cartilla Moral.

A propósito de este affaire, Barranco sugiere que el acercamiento a algunas asociaciones evangélicas pudo ser una hábil jugada política de López Obrador para evitar “alianzas de pentecostales con la ultraderecha católica en un gran frente antideología de género. Por lo menos en un corto plazo, AMLO conjuró una gran confluencia natural entre fundamentalistas pentecostales y ultraconservadores católicos intransigentes. ¿Así lo pensó? De ser así, fue una gran jugada política” (p. 198). No obstante, la suspicacia persiste: ¿se esconde tras el político que se declara de izquierda un conservador soterrado? De acuerdo con Nicolás Medina Mora Pérez, probablemente la intención –anunciada por la SEP y todavía viva hasta dónde se sabe- de distribuir la Cartilla Moral de Alfonso Reyes, con sus “respetos” al padre, al Estado, su paternalismo, su celebración del principio de autoridad y la obediencia a ultranza (“demandar de sus conciudadanos la misma obediencia a la autoridad pública que la que los niños deben a sus padres”), oculte lo que él llama una “reacción subterránea”.2

“Buena parte de la historia reciente de México se explica cuando entendemos que nuestro país está lleno de conservadores que no se asumen como tales y que en muchos casos ni siquiera son conscientes de serlo”, apunta Medina Mora.3 El mismo autor observa, correctamente desde mi punto de vista, que con respecto a AMLO, pese a lo que ya conocemos de su personalidad, no podemos todavía hacer una afirmación categórica. Como en tantas otras cosas, la historia tiene la palabra. Y hablando de esto, López Obrador ha demostrado que entiende algunas claves de lectura política de la historia. Su tesis de la 4T es algo más que un mero eslogan, busca la naturalización de una verdadera política del pasado, como se le conoce en la historiografía contemporánea a esta corriente, en México (“esta es la cuarta transformación en el devenir histórico nacional”). Y así como existe este manejo, puede detectarse otro que, de manera tácita, coincide con el campo de estudio de lo que ahora se conoce como la historia de las emociones.

Todo indica que la idea es crear una comunidad emocional donde opere, precisamente, un régimen emocional. Aunque ni el presidente ni sus asesores sean historiógrafos, claramente es eso lo que está en juego cuando se insiste (y no se dejará de hacerlo) en la perentoria necesidad de moralizar a la sociedad mexicana y al gobierno, echando mano de la religión entre otros recursos. Los estudiosos saben bien que ha habido, y seguirá habiendo, una relación entre “sistemas emocionales” y regímenes políticos: las emociones son parte de nuestra fisiología, pero también se aprenden, se “naturalizan” socialmente. Definen y articulan comunidades en el plano simbólico y, en consecuencia, pueden servir a la legitimidad, esto es, a la política.4 No se trata solamente de que el presidente tenga “otros datos”, se trata también de que sus mensajes (incluidos los que envía al exhibir los objetos “Detente” que espantan los males, entre ellos el coronavirus) ofrecen otra realidad, un “refugio emocional” a su base social: “el pueblo es sabio y bueno” o “la familia es la primera institución de seguridad social de México” sin más. No importa si en la noción de pueblo entran los delincuentes y no los sectores económicos que, si no ocurre otra cosa, tendrán que rascarse con sus propias uñas después de la emergencia sanitaria; no importa si la violencia doméstica contra mujeres y niños sigue siendo un grave problema social.5 La alusión a los evangelios, a los mandamientos, a la ley de Dios, tiene que ser entonces pública y publicada. Esta es política, y aquí sí, a diferencia de lo planteado por Michel de Certeau, la fe requiere “usar muchas palabras” y “palabras útiles para captar complacencias humanas”.

 

Ronaldo González Valdés
Sociólogo, historiador y ensayista. Su último libro publicado es Dispersa Andadura, ISIC-Secretaría Federal de Cultura, México, 2018. Está por aparecer su último libro George Steiner: entrar en sentido.


1 En La debilidad de creer, Katz Editores, Buenos Aires, 2006, p. 37. Traducción de Víctor Goldstein. Título original, La faiblesse de croire, Editions du Seuil, París, 1987.

2 “El secreto de la Cartilla Moral”, nexos 499, julio de 2019.

3 Ibid., p. 60.

4 Moscoso, Javier, “La historia de las emociones, ¿de qué es historia?”, en la revista electrónica Vínculos de Historia, No. 4, editada anualmente por el Departamento de Historia, Centro de Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad de Castilla-La Mancha, España, 2015,  pp. 15-27. Cfr.

5 Y quizá se incremente con el confinamiento obligado por la emergencia sanitaria. De acuerdo con el INEGI, hasta el 2018, seis de cada 10 mujeres habían sufrido violencia de sus parejas o esposos. Cfr.

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Publicado en: Política