Aniversario de la no-constitución mexicana

Crédito: Víctor Solís

Las constituciones no son sólo textos legales, son interpretaciones de lo que ya sucedió y proyecciones sobre lo que queremos que pase. Sirven para inaugurar o concluir épocas y permiten que eventos políticos inauguren una faceta legal. Suelen ser, a la vez, aspiraciones a futuro y consumación o explicación de lo que hasta poco fue.

Sirve como ejemplo la Constitución de Estados Unidos que, en su momento, permitió cerrar el periodo de la colonia británica mientras proponía un experimento federal osado y aún incierto. Pueden ser documentos que extienden perdones o condicionan olvidos. La Constitución española de 1978 marcaba el fin del franquismo mientras sugería una república. Suelen ser textos que presuponen negociación y concesiones; decía Savater sobre el caso español, fue “una muestra casi asombrosa de templanza colectiva […] todos renunciaron sensatamente a ejercer su derecho a la intransigencia, uno de los más sagrados para muchos de mis compatriotas […] la transición a la democracia fue posible porque los franquistas renunciaron a defenderse con el poder que tenían y los antifranquistas no cedieron a las ansias de venganza por lo mucho padecido”.

Hay textos que exaltan lo que viene y otros enfatizan los puntos finales. Mientras la Constitución alemana de 1949 inauguraba un sistema para la posguerra en Alemania Occidental, la de Sudáfrica de 1996 simbolizó el fin del apartheid, y la rusa de 1993 acompañaba el deseo de dar vuelta a la página con la caída de la Unión Soviética. Hay algunas que circunscriben poderes y que otras los amplifican: en el Japón de 1946, la nueva constitución marcaba el fin del militarismo imperial con cláusulas de paz por las que el país deponía su derecho a la guerra, mientras que la constitución de la Quinta República francesa de 1958 ampliaba los poderes del Ejecutivo como respuesta a la inestabilidad generada por la crisis de Argelia.

Es cierto que no hay sólo una forma de redactar una constitución. Existe un debate útil, sano, en el que se define el tipo de escrito que más conviene en cada contexto. Hay constituciones de detalle, en donde los cambios sociales invitan a que el texto sea reformado con mayor frecuencia, y constituciones de principios que abren el abanico de las interpretaciones sin necesidad de reformas constantes. Las hay cortas y extensas; mal y bien escritas. Hay aquellas que privilegian procesos políticos y otras que encumbran derechos.

Más allá de este debate necesario, está lo que se ha hecho recientemente con la Constitución mexicana. Es algo distinto. Ya no se trata de aquella discusión necesaria sobre la conveniencia de un tipo de texto o la cantidad de reformas; de malas o buenas redacciones, sino de la eliminación del propósito del documento. Una intención de extirpar límites y contenciones por medio de una nueva práctica: la anulación de la constitución por medio de su uso como método de confusión y burla. Un texto que prohíbe vapeadores o exige cartas de recomendación de vecinos para ser “juez”, no es un estilo ni una idea distinta de constitución, es un fraude: una no-constitución.

El nuevo vandalismo constitucional mexicano, impulsado desde la esquizofrenia de pretender protagonizar un falso e impuesto hito histórico, va de la mano de crear una norma más irrelevante, un palimpsesto cada día menos legible. La Constitución mexicana involucionó en boletín de cada mañana. Ya no se incluyen las cosas en el documento porque importan (o para que importen) sino para que el documento en sí deje de importar. No es una constitución con errores, sino un intento de derogación por medio del ridículo, un cajón de sastre para un grupo político. En el fondo, ya no se trata, o no sólo, de regular vapeadores, profundizar la militarización, o exigir promedios mínimos para ser “juez”; sino de degradar el documento hasta hacerlo irrelevante.

Se critica, con razón, que en México se cambia la ley, irresponsablemente, pensando que con ello se transformaba la realidad. Pero también se ha cometido el error de pensar que lo que sucede hoy es una continuación de esa conducta, y no un propósito deliberado y distinto por degenerar y nulificar. No sufrimos la continuación del hiper reformismo mexicano, sino una derogación más tramposa, un repliegue de lo jurídico. Si los gobiernos anteriores trataban de dejar su huella en el texto constitucional era precisamente porque lo consideraban relevante. Ya no es el caso.

Existe una paradoja filosófica que sirve para pensar sobre la corrupción de los objetos; un experimento filosófico que plantea preguntas sobre la identidad, sobre lo que queda, o no, después del cambio. La paradoja de Teseo fue planteada por el historiador griego Plutarco. Según la leyenda, Teseo, el héroe que derrotó al Minotauro de Creta, fue honrado por los atenienses, quienes preservaron su barco como un monumento. Con el tiempo, reemplazaron sus tablas deterioradas por otras nuevas hasta que ninguna de las piezas originales permaneció. Plutarco plantea entonces la pregunta, ¿seguía siendo el mismo barco o se había convertido en uno completamente distinto? Más tarde, Thomas Hobbes añadió una complicación al dilema: Imaginemos que las tablas originales se utilizaran para reconstruir otro barco idéntico, ¿cuál de los dos barcos sería el verdadero barco de Teseo? La paradoja cuestiona si la identidad puede permanecer intacta con el paso del tiempo y el cambio en su propósito o, por el contrario, la identidad está ligada a los materiales originales que componen el objeto. ¿Es posible definir un punto claro en que algo deje de ser lo que era?

El debate es más que una pregunta filosófica, puede trasladarse a una reflexión sobre cómo una nación define su identidad jurídica y política a través del tiempo. Por ejemplo, para pensar en el caso de la Constitución mexicana, tal vez, como el barco de Teseo, lo que importa no es si la Constitución sigue siendo la misma, sino si continúa cumpliendo con su propósito de proteger y guiar al país. Después de más de un siglo y cientos de reformas, es inevitable cuestionarse si sigue siendo el mismo documento que se promulgó en Querétaro o si, como el barco de Teseo, ha cambiado tanto que ya no puede considerarse que existe lo que ha mutado tantas veces. De acuerdo con el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, el texto original de la Constitución ha cambiado tanto que sólo 22 de sus 136 artículos permanecen intactos. Respecto a su extensión, ha pasado de aproximadamente 21 000 palabras en 1917 a más de 65 000 en la actualidad, triplicando su longitud original. Aun así, usando la paradoja de Teseo, surge la posibilidad de concluir que la Constitución mantiene su identidad debido a que no ha sido reemplazada como marco jurídico supremo y esto le otorgan una esencia que trasciende modificaciones particulares. Sin embargo, la paradoja se destruye si los tablones que se reemplazan dejan de formar un barco; si se forma otra figura u objeto: un Frankenstein constitucional que funciona como envoltura para encubrir algo que ya no existe; que no cuida ni protege, sino que se pervierte para encumbrar a quien la destruye.

En el éxtasis de poner su firma, los autores de la no-constitución mexicana se olvidan de la contracara de sus estragos. Las constituciones, y en general todas las leyes que hoy denigran, daban las reglas para acceder al poder, pero también las pautas para salir. Y no se puede eliminar únicamente lo que se usó para subir. En el deslumbramiento de su protagonismo, serrucharon los peldaños para su propio descenso. Lo dijo mejor hace poco el abogado Juan García Amado: “A la pregunta de a quién conviene que de facto la constitución deje de ser lo que es se responde con facilidad y solo con recordar a quién querían limitar las constituciones desde su origen: al poder político establecido. Una constitución que se evapora en reformas y reformas sin parar es una triste tapadera de la tiranía”. Una constitución que pontifica sobre vapeadores, promedios mínimos y diseña la destrucción de uno de los tres Poderes, no sólo no regula o protege, sino que se destruye a sí misma. El propósito es hacer una no-constitución, contaminar un documento para que deje de ser y degrade en un conjunto de garabatos que sirven para justificar cualquier cosa. Y no es un error: así está pensado.

 
Emiliano Polo
Abogado especializado en derecho internacional y diplomacia. Maestro en asuntos exteriores y seguridad internacional y asociado en el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (Comexi).

 

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Publicado en: Política