Argentina no es un país mediocre. Eso sí, es uno muy peculiar ya que, entre otras cosas, reclama para sus ciudadanos un trance de credulidad: “ser argentino es un acto de fe”, dijo alguna vez Jorge Luis Borges.
Para 1914 —el año de estallido de la Primera guerra mundial— se estima que el PIB per cápita argentino era muy próximo al británico, si no es que superior. Es una nación que ingresó al siglo XX sin el lastre del analfabetismo y que contaba con las mayores posibilidades de dar el gran salto hacia adelante en términos de desarrollo económico y social. Sin embargo, puede que Argentina sea el único caso en la historia económica de una nación del primer mundo que terminó el siglo XX en el tercero o, dicho de otro modo, que mostró como pocos una vocación para autosabotearse.
Eso no le impidió tener talentos de estatura universal en distintos campos. Basta recordar a Borges, José Bianco, Olga Orozco, Cortázar y Alejandra Pizarnik entre otros nombres en la literatura; en este mismo ámbito Argentina fue capaz de levantar una industria editorial sumamente influyente y respetable en el mundo de habla hispana (piénsese en lo que los lectores hispanoamericanos le debemos a Amorrortu, Losada, Sudamérica, EMECE, Minotauro, Sur, entre otras casas). En la música destacan Astor Piazzola, Martha Argerich o Daniel Barenboim y habrá quien añada a Gustavo Cerati; no debe dejarse de mencionar a humoristas de extraordinaria agudeza y originalidad: Quino, Fontanarrosa y Les Luthiers. En territorios ajenos al gran público como la física teórica sobresale Juan Martín Maldacena, con aportaciones a la llamada teoría de cuerdas y a la del universo holográfico. Y, en fin, en el deporte han contado, además de una pléyade de futbolistas y entrenadores legendarios con estrellas como Juan Manuel Fangio, Gabriela Sabatini o Guillermo Vilas. Por último, debe agregarse en esta breve y sesgada lista al Papa Francisco, figura que, sin embargo, está por delimitar la dirección y relevancia de su legado.
Por el otro lado, Argentina ha conocido regímenes políticos que se han distinguido por su crueldad y corrupción (Videla y la junta militar 1976-1983), así como personajes nefastos, capaces incluso de hacer más daño después de muertos del que hicieron en vida, cual si fueran una suerte de El Cid al revés: basta mencionar un par de ejemplos paradigmáticos: Evita Perón y el Che Guevara, personajes icónicos, eso sí, por los recovecos y caprichos de una psique colectiva empapada en cierta educación sentimental anclada en el melodrama y el sentimentalismo más pueril.
De lo que no cabe duda es que mientras Argentina exista siempre habrá un argentino de quien hablar en todo el orbe.
Hoy es el turno de Diego Armando Maradona (1960-2020) quien, a su peculiar manera, condensa en su trayectoria deportiva y vital ese acto de fe que es el ser argentino y, por maliciosa extensión, latinoamericano.
Frente al alud de elegías que motiva la muerte del “Pelusa” y esa creencia de que hay alguna suerte de mérito moral en morir, no viene del todo mal intentar algún contrapunto, alguna suerte de cándido antiréquiem para quien gustaba llamarse El Diego.

Ilustración: David Peón
Y es que en Maradona hay algo no sólo muy argentino sino muy, digamos, muy latinoamericano: destellos de oro puro, de diamante en bruto, de creatividad desbordada, dentro de un marco general desastroso (quizás el imperio de ultramar español fue el único en la historia en nacer decadente) que no excluye la autodestrucción. No hay nada más propio en nuestro subcontinente que eso que encarnó El Diego.
Impresiona en lo que fue lo suyo, no sólo esa pierna zurda “salida de una película de ciencia ficción”, como célebremente dijera el delantero británico Gary Lineker, sino también su liderazgo en la cancha, capaz de hacer que un equipo más bien racionado en talento saliera con la Copa del Mundo en 1986.
En el resto de América Latina solemos pasar por alto que los seleccionados que logra reunir Argentina son más complejos, en cuanto a niveles sociales y culturales, de lo que puede parar en la cancha cualquier otro país de la región. Ello es particularmente relevante en lo que ocurre en el vestidor. Que ese liderazgo lo ejerciera un elemento de extracción social baja, habla de una ausencia de complejos y de una seguridad de personalidad que las desventajas socioeconómicas rara vez propician. En sus memorias, Maradona dice que “Passarella fue siempre un buen capitán, pero el gran capitán, fui y siempre seré yo”.
A diferencia de otros jugadores con talento natural, Maradona que nació y se crío en el barrio de Villa Fiorita (“una tierra de nadie infecta en la década de los sesenta”, al decir de Martin Amis), no se intimidaba ni por colegas ni por entrenadores. La grandeza del jugador argentino —de suyo combativo y competitivo— es que juega desde otro nivel de atrevimiento tirando hacia adelante de sí mismo y sus posibilidades, cosa que Maradona ilustró como pocos.
Es ese liderazgo lo que le da un mérito que no tuvo Pelé (quien jugaba en una selección con un talento tan generosamente repartido que hacía innecesario al héroe), ni Messi cuyo genio necesita estar acunado. Maradona como virtuoso-líder sólo encuentra un paralelo en el holandés Cruyff, el alemán Beckenbauer o el francés Zidane en los anales del “beautiful game”.
Pero también ahí está el Maradona que festeja, gesticulante y demencial, su anotación frente a la cámara en el mundial de 1994 o esa imagen operística, con las manos cruzadas en el pecho y los ojos entornados al cielo en éxtasis narcotizado, cuando Messi anota un gol soberbio frente a una selección africana en Rusia 2018.
Y, desde luego, está la imagen del declive nunca bien asumido, del Maradona que describe Martín Amis, acaso todavía con algo de animosidad por la derrota de Inglaterra ante Argentina en el Mundial de 1986, centrando la mirada en la “imponente panza”, en esa “contundencia corporal…(que) es evidente que lo mortifica y (por la cual) sufre y languidece, sin ofrecer resistencia”. Es, por cierto, el Maradona que, con cierto aire melancólico, nos ha dado Paolo Sorrentino en su película La juventud (1985), una película sobre el envejecimiento y el declive que éste trae a los atributos físicos, el talento y el ánimo.
Es triste, pero, junto a las imágenes de sus glorias, quizá entre las últimas imágenes que nos quede de Diego Armando estén justo aquellas donde está desbordado de sí mismo, víctima de sus adicciones y excesos, pero también del mal gusto propio y colectivo.
Una imagen que no deja de incomodar por revelarse como una involuntaria pero instigadora alegoría de la historia de la región.
Cabe, en efecto, preguntarse ¿cuánto de las infortunios latinoamericanos no se recrean gozosamente en el mal gusto, el kitsch romántico y en la permanente confusión de la realidad social con el melodrama social?, y ¿no son, por ejemplo, un epítome de todo ello Fidel Castro y Hugo Chávez, no por nada personajes muy cercanos al corazón de Maradona, quienes lograron ser lo que fueron gracias en parte a que condensaran todo un amasijo tan caótico como inmaduro, de retórica, de emociones, revanchas, retazos de épica real e imaginaria, mostrando que siempre hay un margen de venganza frente a lo real y lo racional.
Ese margen de desagravio muchas veces se trasladaba al campo de juego. Y Maradona le ofreció varias oportunidades de materialización.
La más clara fue, por supuesto, la del juego entre la selección argentina y la inglesa en México 1986. En este juego Maradona anotó dos goles que no sólo le dieron el triunfo a los sudamericanos, sino que también implicó una suerte de reparación simbólicamente a Argentina por su derrota en Las Malvinas, a la vez que permitió, desde entonces, trazar una dicotomía moral definida por la valoración que los argentinos dan a cada uno de los goles de Maradona, es decir al gol conseguido con trampa (el gol de la mano de Dios) y al gol resultado de un prodigio de habilidad y talento e íntegramente legal.
Maradona, según relata en sus memorias, después de cierta vacilación, se desencanta por el primero… como seguramente no muchos de sus compatriotas ya que, como señal Amís, ello satisface más al “argentino macho” para quien “el juego sucio era más satisfactorio que el limpio” y para quien seguir las normas era “humillante, una bajeza.”.
Ese Maradona es el que, fuera de la cancha, aparece siempre, y aparece de manera invariable como un exceso retórico. Toda la inteligencia, sutileza y malicia que le era usual en el campo de juego desaparecía en cuanto terminaba el partido. Su lugar lo ocupaba un Maradona que convocaba, casi de manera involuntaria, al vecino desapegado a las normas, a la sobriedad cívica, al compadrito embriagado de un sentimiento de liberación, momentánea, de las presiones de un agudo y persistente resentimiento social y psicológico que un país como Argentina —y una región como América Latina— es tan proclive de generar.
Acaso ahí, más allá de la grandeza de las gestas deportivas de Maradona, se encuentre parte de las razones del fervor con que argentinos y latinoamericanos ven a El Diego: sus victorias son de todos… pero su declive también es de todos: ponen un espejo en el cual reconocernos el rostro del país, y de la región. Esto, sin duda, suena a cliché, y lo es, en parte, porque la imagen de Maradona lo es también en toda plenitud y es casi imposible salir de ello.
Rodrigo Negrete y Claudio H. Vargas
Acaso la mejor pieza de periodismo deportivo publicada
hasta el día de hoy a propósito de la muerte de Maradona, sea el requiém -este sí un requiém- de Roberto Saviano, no obra de un argentino sino de un napolitano, un requiém sin cortapisas, sin regateos para la figura de un héroe popular del deporte. Para Saviano Maradona no fue argentino sino napolitano. Bella pieza para un héroe adoptado por ese pueblo como propio. Aclaro, no tengo afición por ese deporte, pero me hubiera fascinado ver jugar a Maradona en el estadio napolitano con su hinchada.