
- Peter Mandelson
Dice Bertrand Russell que nadie “chismea” sobre las “virtudes secretas” de otros, pero hay un rumor sobre Peter Mandelson, actual embajador del Reino Unido en Estados Unidos, tan revelador que da igual si es falso. Por allá del 2001, visitando la ciudad a la que entonces representaba en el Parlamento británico, Mandelson se detuvo en un local de fish and chips a comer lunch. Mientras preparaban su pedido, miró por la vitrina y, creyendo que el típico puré de chícharos que acompaña a todo fish and chips era otra cosa, se acercó con el locatario para pedirle “some of that guacamole” —en un acento londinense que Trump ya calificó como “beautiful”.
La imagen de un miembro del gabinete británico incapaz de distinguir entre guacamole y puré de chícharos es ridícula, pero lo es más cuando el sujeto es Peter Mandelson. Nacido en el Londres de posguerra, en el seno de una familia política, Mandelson nunca estuvo lejos de la cúpula del Partido Laborista. Su abuelo, Herbert Morrison, destacó como Ministro del Interior en el gobierno de coalición que lideró Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial y después ocupó varios cargos en el gobierno de posguerra de Clement Attlee, incluyendo el de Ministro de Asuntos del Exterior. El niño Mandelson creció y después de pasar por Oxford y una productora de televisión, comenzó a trabajar para el partido de su abuelo a inicios de los años 80.
Como Director de Comunicación del Partido Laborista, Mandelson asumió la tarea de convertir a su partido de uno perdedor a otro ganador. Eran los años de Thatcher y los laboristas aparecían en la mente del electorado como unos sindicalistas militantes, rojillos trasnochados, a todas luces incompatibles con el zeitgeist de la época. Para Mandelson, ese era el reto: transformar a su partido en uno amigable con las aspiraciones de la clase media, dialogante sin ser dogmático y capaz de confrontar a Thatcher, pero nunca antagonizarla.
Aquellos años fueron exitosos para Mandelson. Si bien no ganó ninguna elección general, el Partido Laborista se transformó, comenzando un proceso gradual pero profundo de reforma. Atrás quedaron las asambleas ruidosas de sindicalistas, el logo con una antorcha y los panfletos doctrinarios. En su lugar, entraron los comités pequeños, la rosa roja como logo y los spots de televisión con celebridades. Elección tras elección, el Partido Laborista se alejaba cada vez más de su antigua imagen como el partido de los fumadores de pipa, los revoltosos irresponsables y los dogmáticos intransigentes.
Pulcrísimo, bien peinado y vestido, de excelentes modales, Mandelson ya era todo un protagonista del laborismo en 1990. La dirigencia del partido lo valoraba como un joven modernizador, al tanto de las nuevas tendencias en los medios e implacable con su programa de reforma. En cambio, para la militancia sindicalista, Mandelson representaba algo así como un “vendepatrias”, más interesado por aparecer en televisión que en defender los valores socialistas del partido. La verdad es que era ambas cosas: un modernizador pragmático y un vanidoso sin ideología.
Ese mismo año, Mandelson recibió su primer gran premio: la candidatura al distrito de Hartlepool, en la costa noreste de Inglaterra. Como antiguo centro de las industrias acerera y naviera, Hartlepool era laborista hasta el tuétano y tenía sentido que Mendelson cayera de candidato paracaidista ahí.
Pero Mandelson tenía poco que ver con Hartlepool. El exproductor de televisión, obsesivo con la cobertura mediática, dandy irredento, nunca logró compaginar con la localidad que representaba. Sin ningún vínculo con los sindicatos y sus militantes, tampoco con las industrias emblemáticas de la zona y con un abierto desdén a la carga ideológica de la izquierda británica, la brecha entre Mandelson y Hartlepool siempre fue evidente.
En 1994, Tony Blair asumió el liderazgo del Partido Laborista y, en él, Mandelson encontró al compañero de viaje ideal. Blair era entonces un abogado joven, energético, popular y sonriente, que decía amar a todas las tradiciones del partido excepto una: perder. Era un marriage made in heaven que le permitiría a Mandelson continuar con el ascenso de su carrera, a pesar de la fría brecha que se gestaba entre él, los votantes en su distrito y la militancia laborista.
Con Blair, el programa modernizador de Mandelson alcanzó su cúspide: un cambio a los estatutos del partido que eliminó el compromiso laborista con la propiedad pública. Con ese cambio, Labour dejó de ser el partido de la nacionalización económica y productiva, y para muchos dejó de ser Labour en sí. Creo que eso era lo que querían Mandelson y Blair: desvincular al laborismo de sus raíces militantes. A fin de cuentas, fueron ellos quienes cambiaron el nombre del partido, de Labour a New Labour.
New Labour ganó la elección de 1997 de forma rotunda. Al terminar la jornada, Blair asumió el cargo de Primer Ministro. Para sorpresa de nadie, Mandelson estaba ahí y lo que aparecía como el triunfo de Blair era, también, un triunfo suyo como coordinador de campaña. Premiado con un puesto en el gabinete, Mandelson se afianzaba en el poder con una misión no muy distinta a la anterior: afianzar a los laboristas como el partido del centrismo de fin de siglo.
Entre 1997 y 2001, los cargos se sucedieron para Mandelson. Primero fue el ministro encargado de construir el Millenium Dome, obra simbólica del modernismo (hubris) de Blair. Después fue designado Ministro de Negocios e Industria, con el encargo de dialogar con sus rivales sindicalistas para crear la “nueva política industrial”. Un escándalo de tráfico de influencias después, pasó a ser Ministro para Irlanda del Norte, en el que fue apodado el “Virrey” por los norirlandeses. Mandelson dejó ese cargo un año y medio después tomarlo, en enero de 2001.
Para entonces, su presencia antagonizaba más y más. Sus trajes pulcrísimos parecían fuera de sitio y su acento se escuchaba cada vez más extranjero para sus votantes en el norte industrial de Inglaterra. La tensión era tal que, en aquel año, el entonces líder nacional del sindicato minero, decidió contender en Hartlepool bajo el estandarte del Socialist Labour.
En la mente del electorado, Mandelson ya no era el joven modernizador sino el amigo de las élites millonarias, soberbio e imperioso, interesado en explotar la industria financiera de Londres antes que en recuperar la vocación acerera de la comunidad que le enviaba al Parlamento. Mandelson podía decir que era un fighter, no un quitter, pero ya daba igual. Para la gente de Hartlepool, ya era un tipo alejado de la cotidianeidad.
Blair no integró a Mandelson en su gabinete tras 2001, quien renunció al Parlamento para convertirse en el Comisionado de la Unión Europea para Comercio. Dejaba en Hartlepool a un electorado agraviado y volátil, al punto que su sucesor retendría el distrito, pero perdiendo más de 10 000 votos y con una diferencia de poco más de 2 000 sobre el segundo lugar.
Mandelson regresó al Reino Unido en 2008 y, aunque ocupó otros cargos en el gobierno laborista de Gordon Brown, nunca más volvió a Hartlepool.
- Hartlepool
En Hartlepool la vida siguió y se puso más difícil tras la crisis financiera que acabó con los gobiernos de New Labour. El Partido Conservador ganó en 2010 y su nuevo programa de austeridad impactó a todo el norte de Inglaterra, sobre todo a lugares como Hartlepool. Entre 2010 y 2017, el gobierno local vio reducido su presupuesto en 33 %. Frente a los recortes, no hubo de otra más que cerrar servicios y la ciudad perdió autobuses, servicios de maternidad, servicios ambulatorios de accidentes y emergencias, y la corte local también cerró. Hace no mucho, un reporte sobre la comunidad dijo que ya nadie nacía en Hartlepool, excepto por error.
La gente en Hartlepool sabe que vive en una condición de semiabandono y la insatisfacción con el sistema político es palpable. En la elección de 2015, el laborismo conservó el distrito, aunque con apenas 3 024 votos por encima de UKIP, un partido de extrema derecha dirigido por un exbanquero llamado Nigel Farage. Un año después, en el referéndum del Brexit, siete de cada diez votantes en Hartlepool votó por la opción de leave. En 2021, el representante de la comunidad en el Parlamento renunció por acosar sexualmente a una subordinada y la elección para encontrarle sucesor regresó a Hartlepool a las primeras planas nacionales.
Fue entonces que el gobierno de Boris Johnson, ya con el Brexit “resuelto”, vio en Hartlepool un símbolo de las desigualdades en el Reino Unido. Bajo el logo de “Level Up”, Johnson construía un programa de gobierno que combatía la austeridad de sus predecesores conservadores. El objetivo era “nivelar” el norte con el sur, por medio de programas enormes de inversión y gasto en infraestructura y servicios, en un intento de acabar con el consenso que varios gobiernos británicos, de Thatcher a Blair y de Blair a David Cameron, siguieron.
Hartlepool aparecía así como token del proyecto proBrexit y antiausteridad de Johnson, quien con repetidas visitas, hacía saber que intentaría ganar para su partido ese escaño, dominado por los laboristas a lo largo de casi seis décadas. Un triunfo de los conservadores ilustraría una transformación profundísima en el sistema político británico, marcando la muerte simbólica de la izquierda en las zonas en las que alguna vez se paseó reinante.
Si, para Johnson, Hartlepool era una prueba dorada, para Keir Starmer, el líder laborista, Hartlepool era un bautismo de fuego. Un año antes, Starmer fue electo líder de Labour en un evento sin asistentes presenciales. Desde ahí, se notaban sus problemas para movilizar y conectar con los votantes. No le ayudaban sus modales y lenguaje, clínicos y mesurados, tampoco funcionaba su personalidad, de servidor público competente, pero aburrido. Frente al despeinado y chistoso Johnson, Starmer parecía un mayordomo, acaso santurrón. En Hartlepool ambos líderes se medirían por primera vez.
- Keir Starmer
Es un rumor bien sabido que Starmer quiso renunciar a su cargo la noche que su partido perdió en Hartlepool. Más allá de perder el escaño por primera vez en 57 años, aquella derrota significaba mucho más: una realineación en el sistema político británico.
Johnson consolidaba su posición como Primer Ministro, pero también mostraba que las preferencias políticas de las comunidades postindustriales ya no estaban con los laboristas. Tras años de gobiernos de consenso —al que Mandelson pertenecía—, los votantes en aquellas zonas se inclinaban por una opción populista, con tonos nacionalistas y antimigrantes, dispuesta a cortar con el dogma de austeridad y repartir dinero en proyectos por aquí y allá.
Tres años después de su derrota en Hartlepool, Keir Starmer asumió el cargo de Primer Ministro en julio de 2024, con una mayoría similar a la de Tony Blair en 1997. ¿Su primer anuncio de gobierno? Recortes. Argumentando que los Conservadores les heredaron un “agujero negro” de 22 billones de libras, el gobierno de Starmer anunció un paquete de medidas para balancear las cuentas, que incluía cancelar varias obras públicas, la venta de edificios y terrenos públicos y, sobre todo, cancelar un programa que subsidiaba el consumo de electricidad de pensionados durante los meses de invierno.
A esas medidas siguieron otras, como más impuestos: a las corporaciones, a la contribución social, a la compra y venta de acciones, a la herencia y en otros rubros. Al tiempo, el gobierno de Starmer elevó el salario mínimo, anunció mayor presupuesto para el Sistema Nacional de Salud y para el Departamento de Defensa, además de medidas para proteger los derechos de los trabajadores y reformas al sistema de planeación británico para promover la inversión en infraestructura.
El gobierno de Starmer camina por la cuerda floja. Por un lado, es un gobierno comprometido con crecer una economía que se niega a hacerlo desde 2008. Por otro, está tan casado con el dogma de austeridad que es incapaz de invertir y gastar para crecer. Esa posición ha obligado a Starmer a tomar decisiones que él califica como “difíciles”. Las más recientes incluyen recortes al gasto en beneficios sociales, como aquellos que reciben las personas con discapacidad
De hecho, Starmer ha reclutado a varios exfuncionarios de Tony Blair para enmendar el camino. Destaca Jonathan Powell, anterior Jefe de Oficina de Blair, designado ahora como Consejero Nacional de Seguridad, pero también otros personajes en áreas clave, como en el Departamento de Salud, en la Oficina del Primer Ministro y en la embajada británica en Washington D.C., donde el ahora Lord Peter Mandelson ha hecho un retorno semitriunfal.
Pero todo esto es un problema. Starmer enfrenta los retos de hoy con soluciones y personas de hace 25 años. Starmer sigue un consenso que prioriza la austeridad sobre el gasto y la inversión pero, en forma todavía más llamativa, él y su gabinete parecen enraizarse en un programa de gobierno apolítico y vacío de contenido ideológico, no muy distinto al conservadurismo de George Osborne y David Cameron. Es el proyecto de Mandelson y Blair, sólo que sin el carisma.
Los resultados son visibles. Starmer no es del agrado del 51 % de los británicos y 62 % del electorado desaprueba su gobierno. El mes pasado, Labour quedó en cuarto lugar en las elecciones locales y, al día de hoy, se encuentra 10 puntos debajo de Reform, el partido populista de extrema derecha. Con Farage a la cabeza, éste aparece cada vez más como una verdadera oposición. Su programa tentativo de gobierno va contra la transición energética, la migración legal o ilegal, contra la Convención Europea de Derechos Humanos, contra el despilfarro gubernamental à la Musk, contra las élites londinenses y el resto del establishment. Lo peor es que Labour parece no lograr contener esa amenaza que, a pesar de tener sólo cinco integrantes en el Parlamento, ya gobierna zonas importantes en la costa noreste de Inglaterra, incluyendo ciudades víctimas de la desindustrialización como Hull, Lincoln, Boston y Durham —la antigua powerbase de Tony Blair.
La sombra de Mandelson se extiende sobre el laborismo porque su programa de reforma y “desradicalización” sigue vigente. Starmer se presenta como un abogado, no un político, cuyo gobierno se vende como uno en favor del “crecimiento”, pero incapaz de expurgar las injusticias.
El pavor que genera Reform ha llevado a Labour a abrazar una narrativa antimigratoria no muy distinta a la de Farage y sus secuaces. Quizá ese tipo de discursos tengan tracción en zonas marginadas, donde las comunidades de migrantes sirven de chivo expiatorio para quienes señalan las desigualdades existentes. Pero Starmer no es Farage y Mandelson sigue siendo Mandelson. Repudiado en Hartlepool —donde Reform ya tuvo una primera victoria en el consejo local—, Mandelson se pasea en Estados Unidos tratando de ganarse el favor de la familia Trump y denunciando a la “hiperglobalización” y sus consecuencias.
Parece que Mandelson intenta reinventarse, pero ya es tarde. A un año de convertirse en gobierno, Labour parece haber perdido la buena fe de los votantes en muchas zonas del país, incluyendo en Hartlepool, donde la gente mira a Reform como una alternativa viable. Esto no tiene que ser una sorpresa. A fin de cuentas, desde hace 23 años, la gente de Hartlepool sabe que el cambio no puede venir de alguien que confunde chícharos con guacamole.
Andrés Ruiz Ojeda
Gates Cambridge Scholar y estudiante de Política y Estudios Internacionales en la Universidad de Cambridge.