“Más allá de lo conocido hay otra dimensión, usted acaba de atravesar el umbral”. Con esta frase empieza La dimensión desconocida, novela de Nona Fernández, que retoma su nombre del famoso programa de televisión estadunidense The Twilight Zone para narrar la dictadura de Chile por medio de dos dimensiones: la de la vida cotidiana, en la que las personas llevan a cabo su día a día sin saber que, detrás de un umbral, se encuentra la dimensión desconocida: aquella en la que agentes del Estado chileno secuestran, torturan y asesinan a personas a plena luz del día.
John Gibler retoma la idea de Fernández para hablar de cómo la dimensión desconocida sirve para nombrar —sin hacerlo— aquella realidad paralela en la que el Estado administra la desaparición y niega al mismo tiempo lo que ocurre. Es necesario cruzar un umbral, el cual permanece oculto para la mayoría de las personas, para observar lo que pasa en la dimensión desconocida. En el caso de Ciudad de México, ese umbral es el Ajusco, uno de los parques más queridos de la ciudad.
La imagen es digna de un episodio de The Twilight Zone. El Ajusco y sus dos dimensiones: una abierta, en la que algunas personas disfrutan su fin de semana prendiendo el carbón o subiendo el Pico del águila; otra oculta, profundamente dolorosa, en la que existen personas que caminan entre los árboles buscando restos humanos con la esperanza —y el miedo— de encontrar a su familiar desaparecido.

La dimensión desconocida: la crisis de desaparición en la Ciudad de México
Así como el Ajusco, el resto de Ciudad de México coexiste con su propia dimensión desconocida. En la dimensión abierta, la ciudad es segura y está exenta de las lógicas de violencia que atraviesan al resto del país, pero en la otra dimensión, la que es terrorífica, hay más de 5000 personas desaparecidas y no localizadas1 de las que no se habla, a pesar de que este problema aumentó en la ciudad desde 2019. Sólo para dimensionar: previo a 2019, había registro de casi 800 casos de desaparición desde 1964, lo que implica un incremento de más de 500 % en el número de personas que permanecen desaparecidas. Todavía más grave: 1467 de los 5000 casos activos hoy en día son de 2024.
De las 5000 personas que permanecen desaparecidas, 63 % son hombres entre los 15 y 39 años, mientras que 34.5 % son mujeres, en una alarmante mayoría entre los 10 y 24 años. Las alcaldías que concentran la mayor cantidad de casos de desaparición en números absolutos son Iztapalapa (835 casos), Gustavo A. Madero (711 casos) y Cuauhtémoc (675 casos). Aunque, una vez que calculamos por población,2 observamos que las alcaldías con más casos por cada 10 000 habitantes son Milpa Alta con quince casos, Cuauhtémoc con doce casos, Cuajimalpa con once casos y La Magdalena Contreras con diez casos.
En la dimensión abierta de la Ciudad de México tampoco hay fosas clandestinas ni hallazgos de restos humanos. No obstante, en la dimensión oculta, estos espacios atroces se encuentran en los bosques, en las barrancas e, incluso, en inmuebles dentro de la ciudad. Hace unos meses compartimos que entre 2020 y 2023 detectamos once fosas clandestinas en nueve alcaldías de la Ciudad de México.
En 2024 observamos que la situación se agravó: se localizaron restos humanos en los distintos bosques de la ciudad, así como en avenidas transitadas. En noviembre se encontraron 1700 fragmentos óseos en el Cerro de Guerrero en la alcaldía Gustavo A. Madero. Además, en septiembre se encontró el cuerpo de una menor de dos años inhumado clandestinamente en Xochimilco y, en marzo, el cuerpo de un hombre oculto en una coladera en Granjas Coapa, Tlalpan.
Brigada Regional de Búsqueda del Ajusco: un esfuerzo colectivo frente a la tragedia
En medio de una creciente desesperanza, la Brigada Regional de Búsqueda en el Ajusco se ha convertido en un esfuerzo crucial para enfrentar la tragedia de las desapariciones en Ciudad de México. La cuarta edición de la brigada comenzó el lunes 24 de noviembre y concluyó el 29 del mismo mes como resultado de un arduo trabajo de planificación y sensibilización.
La Brigada reunió colectivos y familias independientes del Estado de México, Tamaulipas, Morelos, Querétaro y Ciudad de México. Aunque fue liderada por el colectivo Una Luz en el Camino, acompañamos cientos de personas provenientes de distintos sectores, como organizaciones e instituciones solidarias como el Centro de Estudios Ecuménicos, la Facultad de antropología de la UNAM y el Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana (PDH).
A este esfuerzo se sumaron un sinfín de autoridades de diferentes instancias gubernamentales, como la Guardia Nacional, encargada de asegurar el perímetro; las Unidades de Fuerza de Tarea “Zorros”, personal de la Fiscalía, la policía de la alcaldía de Tlalpan, Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas (ERUM); la Comisión de Recursos Naturales y de Desarrollo Rural (Corenadr), bomberos y policías de investigación, entre otros. Sin embargo, si bien las autoridades asisten y participan, la Brigada no podría llevarse a cabo sin el esfuerzo incansable de las familias buscadoras y las personas solidarias. Son ellas quienes sostienen y dan vida a este tipo de ejercicios, impulsando cada jornada de búsqueda y enfrentándose a omisiones y limitaciones institucionales.
Entre la dimensión abierta y la desconocida: la Brigada y el Ajusco
Regresemos a la metáfora: el Ajusco como umbral, la Brigada como un espacio en el que convergen las dos dimensiones, la abierta y la oculta. Por un lado, se observa la Brigada en marcha, con autoridades que asisten, caminan los polígonos y, vale decirlo, se condecoran, se felicitan por el esfuerzo. Por otro lado, persisten omisiones, las cuales no son aisladas, sino un reflejo de cómo opera la dimensión desconocida, de las fallas que conforman al Sistema Nacional de Búsqueda (SNB) en todo el país.
En el PDH documentamos algunos de los principales problemas que subsisten en el SNB, como es la falta de coordinación entre las instituciones, en especial entre las fiscalías y las comisiones de búsqueda estatales y a nivel nacional. Este déficit de coordinación, como observamos en la Brigada, se traduce en retrasos y fallas que afectan directamente la identificación de personas desaparecidas, una situación que merma la eficacia de los esfuerzos de búsqueda.
La Brigada concluyó con el hallazgo de doce restos óseos, la localización con vida de una persona de la tercera edad y otros indicios como prendas e identificaciones oficiales. Estos hallazgos significativos confirman la urgente necesidad de buscar en la zona de manera permanente. A pesar de la ardua revisión de varios puntos, no fue posible cubrir todos los polígonos de búsqueda donde se cree que podrían encontrarse más restos humanos. No obstante, estos logros no se alcanzaron sin obstáculos y omisiones, en particular de la fiscalía.
El corazón agonizante de la dimensión oculta: la identificación humana
La búsqueda no termina con el hallazgo de fragmentos óseos. En realidad, la búsqueda en campo es un eslabón más dentro de la cadena de desaparición que administra el Estado mexicano. Posterior al hallazgo, sigue la identificación. Es en este espacio opaco, de difícil acceso, donde se encuentra el corazón de la dimensión desconocida. Y es en ese mismo corazón en donde se alberga la esperanza, agonizante y dolorosa, de miles de familias.
A nivel nacional hay más de 72 000 personas que se localizan en las distintas morgues del país. Estos cuerpos y restos han ingresado a los Servicios Médicos Forenses (Semefos) desde 2006 y permanecen en fosas comunes sin ser identificados. Según Quinto Lab y A dónde van los desaparecidos, alrededor de 13 000 cuerpos llevan más de una década sin identificación.
La Ciudad de México no es ajena a esto. El Módulo de Fosas Comunes nos indica que, entre 1956 y 2023, ingresaron al Panteón de Dolores más de 19 000 cuerpos o restos humanos, de los cuales 7817 permanecen sin ser identificados.3 Desde 2019 se registran un total de más de 4661 cuerpos o restos humanos depositados en la fosa común, 24 % del total de los cuerpos inhumados en más de 67 años.
Si el Estado sigue sin atender la urgencia humanitaria de identificación que tiene nuestro país, no importa cuántos fragmentos óseos localicemos en el Ajusco, seguiremos sin encontrar a las personas que hoy están desaparecidas y que, quizá, estén esperando en una fosa común a que su identidad les sea devuelta, como sucedió con Leo Sandoval y Braulio Bacilio.
Atravesar el umbral
La Brigada arrancó con un grito ensordecedor: “¡Les buscamos porque sólo nosotras les encontramos!”. Una deuda de la sociedad mexicana con las más de 118 000 familias que hoy buscan a un ser querido. Esta concluye con una invitación a que más personas se sumen a las siguientes brigadas de búsqueda, un fuerte llamado a atravesar el umbral, para que no sólo sean ellas quienes encuentren. El trabajo conjunto de colectivos, familias, personas solidarias y autoridades comprometidas ha demostrado ser una de las respuestas más poderosas frente a la crisis de desapariciones en la capital. En medio de esta tragedia, la participación ciudadana y el trabajo colectivo son esenciales, es un compromiso a adentrarnos a la dimensión desconocida, hacerle frente y acompañar a las familias en su búsqueda por encontrarles, hasta que todas y todos regresen a casa.
Janette Carrillo Díaz
Consultora del Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana
Andrea Horcasitas Martínez
Investigadora del Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana e integrante del Consejo Ciudadano de Búsqueda de la Ciudad de México
1 Según la última actualización al 1 de diciembre de 2024 del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (Rndpo).
2 Calculamos la tasa a partir del Censo de Población y Vivienda 2020 del Inegi.
3 Estas cifras las sacamos directamente del Módulo de Fosas Comunes actualizado hasta el 26 de abril de 2024. Puede consultarse aquí.