
El anuncio del acuerdo de defensa mutua entre Arabia Saudita y Pakistán marca un hito inédito en la arquitectura de seguridad internacional contemporánea. Por primera vez, un país árabe con enorme peso económico y geopolítico se coloca bajo un paraguas nuclear no estadunidense, apuntalado por Islamabad y su arsenal atómico. Este movimiento no sólo reconfigura el equilibrio estratégico en Medio Oriente, sino que también señala un cambio profundo a nivel internacional en la confianza depositada durante décadas en la disuasión extendida de Washington.
Este acuerdo saudí-pakistaní no surge en el vacío, ocurre en medio de una serie de crisis simultáneas que erosionan la estabilidad del sistema de seguridad internacional. Situaciones como la prolongación de la guerra en Ucrania, el conflicto entre Irán e Israel y el reciente bombardeo israelí a Catar llevan a múltiples países a reconsiderar sus esquemas y estrategias de seguridad. Esta combinación de conflictos armados y rivalidades regionales, sumadas a las percepciones de abandono por parte de Estados Unidos como garante de la estabilidad internacional generan incentivos renovados para el rearme en distintos países, tanto convencional como posiblemente nuclear.
Arabia Saudita y Pakistán han cooperado en temas de seguridad desde los años sesenta. Pakistán desarrolló un programa nuclear a finales de los ochenta, con el doble propósito de equilibrar a la India y ofrecer a otros países musulmanes un referente estratégico. Por su parte, Arabia Saudita financió indirectamente partes del programa pakistaní y mantuvo una relación de seguridad cercana, por lo que un acuerdo de defensa mutua no era impensable. Sin embargo, hasta ahora el vínculo era tácito, sin un marco formal de defensa mutua.
El nuevo acuerdo entre Riad e Islamabad va más allá de la cooperación tradicional en materia de seguridad. En la práctica, otorga a Arabia Saudita acceso a un paraguas nuclear comparable al que disfrutan los aliados europeos de Estados Unidos bajo la OTAN o Japón y Corea del Sur bajo la disuasión extendida norteamericana. Para Riad, el movimiento responde a un contexto de inestabilidad regional, especialmente tras el bombardeo de Israel a Catar el 9 de septiembre del 2025, un ataque sin precedentes a una de las monarquías del golfo pérsico.
El ataque contra líderes de Hamas, que se encontraban en un complejo habitacional de lujo propiedad del gobierno Catarí en Doha, sacudió a la región porque no sólo eliminó cualquier posibilidad de una cooperación árabe-israelí en contra de Irán. Si no que Catar convocó a los líderes de países árabes y musulmanes en una reunión de emergencia conjunta extraordinaria de la Liga Árabe y la Organización de Cooperación Islámica. Esta cumbre de emergencia reunió a más de 50 líderes de países como Turquía, Egipto, Jordania, Malasia, Indonesia, Irak, e Irán entre muchos otros países de África y Asia.
El bombardeo israelí a Catar sirvió como un punto de inflexión para las élites saudíes. Aunque Riad y Doha mantienen una relación compleja y competitiva, el ataque evidenció que ni siquiera un Estado con estrechos vínculos con Washington cuenta con la protección inmediata de Estados Unidos frente a una agresión directa de Israel. No sobra destacar que Catar es anfitrión del Comando Central estadunidense y de la base aérea de Al Udeid, una de las más importantes de Estados Unidos en Medio Oriente.
Sin duda es central que Catar posea una de las infraestructuras de defensa más avanzadas de la región, con miles de millones de dólares invertidos en sistemas estadunidenses que resultaron inútiles para bloquear el ataque en Doha. Sobre todo, se pone en duda el vínculo de cooperación en defensa entre Catar y Estados Unidos. Diversos analistas señalan que un ataque de este tipo difícilmente pudo ocurrir sin, cuando menos, conocimiento previo de Washington.
En el fondo, si Estados Unidos sabía del ataque con antelación, eso implicaría una de dos opciones: que Doha también fue advertida y no pudo hacer nada al respecto o, peor aún, que fue deliberadamente dejada al margen. Esto abre una pregunta incómoda sobre cuánta soberanía real ejerce Catar sobre su propio espacio aéreo. Lo indudable es que la operación fue un golpe maestro para Israel: neutralizó en cuestión de minutos, desde fuera de las fronteras cataríes, con aviones furtivos y municiones de largo alcance, toda la infraestructura de defensa catarí.
Este acontecimiento cuestiona la efectividad de la integración catarí en los sistemas de defensa y vigilancia de Estados Unidos y la OTAN y abre la incómoda sospecha de un consentimiento tácito o, en el mejor de los casos, de una tolerancia estratégica al ataque. El episodio subraya la vulnerabilidad de los pequeños Estados del Golfo si el gobierno en Doha estaba informado, pero carecía de capacidad para reaccionar. Como en el caso de Catar, las fuerzas armadas de estos Estados dependen de plataformas de defensa importadas principalmente de Estados Unidos, pero carecen de sistemas realmente autónomos.
Esto los convierte en actores dependientes y vulnerables en un entorno cada vez más volátil. Para Arabia Saudita, esta vulnerabilidad no es algo menor, pues el bombardeo a Catar funcionó como una advertencia tangible de que ni las alianzas de defensa estadunidenses ni los contratos multimillonarios blindan su seguridad. Si bien el acuerdo llevaba planeándose desde hace varios años, el ataque en Doha motivó a Riad a acelerar el proceso y buscar en Pakistán y en su paraguas nuclear la seguridad y autonomía estratégica en materia de defensa que siente cada vez más ausentes en su relación con Washington.
De esta forma, el pacto entre Riad e Islamabad representa una vía rápida para acceder a la protección de un arsenal nuclear sin que Arabia Saudita posea formalmente armas atómicas. Esta estrategia responde tanto al avance del programa nuclear iraní como a la creciente desconfianza en la seguridad ofrecida por Estados Unidos. Sobre todo, porque Riad ya ha declarado que Arabia Saudita buscaría obtener un arsenal nuclear si Irán desarrolla uno. El uso indirecto del arsenal pakistaní puede verse como un primer paso hacia el desarrollo de un programa nuclear saudí en respuesta al desarrollo nuclear iraní.
Lo interesante es que este acercamiento sitúa al reino saudí dentro de la órbita de seguridad de China. Dada la estrecha relación entre Islamabad y Beijing, permitiendo a Arabia Saudita aproximarse indirectamente al andamiaje de seguridad chino. Al mismo tiempo, Riad mantiene, con cautela, su distancia de Washington, quien pese a tensiones recientes ha funcionado históricamente como el garante de la seguridad saudí, sobre todo desde el pacto de defensa mutua de 1951. En última instancia, la relación entre Arabia Saudita y Pakistán abre la puerta para que China (a través de Pakistán) se consolide como un actor con creciente influencia en la seguridad y estabilidad del Golfo Pérsico, desplazando gradualmente el papel que durante décadas desempeñó Estados Unidos. Este reacomodo también tiene implicaciones en otros países, pues podría empujar a India a explorar un acuerdo estratégico similar con Israel, buscando contrarrestar la proyección de poder pakistaní y equilibrar la nueva dinámica geopolítica de la región.
Por consiguiente, el acuerdo saudí-pakistaní no es sólo un acuerdo bilateral de seguridad, es la evidencia de un fenómeno mucho más amplio: la reconfiguración del sistema de seguridad internacional. El sistema internacional estuvo fundado en una premisa durante décadas: que Estados Unidos actuaría como garante último de la seguridad de sus aliados. Sin embargo, esa premisa se ha erosionado ante las señales recientes como el apoyo estadunidense en los ataques israelíes a Irán, cambios bruscos de prioridades en la política exterior de Washington y la renuencia a garantizar la seguridad de sus aliados clave como en el caso de Ucrania.
La guerra en Ucrania ilustra este dilema con nitidez. Washington ha suministrado cantidades históricas de armamento y asistencia, pero se ha negado a intervenir directamente. Se ha demorado en entregar sistemas críticos y hay una percepción fuerte de que la Casa Blanca favorece al Kremlin en el conflicto, además de los conflictos personales entre el presidente Trump y su símil ucraniano, Volodímir Zelenski. En conjunto, cada evento alimenta la sensación de varios aliados de la OTAN de que, llegado el momento, estarían solos ante un adversario superior como Rusia.
Recordemos que Ucrania acordó deshacerse del arsenal nuclear que obtuvo tras la caída de la Unión Soviética (en ese entonces el tercero más grande del mundo) en los acuerdos de Budapest en 1994. A cambio, Estados Unidos garantizaría su integridad territorial y soberanía frente a una posible agresión rusa. Por su parte, Rusia acordó respetar la soberanía ucraniana a cambio de garantías de que la OTAN no se expandiera dentro del espacio postsoviético.
Ambas garantías fueron violadas cuando la OTAN admitió a varios estados bálticos y amenazó con la admisión de Ucrania, una línea roja que Moscú no iba a tolerar y causó, finalmente, la anexión de Crimea y la posterior invasión rusa a Ucrania. Tras la invasión, Ucrania contaba con que Estados Unidos y la OTAN harían válida su garantía de mantener la integridad territorial ucraniana. Sin embargo, esta es cada vez más compleja de mantener e incluso puede no estar en los intereses de la Casa Blanca.
Esta debacle, junto con las amenazas de Trump de no defender a sus socios europeos a menos que aumenten el gasto de defensa en la OTAN demostró a los países europeos que necesitan garantizar su seguridad posiblemente sin Estados Unidos. Es una situación por demás tensa para las capitales europeas, que de por si tienen dificultades para sustentar el presupuesto necesario para mantener el estado de bienestar. Frente a estas amenazas, los Estados situados en la primera línea de las fronteras oriental y septentrional de la OTAN han emprendido esfuerzos de rearme sin precedentes.
Sin embargo, una disuasión carente de componente nuclear resulta incompleta y, ante un adversario con capacidad atómica, corre el riesgo de volverse ineficaz. Ahí el riesgo de un posible nueva carrera armamentística y nuevos desarrollos de arsenales nucleares. El ejemplo más claro es Alemania, que percibe que Estados Unidos está abandonando a Europa y ya no puede confiar en las garantías de seguridad de Washington, por lo que reinició el debate en Berlín sobre la necesidad de Alemania de obtener armas nucleares propias.
También Polonia ha abierto el debate sobre la posibilidad de un futuro arsenal nuclear polaco, pues el gobierno en Varsovia considera que debe aumentar sus capacidades de defensa. El primer ministro Donald Tusk ha declarado que el país debería de contar con arsenales nucleares para garantizar su seguridad. Pero este sentimiento tampoco se limita a Europa. En Asia-pacifico, Japón y Corea del Sur, los dos pilares del sistema de alianzas estadunidenses en la región, debaten cada vez más abiertamente la posibilidad de desarrollar capacidades ofensivas propias, incluso nucleares.
Hay una creciente ansiedad en Tokio y Seúl sobre la confiabilidad de las garantías de seguridad estadunidenses. La creciente presión de China y Corea del Norte, sumada al giro estadunidense hacia la competencia con Beijing, refuerza la idea de que la disuasión extendida podría ser insuficiente o condicional. Para estos países, depender exclusivamente de Washington implica aceptar vulnerabilidades estratégicas que podrían ser fatales en un escenario de crisis.
Este escenario se repite en Irán. Donde Teherán enfrenta ahora la presión de avanzar aceleradamente en su programa nuclear motivado por la memoria reciente de la guerra de los Doce Días con Israel y los ataques estadunidenses dirigidos a su infraestructura nuclear. La experiencia del acuerdo nuclear de 2015, así como las distintas agresiones que ha vivido en meses recientes erosionaron profundamente la confianza iraní en la capacidad de Occidente para llegar a acuerdos que garanticen su seguridad. En este marco, el desarrollo nuclear se configura como la única garantía percibida de disuasión estratégica frente a amenazas que el régimen iraní considera existenciales. Debido a esto ha avanzado a pasos acelerados su programa nuclear.
Otro país que podría contemplar el desarrollo de un programa de armas nucleares es Turquía, especialmente en un contexto de crecientes tensiones regionales. Esta posibilidad no es nueva, pues el propio presidente Recep Tayyip Erdogan ha aludido en múltiples ocasiones a la posibilidad de desarrollar un programa nuclear independiente. Este discurso no se limita a la retórica política, pues recientes encuestas muestran que una proporción significativa de la población turca apoya la idea de que Ankara cuente con armas nucleares como garantía de seguridad frente a amenazas regionales y para reforzar su peso estratégico.
Así, la lógica detrás de un posible programa nuclear turco refleja un fenómeno más amplio. Tenemos a potencias medias que, ante la percepción de que la disuasión estadunidense puede ser inconsistente o insuficiente, consideran seriamente mecanismos propios de seguridad nuclear como medio de asegurar autonomía y proyectar poder en su entorno regional. En este contexto, acuerdos como el saudí-pakistaní se convierten en laboratorios de lo que podría venir: alianzas bilaterales o multilaterales en materia de armamento nuclear, paraguas nucleares alternativos y sistemas de defensa regionales conjuntos que escapan al control de los garantes de seguridad tradicionales como Estados Unidos, y una apuesta marcos multilaterales de defensa regional.
Es un giro pragmático con implicaciones profundas, pues multiplica los polos de disuasión, debilita la arquitectura y efectividad del Tratado de No Proliferación y complica cualquier intento de diplomacia preventiva. De esta forma, el acuerdo de defensa mutua entre Arabia Saudita y Pakistán es más que un pacto bilateral, es el síntoma más claro hasta ahora de la desarticulación de la disuasión estadunidense y del tránsito hacia un orden internacional más fragmentado y multipolar. A medida que se prolongan la guerra en Ucrania y escalan las tensiones en Medio Oriente, veremos más países reconsiderar su dependencia de Washington en materia de defensa y explorar vías propias de disuasión, que incluso pueden llegar a ser basadas en capacidades nucleares.
En este contexto, el mundo entra en una nueva era de rearme nuclear marcada por la multipolaridad y la fractura del régimen internacional de no proliferación nuclear. La consecuencia más visible es que la arquitectura de seguridad internacional empieza a fragmentarse en múltiples “burbujas” o “zonas de protección” con distintos grados de fiabilidad y distintos proveedores de seguridad.
Hasta hace poco las garantías de seguridad estadunidense eran vistas como un seguro que impedía el desarrollo de carreras armamentísticas. Sin embargo, queda claro que hoy más países contemplan escenarios en los que tendrán que buscar nuevas opciones para garantizar su seguridad. Y en esa búsqueda, actores como Pakistán, China, Rusia o incluso otras potencias regionales emergentes podrían llenar los vacíos que deja Washington.
Adrián Marcelo Herrera Navarro
Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, especializado en temas de seguridad nacional y relaciones internacionales.