
Las crisis no sólo alteran las estructuras de una sociedad. También afectan la salud. Y la sociedad cubana de hoy está enferma de indolencia, pérdida de valores, falta de respeto por el otro y ausencia creciente de urbanidad.
—Leonardo Padura, Ir a La Habana (2024)
Hacía cinco años que no visitaba Cuba; el covid y los compromisos laborales lo impidieron. Muchas cosas habían sucedido en este breve periodo de tiempo en la isla. Una de ellas, y muy relevante para los extranjeros que llegan a Cuba, fue la supresión de una de las dos monedas existentes, el Peso Cubano Convertible (CUC), que dejaba como única circulante al peso cubano. La pandemia y los cambios en la incomprensible planificada economía han provocado una nueva crisis sobre una población preocupada desde hace demasiados años por resolver cotidianamente la subsistencia. La irritación popular se reflejó en las protestas que, en distintas provincias de la isla, se produjeron el 11 de julio de 2021; aquellas que tomaron como bandera la canción “Patria y vida”. Manifestantes todavía presos y desaparecidos apuntan a la represión de un régimen político al que se le escapa, por cualquiera de los puntos de salida de la isla, un silencioso ejército de ciudadanos dispuestos a sacrificar todo para migrar en busca de nuevos horizontes vitales. Sabedor de estos y otros hechos estaba preparado, creía yo, a encontrarme con otra isla de la que visité por última vez en el año 2019. Además, el carácter familiar del viaje, alejado de expectativas turísticas, señalaba una tranquila estancia prenavideña.
Antes del covid conseguir un boleto entre Mérida y La Habana era sencillo y económico para muchos turistas locales que tomaban como destino la isla antillana. Hoy en día esos visitantes mexicanos han decaído notablemente, pero ello se compensa con el aumento de la demanda de los cada vez más cubanos residentes en Yucatán. Lo curioso, o no tanto si se conoce el personalizado transporte hormiga de mercancías hacia Cuba, es que el vuelo era considerado chárter, aunque fuera operado por una compañía mexicana. Un “administrador” cubano de una agencia de viajes se encargó de la distribución de los pasajeros antes de conseguir el pase de abordar. Un inicial caos de personas, entre múltiples bultos con diferentes envoltorios, se convirtió en premonición de lo que ocurriría al llegar a La Habana.
Estar sentado en las filas delanteras del avión facilitó llegar a la primera revisión aeroportuaria cubana, la de la visa de visitante. Después estaba el control de pasaportes. Pasé con rapidez mientras que, a mi costado, uno de los funcionarios espetaba el nuevo mensaje, nunca oído con anterioridad, y dirigido a los cubanos y cubanas arribados a su país: “¡Bienvenido a la patria!”. La calidez que se le concede al concepto patria se desmorona al instante, una vez que atraviesas la minibarda plástica que da acceso a una sala donde un solo puesto de revisión de bultos de los pasajeros se encuentra en funcionamiento. Una hipotética cola, embrollada y sin ningún orden, se extiende para pasar ese control y acceder a la entrega de equipajes. Llegó un momento en que la desordenada cola impedía la entrada de quienes pasaban el control de pasaportes, bajo los gritos de los oficiales de migración cubanos que pedían que las personas se movieran. La apertura de otro puesto de revisión significó que los últimos arribados se apiñaran en ese nuevo control. Y todo ello con la inacción de funcionarios que, simplemente, llevaban a personas “vips” a saltarse la cola como signo de la igualdad socialista. Una desorganización que, incluso, significó algún golpe entre mujeres en la cola para ofrecer la metáfora perfecta del “bienvenido a la patria”: esa patria bastante ininteligible para extranjeros visitantes y que arriban por primera vez a Cuba.
Una artimaña de mi esposa facilitó el acceso a la siempre tardada zona de recogida de equipajes. No es el aeropuerto de La Habana el único con demoras insufribles en la entrega de maletas, pero la incontable cantidad de bultos que llevan los cubanos, para hacer negocio o regalar a sus familiares, aumenta sobremanera la espera. Tiempo muerto para agudizar la vista y apreciar la publicidad que promociona diversos destinos turísticos de Cuba. Las exóticas y bellas playas de los Cayos cubanos y de Varadero se intercalan con sorprendentes anuncios como el del champán Moët & Chandon. Al parecer, el bloqueo y la lógica capitalista de consumo no afectan a ciertos productos como lo es esa bebida espumosa. Consumos para turistas y para aquellos cubanos dispuestos a engalanar con lujos el real o supuesto éxito de su aventura migratoria. El sacrificado y solidario Hombre Nuevo surgido de la Revolución cubana ha quedado atrás en favor de aquel que, en la más acendrada lógica competitiva, exhibe sus recursos económicos sin importar de dónde procedan.
Las maletas no salen y los vecinos de espera, una familia cubana procedente de Lima, reciben sus múltiples bultos rotos o abiertos. Nada extraño, según sus palabras, dado el enriquecimiento que los trabajadores del aeropuerto ejemplifican a través del robo en maletas o por la apropiación de mercancías en la aduana; productos de primera necesidad que los paisanos en el extranjero llevan para sus familiares a quienes comprar una pasta de dientes o un champú significa erogar una décima parte del salario mensual de un médico.
Con las maletas en la mano, hay que negociar con los taxistas fuera de la terminal 3 del aeropuerto José Martí. Los 35 dólares de la tarifa se hacen efectivos en la moneda americana, y mientras abordamos el transporte otros taxistas no tienen empacho en usar el lenguaje sexual cubano con un colega que transportaría a dos jóvenes turistas estadunidenses. El paisaje hacia el hospedaje no cambia de años anteriores: la Plaza de la Revolución y sus imágenes son las mismas; lo modificado son las inmensas colas en las gasolineras que jalonan el trayecto hasta el barrio de El Vedado. Una estampa urbana repetida en los siete días de permanencia en La Habana. Además de las colas, tener acceso al combustible es sólo comprensible para los nacionales, puesto que hay turnos que se establecen por WhatsApp o instalándose en colas improvisadas con anterioridad al arribo del combustible a las gasolineras. No se hable de la formas de pago que, al mismo tiempo, implican un mayor o menor acceso al combustible. Con una tarjeta conocida como “clásica” podrás tener acceso más fácil a la gasolina porque el depósito se efectúa en divisas extranjeras en las Casas de Cambio (CADECA). Las otras formas de pago son con tarjetas en moneda nacional o con la tarjeta de combustible Fincimex, una entidad financiera cubana creada para controlar las operaciones con el extranjero. En definitiva, la crisis por falta de combustible se aprecia sin ningún esfuerzo o gracias a la queja de cualquier cubano que necesite desplazarse en la isla. No cabe duda que los partidarios del régimen político cubano otorgan el origen de tal crisis al recurrente bloqueo, aunque para muchos de los colistas dicho bloqueo no es más que una burla del inoperante sistema político.
Estaba advertido sobre la inexistencia de efectivo en los cajeros bancarios, al mismo tiempo que si se lograban obtener pesos cubanos el cambio era perjudicial, por no decir un auténtico fraude. Por lo tanto, la primera operación al llegar, una vez instalados en el hospedaje, fue recurrir al mercado negro, la única forma de que los recursos en dólares o euros rindan. Si el dólar es cambiado a 120 pesos cubanos desde la tarifa oficial, en el mercado negro puedes recibir 320. El resultado fue una montaña de billetes que, como turista, resultan insuficientes si debes consumir en la calle las cada vez más escasas raciones de comida. De hecho, pagar con una tarjeta es prácticamente imposible y, si se logra, el cambio se efectúa en la tasa estatal. Desde esa lógica, una mínima comida resultará un auténtico lujo, como ocurrió en uno de los tantos nuevos y extravagantes hoteles recién inaugurados y en construcción manejados por el Grupo de Turismo Gaviota, la empresa militar cubana que controla la mayoría de los recursos turísticos de la isla. La experiencia vivida en el Hotel Grand Aston de La Habana, con rusos y chinos como principales huéspedes, así lo demostró.
Es decir, la mayoría de la población se rige por la variable tasa del mercado informal de las monedas extranjeras, básicamente dólares y euros, que aparece en la aplicación en línea denominada “El Toque”. Además de ello, ciertos cubanos cuentan con tarjetas de Moneda Libremente Convertible (MLC), aquellas que con distintas maniobras se pueden recargar desde el extranjero. Con ello los cubanos tienen acceso a comprar en las tiendas MLC, así conocidas porque sólo se puede pagar con tarjeta y tienen un cambio del dólar alrededor de los 250 pesos cubanos.
Todo este desbarajuste monetario significa que cubanos y extranjeros se muevan en el mencionado mercado negro, al mismo tiempo que, si eres turista, el intrincado sistema de pago y cambiario exaspera y produce un continuo estrés para controlar los recursos. Una experiencia que, por muchos años y visitas realizadas a la isla, no pude evitar y sólo solucioné con la división en montículos de los billetes. Uno para cada día. Ceñirse a los recursos diarios es una solución porque salirse del guión significa un desfalco absoluto al bolsillo. Este enredo económico hace que muchos visitantes se queden sin recursos y deban solicitar dinero a sus familiares en sus respectivos países, en muchos casos a través de los encargados de los hospedajes particulares.
Las calles de La Habana, y en concreto de su barrio de El Vedado, siguen siendo las mismas, con sus bellas mansiones, casas similares a muchas de las construidas en Mérida en el periodo del auge del henequén. Una modernidad convertida en barrio con sus ordenadas calles y espléndidos árboles de la expuesta riqueza burguesa de un desaparecido pasado. El abandono de esas casas por sus originarios habitantes, tras la Revolución cubana, ha transformado el panorama del barrio para ilustrar el contraste entre las conservadas casas ocupadas por dependencias públicas o por hospedajes para extranjeros, y aquellas semidestruidas y sobrepobladas. Esas “construcciones en estado de agonía” de las que habla Leonardo Padura en su novela Como polvo en el viento (2020) y que, además, han hacinado a múltiples familias en viviendas en constante deterioro en toda la ciudad, como son descritas en los cuentos de Pedro Juan Gutiérrez (Trilogía sucia de La Habana, 2022). De hecho, la parte superior de mi hospedaje estaba ocupada por siete familias. Sin embargo, a la falta de mantenimiento de calles y casas se ha unido, en la actualidad, los promontorios de basura que recorren todos los barrios de la capital cubana. Situación acrecentada en lugares muy poblados, como lo es Centro Habana. Los olores a mar, si estás cerca del igualitario corazón del ocio habanero, el malecón, se han diluido por la repugnante peste de unos desechos acumulados durante semanas.
Quien mantenga contacto con cubanos, dentro o fuera de su tierra, conoce que desde hace meses los apagones en la capital del país, pero especialmente en otras provincias de la isla, son recurrentes. Una prolongada crisis energética vivida en hogares y dependencias públicas, como los hospitales y las escuelas, y que en el caso de La Habana suelen durar de cuatro a seis horas diarias. Hubo suerte, en este viaje, porque los apagones llegaron hasta el tercer día de estancia. Estar en un hospedaje para extranjeros hizo que el perjuicio fuera mínimo por contar con una planta eléctrica en la casa. Solución de hoteles y alojamientos para extranjeros y, también, existente en ciertos hogares cubanos debido al apoyo de los familiares migrantes.
Falta de luz que, en muchas ocasiones, hace peligroso pasear por las calles habaneras al caer la noche. Una afirmación impensable hace unos años, dada la seguridad que transmitía el deambular, el callejear a cualquier hora en La Habana. Un ejemplo nítido se observa en la conocida como La Rampa, en la calle 23, histórico lugar hoy entristecido y donde hace pocos años todavía la agitación musical, el griterío del hablar cubano, el alcohol y las ofertas sexuales se hacían presentes. Remembranzas de épocas pasadas que pueden seguirse en textos emblemáticos como Tres Tristes Tigres de Guillermo Cabrera Infante y, más recientemente, en Ir a La Habana de Leonardo Padura.
Hoy los propios cubanos insisten en el imparable aumento de asaltos violentos y robos. Celulares, relojes o dinero son objetivos de la población que, desde el punto de vista de una colega académica cubana, sólo encuentra en la violencia la forma de obtener recursos. Desde su lógica quienes se quedan en la isla, por no poder salir como migrantes, roban para contrarrestar la ausencia de recursos propios o procedentes del exterior. Este temor cotidiano, transmitido a propios y extraños, convierte a las calles habaneras en desiertos nocturnos si no logras tener un auto para desplazarte.
Las calles son un termómetro de la cotidianidad urbana, donde se palpa el diverso sentir de sus ciudadanos. Como en toda América Latina la calle es el lugar para el comercio, la venta y la compra. La sorpresa, en esta ocasión, fue observar cómo son ancianos y ancianas quienes en lugares emblemáticos, como ocurre cerca del Centro Comercial Carlos III, venden las cosas más inverosímiles de segundo uso, desde cabezas de muñecas a bolsas plásticas, las famosas “javitas” siempre escasas en la isla. Ancianos que, también, circulan como zombies en muchas calles habaneras. El amigo Enrique Rodríguez Balam me recomendó la película Juan de los muertos, una producción hispano-cubana dirigida en 2011 por Alejandro Brugués, y que fue merecedora de diversos premios internacionales. Esta sátira política y social del país, plagada de directos mensajes sobre la condición sobreviviente de los cubanos, ofrece la imagen de unos zombies vistos como cubanos “igual que siempre”, al mismo tiempo que son tildados por el sistema político como disidentes. Sin que hubiera visto todavía la película había transmitido esa visión de personas zombies, y que traspasa la condición de anciano porque se aprecia entre otros muchos ciudadanos que deambulan por las calles. Una visión nunca percibida en mis visitas a la isla y que, para muchos cubanos, tiene un parecido innegable con lo vivido durante el “Periodo Especial en Tiempos de Paz”. Inverosímil forma de bautizar la crisis económica y de subsistencia desatada tras la descomposición de la Unión Soviética y la desaparición de los apoyos recibidos en la mayor de las Antillas por parte del régimen soviético.
En las calles también se aprecia el crecimiento de “santos” vestidos completamente de blanco. Hombres y mujeres, de distintas edades, que durante un año deben mostrarse con el color níveo para iniciarse en la santería cubana. Crecimiento de estas y otras creencias religiosas, antes vetadas por el régimen político, y que hoy se hacen visibles como búsqueda de soluciones espirituales a problemas materiales, como lo es contar con los mínimos recursos para solventar la alimentación diaria.
El viernes 20 de diciembre, un día antes de emprender el viaje de regreso a la capital yucateca, la luz permaneció en todos los hogares. Una buena noticia para hacer con tranquilidad las maletas. La razón, sin embargo, fue la manifestación programada para las 4 pm en el malecón de La Habana. Una marcha de ratificación del proceso revolucionario cubano y para protestar, como en tantas ocasiones frente a la embajada de Estados Unidos, contra el bloqueo económico. Reafirmación nacionalista y patriótica como identificación de la nación con la Revolución cubana. Desde primera hora de la tarde la calle del hospedaje fue despejada de vehículos para convertirse en uno de los estacionamientos de los múltiples autobuses (guaguas) dedicados a transportar a los manifestantes. Como acarreados, tan conocidos en México, los funcionarios públicos de diversas dependencias tenían la obligación de acudir a la marcha. Canciones de la trova cubana y consignas revolucionarias sonaron en altavoces y gargantas de los manifestantes, mientras que la cerveza y la música de “reparto”, ese reguetón a la cubana, se hacía presente en alguna de las guaguas estacionadas frente a mi hospedaje entre quienes habían finalizado más rápidamente su recorrido, o esperaban a los marchantes para acomodarlos en sus respectivos transportes.
Resultó evidente que la falta de combustible no se observó durante ese día y para los transportes destinados a traer y llevar a los marchantes. Paradoja convertida incluso en canción, cuando antes de la manifestación se hizo viral en redes sociales “Que vaya Sandro”. Días antes de la manifestación Sandro Castro, nieto de Fidel, había pregonado en redes sociales su cumpleaños celebrado con todo tipo de lujos en el exclusivo EFE Bar de su propiedad:
Yo Juan sin Nada
sin plan agrario
con un salario
que sabe a poco
si me preguntas
“¿Vas al desfile?”
yo te respondo:
Que vaya El Sandro.
Yo Juan sin Guagua
sin luz ni agua
sin más placeres
que sacar mocos
si me preguntas
“¿Vas al desfile?”
yo te respondo:
Que vaya El Sandro.
Yo Juan sin Dólar
quedo perplejo
cuando me quejo
y me formas foco
si me preguntas
“¿Vas al desfile?’
yo te respondo:
Que vaya El Sandro.
Yo Juan con Hambre
cable y estambre
es lo que como
con gran sofoco
si me preguntas
“¿Vas al desfile?”
yo te respondo:
Que vaya El Sandro.
Yo Juan sin Tierra
mi vida perra
a abandonarla
se oye el convoco
si me preguntas
“¿Vas al desfile?”
yo te respondo:
Que vaya El Sandro.
Canción creada con la ayuda de la inteligencia artificial por Alian Aramís, abogado y humorista crítico con el sistema político de su país y quien, en reciente entrevista, señaló que la marcha dilapidaba recursos que podrían ser usados entre “las personas que andan pidiendo limosna en la calle para poder comer, o en medicinas para los pacientes psiquiátricos que andan descontrolados en la calle”.
Memes y videos, extendidos por las redes sociales, se han convertido en el medio de reprobación y mofa de una situación socioeconómica crítica para muchos ciudadanos de la isla, aquellos ajenos a los privilegios de la élite del establishment político y militar de Cuba. Creciente corrupción y una irrefrenable desigualdad social recorren la isla y se palpa en hechos y palabras de los habaneros, habitantes de esa ciudad emblema en todos los periodos históricos y políticos de Cuba, y la misma que se ha convertido en escenario de películas y de personajes literarios como Mario Conde, el policía primero y después investigador privado de las novelas de Leonardo Padura que recorre el abigarrado sentir urbano y humano de la capital cubana.
Pese a todo, la Perla de las Antillas, con sus contrastes y las encontradas posiciones ideológicas que provoca su sistema político, es un territorio único en su enigmática complejidad. Su crítica situación económica no impide sentir un bullir social y cultural que refleja una sociedad que se mueve por decisión propia o forzada por las condiciones de la isla. Ejemplo nítido de ello es su capital, La Habana, que, a pesar de su degradación urbana, permanece como referente y lugar donde ver las huellas del pasado, como ocurre en La Habana Vieja, la zona más antigua de la urbe y que Eusebio Leal (†), desde la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, se encargó de restaurar para mantenerla en pie y equipararla a tantos centros históricos convertidos en parques temáticos para visitantes.
El regreso a Mérida, ciudad en la que resido, dejó una extraña y contrastada sensación de nostalgia y de tristeza. Nostalgia por una realidad que, aunque siempre difícil, permitía callejear por la capital cubana con libertad y sin la sensación de desconcierto actual; tristeza porque la “crisis moral, espiritual, […] la pérdida de valores”, señalada en Ir a La Habana por el narrador Leonardo Padura, está incrustada en una Cuba donde la única utopía se construye cruzando el mar para abandonar la isla.
Miguel Lisbona Guillén
Investigador Titular “C” del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur (Cimsur), de la Universidad Nacional Autónoma de México
Falta mencionar el impacto de las sanciones en la economía de la isla. Y mencionar el contrafactual, Puerto Rico. Puerto rico se va quedando despoblada porque ya no hay futuro en la isla, y no pueden comerciar con nadie sin permiso del congreso en washington