Paisaje de Batalla entre condones (Carlos Monsiváis, septiembre de 1989)

Para María Lana

En 1958, al término del mando de un político obviamente tradicional, la sociedad mexicana no admite el calificativo de moderna. Si la modernidad la determina la americanización, ésta resulta todavía selectiva y muy superficial; si el criterio es cultural, es aún tímido el desarrollo de la enseñanza superior, y a ojos del gobierno y de la sociedad, las artes y las humanidades son -casi- representaciones simbólicas; si la determinación del juicio es política, la concentración del poder y la mentalidad de quienes la ejercen no admiten siquiera vislumbramientos democráticos; si la modernidad se juzga por las actitudes sexuales, el panorama es porfiriano en buena medida: nadie discrepa en público de la autoridad patriarcal, se da por sentada la sumisión femenina (y se respeta al símbolo: la Sufrida Mujer Mexicana), no se discute la noción de la Honra como fundamento del prestigio familiar, la posesión de la Casa Chica apuntala la vanidad de los machos, en los burdeles se recuperan las ilusiones perdidas y se afianza la santidad del hogar, de la educación sexual se habla en voz baja («Creo hijo mío, que ha llegado el momento de conversar de hombre a hombre»), un político divorciado está al tanto de su porvenir limitado, las «malas palabras» causan azoro en los «sitios decentes», el psicoanálisis aún no es moda cultural, son inmencionables los «pecados contra natura»… Y el sentimiento de culpa todo lo preside.

A más de treinta años de distancia, el país de 1958 es casi irreconocible. En el campo de lo sexual, la información abunda; el psicoanálisis ya no es moda social y persiste entre polémicas sobre «ajustes» a la realidad o «sanos desajustes»; la sexología avanza, con el auge relativo de Masters y Johnson; el vocabulario freudiano se nacionalizó sin riesgo alguno de conocimiento genuino («sólo los traumas te ayudan a no tener problemas sexuales»); ya «íadúltera!» ha dejado de ser el último Grito Melodramático; la familia nuclear se comunica con la familia tribal tres veces al año (Navidad, cumpleaños, enfermedades); el desastre de la economía promueve el control de la natalidad por encima de los decretos papales; se democratizan las nociones científicas en torno a la vida sexual, aunque quedan zonas de ignorancia profundas; los burdeles son especies en extinción; ni el divorcio ni el adulterio son ya causa formal de escándalo, aunque todavía no llega un divorciado a la Presidencia; es amplia la lucha en pro de la legalización del aborto; es ya irreversible la participación de las mujeres en casi todos los campos (últimos reductos del machismo: la política y la vida empresarial); «hacer el amor» ya no es sinónimo de coger sino de «relación significativa entre dos seres humanos»; no son más de diez las «malas palabras» que sobreviven como tales a la nivelación moral del habla; en la UNAM se ha institucionalizado la Semana Cultural Gay; la lucha contra el Sida rehabilita dos vocablos que se creían extintos («castidad» y «condón»). Y, dependiendo de la generación a que se pertenezca, todo lo preside la nostalgia del sentimiento de culpa, o la incomprensión ante cualquier nostalgia.

«CUANDO ÉRAMOS MENOS, PERO MÁS PREJUICIOSOS»

¿Qué ocurre en tres décadas? ¿Cómo se debilitan o cómo ceden las fortalezas tradicionales? ¿A qué atribuir el crecimiento de la tolerancia en asuntos de la moral social? Entre las razones diversas (culturales, económicas, políticas, comerciales), una fundamental es el afianzamiento definitivo de la secularización. Ya en 1929, cuando el postrer intento de una sociedad teocrática (la Cristiada) desaparece entre negociaciones privadas de la jerarquía católica y el gobierno, el proceso secularizador está muy avanzado, y sólo unos cuantos (entre ellos, el integrista Salvador Abascal, emblema de la resistencia al Siglo) ensalzan la multiplicación a dúo de los hijos y de los rebaños, y podrían repetir la frase de San Jerónimo: «Adúltero es también el que ama con excesivo ardor a su mujer». Al ubicarse la religión, para la inmensa mayoría, como sólo una parte de la visión del mundo, cada persona acumula las pequeñas y grandes desobediencias que los curas traducen como «la descatolización de México», fruto de la atroz educación laica. De hecho, ocurre sin demasiados contratiempos esa «muerte de Dios», que es el canje de la moral que (como sea) se practica por la moral que ya únicamente se proclama. Para muchos, la religiosidad es tributo a los ancestros, y es acatamiento al juego de la Respetabilidad, a través de la «memorización teológica» del sentido de la vida humana, que la costumbre certifica. Y, enmedio de la crisis de la conciencia individual, se relega «el soborno del cielo» (G. B. Shaw), se relativizan los valores morales, se reduce el sentido del deber hacia las generaciones venideras, se actúa en la vida diaria ateniéndose a la reglamentación de los castigos terrenales.

La secularización es un proceso paulatino que alcanza a la familia (ya no es más «territorio sacro»), y a los reflejos condicionados de la inhibición en materias sexuales. La apropiación individual del juicio ético -los intermediarios y gestores morales pasan a segundo término- desemboca en actitudes muy diversas, pero en conjunto, la vida social responde de modo más genuino a los estímulos de la ética, y la autonomía del juicio se refrenda en el uso de las píldoras anticonceptivas, en la decisión de abortar, en el reconocimiento sin culpa de los deseos eróticos, en el enfrentamiento a los prejuicios milenarios presentados como «interpretación única de la voluntad de Dios». Y con frecuencia lo que norma las decisiones es la mezcla de cultura cristiana y razones seculares.

En este contexto, el espectáculo ya generalizado de la Semana Santa como el tiempo del reventón, «al filo del agua» del siglo XXI, no sólo reproduce la realidad de la sociedad laica, también le produce. Si, como se demostró en ocasión del terremoto de 1985, no han desaparecido los impulsos formados en la cultura cristiana, sí la secular libra en gran medida a la vida social del antiguo control del confesionario, y su alud de prohibiciones. Y en lo básico, y ya incluso en las zonas rurales, la vida sexual corresponde de lleno al ámbito secular.

A este proceso lo vigoriza esa imposibilidad de control moral a domicilio que trae consigo la explosión demográfica. Si somos tantos, cualquier comportamiento terminará por ser masivo, y la sociedad de masas es, ante todo, el escenario de la insignificancia individual. ¿Qué significo yo en la multitud, en el vagón del metro, en el embotellamiento, en la cola, en la cacería de empleo? Por eso, debo suspender o mediatizar lo que para mis padres y abuelos fue inevitable: el juicio moral a propósito de quienes me rodean, familiar o físicamente, no porque apruebe o sea cómplice de otros conductos, sino porque mis reproches ya no tienen importancia. Es muy difícil que las opiniones ajenas vuelvan a intervenir como antes en las vidas. Somos tantos que no me alcanza el tiempo para enjuiciar a cada vecino, si lo juzgo ya le hago caso, sólo cultivar mi indiferencia protege mi privacidad.

Defender la privacidad exige ignorar deliberadamente los comportamientos ajenos, y al «qué dirán» lo va anulando la eliminación de la vida como -en- provincia. No juzguéis para no ser tratados. Al antiguo díctum: «Pueblo chico, infierno grande», lo sustituye la idea de la gran urbe como infierno anónimo, donde desaparece la noción de arraigo, quien no muda de casa cada cinco años desciende en el status, y las muchedumbres asimilan los comportamientos más extremos.

LOS ELEMENTOS CULTURALES: LA AMERICANIZACIÓN Y LOS MEDIOS MASIVOS

Desde los años cuarenta, las metamorfosis de la moral social norteamericana son estudiadas con avidez en México. Y a cualquier conducta «liberal» o «liberalizada» observable en Estados Unidos la rodea primero la alarma, luego el choteo, y finalmente la imitación. («Si los imito con tanta fidelidad, es con tal de no parecerme a ellos»). Uno tras otro se adoptan aquí los cambios entre falsas y verdaderas resistencias. Recuérdense las protestas de la moral criolla que se volvieron «modas» del acomodo mestizo: la unión libre, la libertad de opción sexual de las mujeres, la frecuentación unisex del vocabulario «grueso», la adopción belicosa de la píldora, la reapropiación ideológica del cuerpo, los concursos de belleza, etcétera. En lo básico, el triunfo mundial de la americanización depende de un convenio que es psicológico y comercial: que las otras sociedades admitan que el sentido de lo contemporáneo se decide en Estados Unidos. Y en términos de las clases medias latinoamericanas, preguntarse: «¿Qué tan contemporáneo soy?», equivale a decirse: «¿Qué tan cerca o qué tan lejos estoy de lo que ocurre en Estados Unidos?» Así de colonizado, y así de inevitable.
A diario, y sea o no consciente la actitud, la regla es lo norteamericano. Otras sociedades pueden ser más libres o menos represivas (las escandinavas, digamos), pero la traducción internacional de los avances en el comportamiento se hacen en Estados Unidos.

De allí vienen las determinaciones de la moda que pregonan a su manera los vuelcos ideológicos (la minifalda surge cuando el criterio del orgullo corporal se impone sobre el miedo a la provocación), las formas más desenfadadas de relación familiar, el sello de «eficacia» o «ineficacia» que decide el porvenir de las tradiciones, el incremento de espacios de libertad para los niños, los adolescentes y las mujeres.

Al principio, la americanización es propia de las clases medias; luego, al extenderse al conjunto de la población, se origina un debate, presentado como «batalla por la Identidad Nacional», pero, en verdad, lucha por el dominio de las claves de la moral social. Al exacerbarse en México el «voyerismo cultural», se quiere ser «tan liberal como los gringos», o se desea oponerse a «las costumbres disolutas». Pero esta vez, o en este caso, las ideas dominantes de la época son las de la clase dominante: la americanización, razonan los burgueses, es la única estrategia conocida para incorporarnos a lo contemporáneo. Nueva York, y Houston y Dallas y Los Angeles bien valen la certidumbre de que las hijas ya no son vírgenes, de que las esposas sólo son fieles a determinadas horas, de que uno de los hijos puede no ser el gemelo psíquico de John Wayne o Pedro Armendáriz, de que la permisividad sexual ha llegado al hogar.

A la americanización la diseminan lo que, cuando era tiempo, los sectores tradicionalistas debieron calificar de «caballo de Troya»: los medios electrónicos. La sociedad tradicional se dispuso a resistir las profanaciones ideológicas (el ateísmo, el marxismo), pero no previó la contaminación del cine y la televisión. De muy poco sirvieron los acuerdos con los gobiernos, la repetición en América Latina -gracias a las Ligas de la Decencia del Código Hays en Hollywood, los curas que en las funciones parroquiales cada diez minutos cubrían con su mano el proyector, para ahorrarle a los catecúmenos el paisaje maléfico de los besos y abrazos-. El veneno estaba en otra parte, en la visión únicamente melodramática de la familia tribal, en la devoción verbal que negaba el regodeo de la cámara ante las formas de la prostituta, en la burla sistemática a beatas y persignados en las comedias Fílmicas. Y no hay antídoto a la tendencia que elogió lo contemporáneo y, para presentarlo de modo reverente y/o divertido, eligió la sensualidad, la afrenta de los ademanes «descarados», el despliegue de arquetipos irresistibles y de escenarios de seducción perfecta. Por tres o cuatro décadas, el cine (nacional e internacional) fue el ariete insustituible, al exhibir las conductas que se masificarían, al cubrir con velo de epítetos laudatorios a las costumbres que desaparecían. Y algo se reitera: la censura bien a bien, sólo fortalece lo que combate y quiere eliminar (Así, por ejemplo, no se ha advertido un incremento de la religiosidad, al imponerle el clero al gobierno la prohibición de Yo te saludo María de Godard, y La última tentación de Cristo de Scorsese).

La televisión amplía la «hazaña liberacionista» del cine. Si el cine se convierte en la vanguardia de la permisibidad, en la televisión se opera un principio exterminador: lo contemporáneo exige la desaparición de lo tradicional, que deviene «lo folklórico». No hay espacio para ambas instancias en la pantalla chica. Y la censura, poderosísima, no advierte la obviedad: lo permitido en la TV, por el sólo hecho de serlo, se vuelve hogareño. Lo que pasa por la tele se «santifica» por así decirlo, las formas de relación, las situaciones melodramáticas que mal ocultan los puntos de vista heterodoxos, los semidesnudos, las alusiones francas al sexo, los estilos de vivir que pregonan, cada vez con menos hipocresía, los comerciales.

Esto, sobre todo, afecta a la vida provinciana, que en veinte años se adapta como puede a la americanización, vía las determinaciones de la ciudad de México. Desde la televisión se impone la cultura internacional, y se alaban las formas de vida que implican -en diversos grados- rupturas con los horizontes tradicionales. Y como la censura supone a la TV controlada en lo esencial (nada de política, nada de humor sexual, nada de «malas costumbres»), no advierte que allí lo que vale la pena es, en el flujo de imágenes, lo opuesto a lo tradicional. Y ahora, las videocasetteras y las antenas parabólicas, al ir eliminando las aduanas de censura, aumentan los espacios sobre lo que no hay control posible.

Al respecto, otra observación. Todavía en 1960, es muy vigoroso como centro de decisiones y origen de reacciones, el sector que se da en llamar la Sociedad por Antonomasia. En dos décadas, la sociedad de masas borra su influjo, y la hace a un lado la sociedad civil. Todavía se habla de «buenas familias», pero el término es anacrónico, y ya se refugia en un ghetto la Buena Sociedad, la dadora de Respetabilidad, la antigua monopolista del juicio moral.

EL FEMINISMO: LA DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

A principios de los setenta, el feminismo resurge en México gracias a jóvenes radicales, muy enteradas del desarrollo teórico y organizacional en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia y que se integran en grupos no muy numerosos con frecuencia divididos o ideologizados hasta la parálisis. En menos de veinte años el feminismo, punto de vista ya indispensable en la vida mexicana, trasciende y alcanza de modo cada vez menos difuso a sectores vastos que ya incluyen a la derecha, aunque ésta no lo reconozca. Al principio descrito como el afán colonizado que usa la liberación (con o sin comillas) como técnica para estar al día, el feminismo atraviesa por éxitos, fracasos, demoliciones, insurgencias súbitas, para de pronto, en 1988, en el panorama de las movilizaciones nacionales, mostrarse como una de las perspectivas esenciales del México del fin de siglo, sin la cual no serán ya concebibles los propósitos modernizadores del gobierno, los proyectos nacionales de los partidos, el desarrollo sindical, la vida cultural. Si es todavía insuficiente la aportación teórica de las feministas mexicanas, y si sus formas organizativas parecen precarias, sus planteamientos fundamentales han penetrado en la opinión pública y en la sociedad civil, y han conseguido logros notables. Menciono algunos:

– En la lucha por la legalización del aborto, pese al retroceso que significa la presión sobre el gobierno del clero y los grupúsculos ultra (con la consiguiente persecusión y torturas de médicos, enfermeras y mujeres que abortan, como sucedió en el Estado de México), se ha conseguido disminuir la opresión social, reduciendo en muchos lados, las sensaciones de pena, vergüenza, humillación y dolor asociadas generalmente al aborto. Si el feminismo no es el único responsable de los avances democráticos en la moral sexual, sí debe atribuírsele en gran medida el cambio de actitud en decenas de miles de mujeres que, al abortar, no se consideran «víctimas del pecado» o «desechos humanos», sino seres que eligen responsablemente. ¿A quién convencen los obispos que fustigan a las mujeres por creerse «dueñas de su propio cuerpo»? Sólo a núcleos reducidos y fanatizados. De modo no explícito o verbalizado, las que abortan al reivindicar el derecho al cuerpo propio, le confieren a su acto una dimensión política, de resistencia al autoritarismo familiar o gubernamental o eclesiástico, de insubordinación ante destinos trazados desde afuera.

– En muy diversos sectores, ni los machos dejan de serlo por vergüenza cultural, ni las mujeres se consideran habilitadas para el libre uso de su cuerpo (no sólo en lo relativo al aborto). Pero mucho le deben al feminismo el descenso del prestigio interno del machismo, la creciente igualdad jurídica de la mujer, la presencia de mujeres en casi todos los ámbitos de la vida laboral, la conversión de la lucha contra la violación en causa gubernamental, el claro avance de la narrativa y la poesía que escriben mujeres, la abierta discusión de los significados de la «condición femenina» y de los significados del orgasmo, la desaparición de las barreras más opresivas entre «lenguaje masculino» y «lenguaje femenino», la percepción más humanizada de las prostitutas, la reconsideración crítica de la pornografía (con todo y los excesos de exigir censura).

– La transformación (menos rápida de lo que se debiera) de la actitud de la izquierda que, medio siglo, desdeñó y combatió el feminismo por «pequeño burgués» y por «restarle fuerzas a la lucha contra el enemigo principal», oponiéndole su célebre apocalipsis positivo: todo se resolverá al triunfo del socialismo; mientras tanto, aplacemos las luchas parciales y esperemos juntos el advenimiento de la liberación integral. Aunque ahora sólo un grupúsculo estalinoide (el PPS) sostiene sin rubor estas «teorías», falta por precisarse programáticamente la doble militancia política de las mujeres, y el «interclasismo» de las organizaciones feministas. Sin embargo, como se probó en 1988, las teorías feministas han facilitado la incorporación (en distintos niveles y órdenes de comprensión) de millones de mujeres al proceso democratizador.

– El cuestionamiento de la idea peyorativa de reformismo. Si en esto también es determinante la crisis violenta de la izquierda tradicional, y el resquebrajamiento del culto místico a la revolución, el feminismo ha puesto de relieve que en materia de vidas individuales, todo avance es o puede ser radical (y aquí hay que mencionar el ejemplo del Sindicato de Costureras 19 de Septiembre). Aclarar el derecho legítimo al trabajo, disminuir o suprimir la humillación personal y la desolación familiar de quienes abortan es empresa suficiente en sí misma, y lo es también la conciencia sindical o cualquier uso específico de derechos constitucionales y civiles en los casos de mujeres violadas o golpeadas o explotadas sexualmente en sus trabajos.

LOS GAY: DE LA LUCHA POR LOS DERECHOS CIVILES A LA LUCHA POR LOS DERECHOS HUMANOS

Casi históricamente, se puede dar el dos de octubre de 1978 como fecha de implantación ostensible de la tolerancia, todo lo restringida que se quiera, pero irreversible. Ese día, a la marcha que conmemoraba el décimo aniversario de la matanza de Tlatelolco, se añadió un contingente de homosexuales, que atrajeron más curiosidad que rechazo, más antipatía del reflejo condicionado que odio. A partir de esta ardua inclusión, hecha posible por la intrepidez de los militantes gay y por la solidaridad de sectores de la izquierda, fue variando la percepción del grupo más despreciado y ridiculizado en la vida social. Los homosexuales acudieron a la televisión y a la radio, publicaron revistas, iniciaron la marcha anual del Orgullo Gay, impulsaron mesas redondas y conferencias en todo el país, expresaron libre y «obscenamente» sus ideas y prácticas de la sexualidad en novelas, cuentos, obras de teatro, coreografías, películas. Fueron la prueba de fuego de la tolerancia, y la rápida demostración de que, en verdad, una mentalidad diversa había madurado en el país de manera imperceptible. Entre pleitos eternos, sectarismos quizás inevitables en todo movimiento nuevo, y notables compromisos vitales, lo gay fue estableciendo su derecho a existir públicamente.

La devastación del Sida no sólo ha nulificado muchos avances (no todos, en forma inesperada gran parte de la tolerancia permanece o incluso se ha robustecido), sino, también y trágicamente, ha devuelto al homosexual a la defensa de lo más elemental de sus derechos humanos. En medio de la batalla contra la barbarie de sacerdotes y ultraderechistas que obstaculizan o impiden la propaganda de condones y otras medidas preventivas, a nombre de la «sensibilidad de los creyentes», cientos de personas homosexuales y heterosexuales, sufren agudamente rechazos familiares y médicos, hostigamientos sociales, los sentimientos vulnerados del enfermo al que se trata como criminal de «alta peligrosidad». Hay, por supuesto, excepciones magníficas, entre funcionarios de la Secretaría de Salud, médicos y enfermeras; hay familias y amistades solidarias, y aumentan los grupos de la sociedad civil que defienden con valor y firmeza a su comunidad, pero la situación es dramática, y obliga a eliminar las concesiones al tradicionalismo clerical. Las campañas de información científica, y esto lo sabe perfectamente la Secretaría de Salud, no corroen la fe del pueblo; la ausencia de información adecuada sí puede destruir cientos de miles de vidas.

HACIA EL FIN DEL MILENIO SIN ESTREMECIMIENTOS MILENARISTAS

Los tradicionalistas pretenden añadirle a la tragedia del sida la moraleja homófona y sexófoba que corresponde a su proyecto de retorno a la Edad Media y hasta el momento han conseguido sobre todo obstaculizar la información (La intolerancia hacia los enfermos proviene, más que de iras bíblicas, del terror plenamente irracional al contagio). Por lo demás, la pandemia arrastra por necesidad conocimientos más vastos y específicos sobre la vida sexual, que solidifican el esfuerzo de conocimiento de los últimos treinta años. Se desvanece progresivamente cualquier temor al uso abierto de las palabras, pierden razón de ser (la que hubiesen tenido) las «zonas prohibidas» en las conversaciones, y se va normalizando la relación con el cuerpo humano y sus apetencias.

Si lo anterior aún no se observa claramente, es responsabilidad de los siglos de ocultamiento, del miedo reverencial al significado de los términos genitales, de la superstición que imagina la inocencia protegible de los demás, de la convicción de la eterna minoría de edad emotiva y ciudadana de la mujer, de la identificación clerical de cristianismo con represión del instinto.

Pero el proceso es irreversible, y la mayoría de los jóvenes ni siquiera discute su derecho a ejercer su sexualidad (ya no sin «intermediarios»: los condones). Y si está por demás hablar del Progreso, sigue teniendo sentido mencionar los avances sociales: más libertad de expresión, más libertad corporal, mayor sentido del humor ante los prejuicios, y, en gran número de casos, canje de culpa por la precaución. Si esto no es suficiente, no resulta por ello menos alentador.

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